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"publishedAt": "2026-06-23T15:17:55.316Z",
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"textContent": "**Capítulo 8: Rocket Brothers.**\n\n—Mérida, me has traído un cadáver —declaró Eir mientras examinaba el cuerpo del que acompañaba al asesino de Emilio, tumbado en una de las camas de la enfermería.\n\n—Mierda. Entonces nada de interrogar.\n\n—No será necesario.\n\nEir cogió unas tijeras y cortó la camiseta del hombre, revelando en su espalda un tatuaje de una calavera rodeada de serpientes.\n\n—Es de la pandilla de “Los Guarumos”. Son unos distribuidores de droga bastante importantes en esta colonia.\n\n—¿Entonces Emilio conseguía la droga de ellos?\n\n—Eso parece. Seguramente habrá sido un ajuste de cuentas por no haber pagado.\n\nEir se dirigió a la otra cama, donde estaba postrado el cuerpo de Emilio. A los pies estaba arrodillado Greg, llorando sobre el cadáver.\n\n—Greg… Tengo que prepararlo.\n\n—Me lo han matado, Eir… ¡Me lo han matado!\n\n—Lo sé —susurró agachándose mientras acariciaba su espalda lentamente—. No quiero ser dura, pero este momento le iba a llegar tarde o temprano.\n\n—Eras un drogadicto estúpido… —susurraba Greg a su hermano—. Pero, joder. Nunca le habías hecho daño a nadie.\n\n—Desde luego era mucho mejor persona que muchos de los que estamos aquí.\n\nGreg se levantó y mantuvo silencio por unos segundos mientras seguía observando el cuerpo de su hermano antes de negar con la cabeza.\n\n—Esto no se va a quedar así… —murmuró antes de dirigirse fuera de la enfermería.\n\n—Greg, ¿a dónde vas? —preguntaba Eir preocupada, siendo ignorada—. ¡Greg!\n\nMérida siguió de cerca a Greg, quien entró a paso acelerado en la oficina de David, encontrándose tanto con él como con otros pandilleros humanos de la “Trece-dieciocho”, mirándole fijamente.\n\n—¿No vas a decir nada? —preguntaba Greg a David.\n\n—¿Y qué quieres que diga?\n\n—Un miembro de tu pandilla acaba de morir.\n\n—¿Ajá?\n\n—¿En serio no piensas tomar represalias? —preguntó mientras se acercaba más a David.\n\n—No voy a pelearme con otra pandilla por eso. Ya tenemos suficientes problemas.\n\n—¡Cabrón, la misión que hemos hecho hoy era precisamente por eso!\n\n—Rectifico: la misión que habéis hecho hoy ha sido como represalia a un miembro humano. Hu-ma-no. No un asqueroso “Lágrima” que no nos aportaba nada.\n\nGreg agarró a David de su camisa y lo levantó del suelo, el resto de pandilleros respondiendo apuntando a Greg en la cabeza con sus pistolas.\n\n—¿Qué puto problema tenéis los humanos con nosotros?\n\n—Por favor. No te hagas el digno —respondió David con calma, a pesar de la situación—. Todo el mundo sabe que sois violentos y peligrosos por naturaleza. ¿Sabes cuántas noticias he escuchado de “Lágrimas” sin dueño que matan sin objetivo y violan a mujeres indefensas? Ir contra la pandilla que haya matado a tu hermano sería como matar a alguien por haberme roto una tostadora o una televisión. No sois más que un objeto y estáis diseñados para ser eso: un objeto.\n\nMérida se acercó a Greg y le puso la mano en el brazo, un gesto que trataba de tranquilizarlo a pesar de las palabras de David.\n\n—Sí, somos un objeto. Pero es gracias a nosotros que todavía este sitio no se ha ido a la mierda —Greg dejó a David en el suelo y dio media vuelta para salir de la oficina mientras miraba a Mérida—. O quizás no sólo gracias a nosotros…\n\n--\n\nMérida volvió a casa, pensando en todo lo que había pasado en un solo día. Toda la situación le había servido para reflexionar sobre la vida en la que se había metido, en la que en un segundo podías estar allí y, al siguiente, no. Se adentró un poco más en la casa hasta encontrarse con Pliskin en la cocina haciendo la cena.\n\n—Hey —dijo, tratando de llamar la atención de Pliskin.\n\n—Hey. ¿Cómo ha ido?\n\n—Bien. He estado en casa de Lupe.\n\n—Genial. Es bueno que te tomes un descanso de vez en-.\n\nLas palabras de Pliskin se vieron interrumpidas cuando dirigió la mirada a Mérida de forma algo más concentrada, viendo en ella algo que le aterraba, dejando caer un plato al suelo.\n\n—¿Pliskin? —preguntó preocupada.\n\nMérida notó como sus ojos tomaron el poco brillo característico de cuando Pliskin sufría una ausencia. Rápidamente acercó sus dedos a sus ojos y los chasqueó un par de veces, haciendo que Pliskin volviera en sí, quedándose algo pálido.\n\n—¿Estás bien?\n\n—Sí… sí, sí… No te preocupes —dijo algo nervioso.\n\n—Hacía tiempo que no tenías una ausencia.\n\n—Son cosas de la edad, Mérida. Me… Me estoy volviendo viejo.\n\n—¿Necesitas algo?\n\n—No, no te preocupes. Deja que termine de hacer la cena, ¿está bien?\n\nMérida obedeció a Pliskin y salió de la cocina para dirigirse al salón nuevamente, algo confundida por lo que acababa de ocurrir. Ya había visto a su mentor sufrir ausencias con anterioridad, pero esta vez, por algún motivo que no comprendía, se sentía distinto. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de la puerta principal abriéndose, encontrándose con Tetsuo, quien tenía una amplia sonrisa.\n\n—Aló.\n\n—¿Qué hay? —saludó Mérida con una sonrisa algo amarga.\n\n—Lo de siempre —respondió mientras dejaba una bolsa encima del sofá antes de seguir hablando—. Oye, escucha… —paró de hablar en seco al notar la expresión taciturna de Mérida, examinándola brevemente—. Me juego el brazo a que a ti te pasa algo.\n\n—¿Eh? No, no. No te preocupes. ¿Qué ibas a decir?\n\n—Bueno —suspiró antes de continuar hablando—. No sé si Pliskin te lo habrá dicho ya, pero él y yo vamos a tener que estar fuera de casa un par de días. Nos vamos pasado mañana.\n\n—¿Qué? ¿Por qué? ––preguntó algo irritada.\n\n—Tenemos que hablar en persona con alguien del trabajo y no está dispuesto a arriesgarse el cuello viniendo aquí. Así que hemos quedado en Guatemala.\n\n—Qué tontería. Si Guatemala está igual o peor que aquí. Toda Centroamérica, en general.\n\n—En eso estoy contigo. Supongo que no estará al día con cómo está la situación en este lado del charco.\n\nMérida se sentó en el sofá y miró al suelo, algo disgustada.\n\n—¿Seguro que no te pasa nada? —preguntaba Tetsuo, acercándose un poco a ella.\n\n—Me das miedo, eso es todo.\n\n—No es la primera vez que me lo dicen —dijo antes de reírse ligeramente.\n\n—¿Se puede saber en lo que estáis metidos?\n\nTetsuo se quedó un momento callado, comenzando a pasear lentamente por la habitación.\n\n—Te voy a ser sincero. Yo no tendría ningún problema en decirte en lo que trabajamos. El que no quiere que lo sepas es Pliskin.\n\n—¿Él? ¿Por qué?\n\n—Dice que es para no ponerte en peligro, pero no tiene mucho sentido. Supongo que es por algo más.\n\n—Ya, claro. Seguro que sabes algo y no me lo quieres decir.\n\n—¿Quién sabe? —dijo mientras levantaba las manos, mostrando aún más sus ojos—. Pero, aunque lo supiera, no te lo diría. Respeto mucho a Pliskin. Si no te lo quiere decir es cosa vuestra —concluyó con un tono más serio de lo normal—. Bueno —dijo recuperando su tono alegre de siempre—. ¿Quién tiene hambre?\n\n--\n\nAl día siguiente, Greg se preparaba para realizar el entierro de su hermano, acompañado de Mérida y Lupe. Las “Lágrimas” no tenían derecho a ser enterrados en cementerios, así que no tuvo otra opción que enterrar a Emilio en un descampado cualquiera, bajo un árbol que les resguardaba ligeramente de la lluvia.\n\nUna vez terminó de tapar el foso donde ahora yacía el “Lágrima”, Greg agarró uno de los dos colmillos que le sobresalían de la parte inferior de la boca y comenzó a ejercer fuerza para, después de unos agónicos segundos, arrancárselo. Al extraer el colmillo, la sangre brotaba tanto del diente como de la boca de Greg. Se arrodilló frente a la tumba y se untó el dedo en dicha sangre para hacer una cruz en la tierra y, posteriormente, clavar el colmillo en el centro del símbolo.\n\nMérida sacó un trapo del bolsillo y lo mojó con agua de lluvia, antes de arrodillarse junto a él y ofrecérselo.\n\n—Gracias —dijo Greg antes de limpiarse la sangre con el trapo.\n\nLupe se acercó a Greg para agacharse junto a él y ponerle la mano en el hombro.\n\n—Sé perfectamente lo que estás planeando —susurraba Lupe con una voz tranquilizadora—. Ni se te ocurra hacerlo.\n\n—Alguien tiene que pagar, Lupe.\n\n—Te entiendo, pero si metes en problemas a la pandilla no me quiero ni imaginar lo que David te hará.\n\n—No me importa. Incluso si me mata después. Si le jodo antes de morir, mejor.\n\n—Pero no solo le joderas a él. Me vas a joder a mí y vas a joderla a ella —dijo mientras señalaba a Mérida, quien no decía nada. Sólo se dignaba a mirar sin parpadear el colmillo—. Mérida… Dile algo para hacerle entrar en razón.\n\nMérida se tomó unos segundos para responder, arrugando la tela de su pantalón y soltando un fuerte suspiro mientras apretaba con fuerza el toro de su colgante, como si estuviera atrapada en un recuerdo profundo y muy oscuro.\n\n—Si vas a ir a por ellos, voy yo contigo.\n\n—¡Mérida! ¿Qué estás diciendo? —preguntó impactada Lupe.\n\n—No voy a dejar que me acompañes, Mérida —intervino Greg—. Esto es asunto mío y sólo mío.\n\n—No eres el único que ha perdido gente por culpa de las drogas —dijo Mérida levantándose del suelo—. Esto también me afecta, Greg.\n\n—Mérida, apenas conoces a Emilio de hace un par de semanas —intervino Lupe —. Tú no tienes nada que…\n\n—¡Sí que tengo! —interrumpió violentamente—. Y lo sabes perfectamente.\n\nLupe se quedó callada por unos segundos, resoplando una vez que entendió a lo que se estaba refiriendo Mérida, viendo como no soltaba su colgante.\n\n—Puede que creas que esta situación se parece a eso. Pero ir a vengar a Emilio no te la va a devolver.\n\n—¡No es por eso! —gritó, tratando de aguantar las lágrimas mientras tomaba aire para seguir hablando. —No tienes ni puta idea de lo impotente que me sentí aquel día.\n\n—Sí lo sé…\n\n—No. No es lo mismo vivirlo a que te lo cuenten. No puedo evitar tener la misma sensación de impotencia. El no haber… —paró de hablar en seco para observar la tumba de Emilio nuevamente—. No haber podido salvarle.\n\nMérida se volvió a agachar para ponerle una mano en la espalda al “Lágrima”.\n\n—Greg. Sé que ir a por “Los Guarumos” no va a devolverle la vida a tu hermano. Sé que no lo haces por eso y yo tampoco. Pero no me puedo quedar de brazos cruzados viendo que algo así pasa frente a mis ojos una vez más, menos aún si te tengo que dejar ir a morir sólo. Así que, por favor, déjame luchar contigo.\n\n—Puedo hacerlo yo sólo.\n\n—Por favor…\n\nGreg mantuvo silencio para, posteriormente, suspirar mientras se levantaba, mirando a Mérida fijamente.\n\n—Más te vale no estorbarme —respondió finalmente.\n\n—Haré lo mejor que pueda —dijo dirigiéndose fuera del descampado junto con Greg.\n\n—¿Sois idiotas? —preguntaba Lupe, siguiéndoles apresuradamente fuera del descampado—. Si David se entera de esto…\n\n—David no tiene por qué enterarse si tú no abres la boca —respondió Mérida.\n\n—¡Si “Los Guarumos” vienen a por nosotros sí que se va a enterar!\n\n—Si alguien quiere venir, yo le esperaré. —concluyó Greg antes de salir del descampado junto con Mérida.\n\n--\n\nMérida y Greg llegaron a una pequeña casa la cual tenía una pintada de una calavera rodeada de serpientes en una de las paredes y en la que se escuchaba gente festejando dentro.\n\n—Es aquí —dijo Greg al mismo tiempo que se acercaba a la puerta, siguiéndole Mérida de cerca—. Al menos esta es la única base que conozco que se encuentre en esta colonia. Puede que el cabrón este se encuentre aquí.\n\n—¿Cómo lo hacemos?\n\n—Tenía pensado entrar directamente y hacer un desmadre. Al fin y al cabo, yo te puedo proteger de las balas.\n\n—No creo que sea la mejor forma de operar… Pero tampoco se me ocurre nada mejor.\n\n—Confía en mí. La cabeza fría.\n\nGreg se paró enfrente de la puerta de madera antes de golpearla fuertemente, el sonido cesando dentro de la casa tras la llamada de atención. Mérida sacó su pistola y se subió el pañuelo para taparse el rostro. El “Lágrima”, por otro lado, decidió mantener su rostro descubierto y permanecer desarmado.\n\n—Detrás de mí cuando entremos —susurró Greg a Mérida.\n\nCuando el “Lágrima” escuchó a alguien del otro lado de la puerta, la rompió de un fuerte puñetazo para agarrar al pandillero por sorpresa y aplastar su cabeza contra el marco de la puerta.\n\n—¿¡Qué carajo!? —exclamó uno de los tres pandilleros que había en el salón principal, sacando su arma.\n\nGreg entró rápidamente en la casa, seguido de Mérida a sus espaldas, quien usaba el corpulento cuerpo de su acompañante como escudo para disparar contra los pandilleros restantes de la habitación, atinando a dos en la cabeza y a uno en el pecho, cayerendo afligido al suelo. El “Lágrima” corrió hacia el bandolero abatido y le metió una fuerte patada en la cabeza, desnucándolo al instante.\n\nMérida escuchó sonidos viniendo de unos pisos inferiores improvisados dentro de la propia casa, construidos por los propios “Guarumos”. Se apoyó en la pared que daba a las escaleras para tomar cobertura mientras esperaba a Greg para bajar. El “Lágrima” agarró una uzi que tenía uno de los pandilleros y se la lanzó a Mérida.\n\n—¿Sabes usarla?\n\n—Sí. —respondió a la vez que agarraba el arma en el aire y comprobaba la munición.\n\nGreg tomó la iniciativa para bajar las escaleras, tapando su rostro con los brazos y frenando los disparos de “Los Guarumos” que había abajo, embistiendo contra ellos. Mérida le siguió de cerca y usó la ametralladora ligera desde distintos puntos de cobertura del piso inferior, como paredes o muebles.\n\nAl mismo tiempo que la munición de la uzi se agotó, un pandillero sorprendió a Mérida por la espalda con un machete de combate, parecido a un kukri, tratando de provocarle un profundo corte en la cintura, pero al ella percatarse de su presencia, consiguió esquivarlo parcialmente, llevándose una herida en la pierna izquierda.\n\nPuesto que tenía al sujeto del machete tan cerca, no podía desenfundar la pistola con la que había llegado al lugar cómodamente, por lo que Mérida se dedicó a esquivar los cortes hasta que, de manera accidental, el pandillero acabó atascando el machete en un armario de madera, aprovechando ella para darle un fuerte puñetazo en la nariz y luxar su rodilla con una patada baja para hacerle caer al suelo, antes de desatascar el arma del mueble y apuñalarlo en el pecho.\n\nGreg, por su parte, atacaba cuerpo a cuerpo a los pandilleros con rabia, soltando gruñidos bestiales con cada golpe y matándolos por los fuertes impactos sufridos.\n\nCuando parecía que el piso estaba libre de pandilleros, un último “Guarumo” entró por una de las puertas apresuradamente, armado con una pistola y observando con terror el sangriento escenario que se presentaba ante él. Mérida dirigió su mirada al pandillero, también con pistola en mano. Sus ojos verdes brillaban en la ligera oscuridad que había en el piso inferior, como un tigre observando a su presa. Ella lo reconoció al instante y, al mismo tiempo, él la reconoció a ella: era el verdugo de Emilio.\n\n—Ahora no tienes escapatoria, cabronazo —murmuró ella mientras lo miraba fijamente.\n\n—¡Hijos de puta! —gritó el pandillero antes de salir corriendo por donde había venido.\n\n—¡Greg, es él! —exclamó antes de comenzar a perseguirlo.\n\nGreg siguió de cerca a Mérida, corriendo tan rápido que, poco a poco, iba adelantándola. Otro pandillero la sorprendió por la espalda en su carrera, partiéndole un bastón de madera en la espalda, cayendo al suelo y perdiendo su arma.\n\n—¡Sus muertos! —gimió de dolor.\n\n—¡Mérida! —gritó Greg, parándose con la intención de ayudarla.\n\n—¡Tranquilo! ¡Sigue a ese cabrón! —dijo mientras se reincorporaba torpemente, agarrándose la espalda.\n\nGreg dudó un par de segundos antes de volver a la persecución del verdugo. Mérida se puso en guardia para enfrentarse al pandillero que la había sorprendido. Unos segundos después de enfrentarse a él torpemente y recibir algunos golpes, otro pandillero entró al combate, pegándole una fuerte patada frontal en el costado a Mérida, haciéndola caer al suelo una vez más.\n\nAntes de que pudieran abalanzarse sobre ella, consiguió rodar e incorporarse sobre sus pies nuevamente, notándose algo confundida y fatigada, con un hilo de sangre cayendo de su boca. Se volvió a poner en guardia y arremetieron nuevamente contra ella.\n\nDebido a su cansancio, Mérida decidió intentar aprovechar la fuerza de los ataques de los pandilleros a su favor para neutralizarlos. Consiguió esquivar un puñetazo de uno de los bandoleros y lo agarró de las mangas para hacerle una llave en la dirección del puñetazo, tirándolo al suelo. Hizo lo mismo con el otro, pero en vez de tirarlo al suelo, lo empujó hacia delante para hacer que se tropezara con su compañero y que cayera sobre el pico de una mesa, perdiendo el conocimiento al instante.\n\nCuando esta se empezaba a confiar, el otro pandillero pateó sus piernas, haciéndola caer. Antes de poder reaccionar, ya tenía al tipo encima suyo estrangulándola, pese a tener las manos libres no lograba zafarse del agarre, pudiendo ver la intención asesina en sus ojos. Pasaba las manos por el suelo desesperada, rozando con la yema un dedo la pistola que había perdido antes, tratando de alcanzarla mientras le sostenía la mirada. Notaba cómo se quedaba sin aire.\n\n—Ya no pareces tan aterradora niñita —dijo maliciosamente mientras la miraba fijamente, justo antes de escuchar una corredera y sentir el cañón del arma que había conseguido agarrar Mérida en su mandíbula.\n\nEl rostro de Mérida se llenó de sangre. El pandillero cayó encima suya con los sesos reventados. Mientras trataba de recuperar el aliento, sin darle tiempo a asimilar lo que había ocurrido, se separó del cuerpo, se levantó torpemente y comenzó a caminar en la dirección en la que había ido Greg.\n\n--\n\nGreg seguía muy de cerca al asesino de su hermano, tratando este último de escapar por una puerta que se encontraba algo atascada. Cuando por fin consiguió abrirla, se vió sorprendido por un fuerte dolor, provocado por una silla de madera que Greg le había lanzado, haciéndose añicos al entrar en contacto con su cuerpo y cayendo al suelo. El “Lágrima” aprovechó para abalanzarse sobre él y agarrarlo de la camisa.\n\n—¡Emilio nos debía din-!\n\nAntes de que pudiera terminar su frase, Greg comenzó a golpear brutalmente la cara del pandillero con un movimiento de martillo, el sonido de la sangre salpicando por el suelo siendo completamente acallado por los bufidos rabiosos del “Lágrima” con cada golpe que daba. La paliza continuó hasta que el rostro del verdugo quedó completamente desfigurado y ensangrentado, entrando justo Mérida para observar la escena desde lejos.\n\n—Dios… —susurró Mérida para sí.\n\nGreg se levantó y se dirigió a ella lentamente y en completo silencio, cediéndole la mano, sabiendo exactamente lo que quería. Mérida le dio su pistola a Greg y este se volvió a dirigir al pandillero, quien intentaba arrastrarse inútilmente fuera de la habitación mientras respiraba con dificultad. Sin vacilar, Greg apuntó y disparó en la cabeza del verdugo, en el mismo lado de la cabeza en la que él había disparado a Emilio.\n\n—Ya está hecho… —susurró mientras respiraba lenta y pesadamente.\n\nTras ver que no quedaba nadie más, ambos se dejaron caer apoyados en la pared, sentándose a respirar. Mientras Greg le devolvía el arma a Mérida sin apartar la mirada del cuerpo, su corazón no se llenó de satisfacción, sino de indiferencia, seguido de una profunda tristeza.\n\n—Buf. Me duele todo. —murmuraba ella mientras se masajeaba el cuello.\n\nGreg no respondió. Sólamente miraba el cuerpo del asesino de su hermano sin pestañear.\n\n—¿Te encuentras bien? —preguntó preocupada.\n\n—No me ha hecho sentir mejor. —respondió finalmente, sin dirigirle la mirada.\n\n—Supongo que no harán daño a más gente.\n\n—Aunque trate de excusarme con eso, en el fondo sé que ha sido mi rabia la que me ha traído hasta aquí —Greg finalmente le dirigió la mirada a Mérida. —¿Y tú? ¿Lo que te ha traído aquí ha sido también la rabia?\n\n—No. Creo que no. Es complicado.\n\nHubo un momento de silencio. Mérida se pasó la mano por el rostro, limpiándose la sangre en el proceso.\n\n—¿Qué sientes cuando matas? —preguntó ella finalmente mientras se miraba la mano ensangrentada.\n\n—No lo sé —respondió tras unos segundos—. Normalmente trato de pensar que eran ellos o yo. Pero ya no sé si ese pensamiento sirve cuando soy yo quien quiere ir a por ellos. Supongo que intento no pensar mucho en ello. ¿Y tú qué sientes?\n\n—Creo que lo mismo que tú.\n\n—Ya veo…\n\nHubo otro momento de silencio.\n\n—Gracias por haberme acompañado.\n\n—No tienes por qué dármelas —dijo antes de levantarse—. Venga, vamos a ver si queda alguien más. No vaya a ser que nos embosquen a la salida.\n\nMérida y Greg comenzaron a investigar más el piso inferior. Acabaron dando con una habitación en cuya mesa central había un amasijo de billetes desperdigados, aproximando que había unos cinco mil dólares en total.\n\n—Puedes quedártelo tú. No quiero nada de estos cabrones.\n\n—Es extraño —dijo Mérida con la voz baja, agarrando el dinero antes de continuar investigando.\n\n—¿Qué cosa?\n\n—¿No se supone que son distribuidores de droga? Aquí no hay ni rastro.\n\n—Puede que ya lo hayan vendido.\n\n—Ya. ¿Pero todo? —dijo mientras se percataba de una puerta de madera podrida que daba a un lugar aún más inferior—. Sigue investigando por aquí arriba. Voy a bajar.\n\nAl abrir la puerta, un olor fétido que venía de dentro se apoderó del olfato de Mérida, incluso a través del pañuelo, provocando una ligera arcada en ella. Mérida sacó su teléfono para usar la linterna y alzó la pistola hacia delante antes de bajar las escaleras lentamente, chirriando estas debido a su deterioro con cada paso que daba. Cuando llegó abajo y apuntó con la linterna al oscuro sótano, el macabro escenario con el que se encontró hizo que sus pupilas se contrajesen y sus manos comenzasen a temblar.\n\nCadenas. Cadenas por todas las paredes. Y bajo las cadenas, atados de las muñecas, varias “Lágrimas”, en diferentes estados de insalubridad, sollozando u observando al frente o el suelo podrido con la mirada perdida.\n\n—Hostia puta… —susurró Mérida para sí mientras bajaba el arma lentamente.",
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