El Cuerno del Toro - Capítulo 7
Capítulo 7: Take a taste of death.
Ante la presencia de “Los Bolos” que les rodeaban, Greg agarró a Mérida del pescuezo y se la echó al pecho, cubriendo el cuerpo de la humana con su espalda. Ante la acción de Greg, algunos pandilleros comenzaron a dispararle, pero debido al tamaño de su cuerpo y el calibre pequeño de las armas, las balas no perforaron demasiado profundo en él, aunque el dolor era inevitable. Seguidamente, cogió carrerilla hacia una de las paredes de la habitación y embistió contra ella, rompiéndola en pedazos y cayendo al piso inferior.
—¡La hostia! —exclamó Mérida mientras trataba de incorporarse.
—¡Venga! ¡Coge cobertura! ¡Ya! —ordenó Greg.
Todos “Los Bolos” bajaron de golpe, corriendo de manera torpe, algunos incluso a cuatro patas, haciendo que el apuntado fuera bastante impreciso tras la cobertura, pero aún así pudieron abatir a un par de pandilleros antes de que comenzaran a acercarse demasiado.
—Mierda. ¡Hay que huir arriba! —volvió a ordenar Greg.
La cantidad de adrenalina que corría por las venas de Mérida durante la huida, acompañado de la situación de estrés, provocó que no asimilara en ese preciso instante que estaba matando gente. Era casi como si su cerebro estuviera apagado y sólo tuviera el instinto primario de sobrevivir. Durante su ascenso, otro pandillero sorprendió a Mérida, empujándola contra una pared e intentando arañar su rostro. Justo cuando Greg iba a asistirla, ella sacó su navaja de su bolsillo trasero y lo apuñaló en la carótida, haciendo que el pandillero cayese al suelo, dejando a su paso un chorro de sangre que manchó a Mérida en el rostro, el pañuelo y parte de la camiseta antes de seguir corriendo hacia arriba.
El amasijo de “Bolos” que les perseguían les estaba pisando cada vez más los talones, teniendo que disparar hacia atrás mientras corrían. A punto de llegar a la azotea, Greg agarró una estantería de metal para tapar el pasillo y hacerles ganar algo de tiempo. Mientras tanto, un pandillero que ya se encontraba arriba sorprendió a Mérida por la espalda e intentó someterla al suelo. Sin embargo, ella mordió la muñeca del individuo para liberarse del agarre antes de meterle un fuerte puñetazo en el mentón aunque, a pesar del golpe, el pandillero seguía en pie. Mérida trataba de leer los movimientos del “Bolo”, pero su borrachera hacía que fuera impredecible, atacando sobre todo con arañazos y desde ángulos extraños. Tras conseguir esquivarlo, el pandillero se tropezó contra una pared y Mérida aprovechó para meterle un rodillazo en la cabeza contra ella, desnucándolo.
—¡Greg! —gritó su nombre, llamando su atención.
Greg dejó de agarrar la estantería y subieron rápidamente a la azotea, tomando el poco aire que podían al estar exhaustos.
—Muy bien, ¿ahora qué, genio? —preguntó Mérida mientras miraba a su alrededor
Greg observó a Lupe en su puesto de francotiradora para, seguidamente, dirigir su mirada a la calle y ver como algunos “Bolos” se estaban colando en el edificio donde se encontraba ella.
—Esos se le han escapado… —murmuraba para sí mismo.
Al mismo tiempo que analizaba la situación, escuchaba como los pandilleros que habían dejado atrás estaban comenzando a subir a la azotea también. Tomó aire y, sin previo aviso, agarró a Mérida de la cintura con ambas manos y la levantó del suelo.
—¿Qué coño haces? —preguntaba mientras meneaba las piernas, tratando de liberarse del agarre de Greg.
—Ayuda a Lupe con los que se hayan colado en el edificio. No dejes que lleguen a ella.
—¿Eh?
—Que me siga cubriendo.
Antes de que Mérida pudiera pedir explicaciones, Greg giró su cuerpo trescientos sesenta grados y, con una fuerza increíble, lanzó a Mérida hasta el otro edificio. Lupe, al ver cómo el cuerpo de Mérida estaba volando hacia su posición, rápidamente se levantó de su posición y corrió para cogerla al vuelo y que no impactara contra el duro suelo de la azotea. Cuando consiguió echársela a los brazos, costándole un poco por el peso de Mérida y la velocidad con la que iba, comprobó que estaba pálida por lo que acababa de experimentar.
—¿Cómo estás? —preguntaba Lupe.
—Quiero vomitar…
Lupe la dejó en el suelo lentamente y observó en dirección de la azotea de la base.
—Se han colado en este edificio.
—Mierda, no los he visto.
—Tranquila, me encargaré de ellos. Tú cubre a Greg, ¿está bien?
—Hecho.
Lupe corrió nuevamente al punto de francotirador y Mérida hacia las escaleras que daban con los pisos inferiores mientras Greg se preparaba para recibir a “Los Bolos” en la base, guardando su arma, prefiriendo enfrentarlos cuerpo a cuerpo.
El grupo que subió se abalanzó hacia Greg quien, a pesar de su fuerza, tener que lidiar con tantos enemigos a la vez le costaba mucho, aunque fue capaz de aplastar a un par contra el suelo. Lupe, desde su posición de francotirador, consiguió encargarse de un par de ellos que estaban a punto de golpear con fuerza a Greg. La puntería de Lupe comenzó a fallar y, debido a un par de disparos errados seguidos, uno de “Los Bolos” consiguió golpear a Greg en la cabeza con un palo de madera, dejándolo algo confundido.
Lupe trató de no perder el control de la situación. Respiró lentamente. Recargó. Apuntó nuevamente, pero esta vez trató de disparar de forma más sosegada, yendo a zonas más grandes como el pecho o el estómago y tomándose más tiempo entre disparo y disparo. A pesar de que parecía que ahora estaba siendo menos eficiente, la realidad era que ahora estaba atinando todos los disparos.
El enfrentamiento duró unos minutos más y, poco a poco, “Los Bolos” restantes fueron cayendo, tirando Greg al último de ellos desde la azotea, antes de permitirse sentarse en el suelo para tomar aliento, observando cómo Lupe le levantaba el pulgar desde su posición.
—Vale… —se susurró a sí misma antes de abandonar su puesto de francotirador para bajar las escaleras por donde había ido Mérida—. Vamos a echarte una mano.
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En su descenso, Mérida iba tomando cobertura con las paredes y los muebles, esperando encontrarse en cualquier momento con los sujetos que habían avistado entrando al lugar. Asomándose por una de las escaleras, fue recibida repentinamente por un disparo de escopeta que consiguió evitar escondiéndose tras la misma pared de la que se asomaba, antes de tomar como barricada una mesa que estaba de lado.
—¡Joder! —murmuraba entre dientes mientras trataba de tomar aire.
Mérida podía escuchar cómo el tirador estaba subiendo rápidamente las escaleras, bufando agresivamente. Así que, conociendo la posición por el sonido, levantó únicamente su mano para disparar ciegamente al hombre en el brazo, antes de salir por un lado de la mesa y dispararle dos veces en el pecho. Una vez abatido, Mérida corrió para coger la escopeta del pandillero para seguir bajando equipada con ella.
No faltó mucho hasta encontrarse con el resto de intrusos, siendo la escopeta una gran herramienta para poder abatirlos sin mucho problema, pero teniendo que usarla con cautela, flanqueando a sus enemigos y escondiéndose tras cualquier objeto que pudiera cubrirla. Sin embargo, el último de ellos la sorprendió por la espalda, haciéndole un mataleón, tratando de quitarle el conocimiento. Al ella resistirse tanto, el pandillero le dio un fuerte mordisco en el trapecio de cuya herida pronto comenzó a brotar sangre, haciendo que emitiera un gemido afligido. A pesar del dolor, trataba de liberarse dándole codazos en el hígado para aflojar un poco el agarre, pero sus esfuerzos fueron inútiles, pues el pandillero le ganaba en fuerza. Comenzaba a perder el conocimiento.
De repente, Antonio, el drogadicto con el que había hablado Lupe antes, se acercó a ambos y apuntó con su pistola al pandillero, quien no dejaba de estrangular a Mérida.
—¿Eres un fiel seguidor de las obras de nuestro Dios Daniel?
—¿De qué carajos hablas? —preguntaba el pandillero mientras miraba al drogadicto de lado.
Casi antes de que pudiera acabar la frase, la cabeza del bandolero fue volada por una bala eyectada por el drogadicto, cayendo tanto él como Mérida al suelo, quien tosía fuertemente mientras trataba de recuperar el aliento.
—¿Y tú quién eres? —gritaba el drogadicto, apuntando ahora a Mérida—. ¿Eres una seguidora del todopoderoso Daniel?
—Sí —respondió con la voz seca, sus ojos inyectados en sangre por el estrangulamiento—. Buf… De quien tú quieras.
—Me alegra escucharlo, señorita —dijo con una sonrisa antes de guardar su pistola y retirarse de la escena.
—El canto de un duro, joder… —murmuraba para sí misma mientras se dejaba caer al suelo boca arriba.
Casi al mismo tiempo, Lupe bajó hasta encontrarla a ella junto a la sangrienta escena.
—¡Mérida! ¿Estás bien?
—Cómo nunca —respondió irónicamente—. ¿Crees que me voy a infectar?
—Espero que no. Te tendría que destruir el cerebro.
Lupe se acercó a Mérida para ayudarla a levantarse, parándose un momento a contemplar los cuerpos de sus adversarios con una mirada fría, casi inexpresiva, pero al mismo tiempo quedándose inmovilizada, como si estuviera en un pensamiento muy profundo.
—¿Volvemos a casa? —preguntó Mérida, despertando a Lupe de su trance.
—¿Eh? Sí. Deberíamos de marcar la base como nuestra, pero David no nos ha dado órdenes para hacerlo. Habrá que esperar a ver qué quiere hacer.
—Pues vámonos ya de este puñetero sitio. ¿Cómo está Greg?
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—¡Aj! —se quejaba Greg, tumbado boca abajo en la cama de la enfermería mientras la “Lágrima” médico trataba sus heridas de bala, retorciéndose ligeramente.
—Quieto, grandote —le ordenaba la médico—. No compliques aún más mi trabajo.
—Sí, señora…
Mérida, quien también estaba en la enfermería, sentada junto a Lupe, miraba con preocupación las manchas de sangre de su camiseta mientras se apretaba con fuerza la herida que le había dejado la mordida.
—¿Y qué le digo yo a Pliskin? ¿Tal vez puedo meter la camiseta en la lavadora sin que se de cuenta o tirarla a la basura o…?
—Nada de eso, déjanoslo a nosotros. Eir.
—¿Ajá? —respondió la médico al escuchar su nombre, sin dejar de suturar las heridas de Greg.
—¿Puedes limpiar la camiseta de Mérida? Y de paso cúrale ese mordisco tan feo.
—Ajá —dijo mientras se levantaba de la silla—. Espera aquí —indicó a Greg antes de dirigirse hacia las dos mujeres.
Mérida se quitó su camiseta y se la cedió a Eir, quien dirigió la prenda hacia una mesa donde la extendió, antes de agarrar un bidón pequeño de plástico, vertiendo una solución pegajosa sobre la camiseta, frotándola y dándole un fuerte meneo que eliminó la solución junto con la mancha de sangre. Eir le volvió a dar la camiseta a Mérida, quien miraba el resultado completamente anonadada.
—Muchas gracias —dijo con una sonrisa algo tímida mientras Eir comenzaba, ahora, a aplicar esa misma solución viscosa sobre la mordida—. Dios, y ahora la herida ni siquiera me duele. ¿Se puede saber qué es eso?
—Su saliva —responde Lupe apresuradamente, justo cuando Eir terminó de tratar a Mérida y volver con Greg.
—¿Eh?
—Es su saliva. Filtra las manchas de las telas y el algodón y las absorbe.
Mientras Lupe explicaba, Eir se mojó el dedo con su saliva antes de pasarlo por una de las heridas de Greg.
—Ah, sí. También es un astringente y analgésico natural. —terminó de explicar.
—En mi tierra se dice que la saliva de madre lo cura todo… —reflexionó mientras miraba la camiseta, dándole un ligero escalofrío—. Pero jamás pensé que pudiera ser literal.
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Greg salió junto con Mérida de la base para tomar el aire una vez Eir terminó de tratar sus heridas. Fuera también estaba Emilio, sentado en una silla, quien les dedicó una sonrisa algo melancólica antes de que su hermano se sentase junto a él en el suelo, dándole una ligera palmada en la espalda.
—Hace mucho calor. Y eso que es por la tarde —dijo Mérida, quien usaba su camiseta para quitarse el sudor de la frente.
—El verano se está a punto de acabar. Pronto tendrás que usar sudadera.
—Dios te oiga.
—¿Cómo ha ido la misión, Greg? —intervino Emilio.
—Fue facilísimo. Ya sabes que no hay nadie que me haga frente, hermanito.
—Excepto ella —respondió Emilio con una sonrisa.
—Eh. Si esta no tiene todas las costillas rotas es porque me aguanté. Podría destrozarla cuando quisiera.
—¿Quieres demostrarlo, grandullón? —preguntaba Mérida confiada con una sonrisa, llamando la atención de Greg con una patadita.
—Estoy un poco cansado.
—Claro… ––murmuró Mérida entre pequeñas carcajadas.
Emilio rió levemente ante la interacción de Mérida y Greg, antes de mirar al suelo y que hubiera un momento de silencio.
—Me alegra pasar momentos así. Sobre todo contigo, Greg —dijo Emilio, con un tono un poco más sombrío—. Hace que me olvide de todo. Más que la droga.
—Siempre voy a estar aquí para ti.
—Agradezco que no me hayas abandonado nunca después de haberte dado tantos problemas.
Mérida se tensó un poco ante las palabras de Emilio. Casi se notaba como una despedida. Recordó las palabras que le había dicho esa mañana y tuvo un mal presentimiento.
—A veces eres indefendible. Pero eres mi hermano, después de todo. Tengo que intentar llevarte por el buen camino.
—Mi hermano… —murmuró para sí mismo Emilio.
De repente, unas motos se escucharon fuertemente desde la esquina derecha de la calle, provocando que Emilio cerrase los ojos fuertemente antes de agarrar la mano de Greg.
—Greg, gracias por ser mi hermano —dijo mientras lo miraba fijamente.
Las motos pasaron por delante del grupo y, el que iba por detrás, disparó a Emilio con precisión en la cabeza, matándolo al instante.
Greg no consiguió asimilar la situación inmediatamente, pero el cerebro de Mérida se activó al instante, echando a correr tras los pilotos, tratando de seguirles la pista mientras les gritaba insultos. Antes de que cruzaran la esquina izquierda, Mérida sacó su pistola y disparó en la espalda a uno de ellos, quien cayó del vehículo mientras que el verdugo de Emilio escapaba. Mérida se acercó al hombre, desangrándose en el suelo, pues la bala le había dado directo en el corazón, antes de propinarle un fuerte puñetazo en la cabeza que lo dejó inconsciente, a escasos segundos de morir por la hemorragia interna.
Se cargó el cuerpo del hombre a los hombros antes de volver a la puerta de la base, únicamente para ver a Greg arrodillado, agarrando el cuerpo de su hermano con las manos temblorosas, observando con los ojos llorosos la cara inexpresiva de Emilio.
—¿Emilio…?
Llamaba su nombre repetidamente, con la esperanza de que, de alguna manera, volviera a la vida. Greg abrazó el cuerpo de su hermano con fuerza mientras comenzaba a llorar de manera desconsolada, como si fuera un niño pequeño.
—Ibas a cambiar. ¡Yo tenía que ayudarte a cambiar! No me hagas esto… Por favor… Dios… Por favor…
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