External Publication
Visit Post

Lo que no se come la luna

fictograma [Unofficial] June 20, 2026
Source

LO QUE NO SE COME LA LUNA

I.

Un sueño más convertido en pesadilla empujó a Berto a despertar del recuerdo de sus padres.

Escuchaba la voz de su madre, exaltada de ilusión, hablando de salarios y oportunidades. Su piel bronceada por el sol hacía que sus mejillas redondas y rojas parecieran más tiernas que maltratadas. Veía a su padre, un hombre cuya sonrisa era derecha como las hileras del maíz; sus dientes blancos iluminaban la penumbra como aquellos rayos que entraban por el techo de lámina agujereada.

Esa lámina era parte de la ayuda que llegaba de lejos. Manos blancas alargaban el brazo lo justo para no ensuciar su ropa cara, y fingían acariciar cabezas indígenas. Berto contaba el tiempo en bolsas tejidas por su madre, y desde hacía muchas, aparte de acarrear agua del río con ellas, también cargaba incertidumbre. Pensaba en los otros, los que llegaban montados en criaturas imponentes que rugían nubes de polvo, trayendo tesoros que prometían un gran cambio. Al principio Berto se alegraba, pero con el pasar de los días, las visitas se volvieron recurrentes, comenzando a desagradarle. Causaban demasiado movimiento, se sentían demasiado cómodos en su hogar. Y él, junto a las otras familias, se empequeñecían para caber. Al verlos, ya habían dejado de recibirlos con brincos cortos de alegría. Hasta ese día.

Tras una visita corta, las voces corrían a la par del viento. La noticia de un nuevo rancho a poco más de una hora de su pueblo, que solicitaba en masa a trabajadores para tareas físicas, había llegado a oídos de todas las familias.

—Berto, en tres días van a venir a recogernos —le dijo su madre sonriente al niño.

—Tu madre y yo iremos a trabajar. Tienes que cuidar bien a tu hermana —dijo su padre—. Iremos a ver cómo están las cosas y luego vemos si le entramos a la chamba.

Su hermanita, pocos años más pequeña que él, sentada en las piernas del señor, contagiada por el ambiente, tenía un semblante afable.

—¿Entonces qué vamos a comer, mamá? —preguntó la niña.

—Les dejo unas papas cocidas y aguantan hasta que lleguemos —dijo la madre, y luego añadió con los ojos brillantes—. Dicen que los salarios son diferentes según las actividades que te pongan a hacer en el rancho. A tu papá a lo mejor lo ponen a cargar cosas pesadas, y a mí me mandan para la cocina junto con otras mujeres que también se apuntaron. Si nos va bien, hasta traeremos comida sabrosa.

El niño permaneció serio durante toda la conversación.

—¿Entonces simplemente se van? —exclamó Berto con un tono seco—. ¿Cómo se van a regresar? ¿Ya saben quién los lleva, quién los trae? ¿A qué hora del día regresan?

—Tranquilo, hijo. No seas tan desconfiado. Tu mamá y yo vamos y venimos. Si nos atontamos, nos ganan la chamba. Manuel del otro pueblo ya lleva un mes trabajando en el rancho, y ya hasta está levantando su casita. Mira nada más el techo que tenemos, pasamos mucho frío en las noches. Duermes bien abrazado a tu hermana. Deja que comience a ganar dinero, y hasta un cuarto le levanto a cada uno.

—Sí, sí, mijo. Con tu papá y yo va a ser más rápido. A lo mejor regresamos muy noche, pero tú ya te sabes cuidar. Y tu hermana te hace caso. ¿Verdad, Paty? —le dijo en tono amoroso.

—Sí, mamá, yo me porto bien.

Quién iba a saber que esa sería su última conversación en familia. Sus padres se integraron junto con el resto de personas: tíos, sobrinas, hijos, madres y padres se fueron a la ciudad montados por primera vez en las camionetas negras, convencidos de que los salarios y las oportunidades eran reales. Berto se quedó con su hermana, viendo cómo el camino de terracería se tragaba la última imagen que recordaría de aquel grupo.

Pasaron los días. Los que se fueron no regresaron. Ni al tercer día, ni al séptimo, ni al mes.

Las otras familias empezaron a preocuparse. Las mujeres que no se habían ido se reunían en la entrada del pueblo, mirando hacia el camino que ya ni rastro de llantas tenía. Los hombres que quedaron —los viejos, los enfermos, los que desconfiaron desde el principio— se turnaban para caminar hasta el cruce, esperando ver una camioneta negra que nunca llegaba.

—Se fueron al rancho —decían unos, con la voz quebrada—. Seguramente los tienen trabajando duro. No los dejan salir.

—¿Y por qué no mandan un mensaje? —preguntaban otros—. Ni una carta, ni un recado. Nada.

Hartos de la situación, se decidieron. Si los de las camionetas no volvían, ellos irían a buscar. Una mañana, varios hombres y mujeres se armaron de agua, tortillas y esperanza, y emprendieron el camino a pie hacia el rancho. El sol los acompañó hasta el mediodía. Luego, la noche llegó. Tampoco regresaron ese día.

«Ahora sí mañana regresan… o al día siguiente, o después de ese regresan todos juntos», se repetía Berto cabizbajo mirando sus pies. Paty, sentada al lado de él, sollozaba con la carita arrugada. No lo había expresado en voz alta, pero tenía mucho miedo. El pueblo se había vuelto tan desolador. Los extrañaba a todos, extrañaba a sus padres.

Ambos niños, a duras penas, se las habían arreglado para comer. Del hambre y de tanto llorar, cayeron dormidos.

II.

Berto se despertó exaltado de su petate con lágrimas en la cara. Otra pesadilla. Otra vez sus padres charlando sobre las oportunidades que daba trabajar en el rancho. Abrió bien los ojos, Paty no estaba junto a él.

—¿Paty? —llamó, pero la choza solo devolvió el eco de su propia voz.

Se incorporó de golpe. Miró hacia el rincón donde guardaban las bolsas tejidas por su madre y notó que faltaban dos. Las que usaban para acarrear agua. Un alivio breve le recorrió el cuerpo. Había ido por agua. La pequeña Paty, con sus piernas cortas y su determinación de niña que quiere ayudar, había tomado las bolsas y había bajado al río. No era la primera vez que lo hacía; Berto le había enseñado el camino, siempre vigilando que no se acercara demasiado a la orilla, que no se mojara los pies, que regresara pronto.

Pero el sol ya estaba alto. Demasiado alto.

Ansioso, se adentró en el bosque. Al principio caminó; luego echó a correr. Las piedras se movían bajo sus pies descalzos, los matorrales le arañaban las piernas, pero no podía parar. Cada paso lo acercaba al río y a la certeza de que algo andaba mal. Llegó jadeando a la orilla y lo vio: las dos bolsas tejidas, tiradas en el suelo. La tierra debajo estaba húmeda, como si las hubieran dejado caer. No había ni una huella de pies pequeños en el barro.

Berto se quedó inmóvil, sin aliento. Su mente se negaba a procesarlo. «Se metió al agua, se resbaló, la corriente se la llevó», pensó, pero el río estaba bajo, las piedras del fondo apenas cubiertas.

—¡Paty! —gritó, con todas sus fuerzas, pero el sonido solo ahuyentó a los pájaros.

Entonces comenzó a buscarla. Se metió entre los matorrales, empujó las ramas, se raspó la cara. Corrió río arriba, después río abajo, llamando su nombre hasta que la voz se le quebró. Pero el bosque no respondía. Solo el viento, frío y sordo, se movía a su alrededor.

El sol se fue ocultando y con él, la luz. La noche cayó de golpe, como si alguien hubiera apagado el cielo. Berto, con los brazos arañados y los ojos hinchados de llorar, se detuvo en medio del bosque. Las sombras se alargaban, los árboles se retorcían en formas que no había visto antes. Escuchó un crujido. Después, algo que parecía un susurro. Se echó a correr. Se movía por instinto, sin dirección, con el corazón golpeándole el pecho y las piernas ardiéndole, lleno de miedo, de culpa, de impotencia. Llegó a la choza sin saber cómo. No recordaba el camino, pero sus pies lo habían traído de vuelta. Entró arrastrándose y se acurrucó en su petate. Sintió el peso de su cobardía. No había sido capaz de quedarse y seguir buscando en la oscuridad. Solo era un niño con miedo. Uno sin nadie a quien pedir ayuda.

Cuando el sol volvió a salir, Berto se levantó. No tenía sueño, solo un cansancio profundo que le pesaba en la conciencia. Se tomó un sorbo de agua, mordió un pedazo de pan duro, y salió de nuevo.

III.

Berto llevaba horas internado en el bosque, buscando a su hermanita Paty. El entorno se veía extraño, distorsionado y opaco. Caminó de ida y vuelta, de las profundidades a la superficie, pero no halló rastro. Regresó al arroyo con la esperanza de que ella hubiera vuelto por las bolsas que dejó tiradas. Pero cuando llegó, se quedó paralizado.

Sin querer, comenzó a temblar.

Al otro lado del agua, un hombre fumaba. Era demasiado alto. Berto conocía a todos en el pueblo, y a ese no lo había visto nunca. Vestía un traje oscuro y una gorra de rojo chillón, inclinada hacia abajo, que le cubría casi toda la cara. Los puños estaban manchados de lodo seco. Los zapatos negros, en cambio, brillaban como si los hubiera lustrado hacía un minuto. Cabellos negros y aceitosos caían como lianas putrefactas desde los bordes de la gorra.

—Oye, niño —dijo el hombre sin levantarse—. ¿Buscas a alguien?

Berto sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Tembloroso, logró articular:

—Mi hermana —susurró—. Salió por agua y no volvió.

La figura se puso en movimiento con una lentitud de muñeco de cuerda. Levantó las manos: eran de rama, torcidas, con dedos contraídos hacia el torso. Abrió la boca demasiado, y de ahí salió una voz aguda:

—Ah, sí. La chinita —dijo, y sonrió—. Me la encontré. Está bien, no te preocupes.

—¿La chinita? —preguntó Berto.

—Sí, la de los ojos rasgados. Así le dije, de cariño. ¿No te parece un nombre bonito? La chinita. Porque es chiquita y tiene los ojitos así —el hombre estiró la piel de sus propios ojos con los dedos, deformando su rostro—. Se rio cuando se lo dije. Es buena niña.

—¿Dónde está? —preguntó Berto, y su voz sonó más delgada de lo que él quería. Apretó el puño buscando fuerza, pero la voz no le salía.

—La chinita se perdió de verdad —canturreó la criatura, alzando un dedo de rama—. Se fue por el agua, pero no volvió. Se fue por el bosque, y se encontró conmigo.

Sin querer, Berto cruzó su mirada. El tipo tenía los ojos desorbitados, las cuencas apenas podían contenerlos. Una sección de su cara estaba pintada de color negro mate que se ensanchaba hacia sus mejillas. Justo alrededor de sus labios, dentro de la zona negra, llevaba un delineado grueso de color blanco que enmarcaba su sonrisa y resaltaba la punta de su nariz pintada también de rojo brillante.

—¿Dónde está? —logró decir Berto, con la voz quebrada.

—No muy lejos —dijo el hombre—. Vamos, te llevo. Pero primero, ¿tienes hambre? Porque yo tengo galletas. Tu hermana las comió y dijo que eran ricas.

Sonrió más ampliamente y comenzó a caminar arrastrando los pies hacia el interior del bosque.

—Era de noche y la chinita tenía miedo, miedo tenía de andar solita… —cantaba.

—¿Q-qué dices? —tartamudeó Berto—. No camines. Quédate quieto.

—Anduvo un rato y se sentó… junto a la china, junto a la china, me senté yo.

—¿Dónde?

—Y yo que sí, y ella que no… y yo que sí, y ella que no… —la canción se fue desvaneciendo en un murmullo.

Se detuvo frente a Berto. Clavó sus ojos negros en los suyos.

—Pero la luna, niño, era envidiosa. Luna importuna. Tenía celos, celos tenía de mi fortuna. Porque la chinita me quería a mí, y la luna no soportaba verla feliz. —Su voz se volvió un susurro—. Así que la luna la besó, y la besó, y la llenó de oscuridad. Y la chinita se perdió en la noche, sin encontrar el camino de regreso.

Berto sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué le hiciste? —gritó Berto, y su voz se rompió.

La criatura apuntó una mano de rama hacia la tierra y hojas secas.

—Yo no le hice nada. La chinita se perdió. Y yo la encontré, tirada en el suelo, sin luz, sin calor. La luna la había devorado. Solo quedaba lo que no se come.

Seguía señalando al suelo con insistencia.

—¿Sabes cuánto pesan los huesos de una niña de seis años?

Berto no respondió. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que él pudiera detenerlas.

—Cuatro kilos —dijo la criatura, y su voz se arrastró como la canción—. Cuatro kilos de huesos blancos, limpios y secos. Como los dientes de la chinita. Como los dientes de tu pueblo, que también se fue.

Berto se arrodilló y comenzó a cavar con las uñas la tierra con movimientos rápidos y desesperados.

—Escarba, niño. Saca los cuatro kilos. Llévatelos. Llévate a tu chinita para que por fin descansen.

Algo blanco se empezó a asomar. Primero un fragmento, luego otro. Una costilla. Un fémur pequeño. Un cráneo diminuto, limpio, pulido por la tierra.

—Chinita no quiere comer flauta, no quiere comer verdura —canturreó la criatura con la cabeza gacha y los dedos hundidos en la tierra—. Solo quiere comer arroz… y su hermano, que la cuide. Y su hermano, que no la deje ir a buscar a sus padres.

IV.

Berto abrió los ojos con un sobresalto, el pecho agitado y la respiración corta. La choza estaba en penumbras. Sintió algo frío y húmedo en la frente. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada.

—Ya despertaste —dijo una voz pequeña y familiar.

Paty estaba allí, arrodillada junto a su petate, con un trapo mojado en la mano. Tenía los ojos cansados, el cabello revuelto y una mancha de tierra en la mejilla. Pero estaba ahí. Entera. Viva.

—Te encontré quejándote —dijo, con ese tono de niña que imita a los adultos—. Hacías ruidos raros y no te podías despertar. Te puse un trapo con agua para bajarte la fiebre.

Berto parpadeó. La realidad se asentaba sobre él. Otro sueño. Este había sido más aterrador: lo único que le quedaba también se iba. Pero Paty seguía allí, con sus manos pequeñas y su voz quebradiza, tratando de cuidarlo.

Berto se incorporó lentamente y la abrazó. Paty, confundida, dejó que la abrazara sin preguntar. El trapo cayó al suelo.

—¿Qué pasó, Berto? —preguntó en voz baja.

—Nada —mintió, apretándola contra su pecho—. Solo una pesadilla.

Pero en su cabeza, la canción del hombre de la gorra roja seguía sonando.

Chinita no quiere comer flauta, no quiere comer verdura. Solo quiere comer arroz… y su hermano, que la cuide.

La realidad era igual de cruel que el sueño, solo que en esta no tenía que desenterrar los huesos de su hermanita. Berto miró sus propias manos. Las mismas que habían escarbado la tierra con desesperación. En algún lugar del camino, los huesos de sus padres seguían esperando. La luna no se come todo. Siempre deja algo.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...