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"publishedAt": "2026-06-20T09:12:15.423Z",
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"textContent": "**Capítulo 6: Modern day killers.**\n\n—¿Lo mismo de siempre? —preguntaba el camarero del Lisa a Mérida, quien estaba sentada junto a Lupe en su bar.\n\n—Sí, Mario. Gracias.\n\nMario se quedó callado por un par de segundos, observando el rostro de Mérida.\n\n—¿Qué le pasa a la ojos tímidos?\n\n—¿Eh? —preguntó, desconcertada—. Estoy bien.\n\n—¿Segura?\n\n—Oye, estoy bien, tranquilo —dijo, apartándole ligeramente de forma amigable mientras trataba de esbozar una sonrisa.\n\n—Eso espero —suspiró antes de dirigirse hacia otra mesa.\n\n—Mario tiene razón —señaló Lupe—. Te ves rara.\n\n—Soy rara —respondió irónicamente, con una sonrisa suave.\n\n—Ya. Pero más de lo normal. ¿Aún no te acostumbras a trabajar para nosotros? Ya son dos semanas.\n\n—Me siento algo contrariada —suspiraba—. Pagáis bien. Bueno, a veces. Pero estos últimos días me he dedicado únicamente a robar o a pegar palizas.\n\n—Al menos ha sido únicamente contra pandillas y no contra civiles. Otros no tienen tantos reparos.\n\n—Ya. Pero también me preocupa que estoy empezando a escuchar mi mote cada vez más por las calles. ¿Y si Pliskin se entera de lo que estoy haciendo por terceros?\n\n—¿No sabía ya que eras conocida en el barrio?\n\n—Claro. Pero conocida por tener mala hostia, no por bandolera —tomó una pausa, mirando por la ventana del bar mientras apoyaba su mano en la barbilla—. En fin. Supongo que podría ser peor. Aún no me han mandado matar a nadie.\n\n—Ah, ya… Sobre eso… —murmuraba Lupe mientras se pasaba la mano por la nuca.\n\n—¿Sobre qué? —preguntó, confundida.\n\n—Acompáñame a El Provincial cuando acabes el café. Te lo explicaré allí.\n\n—¿Explicarme el qué?\n\n—El trabajo de hoy.\n\n—A ver qué coño pasa… —murmuró tras resoplar.\n\n--\n\nCuando llegaron a su destino, Lupe golpeó la puerta de metal dos veces, esperando que alguien la abriera del otro lado. Emilio las recibió, su cabeza adornada por una cicatriz debido a la pelea de hacía un par de semanas. Cuando Mérida se dispuso a pasar al lado suyo, él rápidamente se abalanzó sobre ella para darle un fuerte abrazo, llorando contra su pecho.\n\n—Mérida, aún no me he disculpado por lo que pasó. ¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo!\n\n—Ehm… E-está bien, tranquilo —decía algo incómoda mientras le daba un par de palmaditas en la espalda.\n\n—¿Tú crees que puedo cambiar antes de morir?\n\n—Bueno, aún te quedan muchos años para mejorar.\n\n—No. Solo tengo hoy.\n\n—Déjalo. Está drogado, como siempre —intervino Lupe, antes de separarlos—. Dale, “Cadejo” debe de estar esperando.\n\nMérida se quedó algo confundida por las palabras que le dijo Emilio, pues parecía verdaderamente preocupado por algo que desconocía y no se veía bajo el efecto de ninguna sustancia, a diferencia de lo que decía Lupe.\n\nLlegaron a la oficina, esperándoles dentro tanto David como Greg, de pie frente a una mesa, revisando unas fotos de un edificio.\n\n—Es bueno verte, “Extranjera” —dijo David a la vez que se levantaba de la silla.\n\n—“Cadejo” —respondió mientras se acercaba junto a Lupe a la mesa.\n\n—Te resumo rápidamente. Estamos organizando un ataque a la pandilla de “Los Bolos”.\n\n—¿Es costumbre que las pandillas tengan nombres estúpidos? —preguntó Mérida, riendo ligeramente.\n\n—Sin contarnos a nosotros, ¿verdad? —dijo David con una sonrisa.\n\n—Claro —Respondió irónicamente.\n\n—Bolo por aquí significa estar borracho —Explicaba Lupe—. Sus integrantes andan siempre con zumba.\n\n—Entonces debería de facilitarnos el trabajo, ¿no? —dedujo Mérida, algo confiada.\n\n—Para nada —siguió explicando Lupe—. Se vuelven impredecibles, brutales. Son prácticamente bestias. Casi zombis.\n\n—Y esa bestialidad se ve reflejada en sus acciones —intervino David, mostrándole a Mérida la imagen de un autobús quemado en medio de la carretera—. Esto lo quemaron ellos hace unos meses. Aún había gente dentro cuando lo hicieron y disparaban a los que intentaban salir. Uno de nuestros miembros humanos estuvo en el autobús durante el ataque y… Bueno, ya te puedes imaginar.\n\nMérida arrugó ligeramente la cara de disgusto, antes de devolverle la imagen a David.\n\n—Desde entonces estamos enfrentados —Continuó explicando—. Y hoy estoy dispuesto de acabar con esto de una vez.\n\n—¿Cuál es la idea? —preguntó Mérida.\n\n—Su base principal está en esta colonia, en San Luis Talpa. La mayoría de sus recursos y hombres deben de estar allí. Quiero que vayáis tú, “Halcón” y Greg a eliminar a todos los integrantes del lugar, además de robar lo que sea de valor, por supuesto.\n\n—¿Qué? —preguntó Mérida alterada, dando un paso atrás—. ¡No! ¡Y una mierda! ¡No soy una asesina a sueldo! ¡Menos por alguien que no he conocido!\n\n—Agradecería que no me levantases la voz, “Extranjera” —dijo calmadamente.\n\n—¿Cómo quieres que no lo haga? ¿Sabes lo que me estás pidiendo?\n\n—No creo que sea la gran cosa. Ya has matado en otras ocasiones, ¿no es así?\n\n—Esto es distinto. Intentaba defenderme. No me enseñaron a empezar los conflictos.\n\n—Hasta donde yo sé, conociste a “Halcón” porque la salvaste de unos mareros hace un par de años —decía mientras señalaba a Lupe—. Podrías simplemente haber mirado al otro lado e irte. Pero te quedaste. Ahí no te defendiste tú misma.\n\nMérida no respondió ante las palabras de David.\n\n—En aquel autobús había civiles, Mérida —continuó hablando mientras se acercaba a ella lentamente—. Han destrozado familias que no tenían nada que ver.\n\n—Hablas como si nosotros fuéramos algo distinto —intervino Greg—. ¿Te recuerdo la estafa inmobiliaria que tiene montada “El Juanito”?\n\n—No estoy hablando contigo —respondió David—. Al menos no les matamos como unos putos animales y les damos un lugar donde vivir —dijo antes de girar la cabeza para dirigirse a Mérida nuevamente, agarrándola del hombro—. Mérida, ellos y nosotros no somos iguales. Piensa en el daño que han hecho. ¿Y si hubiera sido tu madre la que estaba dentro de ese autobús?\n\nAquellas palabras accionaron accidentalmente un recuerdo amargo en la cabeza de Mérida, quien agachó la cabeza para no dirigirle la mirada a David mientras una lágrima que intentaba aguantar se acumulaba en su ojo derecho. Alzó su mano hacia su pecho, acariciando lentamente el toro de su colgante.\n\n—No pienses que vas a vengar a nuestro compañero. Piensa que vas a vengar a esas personas, ¿está bien?\n\nMérida suspiró y volvió a levantar la mirada para dirigirse a David nuevamente mientras apretaba con fuerza su colgante.\n\n—¿Cómo lo vamos a hacer?\n\n—Hay un edificio habitado por vagabundos y drogadictos al lado de su base. Bueno, es más bien una especie de culto de un aliado nuestro, pero eso no importa. Lo importante es que su socio nos ha dado el acceso para que Lupe tome una posición de francotiradora.\n\n—Íjole. Vas a verme trabajar como francotiradora, después de todo —dijo Lupe, dándole una palmadita en la espalda a Mérida—. Iré a por el arma.\n\n—Dale, linda —respondió David, antes de seguir explicando el plan—. Tú y Greg atacaréis la base directamente, desde dentro. Esperad a que Lupe limpie un poco la zona primero antes de entrar.\n\nLupe agarró un maletín largo y se lo echó al hombro antes de dirigirse a la puerta de la oficina.\n\n—Mucha suerte. Y Mérida… —llamó su atención cuando ella estaba apunto de salir de la oficina—. Te pagaré bien por esto. Te aseguró tres mil.\n\n—Faltaría más —concluyó antes de salir junto al grupo.\n\n--\n\nMientras Mérida y Greg esperaban a escasos metros de la base de “Los Bolos”, Lupe ya se encontraba subiendo a la azotea del edificio conquistado por vagabundos, hablando con la persona que les había dado el permiso.\n\n—Y he actualizado mi Manifiesto Danielista, “Halcón”.\n\n—¿En serio? —respondió sin darle mucha importancia.\n\n—Sí. Las personas deberán ejercer una veneración ciega a la figura de Daniel.\n\n—Le queréis mucho, ¿eh? —dijo con una sonrisa.\n\n—Por supuesto. Él nos ha dado todo esto —decía mientras desplegaba los brazos, admirando el techo deteriorado y amarillento del edificio.\n\n—Venga, Antonio, marcha. Tengo que trabajar. Agradécele a Daniel por la estancia cuando le veas —dijo mientras le agarraba del hombro, haciendo que se quedase atrás.\n\nAl llegar a la azotea, Lupe se agachó y abrió su maleta, sacando de ella un rifle de francotirador, apoyando las patillas del arma en el balcón a la vez que se desataba el pañuelo del pelo y lo usaba para taparse el rostro. Haciendo un reconocimiento rápido de la zona a través de la mirilla, encontró los objetivos de los que tenía que encargarse, ubicados en ventanas y balcones. Pronto se dio cuenta que eliminarlos sería algo complicado, pues se zarandeaban de un lado a otro de manera errática y dando aspavientos impredecibles, costándole apuntar de manera precisa. Exhaló aire para desestresarse. Se llenó de aire los pulmones y disparó la primera bala, directa a la cabeza de uno de los objetivos.\n\n—Esa es nuestra señal —susurró Greg—. Vamos dentro.\n\nMérida y Greg aprovecharon el momento para entrar en la base a paso rápido y armados con sus respectivas armas de fuego mientras Lupe iba encargándose poco a poco de los pandilleros, algunos ya alertados por los disparos, disparando a la cabeza a los que se movían menos y en el pecho a los que se movían más.\n\nCuando Greg y Mérida ingresaron a la base de “Los Bolos”, para su sorpresa, se encontraba aparentemente vacío. Casi parecía que los únicos pandilleros que habían en el lugar eran los que Lupe estaba eliminado. Comenzaron a investigar las habitaciones de los pisos superiores, encontrándose dentro de una de ellas, entre un número incontable de trastos una bolsa deportiva que llamó la atención de ambos. Al abrirla, comprobaron que su interior estaba lleno de billetes de distinto valor.\n\n—Hay un montón —Declaró Mérida mientras agarraba uno de los fajos—. Debe haber por lo menos veinte mil.\n\n—¿De dónde sacan tanto dinero? Si están enfrentados con los peces gordos. Son enemigos de la “NMDS”.\n\n—No quiero ni saberlo —Mérida volvió a guardar el fajo en la bolsa y se la echó al hombro—. No parece que haya nadie más aquí. Vámonos cagando leches.\n\nAl contrario de la deducción de Mérida, nada más salir se dieron con la desagradable sorpresa de que habían sido rodeados. Unos veinte “Bolos” bloqueaban los dos accesos al pasillo que habían disponibles, encerrándolos dentro de la habitación con su mera presencia. Sus cabezas estaban inclinadas hacia Greg y Mérida con exactamente el mismo ángulo, en completo e incómodo silencio.\n\nSi no hubiera sido por las gafas de sol y el pañuelo, los bandoleros hubieran visto el rostro de terror que tenía Mérida en aquel momento. Era consciente de que era imposible pelear en un espacio tan pequeño y con tanta gente alrededor, incluso con la ayuda de Greg. Trató de mantener la calma ante la situación y buscar una salida en tiempo récord, pero ante la inminente amenaza no podía pensar con claridad y, simplemente, se quedó completamente paralizada, como si estuviera plantando cara a un oso que, sabía, podía destrozarla al mínimo movimiento.",
"title": "El Cuerno del Toro - Capítulo 6",
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