{
  "$type": "site.standard.document",
  "bskyPostRef": {
    "cid": "bafyreig57jrh3otth5w6fgru66y3pfcnodevcbh32g6otcbfirhz23ydbm",
    "uri": "at://did:plc:vzh4bg7wcdwdz7dh5cf2niuz/app.bsky.feed.post/3mopckelopox2"
  },
  "coverImage": {
    "$type": "blob",
    "ref": {
      "$link": "bafkreih7rewkrkjymsnvqa5rbgxt6gxk6s7u6eph6efwxs234xtfjtsl6m"
    },
    "mimeType": "image/jpeg",
    "size": 222120
  },
  "path": "/d/3281-punto-y-coma-capitulo-2-parte-4/1",
  "publishedAt": "2026-06-20T07:12:09.345Z",
  "site": "https://fictograma.com",
  "textContent": "_\n⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico._\n\n_Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo_\n\nCapítulo 2. Parte 4\n\nAbrió los ojos en la mañana con el sonido de las aves como alarmas silbantes y tenues, pudo sentir las nuevas vendas enroscadas alrededor de su pie con la presión adecuada. Le dolía la cabeza como si tuviera una resaca tras una gran noche de juerga, últimamente era así y no terminaba de acostumbrarse, sin embargo aún lograba tener fuerzas para seguir escribiendo. Esa mañana se tomaría un descanso. Se barrió la cara somnolienta con la mano y poco a poco fue recordando los eventos de la noche anterior. Las cámaras de seguridad, el vómito, el termómetro, Luis.\n\n—Carajo… —resopló para sí.\n\nSe sentía terriblemente apenado por el trato que le había dado el único amigo que se preocupaba por él. Era necesario, le llamaría y le pediría una disculpa.\n\nRiiing, Riiing.\n\nSonó el teléfono de la sala. Si era Luis, era el momento para hablar con él. Se levantó lo más rápido que el pie le permitía moverse y sin ponerse una camisa salió a la sala de estar donde el teléfono seguía timbrando. Pasó de largo su muleta y llegó hasta el aparato.\n\n—Bueno —contestó.\n\n—¡Mi amor! ¡Nacho! ¿Cómo estás hijo? —exclamó su madre desde el otro lado del auricular con una voz que sonaba preocupada.\n\n—Hola, mamá —saludó Alejandro con cierta decepción.\n\n—Ay Nacho, me llamó Luis en la mañana y me dijo que te sentías mal, ¿qué te pasó?, ¿cómo sigues?\n\n“Pinche Luis…”, se quejó Alejandro tocándose la frente.\n\n—Estoy bien, estoy bien. No fue nada, mamá. Luis exagera.\n\n—Pero que estuviste vomitando, ¿te dio calentura?\n\n—No, no, solo me dieron unas náuseas pero seguro comí algo que me hizo mal —se justificó para calmar a su madre—. También tengo mucho trabajo y probablemente eso afectó mis nervios.\n\n—Ay, mi amor. Debes tener mucho cuidado. El otro día escuché en la radio…\n\n“Ahí va de nuevo…”\n\n—… que el estrés por el trabajo puede causar muchas enfermedades y dolencias en el cuerpo, sobre todo en el hígado. ¿Cómo está tu hígado, hijo? ¿Ya te fuiste a hacer estudios?\n\n—Estoy bien mamá, mi hígado está bien.\n\nMientras hablaba, Alejandro caminó con el teléfono inalámbrico hasta la ventana, con una mano apartó el borde de la cortina y observó hacia la calle, la avenida a lo lejos y las tiendas de alrededor. No pudo evitar mirar hacia abajo, donde había visto a Felipe unos días antes pegado al muro aledaño.\n\n—Te prometo que si me vuelvo a sentir mal, voy al médico —tranquilizó a su madre.\n\n—Promételo y también promete que vas a venir. Un fin de semana. Tu papá y yo te extrañamos mucho.\n\n—Si, me tomaré un fin de semana —aseguró—. Lo prometo.\n\nSe despidieron cariñosamente por el teléfono y Alejandro colgó. Suspiró y se quedó mirando el tubo nuevamente pensando en las palabras correctas para disculparse con Luis. Agarró de nuevo el aparato y después de encontrar su número en la agenda comenzó a teclear. Justo a la mitad del proceso tocaron la puerta.\n\nAlejandro se detuvo, miró hacia la puerta, tecleó un número más y después de escuchar de nuevo el golpeteo de la entrada volvió a poner el tubo en su base.\n\nDe camino a la puerta, miró el reloj de pared, eran las 9:22 de la mañana. El único que llegaba a su casa a la hora que le daba la gana era Felipe.\n\n—Felipe —dijo su nombre confirmando su sospecha.\n\nYa no sabía si los latidos de su corazón eran de miedo o emoción. El hombre era media cabeza más alto que él, ese día vestía una chamarra negra de cuero y jeans bombachos a la moda. En una mano traía una jarra de leche y en la otra una bolsa de plástico con contenido desconocido.\n\n—¿Pediste leche? —le preguntó a Alejandro con un tono provocador y sensual.\n\nAlejandro miró el envase de vidrio y se puso nervioso con el juego de su atractivo visitante.\n\nAntes de que el escritor pudiera decir algo, Felipe entró al departamento con demasiada confianza.\n\n—¿Te levantaste temprano? —le preguntó Felipe dejando la bolsa de plástico en la mesa de centro y dirigiéndose a la cocina.\n\n—No. ¿Dónde conseguiste la leche? —contestó Alejandro acercándose al sofá para ponerse la férula.\n\n—¿De donde más?, del lechero.\n\nNo sabía si aquello era posible. Hacía casi una semana que Alejandro no bajaba a recoger la leche ni a comprar el pan. Se había olvidado por completo de las cosas más habituales de su vida. Durante esos días vivió a base de huevos, leche de caja, cereal y verduras, apenas yendo al supermercado una vez en toda la semana.\n\n—También compré unos discos para ponerle ambiente a tu cueva prehistórica. —Mencionó Felipe señalando rápidamente con el dedo la bolsa sobre la mesita mientras preparaba algo para comer.\n\n—Otra vez te cambiaste la chaqueta —observó el escritor.\n\n—No sé porque siempre esperas a que me quede con la misma —dijo ocupado sacando cosas de la alacena—. Tengo mi propia personalidad, ¿sabes?\n\nHabía arrogancia en sus palabras, pero Alejandro se sentía encantado con el espécimen que también era todo un espectáculo visual lleno de sensualidad con movimientos varoniles y voz dominante. Nunca un hombre le había gustado tanto. Quizás era su juventud, quizás era esa rebeldía connatural o quizás solo era su cuerpo ágil y hercúleo.\n\n—¿Te gusta cocinar? —le preguntó Alejandro con curiosidad.\n\n—Más o menos —contestó el otro metiéndose un pedazo de zanahoria a la boca.\n\n—¿Y por qué cocinas aquí?\n\nFelipe lo miró con recelo mientras masticaba y sus mordidas remarcaban los músculos de su quijada.\n\n—Porque mi casa es un desastre.\n\nLo dijo como si Alejandro tuviera la culpa de ello.\n\nEl escritor se sintió ligeramente incómodo, no pensó que había cruzado la línea de la curiosidad, si no que más bien, esa curiosidad debía ser el motor de una ambición narrativa, aún si le valía un ataque por parte de su entrevistado.\n\n—¿No vas a preguntarme por qué? —preguntó Felipe arrogantemente mientras cortaba tomates con el cuchillo. Sin embargo, de la nada se detuvo y con una sonrisa maliciosa lo miró y le contestó—. Hay dos putos cadáveres debajo de mi casa, escondidos en un sótano. Tuve que comprar cal para amortiguar el olor y la descomposición. Están enterrados. Uno de ellos tiene un golpe fuerte en la cabeza. ¿Sabes qué le pasó?\n\nAlejandro tragó saliva. No estaba seguro de querer saberlo.\n\n—Le partí la cabeza con el rompe ventanas de su auto porque el idiota no se murió con la asfixia —continuó y se acercó a Alejandro agitando el cuchillo mientras narraba su crímen con naturalidad. Luego, su rostro cambió a una expresión de impotencia y alegó:— Nunca me sentí tan débil—. Creí que mi fuerza era suficiente para eliminar todo lo que yo quisiera, pero ese cabrón tenía el cuello muy grande.\n\nAlejandro se quedó mirándolo como si el ángel caído al que le tenía sobre un altar, se hubiera transformado repentinamente en un demonio. Felipe Higuera era un asesino, casi lo había olvidado porque a pesar de la violencia y la saña contra él, aún lo mantenía con vida, y a veces, solo a veces, sentía que Felipe le daba algún valor a través de sus caricias.\n\n—Mi casa… —pronunció Felipe caminando alrededor de Alejandro—, ya no me basta con ir a casa, ya no me basta yacer con mis amantes, no me basta esconderme. Ahora me vas a mantener aquí contigo, ¿verdad?, atado a tí.\n\nAlejandro pudo sentir el calor de su cuerpo detrás de él. Felipe se inclinó sobre su espalda y colocó el cuchillo de cocina frente a la cara de Alejandro para que el reflejo de ambos se proyectara en el metal.\n\n—Así que me voy a quedar aquí, mi amor —susurró al oído de Alejandro mientras lo miraba a través del reflejo y lo abrazaba por el hombro con la otra mano—, para hacerte compañía y porque nos necesitamos el uno al otro.\n\nFelipe le dio un beso a un costado de la frente y se alejó para regresar a la cocina.\n\n—Así que agradece que te estoy cocinando y ven a comer —le ordenó.\n\nAlejandro se puso de pie con las últimas palabras en su mente “nos necesitamos el uno al otro”. Hasta ese momento no necesitaba a nadie en su vida. Su última relación estaba más motivada por la costumbre que por necesidad o cariño puros, ella lo sabía y escogió la distancia prometedora a una vida llena de favores con una persona que solo sentía aprecio y comodidad. Pocas veces había amado y pocas veces se sentía amado por otros. Los demás hubieran dicho que lo tenía todo, la admiración y el cariño de sus lectores, pero una cosa era tener la estima de la gente y otra ser amado al punto de protegerse mutuamente o morir uno por el otro.\n\nAlejandro giró la cabeza y vio el cuadro de su hermano sobre el estante. Sintió un amor así de profundo cuando él vivía. Habían pasado veinte años pero la pérdida dolía todos los días. En su momento sufrió el dolor y vivió los tiempos críticos, con las imágenes explícitas del periódico y las habladurías de los medios, es por eso que sabía lo que sus padres sentían y evitaba provocarles más dolor con sus preocupaciones y problemas.\n\nSe sentó a la mesa con Felipe. Huevos con jamón y tomate, leche, una taza de cereal y un plátano como aperitivo. Alejandro observó aquél desayuno con cierta simpatía, echó un vistazo a Felipe que prendía un cigarro sentado frente a él y sonrió.\n\n—¿Tu no vas a comer? —le preguntó Alejandro.\n\n—No tengo hambre.\n\nAlejandro continuó observando la escena como si fuera un espectador, estaba abrumado, Felipe Higuera le había cocinado el desayuno solo a él, ¿porqué?\n\n—¿Qué? —le preguntó Felipe con indiferencia mientras inhalaba y exhalaba el humo del cigarro—. No está envenenado.\n\n—¿Debería preocuparme de que me envenenes? —cuestionó Alejandro con una voz relajada y natural.\n\n—Envenenar no es lo mío. No tiene nada de mérito —respondió Felipe con el cigarro entre sus dedos—. Además, eso es cosa de mujeres y brujos.\n\nAlejandro comenzó a comer. La respuesta de Felipe no lo tranquilizaba del todo, pero tenía razón, era un depredador al que le gustaba ensuciarse las manos. Habían dos personas asesinadas violentamente debajo de su casa, y estaba ahí, frente a él, con un desayuno preparado por sus propias manos. Si hubiera querido matarlo ya lo hubiera hecho, la fisura del pie era un recuerdo tangible de que tuvo miedo de sufrir el mismo destino. Aún tenía miedo, pero ahora lo compartía con la oscuridad que parecía haber contaminado su corazón. Temía a Felipe, pero también quería tenerlo cerca. Eso era todavía peor y sentía que estaba en un callejón sin salida en el hoyo negro de ese universo de sus instintos primarios.\n\nNo permitía que nadie fumara en su departamento, pero, fuera de su voluntad, Felipe parecía ser el único exento de aquella norma.\n\nMientras Alejandro lavaba los platos, observó a Felipe insertar el CD nuevo en el minicomponente y subir el volumen moderadamente alto, el límite permitido por él. Una nueva canción comenzó a sonar con una voz femenina suave.\n\n_Inside you’re pretending\nCrimes have been swept aside\nSomewhere where they can forget_\n\n_Divine upper reaches\nStill holding on this ocean\nWill not be grasped…_\n\nLo vio bailar y moverse sensualmente al ritmo pesado y lento de la música, al mismo tiempo que leía el librillo con las imágenes de la banda y sostenía su cigarrillo con la boca. Era todo un espectáculo estimulante para Alejandro.\n\n—Apúrate, vamos a bailar —le ordenó Felipe con un tono más urgente que demandante.\n\n“¿Cómo voy a bailar con este pie?” pensó Alejandro con molestia.\n\nTerminó de lavar los platos y se secó las manos en la toalla de cocina.\n\n—¿Ya puedes asentar el pie? —preguntó Felipe mirándole la extremidad y quitándose la chamarra de cuero.\n\nUn hermoso cuerpo masculino definido por una camisa ancha abierta al pecho y un cinturón que remarcaba su cintura se reveló ante él. Alejandro se ruborizó ante tal imagen asareado también por el humo del cigarro y la música lenta.\n\n—Un poco.\n\n—Quítate eso —ordenó Felipe señalando la férula de su pie.\n\nAlejandro se sentó y obedeció.\n\nFelipe cerró la ventana que habían mantenido abierta para que circulara el aire.\n\n—Ven —dijo Felipe. Apagó el cigarro en un plato dispuesto sobre la mesa y extendió sus manos hacia Alejandro moviendo sus caderas suavemente.\n\nA pesar de la órden, fueron ambos quienes se acercaron uno al otro, pero fue Felipe quien se movió más.\n\nEl tipo de música no era un estilo que Alejandro solía escuchar, pero admitió que la banda era bastante buena, pues no era ruidosa y las letras no eran escandalosas. Felipe era guapo, se la pasaba bailando, le gustaba la música, cocinaba y le vendaba el pie. Si no hubiera sido un sádico asesino, hubiera sido la pareja perfecta para cualquiera.\n\n—¿Te gusta mucho bailar?\n\nFelipe soltó una carcajada.\n\n—¡Ja, ja, ja! ¡¿Así cortejas a los chavos?! —exclamó Felipe con sarcasmo.\n\n—Yo no cortejo chavos.\n\n—¿Y a quién cortejas?, ¿a viejitos como tú? —cuestionó Felipe abrazando la cintura de Alejandro para hacer que se mueva más.\n\nEl escritor no sabía si Felipe decía aquello con el afán de ofenderlo, pero no lo hizo.\n\n—No salgo para cortejar a nadie. Las cosas se dan dependiendo de las situaciones y en diferentes lugares.\n\n—¿Y cómo logras tener sexo con la gente?\n\n—No todo es sexo.\n\nFelipe lo miró como si no entendiera esa respuesta, pero entendía que incluso a él le parecían estimulantes cosas más fuertes que solo el sexo.\n\n—Mhh… —Felipe hizo un gruñido grave y lascivo cerca del oído de Alejandro que hizo estremecer sus piernas.\n\nEl corazón del escritor palpitaba cada que respiraba el aroma masculino de Felipe y cada que sentía su mano acariciarle la espalda y la cintura.\n\n—Todo está ligado al sexo, Ignacio —afirmó Felipe pegando su mejilla a la de su pareja de baile—. Hasta escribir.\n\nAlejandro no concebía aquello como una alegoría a la inspiración. La musa te abandona cuando más la necesitas y a veces no hay más que frustración y hojas vacías.\n\n—¿No sientes las palabras ir y venir dentro y fuera de tu mente —continuó explicando Felipe— …estimulando tu imaginación y tus sentidos?\n\nLa mano del orador subió lentamente hacia la nuca de Alejandro haciendo que éste levantara los brazos y se abrazara a su cuello. Felipe le acarició el cabello y echó suavemente su cabeza hacia atrás.\n\n—¿No crees? —susurró y lamió el cuello de Alejandro hasta la barbilla.\n\nUna reacción en cadena desde su cabeza hasta sus pies le provocaron al escritor sensaciones palpitantes en la entrepierna. No pudo evitarlo y cerró los ojos.\n\nFelipe sonrió ante la reacción de su conquista y volvió a acercarse a él para morder con los labios el lóbulo de su oreja, besarle lentamente la mejilla, los ojos, la nariz con una herida aún visible y finalmente sus labios, los cuales besó una y otra vez hasta lograr abrirlos y jugar con ellos.\n\nAlejandro abrió ligeramente los ojos como si quisiera cerciorarse de que aquello no era un sueño o el comienzo de una pesadilla, con Felipe todo era posible, pero en ese momento ya nada importaba. Pasó sus dedos entre el cabello castaño claro de su acompañante, era suave, como sus besos, era ondulante, como su lengua dentro de la suya, incluso el dolor del pie se desvanecía entre la satisfacción que era besarle.\n\nNo sabía cuántas canciones habían pasado pero el momento parecía infinito mientras Felipe le acariciaba el cuello y la espalda y se lo comía a besos. Podía sentir su respiración profunda chocando contra sus mejillas de un lado a otro y el calor de su lengua que bailaba acompasada con sus caderas.\n\nFelipe acarició el pecho de Alejandro por encima de su playera de algodón, bajó y se detuvo al frente de sus pantalones ligeros. Desató el cordón y metió ambas manos por los lados de sus caderas con sus glúteos como único destino. Los apretó suavemente y deslizó sus manos sobre la espalda por debajo de la playera de Alejandro.\n\nLo llenó de besos de uno y de otro lado del cuello y Alejandro comenzó a hacer lo mismo. Quería impregnarse de su aroma y saborear su piel, así que lamió el cuello de Felipe y lo besó con vehemencia.\n\nFelipe le levantó los brazos y le quitó la prenda superior desnudando su torso. Caminó haciendo retroceder a Alejandro quien ignoró el sutil dolor del pie con cada paso. Tan solo unos pasos, Felipe acostó a su acompañante sobre el sofá largo y continuó regalándole ardientes besos.\n\n—Sabes a cereal con leche —musitó Felipe después de lamer los labios de Alejandro.\n\n—No me diste oportunidad de lavarme los dientes —contestó el otro con un jadeo regulado por su excitación naciente.\n\nFelipe se puso de rodillas en el sofá y se quitó la camisa para luego dejarla caer a un lado.\n\n—¿Para qué? —dijo abriéndose también el botón del pantalón—. Si no has terminado de comer.\n\nNo llevaba ropa interior, nunca. Los vellos de su pelvis emergieron como el hermoso jardín que indica la llegada al hogar. Se bajó los pantalones hasta la mitad de las piernas y miró a Alejandro indicándole con los ojos lo que tenía que hacer. Alejandro obedeció ante un mensaje muy claro. Se aferró a las firmes nalgas de Felipe y comenzó a besar su sexo de la punta a la raíz y luego a lamer de la raíz hasta la punta.\n\n—Ah… —gimió Felipe llevando la cabeza hacia atrás.\n\nSostuvo la barbilla de Alejandro con una mano y su pene con la otra y lo insertó como si alimentara a un hambriento. Se mordió el labio inferior ante la erótica escena que tenía frente a él con Alejandro lamiendo y chupando su miembro erecto, metiéndoselo hasta donde su garganta le permitía y lagrimando cuando sentía que no podía más.\n\nFelipe salió de su boca y se inclinó sobre él para besarlo de nuevo en los labios.\n\n—Ahora también sabes a mí —musitó eróticamente.\n\nTodo lo que salía de sus labios era una mezcla de vulgaridad y erotismo, era calor y era locura. Los pantalones de Alejandro se humedecieron y la dureza no pudo ser escondida por más tiempo, Felipe se dio cuenta de ello y lo recostó. Bajó la cabeza para besar su pecho y jugar con sus pezones mordiéndolos y haciéndolo estremecer. Siguió mordiendo la carne de Alejandro, debajo y de cada lado de su cintura, solo para terminar besando su vientre y la entrada de su pelvis cuya moderada mata le daba la bienvenida a la cumbre. Lentamente le bajó los pantalones y el sexo de Alejandro se balanceó de un salto, tan solo detenido por la boca de Felipe que se lo tragó en un solo movimiento.\n\nAlejandro se llevó las manos a la cara profiriendo maldiciones y bendiciones ante el fuerte estímulo oral. La música había terminado y lo único que se escuchaba en la sala era el chapoteo de la saliva de Felipe contra la carne palpitante de su presa.\n\n—Hah… Ah… —gimió Alejandro agarrando el cabello de Felipe y apretando el colchón del mueble. De repente había mucho calor.\n\n—Felipe… ah… —jadeó—. Me voy a venir… ah… carajo…\n\nFelipe se lo sacó de la boca y lo estimuló impetuosamente con la mano dirigiendo el meato hacia el pecho de Alejandro de modo que el producto salió disparado hacia su abdomen y garganta.\n\n—¡Ahh…! —Alejandro se sacudió de placer cerrando los ojos para ver mejor las estrellas— …Por Dios… haa…\n\nMientras regresaba a sus sentidos, Felipe se quitó los pantalones y se quedó completamente desnudo. Le arrancó los suyos a Alejandro con un rostro inexpresivo, le agarró por la parte posterior de las rodillas y se inclinó hacia él.\n\n—Felipe, tengo que ir al baño antes —informó Alejandro aún jadeante ante la evidente intención de su oponente.\n\n—¿Por qué? ¿Tienes miedo de manchar el sofá? —dijo el otro con ironía.\n\n—Es más común de lo que crees.\n\nFelipe entrecerró los ojos con desconfianza.\n\n—Estoy muy caliente ahora y para cuando vuelvas puede que incluso me haya ido.\n\nSu comentario sonó más a amenaza que a otra cosa.\n\n—No voy a tardar, te lo prometo —instó el escritor.\n\nFelipe tenía poca paciencia y más en momentos como esos. Ignoró la petición de Alejandro y desde los hombros, lo afianzó al sofá con sus manos. Metió dos dedos a la boca de su contrario y los embarró de su saliva. Alejandro le agarró los brazos y entendió casi de inmediato que no se levantaría de ahí.\n\nFelipe se volvió a incorporar y levantó las piernas de Alejandro, metió sus dos dedos dentro del culo de éste y el otro cerró los ojos con fuerza suplicando a todo lo que creía, que no ocurriera algún “accidente”.\n\nFelipe estimuló el hoyo con ritmo regular, dejó caer un poco de saliva sobre la entrada y metió otro dedo.\n\n—Uh… –jadeó Alejandro apretando el colchón del sofá.\n\nLa sensación de placer e incomodidad tenían una línea divisoria muy fina. El dolor llegaría después.\n\nCuando Felipe sintió que aquello se había aflojado lo suficiente, pegó su glande a la entrada y comenzó a empujar.\n\nAlejandro apretó los dientes y miró la escena por si aquello le hacía relajarse de nuevo. Miró su sexo derrotado y las gruesas gotas de semen sobre su torso. Levantó la mirada y el panorama era mucho mejor, un apuesto hombre de marcadas abdominales y fuertes piernas estaba desesperado por entrar dentro de él. No tuvo que hacer más, estaba extasiado siendo la conforme Perséfone de tal Adonis.\n\nFelipe pudo entrar un poco más. Aprovechó para comenzar a mover las caderas de atrás hacia adelante para relajar más el esfínter de su acompañante. Parecía funcionar. Conforme el ritmo avanzaba, Felipe se adentraba cada vez un poco más hasta que después de unos minutos de jadeos logró introducirse hasta la raíz.\n\nAlejandro sudaba emanando el dolor y la excitación por los poros, visibles en los vellos erizados de sus brazos y piernas. La sensación era un poco más placentera que la última vez porque las circunstancias también lo eran. Ver a un Felipe satisfecho con su cuerpo lo llenaba de exaltación. ¿A cuántos más había sometido de esa manera? ¿A cuántos más había ataviado de placer físico y visual? Se sentía… afortunado.\n\n—Ah… Uhh… Hah… —gemía Alejandro con cada estocada. El sonido estimulaba sus oídos y el choque de sus nalgas contra la pelvis de Felipe eran como vibraciones que electrizaba cada fibra de su cuerpo.\n\nFelipe tampoco estaba ajeno al profundo placer. Se aferraba a las caderas de Alejandro para aumentar cada vez más la potencia de sus golpeteos.\n\n—Uh, mhh, Hah… —gemía y gruñía sacudiendo su cuerpo en un vaivén de líquidos y vapores, sintiendo el aviso de una expulsión inminente que llegaría en cualquier momento.\n\nAntes de aquello, tomó a Alejandro del brazo y lo giró boca abajo con el suficiente cuidado de dejar el pie herido al aire de modo que el otro quedara en cuatro.\n\nFelipe volvió a insertar su miembro hinchado y se movió frenéticamente sobre la espalda de Alejandro. El sudor de ambos se hacía uno solo al igual que los sonidos de sus jadeos y respiraciones acuosas.\n\nAlejandro se sintió llegar de nuevo y aprovechando su posición dejó caer los codos sobre el sofá y se estimuló a sí mismo para propiciar la inevitable expulsión seminal.\n\nFelipe, al ver aquella estrategia, lo agarró del cabello y lo volvió a levantar provocando un grito de Alejandro que se confundía perfectamente con un sonoro gemido de placer. El domador golpeteaba sus caderas con fuerza contra las nalgas de su sometido e incapaz de controlarse se inclinó sobre su espalda y penetró con más fuerza y más profundidad. Solo así, la sangre bombeó sobre un solo punto haciéndole temblar y el estallido llegó.\n\n—¡Haaah…! —gruñó rasguñando la cintura de Alejandro que aún movía frenéticamente su mano sabiéndose a punto de llegar al clímax.\n\nFelipe se comenzó a mover de nuevo penetrándole con cortos espasmos ante la sensibilidad de su propio pene.\n\nAlejandro volvió a caer sobre sus codos y se masturbó hasta lograr su objetivo. Su cuerpo se detuvo en seco y se quedó sin respiración por unos segundos mientras su semilla chorreaba entre sus manos, luego exhaló con intensa satisfacción.\n\n—Dios mío… —balbuceó con los ojos aún cerrados y respirando con dificultad con la cara hundida en el asiento.\n\n—Tus súplicas fueron escuchadas —contestó un Felipe jadeante, que sacó lentamente su pene del culo de Alejandro y le dio una nalgada. Lo único que había salido por ahí era el propio esperma de Felipe que había sido evacuado como un animal que acababa de marcar su territorio.\n\n“Todo está vinculado al sexo”. Las palabras de Felipe aún volaban en su pensamiento. Para él, el dolor era desesperación, pero para un asesino, la desesperación también es tentadora. Se preguntaba qué sacaba Felipe con todo aquello. ¿Qué sacaba de él?, ¿una víctima conformista de la que aprovecha su miseria?, ¿tan miserable era, entonces? No. Estaba viviendo por primera vez lo que había enterrado en su psique y que había olvidado, la búsqueda de dolor y un placer que merecía porque no había sido compartido por los que amaba y sufrían. Era por su hermano, porque murió en agonía, era por sus padres, porque el corazón se les había roto en mil pedazos, era por Luis, que solo le daba su amistad y confianza incondicional y al que había tratado como a un desgraciado. Y era por él mismo, que no conocía la diferencia entre ser amado y ser lastimado por amor. Se iba a hundir y aceptaba lo que ello conllevaba, una vida con Felipe que le prometía intensidad y el pago de sus inmerecidos triunfos a costa del dolor de otros.",
  "title": "Punto y coma, Capítulo 2. Parte 4",
  "updatedAt": "2026-06-20T06:27:30.000Z"
}