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"textContent": "### Cap. XIX: Aparcando\n\nEl Gran Lago Verde era un lago artificial que ocupaba la parte posterior del Palacio de las Naciones Unidas. El Palacio, construido solo unos años atrás cuando Al Fahri había accedido a la presidencia, era su residencia y al mismo tiempo el lugar donde las Naciones Unidas celebraban sus votaciones y reuniones bisemanales.\n\nRepresentantes de todas las zonas del mundo y de los planetas exteriores solían acudir allí cada dos semanas. En ocasiones iban el mismo día, pero otras veces pasaban más tiempo en el Palacio y cada zona tenía asignada sus habitaciones particulares.\n\nLos asesores de estos representantes también tenían allí sus despachos preparados para cuando debían estar varios días, pero el de Lola ya llevaba veinte días vacío.\n\nManuel se encontraba en su propio despacho permanente, pensando en la situación que tenía encima mientras miraba el lago por el amplio ventanal. Había ganado aquella primera batalla con un gran golpe de astucia, pero sabía que había llegado al extremo, no había más de donde estirar la situación democrática sin romperla.\n\nAdemás, Lola había sido de las primeras, pero no la única pieza importante de los gobiernos de zona que se había marchado, así como gente de su propio personal. Estaba siendo una sangría.\n\nHabía podido conseguir rápidamente a gente para sustituir a los huidos, pues siempre quedaba alguien dispuesto a subirse al barco para chupar del bote. El problema era que esta gente tenía muy claro lo de chupar del bote y muy poco lo de que el barco al que habían subido se estaba hundiendo.\n\nNormalmente, a él no le habría importado demasiado esa actitud, pero en esta ocasión había que hacer algo más. Si el barco no se mantenía a flote, no habría bote del que chupar.\n\nHabía pasado noches enteras sin dormir. Tenía que controlar que las zonas no negociaran con aquel Anneru. Tenía que hablar con dueños de planetas que habían sido conquistados para tratar de apaciguarlos. Tanto de unos como de otros, solo oía sus quejas y sus lamentos, pero ninguna propuesta que fuera más concreta que “plantarle cara”.\n\nLe resultaba gracioso. ¿Plantarle cara con qué? No tenían una sola nave de guerra.\n\nHabía encargado la construcción de cinco grandes navíos bélicos tras modificar legalmente varias leyes que prohibían la fabricación de ciertos modos de armamento desde la Gran Guerra. Había conseguido extraer financiación de algunas de las mayores empresas de la Tierra y de las zonas terrestres con mayores posibilidades económicas. Pero lo había hecho más que nada para acallar voces críticas, y ya de paso, para hacerse con alguna que otra comisión.\n\nNada más.\n\nSabía que plantar cara de forma física era algo completamente imposible: le habían dado un plazo de cinco años para construir un primer navío, y conociendo a las empresas a las que había encargado el asunto, suerte habría si al final no terminaban siendo diez. Las naves de Anneru llevaban tiempo en la órbita terrestre. Si aquél quería utilizar la fuerza, tenía tiempo de sobra para pensárselo.\n\nSi las noches habían sido para hablar con presidentes de zona y dueños de planetas, las tardes habían sido para tratar de recomponer su grupo de trabajo, y las mañanas para reconfortar y educar a Al Fahri, que andaba más perdido que un pulpo en un garaje, fastidiado por tener que trabajar.\n\nLe había costado lo suyo, pero poco a poco había conseguido ir recomponiendo la confianza y la imagen, y revertir un poco la impresión generalizada de que todo se estaba viniendo abajo.\n\nPero ahora, todo lo que había conseguido le parecía algo estúpido. Porque tenía delante de él algo que no comprendía y que no era capaz de explicar.\n\nJunto al Lago Verde, una pequeña nave de color naranja y de aspecto estrambótico descendía silenciosamente hasta tocar la hierba a unos cien metros de su ventana. Conocía bien la flota de Anneru y aquella nave no se parecía a ninguna de las naves del de Leao. De hecho, no se parecía a nada que Manuel hubiera visto en su vida.\n\n➖➖➖➖➖➖➖➖➖➖➖➖\n\nDesde que habían partido de Iilnirev, la relación entre Cleo y Aliz había cambiado. El punto de inflexión había sido aquella conversación “nocturna” donde la Emperatriz le había confesado que ni ella misma tenía clara la estrategia final.\n\nDesde entonces habían estado más cercanas y, aunque Cleo notaba que Aliz estaba algo fría, al mismo tiempo, se daba cuenta de que cuando llevaban un tiempo juntas la frialdad desaparecía. Era como si la chiquilla llevara puesta una coraza emocional, pero no se la hubiera abrochado bien.\n\nCuando llegaron con la gran nave nim a las inmediaciones del Sistema Solar, la dejaron orbitando al Sol en un ángulo que hacía que aquella quedara “escondida” junto a un asteroide que orbitaba cerca deñ cointurón de Kuiper.\n\nAliz y Cleo montaron entonces en una de las navecillas auxiliares y salieron disparadas hacia el planeta, tras asegurarse de que todos los escudos y armas disponibles estaban al máximo de carga y potencia.\n\nLlevaban un rato en marcha, y el trayecto resultaba algo desesperante para Aliz.\n\n—¡Quince horas!, mi señora, discúlpeme, pero hace un rato estaba muy feliz porque pensaba que habíamos llegado, y ahora… ufff, quince horas de viaje más. Es insoportable —la pobre Aliz se había quitado el coletero y llevaba lo que normalmente era su larga coleta morena desperdigada por encima del cuerpo mientras yacía en el cómodo asiento de la navecilla Nim.\n\n—Jajaja, Aliz —rió la emperatriz—, que impaciente eres, de verdad. Lo siento, pero esta es la máxima velocidad a la que podemos ir. No tengo la culpa de que la naturaleza nos ponga algunos límites físicos.\n\n—Pero… ¡quince horas!\n\n—Bueeeno, mientras refunfuñas ya han pasado treinta minutos, ¿ves? En breve llegaremos. No te hará bien llegar nerviosa. Recuerda todo lo que hemos hablado estos días.\n\n—Sí… mostrarme fría y distante. Y señorial y todo eso… lo tengo bien aprendido, mi señora. Y sé cómo hacerlo.\n\n—Para los humanos, la imagen es incluso más importante que para los nims. El hombre con el que nos vamos a reunir es una persona acostumbrada al protocolo y a moverse en las altas esferas. Es en estas altas esferas donde más importancia se le da a la apariencia y a la pompa. Si él nos ve respetables, será el primer paso para que nos respete.\n\n—La verdad es que no entiendo por qué vamos a visitar a ese hombre. A mí, casi me cae mejor el otro —confesó Aliz.\n\n—Es necesario. Necesitamos que sea él quien nos permita ser parte de las Naciones Unidas.\n\n—Pero… pensaba que eso era algo que se decidía por votación —repuso Aliz.\n\n—Lo es. Pero para que se pueda existir esa votación, alguien tiene primero que proponer que se vote. Además, normalmente, cuando una parte de una nación existente se declara independiente, o se descubre y coloniza un nuevo planeta, y estos se quieren unir a las Naciones Unidas, se conocen sus datos físicos y sus características, y solo tienen que ser comprobadas. Nosotras traemos todos los datos necesarios: mapas, censos, estadísticas demográficas, incluso muestras de nuestro genoma… pero no tenemos forma de demostrar que nada de eso es cierto, ni ellos pueden comprobarlo.\n\n—Entonces, ¿cómo van a admitirnos?\n\n—Para eso necesitamos visitar a este hombre. Existen ciertos flecos legales que pueden aprovecharse para que la votación pueda hacerse. Pero necesitamos que sea este hombre quien los explote, pues es el único que tiene el poder para hacerlo. Podemos firmar un acuerdo con el Presidente que asegure que nuestra solicitud de unión será tenida en cuenta pese a no poder comprobarse los datos, a cambio que cuando estos puedan ser comprobados, aceptemos que se nos impongan graves sanciones si alguno de los datos no coincide con la realidad.\n\n—¿Y podemos fiarnos? —consultó Aliz— Por lo que he leído en los informes y lo que usted me ha contado, este hombre es un corrupto de pies a cabeza sin ningún poso moral.\n\n—Bueno, no lo sé, Aliz. De momento vamos a tratar de aprovecharnos de que es un corrupto sin poso moral para que haga trampa por nosotros y nuestro planeta pueda pertenecer a las Naciones Unidas. Luego, ya veremos.\n\nContinuaron hablando y descansando a ratos, hasta que el temporizador de distancia de la nave les advirtió que se encontraban a tres horas del planeta. Entonces, comenzaron con el largo ritual de vestirse, acicalarse y maquillarse para la ocasión. Habían elegido las mejores galas imperiales: dos trajes confeccionados poco antes de partir al viaje por uno de los mejores sastres del Continente Gubernamental. Trajes que realzaban su belleza y al mismo tiempo decían a quien miraba que no estaba tratando con un cualquiera. Trajes incómodos de la hostia.\n\nCuando estaban cerca del cinturón de asteroides, recibieron una comunicación del “Centro de Vigilancia Intrasolar”, con una voz amable, pero firme, ordenándoles que se identificaran.\n\nNo lo hicieron.\n\nPosteriormente, cerca de Marte, detectaron varias naves despegando del planeta y tratando de perseguirlas sin éxito alguno. Recibieron nuevos mensajes de aviso, esta vez menos amistosos, solicitando una inmediata identificación.\n\nSiguieron sin identificarse y sin siquiera contestar.\n\nAl llegar a la Tierra y penetrar en su atmósfera en el ángulo adecuado, comenzaron a descender directamente sobre Dubai, y más directamente aún sobre el Palacio de las Naciones Unidas.\n\nY entonces llegó la fiesta.\n\nPrimero llegaron nuevas advertencias cargadas de, esta vez sí, amenaza real, que ignoraron con la misma pasividad que las anteriores. Cuando les indicaron que abrirían fuego, la respuesta fue exactamente la misma: nada. Al ver acercarse los misiles aire-aire en la pantalla de visualización, Aliz había llegado a sudar un poquito, ya encasquetada en su incómodo vestido.\n\nPero cuando el primero reventó en mil pedazos a cincuenta metros de la nave sin provocarle un solo rasguño, respiró con la misma tranquilidad con la que lo había estado haciendo Cleo todo el rato.\n\nDespués de aquel ataque, obviaron varias advertencias y hostilidades más, y aparcaron tranquilamente en el jardín del Palacio de las Naciones Unidas.\n\nEl lugar más seguro y vigilado de todo el planeta.\n\nDejaron la nave cerca del edificio, para no tener que andar mucho.\n\nAbrieron la compuerta y comenzaron a descender por los escalones de la escalerilla con un paso estudiado, una forma de andar que, combinada con la forma de sus vestidos, parecía hacer que flotaban.\n\n➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖ ➖\n\nEn la ventana de su despacho, la boca de Manuel no conseguía cerrarse. Cuando aquel extraño aparato se había terminado de posar sin apenas perturbar la vegetación sobre las que había quedado levitando, se había convencido de que aquello no era humano.\n\nAhora se había abierto una compuerta y desplegado una rampa con pequeños escalones, y por ella bajaban dos seres que eran, claramente, dos mujeres.\n\nNingún bicho raro alienígena.\n\nSin embargo, aquellas dos féminas iban vestidas con extravagantes vestidos de largas colas cuyos tejidos cambiaban de motivos y color conforme se movían, y su paso era solemne, pausado, estudiado… sus pies no se veían, e iban como flotando sobre el suelo. No serían bichos verdes, pero humanas del todo tampoco le parecían.\n\nVio como el contingente de seguridad del Palacio rodeaba aquella extraña nave y apuntaba con sus armas a las mujeres, pero Manuel sabía que, si habían podido llegar directamente al jardín desde el aire sin recibir un rasguño, poco iban a poder hacerles en tierra.\n\nUna de las dos, la que parecía más alta o menos bajita en este caso, estaba hablando con el capitán de la fuerza de seguridad y Manuel se dijo que debía bajar a hacerse cargo antes de que hubiera cualquier malentendido y ocurriera algo que escapara a su control.\n\nAbrió el ventanal y salió al balcón, bajando, casi corriendo, por las escaleras de madera que partían de éste hacia el jardín. En menos de un minuto estuvo frente a la pareja de mujeres y su capitán, que departía airadamente con ellas. Comprobó que la sensación que le habían dado desde el balcón era cierta, eran dos mujeres muy menudas, pero algo en su forma de estar resultaba extrañamente imponente.\n\nEl capitán de la fuerza de seguridad dejó de hablar y se hizo a un lado para dejar que fuera Manuel quien continuara con la conversación. El se dirigió a la mujer que había visto hablar.\n\n—Disculpe, ¿puedo saber por qué han aparcado en nuestro jardín?\n\n—Porque venimos a hablar con usted —contestó Cleo— y es el lugar más cómodo. Porque usted es Manuel Lechwiçza, ¿verdad?\n\n—Lo soy. Encantado. Y si no le importa, me gustaría saber quiénes son ustedes —a Cleo le divirtió ver la cara de confusión que se gastaba aquel Manuel. Aquel hombre distaba de tener el aspecto que uno esperaría del hombre más poderoso de la Tierra.\n\n—Las que van a sacarle el culo del agujero donde lo tiene metido. Yo soy la Emperatriz Cleo de Iilnirev, emperatriz de todos los nims que quedan vivos. Y ella es mi ayudante, Aliz. Y si usted quiere conservar la Tierra, hará bien en escucharnos. ¿Nos invita a pasar?",
"title": "La presión espacial. Capítulo 19: Aparcando",
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