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"publishedAt": "2026-06-19T17:11:05.489Z",
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"textContent": "## SUPERSTICIÓN\n\nEn la penumbra del amanecer, por un pardo callejón de la ranchería, salió un hombre de andar impaciente, como el que va de prisa en busca del mejor remedio para curar al familiar gravemente enfermo.\n\nEl hombre iba en busca del **necténquetl** , el que tiene miel, nombre que se daba al curandero, pero cuya fama, regada por toda la comarca, dimanaba, más que de sus colmenas, de sus misteriosas y temidas actividades en la brujería.\n\nEl caminante, además del machete ceñido a la cintura, del morral con el bastimento para el mediodía y de los **huaraches** atados al lazo del moral, llevaba los presentes para poder solicitar los servicios del brujo: una gallina, unos huevos y una botella de aguardiente. De sus honorarios ya hablaría con el personaje.\n\nEn pleno día, el camino iba desdoblándose en cuestas, hondonadas y pendientes. A pesar de sus años, el caminante apenas si resoplaba, como en un alivio, al vencer las más pronunciadas ascensiones. Al encontrar otros caminantes, aun sin conocerlos, cambiaba el saludo de rigor, tocándose apenas las puntas de los dedos. Se cuidó muy bien de no decir la causa verdadera de su viaje, pretextando cualquier motivo. Después de un enorme rodeo a un cerro, la ranchería apareció junto al arroyo que pasaba casi por en medio de las casas, pajizas como grandes montones de basura.\n\nCuando llegó, el brujo se ocupaba en una encarnizada lucha con las hormigas **tepehuas** , en defensa de sus colmenas. Inesperadamente, cuando él se hallaba en su campo de labor, fue avisado de que las abejas estaban siendo destrozadas por las invasoras.\n\nLos encuentros entre colmenas y **tepehuas** revisten todos los caracteres de las antiguas contiendas entre los pueblos sedentarios, las abejas, y las tribus salvajes y errantes, las hormigas. Estas llegan repentinamente, en largas y negras hileras que trepan por los sostenes del colmenar, se meten a los cajones y principian la lucha. El objetivo de ellas es el saqueo de cuanto tiene la congregación, es decir, cera y miel.\n\nLas abejas improvisan la resistencia y armadas de sus aguijones causan muchas víctimas entre la avalancha irruptora, pero casi siempre salen triunfando las columnas atacantes, si es que los propietarios de la fábrica no acuden en auxilio de las obreras. En algunas ocasiones, las abejas prefieren abandonar sus casas y sus riquezas, emprendiendo el zumbante vuelo que dirige la **reina** , en tanto que las hormigas inician la retirada hacia sus cuevas, llevando los frutos de su piratería.\n\nEl brujo se hallaba en eso, en defender sus obreras, que habían sido atacadas por un ejército de **tepehuas**. El mejor recurso es el fuego: con grandes hachones de zacate, es fácil cortar las columnas de hormigas, quemarlas ya una vez dispersas y rechazar a los contingentes que aún no han penetrado al colmenar. El visitante prestó valiosa ayuda al brujo, así como las mujeres, que bien pronto se aprestaron también a la defensa. El piso se hallaba cubierto de cadáveres, confundidos los defensores y los atacantes.\n\nDe uno de los cajones emprendió el vuelo una nubecilla de abejas. Era toda una familia que escapaba en busca de un mejor hogar. El brujo se aprestó a sonar una campanilla, siguiendo al enjambre que ya se arremolinaba por sobre los árboles más próximos. El sonar de la campana sedujo a la **reina** , la que, posándose en una rama sumamente baja, hizo que sus súbditos formaran un redondo racimo. El brujo llevó un cajón nuevo rociado en su interior con agua de azahar. Después, con sus manos familiarizadas con las abejas, empujó a éstas hacia el interior y, así, condujo el cajón hasta el sitio que ocupara la casa anterior de las fugitivas. Del cajón abandonado sacó las rubias pencas de cera claveteadas de celdillas llenas de miel.\n\nEse era uno de sus principales negocios, pues que sus clientes hacían fuerte consumo de cera, de acuerdo con sus propias indicaciones para las prácticas de la brujería. El casero ordenó a una de las mujeres que llevara un banco para el huésped. Y los dos hombres tomaron asiento a la sombra de uno de los árboles del patio.\n\nEl visitante, antes de formular su solicitud, puso en manos del brujo los presentes. El solo hecho de que los recibiera significaba hallarse dispuesto a escuchar. Al parecer, la ayuda recibida en la lucha contra las **tepehuas** le había dispuesto favorablemente al peticionario, pues destapó la botella e hizo que bebiera un trago. Él se excusó diciendo que bebería después de haber terminado sus trabajos con las colmenas, porque éstas son refractarias al alcohol y se enfurecen con sólo olfatearlo, mientras que no tomándolo se las puede manejar confiadamente. O, tal vez, creía que se trataba de envenenarlo con el regalo.\n\nEl visitante expuso su deseo: que se le protegiera con las mismas armas con que se le estaba atacando, pues que el brujo de su ranchería, al servicio de un enemigo, comenzaba a embrujarlo. El día anterior, en el patio de su casa, observó que la tierra estaba recientemente removida y, cediendo más al temor y a una sospecha, que a la curiosidad, se puso a cavar en el mismo sitio, desenterrando tres muñecos de **cuaámatl** , papel de madera, todos atravesados por espinas. Además, extrajo tres huevos de gallina, pintados de negro, y tres **cempoalxóchitles** , la flor de muerto.\n\nY explicó los antecedentes en que fundaba sus sospechas: un vecino suyo había pedido para su hijo una muchacha que aún permaneció soltera por mucho tiempo, en vista de que el joven había quedado imposibilitado para el trabajo: unos blancos lo arrojaron desde una gran altura y al rodar por la pendiente se rompió las piernas. Como los jóvenes comprometidos no podían casarse, él pidió la misma muchacha para su hijo; del caso, conocieron los viejos de la ranchería y ellos fallaron favorablemente a sus intereses, pero la resolución disgustó al padre del lisiado, quien se había convertido en su mortal enemigo. Agregó:\n\n—Él es quien me busca el daño.\n\nEl brujo pidió entonces una descripción detallada de los muñecos de **cuaámatl**. El cliente dijo que una de las figuras, con una espina clavada en el corazón, otra en la cabeza y muchas en los brazos y piernas, era cerrada hasta los pies; mientras que dos de las figuras, igualmente heridas con espinas, eran abiertas hasta la entrepierna.\n\nLa opinión del brujo fue definitiva:\n\n—Es ése, tu enemigo, el que te busca el mal: la figura cerrada hasta los pies, es tu mujer: las figuras abiertas hasta la entrepierna, son tu hijo y tú. Contra la muchacha no intentan nada porque tienen la esperanza de que al quedar sola…\n\n—Por eso he venido. Dame tu protección y devuélveles el mal a mis enemigos. Tú eres fuerte, tu nombre corre por toda la tierra y yo soy como una de las hormigas que hemos quemado, pero tengo con qué pagar tus servicios. ¡Mientras estés en mi casa serás tratado como tú lo mereces!\n\nEl brujo aceptó. Después de haber terminado sus trabajos en el colmenar, dio instrucciones a su mujer y, cogiendo lo necesario para sus artes, tomó el camino, seguido de su cliente. De vez en cuando se detenía para indicar una planta y enumerar sus propiedades curativas: la que hace estériles a las mujeres, la que las hace fecundas, la que cura la demencia, la que hace fácil el alumbramiento y la que causa la muerte… Su compañero de viaje lo oía con el respeto que infunde un oráculo.\n\n*\n\nA puerta cerrada, el brujo inició sus trabajos encendiendo cuatro ceras de las que había llevado: representaban a los cuatro componentes de la familia. Según el orden en que se consumieran sería la duración de aquellas cuatro vidas amenazadas por los enemigos.\n\nDespués prendió tres ceras, sólo que de revés, es decir, por la base: una contra el brujo rival, otra contra el enemigo y la tercera contra el hijo: que el fuego del mal los consumiera de pies a cabeza, para que sufrieran más. Y mientras ardían las ceras dando a la casa una gran luminosidad, el brujo procedió a auscultar en los recursos de sus enemigos.\n\nArrojó al fuego un pedazo de alumbre. Con el calor, la sal adquirió una rara formación que, según el brujo, no era otra cosa que el muchacho lisiado; y, en verdad, que la figura era como un busto sostenido por unas piernas deformes. Tal descubrimiento vino a confirmar las sospechas y ya nadie abrigó la menor duda. En un rincón de la casa, las dos mujeres veían todo con grandes ojos asombrados. A medida que el brujo observaba el extraño muñeco, explicando a la vez sus observaciones, el asombro crecía.\n\n—El brujo que ayuda a tu enemigo, es **nahual** , es decir, poderoso, porque bien puede abandonar su figura de gente para convertirse en lo que él quiera… Tu enemigo es maestro en la pesca: un gran nadador y nadie como él sabe cruzar el río por más crecido que esté… El muchacho, pobre muchacho lisiado, tiene el alma triste y guarda en ella toda una laguna de odio…\n\nY el brujo mostraba en el alumbre quemado una pequeña oquedad, que él tomaba como la laguna del odio, colocada por la desgracia en el alma del muchacho lisiado. Ante el asombro de sus oyentes, se volvió a una pequeña imagen que había en un altar, y rezó con zumbido de moscardón: los nombres de los santos sonaban en mitad de las invocaciones a los vientos, al agua y a la tierra.\n\nTomó las tres figuras claveteadas de espinas y, lentamente, les fue arrancando lo que en los presentes había sido causa de fuertes dolencias. Todos respiraron con satisfacción, como al arrancarse una muela molesta, cuando las espinas quedaron amontonadas a un lado. La satisfacción fue mayor cuando el brujo tapó todas las heridas de los muñecos con la cera que escurría, en lágrimas, precisamente de las ceras que representaban las cuatro vidas de la familia.\n\nDe hecho había comenzado a detener el mal. Después sería el devolverlo a los enemigos. Con puñados de hierbas benéficas y tabaco, en tanto ardía en el fogón el mejor copal hallado en los montes, el brujo **limpió** a los dos matrimonios, dándoles **pases** de la cabeza a los pies, no sin acompañar el ademán con un rezo todo lleno de invocaciones.\n\nEl mal había sido quitado. Procedió entonces a recortar tres figuras, con el papel especial que llevara. Las tres figuras eran masculinas y en ellas comenzó a clavar las mismas espinas arrancadas de las otras estampas, provocando una sonrisa de airada alegría entre sus espectadores.\n\nTomó todos sus enseres, los colocó en su morral y, al disponerse a salir, hizo una indicación a los dos hombres de la casa, para que lo siguieran. El más joven se colocó el machete a la cintura. El viejo tomó su sombrero. Los tres salieron silenciosamente a la noche adulta.\n\nAl pasar junto a la casa de sus enemigos, se detuvieron escuchando. No se oía un solo ruido. Ni siquiera los perros los habían olfateado o, acaso reconociéndolos como de la ranchería, no daban la menor señal de hostilidad. Con una gran cautela, el brujo cavó la tierra con el machete de su acompañante, hasta lograr un agujero de un decímetro cúbico, en que depositó las tres figuras erizadas de espinas y otras cosas igualmente funestas, al menos por la intención.\n\nEl muchacho echó encima parte de la tierra cavada y alisó cuidadosamente la superficie, recogiendo lo sobrante para que los enemigos no se percataran del maléfico escondite. Al reanudar el camino, el curso de las grandes estrellas indicaba ya la proximidad de la medianoche. Los tres hombres apretaron el paso a fin de llegar oportunamente a la cumbre del cerro escogido para la ceremonia.\n\nEra una prominencia solitaria, abierta a todos los vientos, sin la proximidad de otras alturas que a lo mejor estorbaban la dirección de las palabras dirigidas a las fuerzas naturales hechas dioses. Cuando llegaron, el brujo se apresuró a sacar todo lo necesario, pues una de las más brillantes estrellas estaba a punto de llegar a su mayor altura.\n\nDio de beber y comer a la tierra. El aguardiente fue esparcido como rocío y los comestibles colocados reverentemente sobre una piedra. Del lado del oriente instaló a los dos hombres y hacia el poniente paró las tres ceras consagradas a sus enemigos: para los primeros la luz, el sol, la vida; para los otros, la noche, la sepultura del sol, la muerte.\n\nSe arrodilló y con acento monótono dio principio a su oración:\n\n—Dioses de la noche que me oyen: sean mansos para mis amigos y crueles con mis enemigos; estrellas, alumbren a mis hermanos y cúbranse la cara ante mis competidores; padre sol, que estás por llegar, préstame todo tu poder para que los malvados ya no puedan mirarte; vientos que son la frescura del mundo, azotadlos; y tú, madre tierra, la mujer del sol, dame el poder para devolverles mal por mal: que encuentren la desgracia donde el venado salta, donde nada el pez, donde anida el cuervo, donde se arrastra la víbora, donde vive la hormiga, donde grita el águila, donde canta la paloma…\n\nAntes de retirarse, el brujo prendió las tres ceras consagradas a los enemigos, como antes, de revés. Y comenzó el descenso, sin que las tres lucecillas de la cumbre restaran ninguna oscuridad a la tierra, ni agregaran ningún esplendor a la luminosidad de los cielos.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
"title": "El Indio - Segunda Parte: Superstición - Gregorio López y Fuentes",
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