External Publication
Visit Post

Perros de Caza

fictograma [Unofficial] June 18, 2026
Source

Capitulo 1 “Perros de Caza”

“A veces, la habitación en la que uno decide vivir se vuelve el refugio más imponente frente al mundo.” Encorvado, debilucho y flaco, lo miraban como si ni siquiera mereciera ocupar espacio en aquel mundo tortuoso, forjado por mentiras y sostenido por la hipocresía. Lo veían como una sanguijuela: un ser que no aportaba nada, solo succionaba el oxígeno de una sociedad podrida que, aun así, se creía pura. Despreciable, invisible, maldito por existir… él mismo lamentaba cada respiro, cada día frente a un mundo con el que jamás logró encajar.

Y dentro de esa oscuridad, crecía constantemente el aprecio por la soledad, por ese vacío que carcomía sus pensamientos. No era más que un niño, abandonado a su suerte por una realidad cruda, que aunque siempre presente, jamás debió mostrarse ante él tan temprano. Como un niño que abraza a su madre, él se aferró a la tristeza y a la melancolía que esta le transmitía —no como una condena, sino como un consuelo perverso, un calor enfermo en medio del hielo del mundo.

El ruido de la gente no le molestaba. El sonido de las pisadas ya no le asustaba. No le temía a la muerte, porque había estado presente desde siempre, como una sombra fiel al borde de cada paso. Tampoco le temía a la vida, porque sabía que, tarde o temprano —quizás en el siguiente aliento, en el próximo parpadeo— le sería arrebatada sin aviso, sin piedad. Vivía en equilibrio sobre el abismo, con la certeza de que no había nada que perder, porque todo lo esencial ya le había sido quitado.

De esa manera, el mundo creó una noción distorsionada de lo que veía. En el frío de la noche, en la calidez de la oscuridad, crecí y me mantuve, resistiéndome al odio que esta intentaba inculcarme. Por mucho que el mundo quisiera verme muerto, por mucho que mi mera existencia pareciera no tener sentido, no dejaría de avanzar. Y así, comenzó mi pequeña historia.

En un día helado de invierno, a la edad rondando los 17 , decidí cambiar el rumbo de mi vida. Tal vez de una forma desproporcionada para alguien tan joven, pero era eso o seguir apagándome lentamente. Caminé hacia un cartel que siempre veía por las mañanas. Estaba cubierto de papeles, fichas que alguien fijaba una y otra vez con clavos oxidados. Sentía una extraña nostalgia cada vez que veía a los adultos —cubiertos con capas, espadas al cinto, rostros endurecidos— acercarse y retirar uno de esos anuncios. Mi cuerpo se movió solo, como si fuera una rutina ya aprendida. Me paré frente al cartel y, sin pensar demasiado, arranqué uno. Por alguna razón sabía leer. Siempre me pareció curioso; nunca recordé haber aprendido, pero las palabras tenían sentido para mí. El papel describía un trabajo que, según los rumores de los adultos, era miserable. Se trataba de atender a personas desagradables, un oficio que todos evitaban, casi como una condena. Aun así, no lo solté. Al contrario, lo apreté con fuerza. Por alguna razón, también eso me parecía… nostálgico.

A la hora en que el reloj de la plaza central dio tres campanadas, avancé por aquellas calles de piedra rumbo a las grandes murallas. Desde allí podía escuchar las risas de personas ostentosas que vivían tras esos muros. Mi aspecto era pobre, aunque por alguna razón lograba mantenerme en forma. Pero no tenía claro quién era ni cómo había llegado hasta ese lugar; todo me parecía borroso y desconcertante.

Entré en un pasillo a contraluz, donde las enormes murallas y los edificios que se alzaban tras ellas arrojaban una sombra oscura y mohosa, alejada de la mano de Dios. Ese era el lugar al que me enviaba el anuncio que había arrancado del cartel.

Caminé con una ligera pérdida de razón. Pensamientos contradictorios me asaltaban: ¿por qué estaba allí? ¿qué necesidad había de avanzar? ¿por qué mi corazón y mi alma seguían empujándome, aun cuando mi mente repetía que debía darme la vuelta y no molestar?

Al final del pasillo, un portón grande de madera oscura se alzaba ante mí. Toqué tres veces, casi con la intención de que nadie respondiera. Asumía que el lugar estaba vacío, dado su aspecto desolado. Pero, contrario a lo que esperaba, alguien contestó.

Del otro lado del portón, una voz profunda y pausada respondió, cargada de una calma inquietante: —¿Quién osa llamar a las puertas del olvido sin un propósito claro?

La madera crujió al abrirse lentamente, dejando ver la silueta de una figura encapuchada, envuelta en una capa negra que parecía absorber la escasa luz del lugar. Sus ojos, apenas visibles en la penumbra, brillaban con un fulgor extraño, como si guardaran secretos que podrían devorar almas.

No preguntó mi nombre ni mis intenciones. Simplemente me miró con una mezcla de juicio y curiosidad, como si viera más allá de mi apariencia flaca y encorvada, directo al núcleo de mi ser.

—Has llegado por elección propia —dijo con voz grave—. Curioso… hace mucho tiempo que no veo a nadie así, y menos a un muchacho joven entrando por aquí. —Normalmente, la gente simplemente entra porque sabe a lo que viene. —Pero por lo que veo, este no es el lugar para un niño como tú. Vete. Date la vuelta. Es lo mejor que puedes hacer.

Luego de decir eso, cerró la puerta con una fuerza grosera, algo que, de todas formas, no me sorprendía. Ya estaba acostumbrado a recibir ese tipo de rechazo. Pero, ¿incluso en un lugar tan mohoso tenía que ser expulsado? No iba a esperar eternamente. Como él mismo dijo, era lo que normalmente la gente hacía. Así que, con un poco de orgullo, abrí la puerta y entré de todas formas.

Al entrar, pude verlo con más claridad. Se había quitado la capucha: un viejo con una cicatriz profunda en el ojo, una barba mal cortada y una mirada llena de desdén clavada en mí.

Con voz calmada, exclamó: —Veo que igual entraste por esa puerta. Ya no es asunto mío si no escuchas mis consejos. Supongo que vienes por el trabajo del cartel. Nadie llega aquí por otra razón, salvo por ese anuncio que esa sucia gente clava, diciendo que es “para un bien moral”. —Y con esas actitudes desagradables, como si supieran todo lo que realmente pasa… Bah. Me da asco solo de pensarlo.

El viejo suspiró, como si llevara el peso de muchas historias amargas sobre sus hombros, y apoyó las manos en una mesa vieja y desgastada. —“Asistencia para nobles”… suena elegante, ¿no? Pero no te dejes engañar por ese nombre pomposo. Es un trabajo de servidumbre disfrazado, donde terminas siendo más un esclavo que un asistente.

Se recostó contra la pared y clavó su mirada en mí. —Los nobles aquí no son como los cuentos de hadas. Son egoístas, crueles y vanidosos. Exigen que estés siempre a su disposición, que aguantes sus humillaciones, sus caprichos, sus rabietas. —No es un trabajo para alguien con un alma fuerte o un espíritu libre. Es para los que no tienen otra opción, para los que están dispuestos a vender su dignidad por un poco de pan y techo.

El viejo me observó, y su voz bajó un tono, casi como una advertencia. —Pero también es cierto que, dentro de ese mundo podrido, hay secretos. Cosas que esos nobles no quieren que salgan a la luz. Si decides entrar, prepárate para ver el lado oscuro de la corona, para entender que el poder tiene un precio… y no siempre es uno que puedas pagar sin perder algo de ti mismo.

Hizo una pausa y añadió con una media sonrisa amarga: —Si quieres sobrevivir ahí, tendrás que aprender a disfrazar el odio con una sonrisa falsa. Porque ese es el trabajo real.

Por alguna razón, sentía que tenía que aprender lo que me decía ese viejo. Su voz era áspera, pero de alguna manera despertaba en mí una extraña simpatía. Quizás porque nadie había hablado conmigo en tanto tiempo, y él, al menos, no se callaba.

Le dije con sinceridad, sin rodeos: —No tengo idea de nada. Solo quiero trabajar.

El viejo me miró fijamente, como evaluando si decía la verdad o solo buscaba palabras vacías para esconder su miedo. —Eso es lo primero que debes tener claro —respondió con voz grave—, porque aquí no basta con querer. Tendrás que demostrar que puedes soportar lo que venga. Que no te romperás ni te venderás al primer golpe.

Se recostó en la pared y, con una media sonrisa cansada, continuó: —Mira, este trabajo tiene dos caras. La primera es la que te mostrarán, la bonita, la que la gente común cree que existe: ser la “asistencia para nobles” significa atenderlos, asegurarte de que sus deseos se cumplan, manejar sus invitados, organizar fiestas, estar pendiente de cada capricho y hacerlo todo con la mejor sonrisa.

—Es un papel para mostrar, para que esos nobles mantengan su imagen impecable y nadie sospeche lo podrido que está todo por dentro.

El viejo bajó la voz y su expresión se tornó más seria, casi sombría: —Pero luego está la otra cara. La oculta. La que nadie te dirá al principio. Esa implica hacer cosas que no están en ningún anuncio ni contrato. Investigar secretos, proteger intereses oscuros, lidiar con amenazas silenciosas que rondan esos salones. Ser, a veces, más que un asistente: un vigilante, un guardián en la sombra.

—Y si no estás preparado para esa carga, mejor ni entres. Porque en ese lado del trabajo no hay risas ni fiestas. Solo oscuridad, peligro, y la constante lucha por sobrevivir sin perder tu alma.

Dudaba al principio, pero por alguna razón esa nostalgia desagradable volvió a envolverme, como un viejo y pesado abrigo que no podía —o no quería— quitarme. Así que, sin más, tomé asiento con cierta comodidad, dispuesto a escuchar y aprender.

Me dediqué a interrogar al viejo, haciéndole preguntas que tal vez parecían simples, pero que él respondía con creciente interés. Era como si, por primera vez en mucho tiempo, disfrutara realmente de la charla. Sus ojos brillaban con una chispa diferente, y su voz ganaba en fuerza y detalle, revelando secretos y pequeñas verdades que nunca había compartido con nadie.

—¿Y qué es lo que realmente buscan esos nobles? —pregunté con voz baja. —Poder, control, seguridad… —respondió él, sonriendo con amargura—. Y alguien que camine sus pasillos sin hacer preguntas, pero con los ojos abiertos para ver lo que nadie debe notar.

Luego comentó algo que, de cierta forma, ya intuía sobre este mundo. —No es un mundo “clasista” —dijo con sorna—. A simple vista, esos nobles no son más que tipos con mucho dinero. Y entre ellos están los más hipócritas, los que cuelgan esos anuncios en el cartel para fingir que hacen un bien, ofreciendo trabajos miserables.

Señaló con la mirada hacia la puerta por donde había entrado. —Ese cartel del que te sientes nostálgico es donde se publican la mayoría de los trabajos. Pero no son trabajos de nobles. No, son para la gente pobre que, de alguna manera, puede ganarse un poco y así se vuelven dueños de la “verdad” y la “moral”.

—La mayoría de esos trabajos son indignos. Unos cazan monstruos, otros atrapan infidelidades… puras estupideces mal pagadas, donde arriesgas la vida por un mísero pedazo de pan.

El viejo bufó con desprecio. —Pero este trabajo en particular, este que buscas, es uno de los peores. Porque aquí tienes que sumergirte en esa asquerosa hipocresía. Al final, los pobres se quedan siendo lo que son, quejándose. Los de clase media se jactan de ser mejores moralmente que los pobres, aunque tengan privilegios. Y los nobles… viven en burbujas donde todo parece hermoso, como si nada pudiera tocar su mundo de cristal.

El viejo me miró con una intensidad que no esperaba, y por un instante, la dureza de su mirada se suavizó. —Sabes… —empezó, con voz ronca—, me caíste bien. No sé qué sea exactamente, pero tienes algo que hace tiempo no veía en alguien como tú.

Se acercó un poco más, bajando el tono, como si me estuviera confiando un secreto. —Por eso te voy a decir algo importante: siempre, y repito, siempre mantén una ideología propia. No dejes que te llenen la cabeza con mentiras o falsas verdades cuando entres en este trabajo. Crece un pensamiento crítico. Cuestiona todo, incluso lo que te digan aquí.

Hizo una pausa y sonrió, un gesto raro en alguien como él. —Si alguna vez sientes que están intentando pegarte ideas, manipularte o simplemente confundirte, ven a hablar conmigo. Podemos compartir opiniones, debatir… total, nadie viene a ver a este viejo.

Suspiró y bajó la mirada por un momento, antes de continuar: —Un niño vino a darme una buena charla, y por algún casual me recordaste a mi hijo, el que alguna vez tuve y perdí. No está de más ayudar a alguien a no perderse en este mundo podrido.

Sentí un nudo en la garganta ante sus palabras, una mezcla de sorpresa y gratitud que no esperaba sentir. —Gracias —respondí con sinceridad—. Acepto el trabajo. No solo por el dinero, sino porque necesito entender este mundo, aunque sea a medias.

Lo miré a los ojos y añadí con firmeza: —No olvidaré lo que me dijiste. Mantendré mi cabeza fría y mis pensamientos claros. Y si necesito hablar, vendré a buscarte.

El viejo asintió con una leve sonrisa, y por primera vez desde que llegué, sentí que no estaba completamente solo. —Entonces, bienvenido al infierno —murmuró—. Pero recuerda, siempre habrá alguien que quiera ayudarte, aunque no lo parezca.

Luego de aquella charla, el viejo me entregó una carta y me dio instrucciones claras: debía presentarme en una especie de Academia, un lugar donde aprendería lo necesario para desempeñar aquel trabajo.

Salí de ese recinto mohoso y comencé a caminar por calles que, a cada paso, se volvían más trabajadas, más pulidas, más hermosas a la vista. Era como si me adentrara en otro mundo, uno donde todo parecía perfecto… pero algo en el aire me hacía dudar.

Finalmente, llegué a un edificio enorme, imponente, con columnas que parecían tocar el cielo y puertas que más parecían portales. La gente que pasaba me clavaba miradas cargadas de desdén, como si mi sola presencia fuera una mancha en su mundo impecable.

Cuando intenté entrar, dos guardias se interpusieron en mi camino, con rostros duros y voces frías. —¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntaron, observando mi figura encapuchada con desconfianza.

Sentí que ese lugar no me recibiría fácilmente, y supe que ese sería apenas el primer obstáculo.

Les mostré la carta sin decir palabra, solo levanté la mano con el sobre arrugado y algo húmedo por el camino. —Vengo por un trabajo en específico —murmuré, lo justo para que me oyeran.

Uno de ellos tomó la carta y la revisó con desinterés. Al terminar, soltó una carcajada seca. —Otro perro de caza —dijo, y el otro rió con él—. Veamos cuánto dura este animal.

Intenté avanzar, creyendo que eso bastaría. Pero me detuvieron de nuevo, esta vez con más firmeza. —Tú no puedes entrar por aquí. Solo perturbarías a las personas que vienen a aprender en este lugar.

Señaló con la barbilla un callejón angosto al costado del edificio, húmedo y poco transitado. —Sigue por ahí. Al final verás unas rejas, esa es la entrada para los empleados.

Asentí en silencio. No dije nada. Simplemente di media vuelta y comencé a caminar por donde me indicaron. Las risas a mi espalda resonaron como ecos vacíos, huecos, sin peso. Estaba acostumbrado a ellas. Y, sinceramente, no podrían importarme menos.

Al llegar al lugar indicado, un portón oxidado se abrió con un chillido largo y desagradable. Del otro lado, una mujer entrada en años, de figura robusta y rostro severo, me recibió con una mirada pesada. Su delantal estaba manchado, su cabello recogido con descuido y su voz tenía la aspereza de quien había vivido demasiados inviernos.

—¿Un niño aplicando como perro de caza? —dijo, con una mueca entre burla y sorpresa—. Mmm… esto es nuevo. Primera vez que veo a alguien tan joven con tantas ganas de morir.

Su tono era cruel, pero no había burla en sus ojos, solo cansancio… una tristeza disfrazada de dureza.

—No deberías tomar este trabajo, chico. No lo digo por ti, lo digo por lo que viene después. Pero si ya tomaste tu decisión… entra por ese pasillo, segunda puerta a la izquierda. Ahí te espera una señora con gafas.

Hizo una pausa y murmuró, casi como si hablara consigo misma: —Lamento que tengas que tomar la decisión de entrar a este trabajo…

Asentí sin responder, pero mientras avanzaba por el pasillo, algo me golpeó por dentro. Me sentí… culpable. Había juzgado a esa mujer apenas la vi, con solo mirar su cuerpo, su aspecto, su forma de hablar. La había reducido en un instante a una imagen, como tantos lo habían hecho conmigo.

Quizás el odio de este mundo ya se había colado un poco en mí, como una sombra pegajosa que se adhiere al alma cuando menos lo esperas. Y eso me dolió. Más de lo que quería admitir.

Al abrir la puerta, una habitación cargada de papeles y olor a tinta me recibió. Un escritorio de madera antigua ocupaba el centro, rodeado de estanterías repletas de documentos y tazas medio vacías de lo que alguna vez fue café.

Detrás del escritorio, una mujer mayor, de gafas gruesas y mirada afilada como cuchillas, levantó la vista apenas entré. Frunció el ceño. —¿Un perro de caza tan joven? —dijo con tono desconcertado, casi divertido—. Normalmente solo entra aquí gente que ya ha decidido morir.

Soltó una carcajada seca y me observó de arriba abajo, sin ningún tipo de tacto. —Mira tu aspecto… incluso para mis estándares te ves desagradable. Pff… ese pelo largo y negro, qué desastre. Y el olor… —agitó una mano frente a su rostro—. Definitivamente te vamos a tener que bañar, arreglar y enseñarte a caminar como persona.

Se inclinó hacia adelante, entornando los ojos detrás del vidrio grueso de sus gafas. —Pero bueno, no se puede exigir mucho cuando uno recluta carne desesperada. Al menos llegaste por la puerta correcta… eso ya te pone por encima de muchos.

Tomó una hoja, escribió algo rápido y luego me la tendió sin mirarme. —Toma. Primer paso: limpieza. Segundo: uniforme. Tercero: aprender a mantener la cabeza abajo. Aquí, el orgullo es la forma más rápida de morir.

Tomé el papel sin decir una palabra. La tinta aún estaba fresca, manchó un poco mis dedos. La señora volvió a sumergirse en su montaña de papeles como si yo ya no existiera.

Mientras salía por la puerta que me indicó, esa expresión seguía resonando en mi cabeza: “perro de caza”. Ya lo había escuchado dos veces. No necesitaba que me lo explicaran, en realidad. Lo entendía perfectamente.

“Perros de caza”… así nos llamaban a los que aceptábamos este tipo de trabajos. No éramos más que herramientas desechables para los de arriba, piezas que se soltaban cuando había que ensuciarse las manos sin mancharse el nombre. Nos daban migajas, un uniforme y una orden. Cazar monstruos, espiar traidores, servir a caprichos, desaparecer en la noche si era necesario. Nadie nos lloraba si caíamos. Nadie preguntaba nuestros nombres. Solo éramos ladridos en la sombra, carne útil hasta que dejaba de moverse.

Supongo que para muchos, eso era mejor que nada. Para mí… aún no lo sabía. Solo sabía que estaba allí. Y que había empezado algo que ya no podía detener.

Seguí el pasillo como me habían indicado. Las paredes se estrechaban poco a poco, como si quisieran aplastarme. Olían a humedad, a metal oxidado y a jabón barato. Al fondo, una puerta sin manilla estaba entreabierta. Empujé con cuidado. Dentro, el vapor me golpeó de lleno.

Una habitación de piedra, con grietas negras corriendo por el techo, contenía varias bañeras metálicas alineadas. No había privacidad, ni cortinas, ni nada que sugiriera dignidad. Solo cubetas, jabón gris y ropa sucia apilada en un rincón.

Un sujeto alto y delgado, de rostro inexpresivo y bata blanca, me miró sin sorpresa alguna. —Quítate todo. Rápido. No eres el primero ni serás el último —dijo con voz apagada, casi robótica—. Eres propiedad de un sistema ahora. Al menos asegúrate de no oler como una alcantarilla cuando mueras.

No dije nada. Me quité la ropa, ya acostumbrado a la indiferencia, al juicio constante. El agua estaba helada. El jabón raspaba la piel como piedra. Mientras me restregaba los brazos, sentí que la mugre se despegaba… pero también algo más. Como si una parte de mí, esa que aún se aferraba a lo poco humano que me quedaba, también se resbalara con cada gota.

Me dieron una toalla áspera, luego me señalaron un uniforme raído. Camisa blanca, chaleco negro, pantalones oscuros y unos botines gastados que no parecían tener suela.

—De ahora en adelante, esta es tu piel —dijo el tipo, mientras tomaba nota en una tabla—. Que no se te ocurra mancharla por razones equivocadas.

Me vestí en silencio. Ya no tiritaba por el frío. Solo sentía ese vacío habitual… pero con una nueva capa de tela encima.

Mientras terminaba de ajustarme la camisa, el tipo de la bata blanca me miró de reojo. Apuntó algo en su tablilla con desgano y soltó, casi como hablando para sí:

—Mmm… eres más callado que el resto. Eso es bueno.

Me giré un poco, sin responder, solo esperando la siguiente instrucción. Entonces él continuó, sin levantar la vista:

—Normalmente los viejos sin brazos o con algún pedazo faltante, esos que ya no pueden ejercer como mercenarios… siempre tienen algo que decir. Se quejan del trato, o sueltan frases como “ay, esto no es trato digno de humano” —hizo una imitación burlesca, alargando las palabras con tono agudo—. Como si les importara la dignidad justo cuando les arrebatan hasta el último trozo de orgullo.

Guardó la tablilla en una caja de metal y me miró directamente, por primera vez.

—Pero tú no. Tú ni siquiera te inmutas. ¿Eso es resignación o costumbre?

No respondí. Me limité a bajar la mirada por un segundo, solo un segundo, y luego me acomodé la chaqueta. Él sonrió apenas, como si acabara de confirmar algo.

—No importa. De todas formas, lo vas a descubrir con el tiempo —dijo mientras abría una puerta lateral—. Ahora sigue ese pasillo. La señora de gafas te asignará tu primera tarea. Y chico… —hizo una pausa— si mueres hoy, al menos estarás limpio.

No dije nada. Caminé.

A cada paso el uniforme rozaba mi piel como si no fuera mío, pero ya no había marcha atrás.

Mi primer trabajo era, según dijeron, algo sencillo. Pero lo sencillo, en este mundo, no es sinónimo de seguro. Pude entender mejor el verdadero peso de este lugar con lo que ocurrió justo después.

La señora de gafas me guió por un pasillo amplio, techos altos, paredes limpias, llenas de cuadros, mapas y vitrinas con libros empolvados. Gente por todos lados: jóvenes conversando animadamente, algunos con túnicas bordadas, otros con espadas colgando en la cintura, otros solo con libros, pero todos con ese aire… ese aire de que el mundo les pertenece.

Pasamos junto a una sala con vidrios grandes. Desde dentro, unas risas contenidas salieron. Luego miradas. Algunas de lástima. Otras de desprecio. Ya me había acostumbrado.

Entonces, una joven se cruzó con determinación en nuestro camino. Tendría mi edad, tal vez un poco más. Tenía ojos claros, vestía bien. Parecía tener todo lo que yo no. Y aun así… me miró como si realmente le importara.

—Esto no es correcto, señora —exclamó, con una mezcla de ira y angustia—. No podemos usar vidas como entrenamiento, y mucho menos la de un joven como él. ¡Esto es inhumano!

La señora de gafas, sin detener el paso, respondió con resignación y un tono carente de sorpresa:

—De igual manera, te llevas a tu estómago vida constantemente, niña. Carne, pescado, pan. ¿Acaso no fueron también decisiones voluntarias las que los pusieron en tu plato?

La joven apretó los puños. Bajó la voz, pero no la rabia:

—Pronto cambiaremos este sistema corrompido… y todos tendrán sus derechos iguales.

La miré por un segundo. Su voz temblaba de idealismo, de esa fe ciega en que el mundo puede ser justo si gritas lo suficiente.

Y, aunque sus palabras pudieran sonar nobles… sentí algo que me disgustó. Una punzada de rechazo. No por su idea, sino por su forma de decirlo. Como si hablara por mí sin conocerme. Como si mi vida fuera una bandera más que ondear en sus discursos.

¿Igualdad? Esa palabra, en su boca, sonaba vacía. Quienes nacen arriba creen que pueden lanzarnos migajas de dignidad… cuando ellos jamás han sentido hambre real.

Volví la vista al frente y seguí caminando. No vine a ser parte de sus reformas. Solo vine a sobrevivir.

Mi primera tarea, según dijeron, era sencilla. Aunque “sencillo” aquí significa: sobrevivir mientras otros experimentan contigo.

El trabajo consistía en servir como muñeco de entrenamiento real. Un objetivo vivo. Una presa pensante. Un perro que corre, esquiva y a veces… simplemente recibe el golpe.

Me explicaron que nobles jóvenes, estudiantes, o eruditos con acceso a magia, usaban este servicio para probar sus hechizos nuevos, algunos recién creados, otros tan antiguos que nadie recordaba cómo funcionaban. Y claro, no había mejor forma de saber si algo duele o mata… que lanzándolo contra un ser humano.

Ese era yo. El voluntario. El perro de caza.

Ellos daban el pan para que comiera. La vieja se llevaba su parte. Y yo tenía “el privilegio” de dormir bajo techo y no morir de hambre. Negocio redondo.

Me llevaron a un recinto abierto, como un jardín cercado con columnas y estatuas decorativas. Había círculos en el suelo tallados con símbolos mágicos. Todo se veía elegante, limpio, frío. Como si la muerte aquí también tuviera etiqueta.

—Solo haz lo que te digan —me dijo la señora de gafas—. Grita si duele, muévete si quieres vivir, y no hables si no te preguntan.

Había tres jóvenes esperándome al fondo. Ropas costosas. Miradas que pesaban más que sus hechizos. Uno de ellos sonrió como si hubiese pedido un juguete nuevo.

—¿Este es el perro? —preguntó—. Parece frágil. Tal vez no aguante el primer intento.

La vieja no respondió. Solo me miró. Esa mirada que decía “no te mueras, no todavía”. Después se fue, dejándome solo con los dueños del pan.

Y así comenzó mi primer día como muñeco. Sencillo, ¿no?

Los tres magos se posicionaron en formación triangular. Al parecer querían practicar combate coordinado con sus bestias domesticadas. Una clase muy típica, me dijeron… Típica para ellos. Para mí, era una clase de supervivencia.

No me interesaban sus nombres. No valía la pena recordarlos. No cuando sus rostros ya hablaban por sí solos: arrogancia, desprecio, seguridad.

El primero extendió su brazo y una especie de perro de pelaje negro y ojos blancos emergió de un sello rojo. Se sacudió, echando chispas de calor desde su cuerpo, como si estuviera hecho de ceniza.

El segundo apenas murmuró algo y un ave apareció sobre su hombro. Tenía plumas tan oscuras que parecían absorber la luz. Tenía tres ojos, y no dejaba de mirarme.

El tercero sonrió antes de hacer su invocación. Del círculo mágico brotó una criatura que parecía un gato, sí… pero con el tamaño de un lobo adulto, y una fila de colmillos que asomaban aun cuando mantenía la boca cerrada. Sus movimientos eran lentos, estudiados, como si me analizara. Su mirada… Su mirada era la de un depredador que ya decidió por dónde empezará a desgarrarte.

—Cuando quieras, empieza —dijo uno de ellos.

Yo no tenía instrucciones más que: “muévete si quieres vivir”.

Respiré profundo. La piedra bajo mis pies estaba fría. El aire denso. Y las miradas sobre mí pesaban.

Ese era el trabajo.

Perro de caza. Presa. Objeto. Nada más.

Pero algo dentro de mí —tal vez orgullo, tal vez rabia, o tal vez esa maldita nostalgia de la que no me puedo despegar— me impidió quedarme quieto.

Cuando el ave alzó vuelo, di un paso atrás. Cuando el perro gruñó, giré hacia la izquierda. Y cuando el gato lobo se lanzó…

Corrí.

Los magos continuaron lanzando hechizos, cada vez más rápido, más desesperados por acertar. Pero algo en mí —una mezcla de instinto salvaje y pura intuición— hacía que casi ninguno diera en el blanco. Ellos, inexpertos en estas artes, fallaban una y otra vez tratando de ajustar su puntería. Sus caras pasaban de la arrogancia a la frustración.

El maná de los tres comenzó a agotarse. Cuando ya estaban al borde del colapso, uno de ellos, el que había convocado al gato-lobo, gruñó con furia y lanzó un hechizo inestable. Una magia caótica que no buscaba causar daño físico, sino un dolor puro, corrosivo, que quemaba el alma.

Sentí cómo mi cuerpo se estremecía. Empecé a sangrar por dentro, y la agonía se extendió desde mis entrañas hasta la piel. El dolor era insoportable, un tormento que pedía a gritos que me rindiera.

Pero mi alma, endurecida por años de abandono y desesperanza, no me permitió caer. Me mantuve firme. No podía fallar ahora.

Fue entonces cuando el mago que lanzó el hechizo titubeó, y de repente, un miedo palpable se apoderó de él. Retrocedió, paralizado. Como si en ese instante algo invisible lo hubiese confrontado.

—¡Ya basta! —gritó con voz temblorosa.

—El tiempo se agotó —dijo la vieja de gafas, que había permanecido en silencio observando—. Y a menos que quieras ser tachado en la lista negra, será mejor que te calles, basura.

Su voz era fría, dominante, y en ella había un poder que nadie osaba cuestionar.

Dentro de mí, comprendí algo que hasta entonces había ignorado: esa vieja tenía un poder mucho mayor del que su apariencia dejaba ver. No era solo la encargada de la “limpieza” o la burocracia del lugar. Era algo más. Y ahora, había dejado claro quién mandaba allí.

Me retiré del recinto malherido, la sangre goteando por mis heridas frescas. La vieja me seguía de cerca, una sonrisa torcida dibujada en su rostro curtido. —Al parecer generarás bastante dinero, perro —dijo, con ese tono áspero pero casi divertido—. No puedes dejar los pasillos llenos de sangre, ¿sabes?

De repente, levantó una mano y lanzó un hechizo sobre mis heridas. El sangrado cesó al instante, pero el dolor que provocó la magia era insoportable, como si mil agujas ardientes atravesaran mi piel. Quise gritar, retorcerme y pedir que parara, pero me mantuve en silencio.

Permanecí callado.

Y, al parecer, eso fue lo que más le gustó.

—Bien —susurró—, un perro que sabe aguantar el dolor. Quizás no estés tan perdido como pensé.

Mientras caminábamos por los pasillos cada vez más oscuros y silenciosos rumbo al dormitorio de los “perros”, la vieja mantenía su paso firme y seguro, mientras yo intentaba contener el dolor que me quemaba las heridas.

—¿Sabes? —dijo sin voltear—, no muchos soportan esto la primera vez. La mayoría se quejan, se rinden o simplemente desaparecen. Tú, en cambio, ni un sonido. Eso habla mucho.

No respondí de inmediato. Mis pensamientos giraban como una tormenta en calma aparente. ¿Por qué era así? ¿Por qué aborrecía este talento que me mantenía vivo? No era especial, ni fuerte, ni siquiera sabía bien quién era. Solo un chico roto, tratando de encajar en un mundo que parecía disfrutar de su caída.

Pero ahí estaba, sobreviviendo, resistiendo.

La vieja pareció notar mi silencio y añadió con un dejo de curiosidad: —¿Qué te trajo hasta aquí, realmente?

Y en ese instante, en medio de ese corredor sombrío, comprendí que no tenía respuestas claras. Solo una certeza: debía seguir adelante, aunque no supiera por qué. Porque rendirse significaba desaparecer sin dejar rastro.

Y eso, no podía permitírmelo.

La vieja me miró con desdén, esperando una respuesta. Suspiré y dije, sin mucho interés en convencer:

—No sé por qué estoy aquí. Solo sé que necesito verlo… todo.

Mis palabras quedaron flotando, más como un eco interno que un mensaje claro. No buscaba comprensión, ni compasión. Solo una necesidad que no podía nombrar del todo.

Ella arqueó una ceja, quizás por curiosidad o aburrimiento. —Pues prepárate, porque este lugar devora a los que se atreven a querer demasiado.

Caminamos en silencio, y en mi mente, esa necesidad crecía, oscura y constante, como una obsesión sin forma.

Finalmente llegamos a una puerta oxidada y pesada, que crujió al abrirse dejando escapar un aire frío y cargado de humedad. El dormitorio de los “perros” era un cuarto amplio pero lúgubre, con literas de hierro alineadas sin orden ni cariño, y apenas una pequeña ventana alta que dejaba entrar un hilo débil de luz gris.

El olor a sudor, a miedo y resignación impregnaba el lugar. Algunos hombres y mujeres con rostros endurecidos alzaron la vista con indiferencia al verme entrar, luego volvieron a sus silencios y sombras.

La vieja señaló una litera vacía al fondo, una cama con un colchón delgado y unas sábanas raídas. —Aquí dormirás. No esperes comodidades.

Me acerqué, cansado pero sin perder la concentración. El peso de la herida, el frío y el cansancio eran insignificantes comparados con la presión de saber que ese era solo el comienzo.

Mientras me tumbaba, sentí la mirada invisible del lugar, como si las paredes mismas juzgaran mi presencia.

Sin darme cuenta caí dormido, sin cruzar palabra con nadie más en ese lúgubre dormitorio. La oscuridad lo envolvía todo, solo interrumpida por sombras vacilantes.

De repente, un grito rompió el silencio. Me sobresalté y me senté, tratando de entender qué pasaba.

Desde la esquina, vi cómo unos guardias arrastraban a una mujer entre forcejeos. Ella gritaba, sollozaba, suplicaba.

¿Era una de los perros de caza? ¿Qué clase de condena era esa?

Pero la confusión y el miedo no lograron despertar en mí más que una indiferencia fría. Con un suspiro resignado, me recosté y cerré los ojos, dejando que el sueño me reclamara de nuevo.

El mundo a mi alrededor era cruel, y yo… solo un observador distante.

El sonido seco de las botas resonaba en el pasillo mientras uno a uno nos levantábamos. La vieja con gafas apareció con una bandeja metálica, distribuyendo algo parecido a un pan duro y un poco de agua turbia. Sin mirarnos, pasaba rápido, esperando que comenzáramos la rutina sin quejas.

Me acerqué a un rincón y comí en silencio, observando a los demás. Sus cuerpos llevaban marcas, cicatrices, algunos cojeaban, otros tenían vendajes toscos donde faltaban dedos o brazos. No eran trabajadores comunes. Eran fragmentos rotos de un mundo cruel.

—“¡Perro de caza! ¡Ven acá!” —la voz grave resonó detrás de mí, cortando el silencio.

Me giré y lo vi: el hombre del parche en el ojo, la cicatriz que atravesaba su rostro y esa mirada dura, llena de historias no contadas.

Lo miré fijamente, buscando en sus ojos la historia que su voz parecía cargar.

—“Aquí somos perros de caza. Eso es lo que eres ahora, y lo que serás hasta que demuestres lo contrario.”

No sabía su nombre, pero él no tardó en decirlo, con voz seca y sin rodeos: —“Soy Bram. Y si quieres sobrevivir aquí, tendrás que aprender rápido. Nadie te salvará.”

Sin más, giró y avanzó hacia el pasillo oscuro, indicándome con un gesto que lo siguiera. La primera sesión estaba por comenzar, y no había marcha atrás.

“Perro de caza…” esa palabra retumbaba en mi mente, como un eco oscuro que me recordaba quién era en ese mundo. No sabía si era un insulto, un título o una condena, pero algo dentro de mí reaccionaba con una mezcla extraña: una chispa de desafío, quizás, o solo la fría aceptación de que ese sería mi lugar, al menos por ahora.

Bram no esperaba respuestas, ni compasión, ni miedo. Solo esperaba que siguiera adelante, que aprendiera a usar ese cuerpo débil y esa mente fragmentada para algo más que sobrevivir.

Mientras lo seguía, una voz interna repetía una pregunta que no quería formular en voz alta: ¿qué clase de monstruo me había convertido este mundo, y qué quedaba de mí para rescatar?

El lugar de entrenamiento de los perros de caza era un sector miserable, oscuro y frío, alejado de la pomposidad que había visto ayer. Allí, los perros de caza aprendían bajo la supervisión de la llamada “clase media” —jóvenes con sueños y teorías sobre monstruos y combates perfectos— que hablaban con idealismos y risas despreocupadas, ajenos a la cruda realidad que nos devoraba.

Esos jóvenes soñadores vivían en un mundo de fantasía, donde todo tenía sentido y la justicia era solo cuestión de voluntad. Pero nosotros, los perros de caza, los odiábamos en silencio. Porque ellos no sabían lo que era estar al borde de la muerte, ni cargar con las cicatrices visibles y las invisibles que esta vida nos dejaba.

Sus palabras eran ecos lejanos, risas que se perdían entre el ruido del dolor y la desesperanza. En ese lugar, el idealismo era un lujo que pocos podían permitirse.

Allí también lo supe. No éramos únicos. Había más recintos como este, esparcidos por todo el reino, todos miserables, todos igual de oscuros. Me enteré por casualidad, por lo que hablaban los jóvenes de la clase media mientras enseñaban con sus voces limpias y sus ropas sin roturas. Comentaban con liviandad que “en el norte los perros duran menos”, o que “el recinto del este quedó vacío y ya enviaron más desde las cárceles del puerto”.

Entendí que este trabajo, el de perro de caza, no era realmente un trabajo. Era una condena maquillada de oportunidad. Una cadena disfrazada de pan caliente y cama tibia. La mayoría de nosotros venía de guerras que no elegimos pelear, de prisiones donde la muerte era la única salida, o de calles donde el hambre ya había hecho estragos.

La clase media, esos jóvenes que se reían y hablaban de ofrecer “una vida mejor”, eran los que colgaban los carteles como el que yo tomé. Para ellos, esto era una obra de caridad. Para nosotros, era el último pozo antes del olvido.

Me dijeron que los recintos se iban achicando con el tiempo. Cada semana moría uno, o dos, o más. Pero también decían que el reino seguía guerreando… así que nunca faltaba carne para los collares. Siempre llegaban nuevos perros.

Y yo… había venido por voluntad propia. Como si algo en mí ya supiera que este era mi sitio. Como si la miseria también tuviera su llamado.

Fue con Bram que empecé a entenderlo todo. No porque me lo explicara de forma directa. Él no enseñaba como lo haría un maestro, sino como alguien que ya se cansó de repetir la verdad. Hablaba entre gritos, insultos y pausas largas llenas de silencio incómodo. Como si cada palabra le doliera sacarla del cuerpo.

—Aquí arriba están los nobles —dijo una vez, tirando un montón de pan duro al suelo—. Viven en torres. Se cagan en el resto, y ni siquiera lo hacen con odio. Lo hacen con indiferencia. Como cuando pisas una hormiga sin verla.

No dije nada. Solo escuchaba. No hacía preguntas. Solo archivaba.

—Más abajo están esos idiotas que creen que pueden salvar el mundo. La clase media —escupió—. Aprendices de magos, soldados de academia, hijos de comerciantes que no tuvieron hambre real en su puta vida. Vienen aquí, juegan a ser buenos, y se van a dormir en camas limpias.

Se rió. Pero no era una risa feliz.

—Y abajo están los pobres. Los que no tienen nada pero aún se creen superiores a nosotros por no haberse rebajado a este trabajo. Son como perros que ladran tras la reja, creyendo que son libres solo porque no los han amarrado.

Lo miré fijamente. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. Como si no le quedara nada más que decir y aún así no pudiera detenerse. En su ojo único brillaba algo que no era locura ni sabiduría. Era agotamiento.

—Y nosotros, bueno… —se encogió de hombros—. Nosotros somos los perros de caza. Nos llaman así porque respondemos al llamado. No tenemos dueño, pero comemos del plato que nos tiran. Y cuando dejamos de ser útiles, nos entierran. Si hay tiempo.

Me dejó ahí, parado, con la mirada fija en un charco de agua sucia que reflejaba el cielo.

La mañana apenas tomaba forma cuando se abrió la puerta de par en par, de forma violenta, sacudiendo el polvo acumulado de la entrada del recinto. Un muchacho de rostro limpio, ropa cuidada y una actitud insoportablemente recta cruzó el umbral, arrugando la nariz apenas sus botas tocaron el suelo sucio.

—¿Esto es lo que llaman “instalaciones”? —espetó con desdén, mirando a su alrededor como si se encontrara en un chiquero—. Es peor de lo que imaginaba… El noble Elvaren está indignado, dijo que “ni los animales se entrenan en estas condiciones”.

Los presentes apenas lo miraron. Ya habían visto tipos como él antes.

—Qué asco —añadió mientras se sacudía el dobladillo del abrigo—. Pero las órdenes son órdenes. Una nueva tarea ha sido registrada para los perros de caza. Resistencia a la caza de monstruos. Ya saben, para probar los límites. Para que nosotros, los de la clase media, podamos “rematar” adecuadamente.

En el rincón donde solía quedarse Bram, el viejo masculló sin mirar al muchacho:

—Para que la clase media llegue a rematar… —dijo en un murmullo seco, apenas audible, con una chispa de sarcasmo rancio en la voz.

El joven clase media ni lo notó. Se giró con hastío y salió, murmurando algo sobre que lo hicieran rápido porque no quería que el olor se le pegara a la ropa.

El silencio volvió, denso y agrio.

Bram escupió hacia el suelo. —Monstruos afuera, monstruos adentro. A veces cuesta ver la diferencia.

Bram caminó hacia mí con pasos pesados, sus botas golpeaban la tierra dura como si marcaran el ritmo de una sentencia. Se detuvo frente a mí y me tendió una espada de hierro opaca, vieja, con el mango gastado por demasiadas manos y demasiados finales.

—Lo siento, muchacho —dijo sin mirarme—. Hoy verás bastante sangre. Su tono era seco, como si hablara del clima.

—No te encariñes con nadie. Ni siquiera conmigo. Este trabajo… lo hacen cada tres o cuatro meses. Generalmente mueren muchos. Miró en dirección al grupo reunido, todos perros de caza.

—Por aquí hay treinta y dos personas. Te aseguro que con suerte regresará la mitad… —hizo una pausa y luego escupió al suelo con desprecio—. Bah, niño, trata de sobrevivir. Toma esta espada y evita que te maten. No te preocupes por los demás.

Tomé el arma sin decir nada. Era más fría de lo que esperaba. Pesada. Incierta.

Algo dentro de mí se movió, como una chispa apagada volviendo a encender. —¿Qué monstruos tenemos que enfrentar? —pregunté, no por miedo, sino por una necesidad absurda de entender.

Bram me miró por primera vez, con ese único ojo que parecía haber visto más muerte de la que cualquier hombre debería. —No lo sé —respondió de forma cortante—. Es lo de menos.

Y siguió caminando hacia el resto, dejando atrás esa frase que me sonó más real que cualquier otra que hubiera escuchado en este lugar.

La noticia se esparció rápido, pero el entusiasmo no. Los cuerpos empezaron a moverse con la misma resignación de quien camina hacia la cuerda. Algunos se revisaban las vendas, otros contaban cuchillos, uno incluso rezaba. El aire olía a miedo rancio, mezclado con sudor, óxido y ceniza.

Yo observaba.

Nadie decía nada útil, todos murmuraban lo mismo: “¿por qué tan pronto?”, “¿otra vez esto?”, “no estaba listo”.

Un capataz de cara quemada pasó repartiendo viejas mochilas con raciones secas. Pan duro, agua caliente. Algunos recibieron viejas túnicas con el sello del reino, usadas tantas veces que ya ni se distinguía el símbolo. Otros directamente no recibieron nada.

Bram dio instrucciones con gritos roncos. —¡En fila los de combate frontal, los otros atrás, no me importa si tienen una pierna o media cabeza! Se rió. Nadie más lo hizo.

Un hombre sin mano se puso una cuchilla atada con cuero al muñón. Una mujer con los ojos hundidos se metía trozos de metal entre los dedos, a falta de armas.

Yo me senté a un lado, revisando la espada que me había dado. No estaba afilada. No tenía filo desde hace años. Era simbólica. Un adorno que me decía: “muere con algo en las manos”.

Bram se acercó de nuevo y señaló unas vendas en una caja. —Toma unas. Si no son para ti, pueden servir para arrastrar a alguien, atar algo… o terminar el trabajo si quedas muy jodido.

Asentí. —¿Cuánto falta?

—Poco —respondió sin detenerse—. Espera a que lleguen los de clase media. Quieren “observar”. Dicen que aprenden viendo morir.

Volvió a gritar hacia el grupo. —¡Cinco minutos! ¡Cinco! Y dejen de mirarse como idiotas, ¡las bestias no tienen compasión de los que lloriquean!

Uno de los perros nuevos vomitó en una esquina. Nadie lo miró. Otro se rascaba la cara, como si quisiera arrancarse la ansiedad con las uñas.

La tierra temblaba un poco. O quizás solo mis piernas.

Esperábamos.

Como carne colgada antes de que llegue el carnicero.

El silencio pesado del patio fue roto por el retumbar de botas pulidas.

La clase media había llegado.

Entraron en grupo, bien alineados, como si la miseria no los tocara, como si el olor de los perros de caza no pudiese alcanzarlos si caminaban erguidos. Llevaban armaduras ligeras, uniformes de tela gruesa, emblemas bordados y mochilas nuevas. Algunos iban con espadas decoradas, otros con libros mágicos encadenados al cinturón.

Uno de ellos arrugó la nariz de inmediato.

—¿Este es el lugar? —preguntó con asco—. Apesta. No sé cómo permiten que estas criaturas respiren el mismo aire que nosotros.

—Es lo que hay —le respondió otro, indiferente—. La orden vino del noble. “Evaluar la efectividad de los perros de caza en entornos salvajes”.

—¿Y qué hacemos si se mueren todos?

—Nada. Lo anotamos. Ellos no valen nada. Pero el dato vale oro.

A lo lejos, escuché a Bram murmurar sin disimulo:

—Llegaron los buitres a rematar.

No entendía nada. O quizás, entendía demasiado.

¿Por qué tanta contradicción en una sola clase social? Algunos nos escupen. Otros nos estudian. Unos pocos hasta se creen salvadores por lanzarnos pan duro como si fuera gracia divina.

¿Son enemigos? ¿Aliados? ¿Jueces? ¿Víctimas? Una parte de ellos quiere acabar con el sistema. Otra lo perpetúa. Otra ni lo piensa. Solo obedece.

No hay orden. Solo capas de egoísmo, envueltas en palabras como justicia o progreso. No hay ideología clara, solo comodidad disfrazada de moral.

Y mientras tanto, nosotros… los perros de caza, somos el campo donde ellos cultivan sus discursos.

—¡Vamos! —gritó alguien. Y la marcha comenzó.

Salimos del recinto. Atravesamos un portón secundario de piedra desgastada. Pasamos por calles vacías, bordeando los límites del castillo. Al fondo, el bosque se alzaba oscuro y espeso, como si no perteneciera a este mundo.

Bram caminaba al frente. Los de clase media al centro. Los perros atrás.

El camino era irregular, lodoso. Las ramas se mecían con un viento amargo.

Mi respiración era tranquila, pero mis pensamientos no.

No confiaba en nadie. Ni en los nobles, ni en la clase media, ni en los perros. Pero quería ver. Quería entender este mundo. Aunque tuviera que hacerlo sangrando.

El camino se volvió cada vez más hostil.

Los árboles parecían haberse tragado la luz del cielo. Sus ramas se enredaban como garras secas. El aire olía a humedad, a musgo, a hojas podridas. Cada paso que dábamos alejaba un poco más la idea de civilización.

Uno de los perros de caza vomitó sin razón aparente. Nadie se inmutó. Ni siquiera él.

—Aquí es —dijo Bram, deteniéndose. No levantó la voz. No necesitaba hacerlo.

El bosque se abría en una especie de claro deformado. El suelo estaba cubierto de raíces gruesas y profundas marcas como si algo hubiese sido arrastrado en círculos.

Los de clase media se ubicaron en formación, sin mirarnos. Uno de ellos abrió un libro con sellos y comenzó a recitar palabras con voz controlada. Otro sacó una piedra brillante y la incrustó en el suelo.

Uno de los perros, un hombre sin un ojo, susurró con tono quebrado:

—Nos están usando de cebo.

No lo negué. Nadie lo hizo. Era obvio. Era parte del trabajo.

Bram se acercó y me empujó levemente el hombro con el dorso de la mano. —Quédate cerca de mí si no entiendes lo que está pasando, pero no me estorbes.

Asentí en silencio.

Mis dedos apretaban el mango de la espada que me había dado. No sabía si temblaban por miedo o por algo más profundo.

¿Era esto lo que buscaba? ¿Este olor a muerte, este peso en el pecho? ¿O simplemente no sabía vivir en otro lugar?

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...