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  "publishedAt": "2026-06-18T01:07:30.908Z",
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  "textContent": "El Tacto de lo Eterno: De Naranjas, Gigantes y el Frío de la Sierra\n\nA principios de los noventa, Monterrey parecía estar construyendo su propio futuro justo al lado de nosotros. Trabajaba en una oficina a un costado de las obras del Museo de Historia Mexicana, y el ruido de la construcción era el fondo musical de nuestras rutinas.\n\nUna tarde, uno de los muchachos de la oficina rompió la monotonía con un entusiasmo contagioso; con una emoción genuina nos comenzó a hablar de su cabaña en El Jagüey, allá en la Sierra de Arteaga, y lo hizo con una pasión tan arrolladora que nos resultó imposible dudar de sus palabras. Aseguraba que en los alrededores merodeaban tatankas, haciendo referencia a la película _Danza con lobos_ , y nos juraba que aquellas bestias eran tan mansas que podías alimentarlas con la mano. El apodo cinematográfico nos causó gracia, pero la promesa de ver de cerca a criaturas semejantes encendió en el grupo una emoción casi infantil, una urgencia de aventura que rompía con el tedio del trabajo diario. Nuestro compañero, al ver nuestras caras de asombro, lanzó la propuesta inevitable del “pues vamos”, y así de fácil quedó.\n\nFijamos la cita para el sábado siguiente, prometiendo llegar muy temprano a la oficina y armar un banquete compartido con lo que cada uno pudiera aportar. En la mente de todos, la jornada ya se perfilaba como una de tantas fechas destinadas a permanecer en el recuerdo.\n\nEl sábado nos recibió con una helada de las que se te meten en los pulmones y te obligan a encoger los hombros. A las seis de la mañana el cielo aún estaba oscuro, pero las ganas pudieron más que el clima y todos acudimos. Nos reunimos en la entrada del edificio; algunos compañeros llegaron con sus hijos pequeños, quienes bajaban de los autos arrastrando los pies y completamente cubiertos en chamarras y bufandas. Los niños tenían una mirada de profunda modorra y total descontento, con un gesto fruncido que gritaba en silencio: “¿Por qué estoy despierto de madrugada en este frío y en pleno sábado?”. Nuestro jefe prefirió quedarse en la calidez de su hogar, pero tuvo el enorme detalle de prestarnos la camioneta de la empresa, una Ichi Van de nueve pasajeros que todavía olía a nuevo. Nos distribuimos entre la van y los vehículos particulares, acomodando los termos de café, las viandas y las risas de mi amiga Alma y yo, que viajábamos con el presentimiento de que estábamos por vivir algo irrepetible.\n\nEl viaje hacia la Sierra de Arteaga transcurrió entre la música de la radio, el vapor del café caliente y anécdotas divertidas que hicieron que el tiempo pasara rápido. Al bajar del vehículo en El Jagüey, el paisaje nos obligó a guardar un silencio inmediato. El valle se extendía imponente, custodiado por pinos y oyameles altos, con un aire tan limpio que calaba hondo en el pecho con cada bocanada. El suelo crujía bajo nuestros zapatos por las agujas secas de los árboles, y nos quedamos quietos un momento, atrapados en una reverencia involuntaria ante la inmensidad de la montaña.\n\nEl hambre del camino ya reclamaba atención, pero el deseo colectivo de encontrar al bisonte superaba cualquier necesidad biológica. Decidimos posponer el almuerzo, subimos de nuevo a la furgoneta y nos aventuramos por la terracería. Recorrimos los senderos posibles y luego nos metimos por caminos difíciles, con los niños pegados a las ventanas tratando de vencer el sueño, buscando cualquier movimiento extraño entre la maleza. Pasó una hora, luego otra, y el bosque parecía completamente vacío. El frío y el estómago vacío comenzaron a mermar el ánimo general; las quejas de los pequeños empezaron a sonar y, con la resignación propia de los exploradores frustrados, emprendimos el regreso a la cabaña.\n\nJusto al detener la marcha en la entrada, la naturaleza decidió que la espera había valido la pena.\n\nAhí estaba.\n\nUn imponente y hermoso bisonte nos esperaba justo afuera de la cabaña, una masa enorme de pelaje y fuerza que congeló nuestra respiración. Recordé de inmediato las ilustraciones de los mamuts en los libros de la escuela; la criatura permanecía inmóvil, majestuosa, como si hubiera emergido de las entrañas de la tierra para recordarnos lo pequeños que éramos. Su sola presencia parecía detener el tiempo y nos dejó mudos, desarmados ante la maravilla.\n\nDescendimos de la camioneta con pasos lentos, midiendo la distancia con una mezcla de fascinación y un más que sensato y respetuoso miedo. El organizador de la travesía rompió la tensión sacando unos recipientes con cáscaras de naranja y, con una lentitud casi ceremonial, nos aproximamos al animal. El magnetismo de la escena era innegable, aunque el respeto que imponía aquella bestia hizo que varios prefirieran quedarse atrás. Alma eligió la prudencia de la distancia y se ofreció a inmortalizar el momento con la cámara fotográfica.\n\nEl destino le dio la razón a su cautela.\n\nLo que siguió duró un suspiro, pero se grabó a fuego en mi memoria. Extendí el brazo con las cortezas cítricas y vi cómo el coloso inclinaba su cabeza con una suavidad pacífica y desconcertante. Al tomar el alimento de mi mano, todos guardamos silencio. Sin decir una sola palabra, quedaba implícito que vivíamos un momento muy especial. Su respiración cálida creó pequeñas nubes de vapor en el aire helado, rozándome los dedos. No hubo brusquedad, ni rastro de peligro; experimenté una calma tan honda que sentí que el tiempo se había detenido solo para nosotros.\n\nLa mirada atenta de mi amiga me regaló el tesoro más grande de mi juventud: una fotografía de mí, a los veintidós años, junto a un gigante del pasado, ofreciéndole la sencillez de una fruta. Una estampa que se volvió un refugio íntimo para el resto de mi vida.\n\nVisto desde la distancia, el tiempo tiene una forma muy peculiar de acomodar las cosas. Hoy, con los años encima, entiendo que lo que hicimos aquella mañana carecía de la madurez necesaria. En la juventud uno actúa por impulso, pero la madurez te enseña que nuestro verdadero rol frente a la naturaleza no es alimentarla ni volverla dependiente; nuestra verdadera labor consiste en proteger su derecho a permanecer indómita. En la década de los noventa, los bisontes eran fantasmas en el noreste del país; los pocos ejemplares sobrevivían en ranchos privados, demasiado acostumbrados a las palmadas humanas, y el linaje original se desvanecía en cifras alarmantes.\n\nLa verdadera magia ocurrió años después, cuando el tiempo me llevó a descubrir el esfuerzo de personas que entendieron el valor del equilibrio. El retorno del gigante a su territorio requirió una logística compleja, traslados difíciles y una fe ciega en el mañana. Las llanuras de Janos en Chihuahua abrieron el camino, seguidas por el esfuerzo en El Carmen y Cuatro Ciénegas. Con el paso de las décadas, las nuevas manadas comenzaron a celebrar nacimientos en una libertad auténtica, lejos de las cercas humanas.\n\nEl milagro dejó de ser una excepción. Hoy en día, me llena de orgullo saber que más de doscientos bisontes recorren con paso firme el norte de la república, cumpliendo una función vital. Sus pezuñas remueven la tierra para sembrar vida, sus desechos nutren los pastizales nativos y su existencia se convierte en una barrera natural contra el deterioro ambiental del planeta.\n\nA los veintidós años recibí un obsequio cuyo significado tardé décadas en descifrar, atrapado por la lente de Alma en una mañana helada. Hoy sé que formamos parte de una red invisible donde cada pieza cuenta. Saber que los descendientes de aquel coloso corren libres por las llanuras, sin esperar la mano de ningún humano, le da un sentido perfecto a mi nostalgia.\n\nLos gigantes de mi juventud recuperaron su reino, y me dejaron una certeza que me acompaña hasta la fecha: a veces, la mejor forma de amar algo… es aprender a no intervenir.\n\n—",
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