PIES DESCALZOS
Un ruido de pasos despertó a Iván. Pies descalzos caminando por el pasillo. Contuvo la respiración y escuchó con detenimiento. Nada.
«Un sueño», pensó.
Cerró los ojos de nuevo.
Al momento, otra vez el mismo ruido. Esta vez, apresurados.
Volvió a abrir los ojos; quieto, mirando al techo de la habitación de su hijo.
Esperó un momento y cuando la somnolencia lo invadía de nuevo, justo en ese momento, volvió a escuchar pasos. Ahora más cercanos y más claros.
No tuvo duda. Alguien caminaba descalzo por el pasillo, con lentitud; parecía estar inspeccionando.
Dudó que hacer.
¿Sería su hijo yendo al baño? ¿Quizá su mujer?
Esperó para tratar de identificarlos. Inmóvil. No quería levantarse: hacía frío y estaba cómodo bajo las mantas de la cama de su hijo. Se tapó aún más.
Los pasos seguían. Irregulares, sin patrón. No parecía su mujer, tampoco su hijo. No oyó la cisterna del baño. Solo pasos erráticos por el pasillo.
Se incorporó y salió al pasillo.
Nada.
El baño vacío también.
Entró en su dormitorio. Su hijo y su mujer dormían a sus anchas, ocupando toda la cama. Entonces volvió a escucharlo, justo detrás. Se giró y, en la penumbra, alcanzó a distinguir una sombra que doblaba la esquina y desaparecer.
«Pero, ¡qué demonios!»
Caminó con decisión. Escuchaba como uno pies golpeaban el suelo al correr. Aceleró. Al pasar por la cocina paró. Dudó unos segundos. Escuchó las llaves girando. Entró en la cocina; abrió el cajón y cogió un cuchillo. Salió hacía la entrada.
Escuchaba la llave girar. Quería escapar.
Llegó y allí estaba: Un hombre que agarraba el pomo dispuesto a salir.
—¡Quieto! —ordenó Iván alzando el cuchillo. Le temblaba la voz y la mano, pero sacó fuerzas para parecer decidido.
El hombre no se movió.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo… —susurró una voz que, para su sorpresa, le era familiar—. Baja el cuchillo, no corres ningún peligro.
Iván se estremeció. Apretó con fuerza el mango.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Yo que tú no lo haría —musitó con voz ronca.
El extraño acercó la mano al interruptor de la luz con lentitud. La luz cegó por unos segundos a Iván. Unos segundos más tarde, sus ojos se acostumbraron a la luz; entonces vio su rostro, su propio rostro.
Un escalofrío erizó su vello.
Era él, exactamente él; con su mismo pijama, su misma barba de 3 días.
Aquella persona era él. Era otro Iván.
Su cara se hizo todo ojos y retrocedió hasta chocar con la pared.
En la penumbra del salón, los dos se observaban. Iván sostenía el cuchillo en silencio, mirando al suelo. El otro Iván, tranquilo.
—¿Cómo es posible? ¡Qué demonios está pasando! —negaba con la cabeza.
El otro Iván tardó en responder.
—No lo sé…
Iván apretó el mango del cuchillo.
—¿De dónde has salido?
Por fin miró a la cara a su otro yo. El otro Iván se encogió de hombros.
Entonces, ambos exhalaron aire a la vez y se recostaron de forma idéntica en su sofá.
—No tienen ningún puto sentido… —susurró mientras negaba.
Tocaba el filo del cuchillo con suavidad, recorriéndolo de un lado hacia otro.
—No lo sé todo… pero conozco algunas cosas —dijo. No dejaba de consultar su reloj—. Y sé que estás haciendo preguntas en el orden correcto.
—¡¿Qué?!
El otro Iván negó con la cabeza.
—Lo importante es nosotros.
—Nosotros, ¿quién?
—Nosotros, Iván…
Iván se sentó de nuevo en el borde y sujetándose la cabeza con ambas manos.
—¿A dónde ibas?
—¿A qué te refieres?
—Estabas en la puerta de la salida… ¿A dónde ibas?
El otro Iván pensó la respuesta, haciendo movimientos rítmicos con su cabeza.
—Iba a dónde tenía que estar…
Iván levantó la cabeza y le miró. Se rascó la cabeza con el mango del cuchillo.
—Suelta el cuchillo de una vez…
Iván miró su cuchillo y después al otro Iván, que se removió en el asiento. Ya no parecía tan tranquilo. Iván lo miró fijamente.
—¡Cuéntame lo que sepas!
El otro Iván se colocó el reloj y lo consultó, de nuevo, sin disimulo. Iván también lo miró, casi por imitación:
3:41
Tragó saliva antes de contestar:
—Empecemos por algo sencillo. ¿No tienes frío en los pies?
Iván frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tus zapatillas —insistió el otro—. Tráelas. Y trae unas para mí.
Iván negó, exasperado.
—¡Me estás tomando el pelo!
—No. Es necesario —añadió el otro Iván, ahora con urgencia—. ¿No tienes frio?
—¿De qué cojones hablas? Claro que tengo frio, ¡joder! pero eso es lo que menos me importa ahora mismo.
—Por favor, trae unas zapatillas para tus pies.
—Ni hablar.
El otro Iván volvió a mirar su reloj.
—Es necesario que lo hagas.
—¿Por qué?
—No podemos cambiar el bucle o todo se romperá.
—¿Qué bucle?
El otro Iván se inclinó hacia él, con una seriedad nueva. Reconoció su cara de tensión.
—El que ya estás viviendo.
Iván lo miró sin comprender.
—Ve —insistió—. Es la única manera de que hablemos. Y de que continúe.
Iván respiró hondo. Algo en esa mirada, su propia mirada, lo convenció.
—Bien, lo haré… pero luego tendrás que explicarme muchas cosas… y más vale que las respuestas me satisfagan.
Se levantó y se dirigió arrastrando los pies hacia la puerta.
—Deja el cuchillo aquí, por favor.
—Ni loco suelto este cuchillo —susurró amenazante—. No pienso soltarlo hasta que no respondas todas mis preguntas.
El otro Iván levantó las manos y se encogió de hombros.
Iván salió al pasillo. Caminó hacia la habitación de su hijo para buscar las zapatillas. Encendió la luz un segundo. Al momento la apagó. Se congeló.
Había un hombre durmiendo en la cama.
Él mismo.
Otro Iván. Otro más.
Dio marcha a atrás; Tropezó con la puerta y con el marco. Salió a tientas del cuarto y, en el pasillo, una mano lo agarró del brazo: El otro Iván. Le tapó la boca y le arrastró al baño.
—Quieto, así no es.
—¿Qué demonios está pasando? ¡Hay otro!
—Estas cambiando las cosas. No se puede cambiar el bucle ¡No podemos cambiar el bucle! —respondió agitado.
—¿Qué?
El otro Iván le sujetó con fuerza. Le hacía daño.
—Estás cambiando el bucle.
—¿Qué? —Iván movía la cabeza sin mirar a ningún sitio.
—Mira, ya ha pasado más veces. Yo ya he pasado por esto, lo que sabemos es que hay que aguantar el bucle… lo hemos intentado todo.
—¿En serio? ¿Cuántas veces?
—No lo sé, nadie lo sabe… solo sabemos que hay que cerrar el bucle y aguantar hasta el amanecer —escupió acelerado.
—¿Y que hay que hacer?
—Repetir el bucle. Caminar. Despertar. Perseguir… Mantener el ciclo.
Iván asintió, aturdido.
—¿Y si falla?
—No falla, nunca lo hace. Tienes que despertar a Iván, como siempre se ha hecho. NO-CAMBIES-LAS-COSAS —añadió zarandeándolo.
Iván lo miraba. Nunca se había visto así.
»¡Y deja ese maldito cuchillo! —añadió a la vez que se lo intentaba quitar—. O harás daño a alguien.
Iván apartó la mano sin pensar. Después la levantó y vio el cuchillo, reluciendo en la penumbra.
«Lo había olvidado.»
Volvió a asentir.
—¿No hay otra solución?
—No.
—¿Y si no se despierta? ¿Si no se levanta?
—Hazme caso… ya se ha hecho de todo. Lo hemos intentado todo… nada funciona. Tú crees que sabes más, que tienes ideas nuevas, pero no, ya hemos pasado por aquí… cada uno —explicó recitando las palabras como si las hubiera memorizado.
—¿Y tú? ¿Qué pasa con los otros? ¿Dónde están?
El otro Iván tragó saliva.
—Al salir de la cama, el tercero, yo, desaparece. Solo hay dos, solo puede haber dos.
—¿No lo entiendo?
—Ni falta que hace. Iván es lo más importante, es lo único que importa.
El otro Iván lo atravesaba con una mirada llena de convicción. Miró su reloj.
—Ve —ordenó.
Iván obedeció, sin estar seguro de por qué.
Salió al pasillo. Caminó pensativo, ausente. Siguió las instrucciones. Pisadas lentas. Rápidas. Cercanas. Lejanas. Se escondió en la despensa. El nuevo Iván, el que dormía, se despertó.
El bucle empezaba de nuevo.
Se levantó, fue al cuarto, miró a su mujer y a su hijo. Tal cómo había hecho él. Entonces le escuchó y le persiguió. De la misma forma que había pasado antes.
Entonces se dio cuenta.
«¡Mierda! El cuchillo…», pensó al mirar su mano
«Mientras entra en la cocina lo esconderé.»
Giró hacia la salida. El tercer Iván, el nuevo Iván, entró en la cocina buscando el cuchillo. De mientras, Iván entró al salón y dejó el cuchillo escondido en el sillón. Fue a la puerta y comenzó a girar la llave. El tercer Iván no venía. Tardaba demasiado, no lo encontraba. No encontraba un cuchillo.
Lo esperó, quieto junto a la puerta. Escuchó pasos. Ya lo tenía. Una última vuela a la llave y agarró el pomo de la puerta.
—¡Quieto!
Escuchó a su espalda. No se movió, permaneció de espaldas a él.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo, no pasa nada —susurró con la voz tomada.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Espera, no lo hagas.
Iván se giró muy lentamente y acercó la mano al interruptor de la luz.
La luz se encendió y cegó al tercer Iván tal como había hecho con él minutos antes.
Le miró de arriba abajo. Era increíble, otro Iván, un nuevo Iván. Exactamente igual. Con un cuchillo, diferente, en la mano.
El tercer Iván retrocedió, en shock, hasta chocar con la pared.
Con movimientos calmados, Iván le indicó hacía el salón; pasó despacio a su lado y entró. El tercer Iván le siguió como un autómata; no hablaba. Se sentaron y se recostaron, sincronizados.
Allí, en la penumbra del salón Iván observaba al nuevo Iván. El tercer Iván parecía diferente a como se veía a sí mismo. Sostenía el cuchillo en silencio, mirando al suelo.
—¿Qué demonios está pasando? —recitó, tal y como debía hacer.
Iván lo miraba en silencio. Lo recorría con sus ojos de arriba abajo. Reconocía los sentimientos que estaba viviendo; que había vivido.
—¿Quién eres?
Por fin lo miró a la cara. Sentía su respiración acelerada.
—Soy tú.
—No tienen ningún puto sentido… —susurró mientras negaba.
Iván veía como tocaba el filo del cuchillo con suavidad, recorriéndolo de un lado hacia otro. De pronto lo posó en la mesa de centro.
«¿Esto es normal? Ha cambiado… está cambiando.»
—Yo no sé mucho más que tú. No te puedo ayudar. —El tercer Iván lo miró—. Pero, no te preocupes, lo solucionaremos…
—¿Cómo?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Quiénes?
—Nosotros… Iván…
El tercer Iván se sujetó la cabeza con ambas manos.
—Tengo frio… ¿Puedo ir a por mis zapatillas? —susurró con voz débil.
«Está cambiando las cosas… el bucle está cambiando.»
Iván miró su reloj.
3:55
«¿Será así como debe ser?», pensó.
—Espera… ¿No tienes más preguntas?
—¿Tienes respuestas?
—Alguna…
—¿Y pueden esperar un minuto?
Iván se encogió de hombros. “No se debe cambiar nada”, retumbaba en su mente.
«Pero está cambiando…»
—¿Y bien? —preguntó el tercer Iván a la vez que se levantaba del sofá. Fijó sus ojos en él mostrando una decisión que no reconocía en sí mismo.
Iván se colocó el reloj y lo miró de nuevo.
3:56
—Sí, ve… y trae unas para mí también. Tengo los pies helados.
El tercer Iván asintió antes de salir del salón. Caminó por el pasillo con pasos lentos.
Iván se quedó sentado en el sillón, mirando a la televisión, apagada, que reflejaba su imagen borrosa, apenas reconocible. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba haciéndolo bien?
Suspiró y dejó caer sus manos. Sintió algo. Palpó. La empuñadura del cuchillo.
Escuchó atento: La luz del cuarto, el golpe, el murmullo, el desconcierto.
Solo dos, escuchaba en su cabeza.
Se giró hacia la ventana y vio las luces de la ciudad. Cerró los ojos; recordó a su mujer y a su hijo, dormidos en la cama, sonrientes. Los vio al día siguiente, en la cocina, desayunando con otro él.
Volvió a mirarse en el reflejo de la televisión, sentado a oscuras.
Actuó.
Agarró el cuchillo y salió de la sala. Caminó por el pasillo y entró al baño. Y cuando su otro yo pasó junto a la puerta dando tumbos, lo agarró y lo apuñaló sin dudar.
El tercer Iván emitió un grito ahogado. Iván le tapó la boca y volvió a clavarle el cuchillo, más arriba. Ese Iván moribundo miraba a los ojos a su asesino, como si de un espejo se tratase. Sus ojos pedían explicaciones mientras buscaban ayuda alrededor.
—Lo siento, pero hay que cerrar el bucle… —susurró al oído de su víctima.
Iván posó en el suelo el cuerpo semi-inerte, con suavidad y tapó su boca y nariz con decisión. El tercer Iván intentó agarrar las manos de su otro yo, pero las fuerzas le habían abandonado. Iván apretó un minuto, quizá dos. Lo hizo con fuerza, con mucha fuerza, mientras observaba los ojos, sus propios ojos. Ojos que buscaban respuestas.
No pudo dejar de hacerlo hasta que se quedaron vacíos de vida. Entonces soltó.
Luego entró al cuarto infantil. Allí estaba un nuevo Iván, aún dormía. Había perdido la cuenta.
«Yo cerraré el bucle, yo no voy a desaparecer.»
Cogió un cojín y se acercó despacio. Lo colocó en la cara, su cara, y apretó con fuerza sobre aquel Iván.
—Lo siento amigo —murmuró con la respiración contenida—, no es nada personal.
Al momento notó resistencia y las manos salieron de debajo de las mantas para luchar por su vida. Hundió el cuchillo con fuerza en el pecho de su otro yo, emitiendo un gemido que apagó el del su otro yo. Una, dos y tres veces. Después siguió apretando el cojín contra la cara hasta que dejó de sentir movimientos.
Llevó los dos cuerpos a la despensa y la cerró con llave. Limpió todo y metió la ropa a la lavadora. Tenía los pies fríos; quería ir a la cama. Miró el reloj:
5:29
Caminaba despacio. Estaba exhausto.
«Era lo que había que hacer».
Sacudía la cabeza para sacar los pensamientos.
Pasó por delante del cuarto de su hijo. Algo lo frenó. Un nudo en el estómago. Un tirón seco. Había… algo.
Volvió atrás. Se asomó. Había alguien en la cama.
Se quedó quieto, incapaz de respirar. Tragó saliva. Entró.
—No… —susurró con la voz contenida— No, no, no…
Se acercó despacio y lo vio. Vio su propio rostro durmiendo en la cama. Allí estaba, otro Iván, otro más, durmiendo plácidamente; como si nada hubiera pasado.
«¡No puede ser! Yo debía cerrar el bucle… mi lógica era… tenía sentido, debía tenerlo»
—Tenía que serlo —musitó con debilidad.
Lo hemos intentado todo , resonaba en su cabeza. Crees que tienes ideas nuevas… Las piernas le flaquearon y cayó de rodillas, con el peso de toda la noche sobre sus hombros.
«Todo… ¿para nada?»
—¡No!
El grito salió ahogado. Sudores fríos; hormigueo en la tripa y en el pecho. Apretaba y abría la mano sin control.
«¿Quién es el original? ¿Hay original?»
Se sentó en el suelo, derrotado, para quedarse sentado viendo como Iván —uno más— se despertaría al oír ruidos.
—Quizá la solución sea…
Se levantó, despacio. Caminó sin hacer ruido hacia su cuarto. Allí miró a su hijo y a su mujer, una última vez. Se permitió unos segundos, quizá un minuto.
Luego fue al salón. Abrió el balcón sin hacer ruido y salió.
Mientras tanto, en el cuarto de su hijo, Iván abrió los ojos. Un ruido lo había despertado. Escuchó un momento.
Nada.
«Un sueño», pensó y volvió a cerrar los ojos.
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