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"publishedAt": "2026-06-17T07:02:56.272Z",
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"textContent": "_\n⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico._\n\n_Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo_\n\nCapítulo 2. Parte 3\n*\n¡Crash!*\n\nUn estruendo lo despertó. El despertador marcaba las 10:30 de la mañana en punto. Se incorporó casi de un salto en la cama olvidándose del dolor del pie. Estaba vendado. Se preguntó si Felipe lo había hecho o si fue él mismo en algún momento de la noche.\n\nLa música sonó a todo volumen en la sala y Alejandro se tapó los oídos con ambas manos. “¡Los vecinos van a quejarse!”, pensó. Tenía los calzoncillos puestos, se levantó con cuidado y se puso un pants de algodón y una playera de manga larga que tenía a mano lo más rápido que pudo.\n\nAl salir de la habitación vio a Felipe, fumando y en trance al ritmo de un rock pesado desconocido, con sus pantalones y su nueva chamarra azul, pero sin camisa. Sobre la mesa, un vaso de whisky y una colilla de cigarro. Se contorsionaba y meneaba la cabeza de un lado a otro sacudiendo su melena castaña.\n\n—¡Felipe! —le gritó Alejandro—. Me lleva la chingada… —dijo bajando la voz al ser completamente ignorado por el alto volumen de la música.\n\nCaminó cojeando y sosteniéndose de paredes y muebles para no apoyar el pie hinchado. Felipe lo vio pero siguió bailando. Alejandro miró al suelo una vez, dio la vuelta a la sala y se acercó al minicomponente, el celular nuevo estaba en el suelo con la batería por fuera, la tapa a unos metros, y con dos teclas por fuera.\n\n—No mames… —profirió Alejandro para sí, conmocionado ante la escena.\n\nApagó la música.\n\n—¡Pam! ¡pam! ¡pa… —tarareaba Felipe y de repente dejó de cantar y de moverse—. ¿Por qué quitaste la música?\n\nAlejandro, nervioso, tragó saliva, pero se mantuvo firme por el bien de las normas del edificio.\n\n—No puedes hacer esa cantidad de ruido.\n\nFelipe caminó hacia él y, sin dejar de mirarlo, volvió a presionar el botón de reproducir. Su acto de rebeldía era casi infantil, inhaló el humo del tabaco y lo exhaló en la cara de Alejandro quien cerró los ojos y aguantó la respiración.\n\n“Ayer me estaba cogiendo y hoy me escupe humo en la cara. Es impredecible”, pensó.\n\n—Es mi disco, lo compré —manifestó Felipe irreverente—. Igual que el pinche whisky que no compraste tú.\n\nAlejandro se preguntó de dónde diablos agarraba dinero y volvió a apagar el dispositivo.\n\n—Hay reglas en el edificio. Está prohibido el volumen excesivo de música. —Manifestó Alejandro como si estuviera leyendo la norma de la hoja oficial.\n\nFelipe acercó la mano de nuevo al botón y Alejandro lo detuvo en seco.\n\n—¿Vamos a jugar? —preguntó el otro con un tono amenazador.\n\n¿Había manera de hacerle entender? El escritor intentó dialogar.\n\n—Felip…\n\nTarde. Felipe lo agarró del cuello y caminó lentamente haciendo retroceder a Alejandro. Éste apretó los ojos debido al dolor del pie que estaba forzando a poner sobre el piso.\n\n—¡Agh, Felipe! —exclamó apretando los dientes mientras se aferraba a la mano que lo sostenía de la garganta para evitar caer—. ¡El pie!, ¡el pie! —dijo Alejandro con una voz gutural provocada por la presión de la laringe.\n\n—¡El pie! ¡El pie! —se burló Felipe agudizando su voz y haciendo la mueca de una mala imitación de su anfitrión.\n\nLo hizo retroceder unos pasos más, lo giró de espaldas a él y luego lo inclinó sobre la meseta de mármol de la cocina sujetándole el brazo hacia atrás —Voy a romperte el brazo para que dejes de quejarte del pie.\n\n—No, no, no, Felipe, por favor… —rogó Alejandro.\n\nFelipe le sujetó la cabeza contra la meseta y con la otra mano le agarró la muñeca tras su espalda en una posición extraña como si se preparara a quebrarle los huesos.\n\n—¡No, no no! —gritó Alejandro con evidente terror. Su cuerpo comenzó a temblar y casi sentía su alma abandonarle a causa del miedo—. ¡Por favor, Felipe!\n\nEl acosador se paró en seco y comenzó a reír.\n\n—¡Ja, ja, ja! —soltó la carcajada mientras relajaba la fuerza contra la mano de Alejandro—. ¡Mira tu cara! ¡Pinche Ignacio, mira tu cara!, ¡Ja, ja, ja!\n\nNo había nada de gracioso. Alejandro sentía que se iba a desmayar, se sentía mareado a causa del violento ritmo cardíaco provocado por el miedo.\n\nFelipe se tocó el abdomen que comenzó a dolerle de tanto reír, y le dio una nalgada a Alejandro aprovechándose de su posición aún inclinada.\n\n—¡Ja, ja, ja! no mames… —expresó el bully limpiándose las lágrimas provocadas por la risa—. Te asustas muy fácil, la neta. Ja, ja, ja.\n\nAlejandro se dejó caer al piso completamente rendido. Estaba aturdido y sentía que iba a vomitar, gritar y desmayarse al mismo tiempo. Hizo un esfuerzo por recomponerse y giró la cabeza hacia el celular que estaba tirado a unos metros de él.\n\n—Rompiste el celular —dijo casi sin pensarlo.\n\n—Esa chingadera no se rompió. Está más dura que una piedra —contestó Felipe y la hizo a un lado con el pie.\n\nPrendió otro cigarrillo y se dirigió a la cocina.\n\n—¿Te lo regaló tu novio? —preguntó con áspero sarcasmo.\n\n—¿Por qué lo rompiste?\n\nAlejandro se limpió el sudor de la frente con la manga de su camisa y respiró profundamente. Aún estaba aturdido, pero intentó calmarse. No llegaría a ningún lado con un loco que no tenía ni un gramo de sensibilidad.\n\n—¿Y tú para que lo quieres si de todas formas no le contestas a nadie? —preguntó con el cigarro en la boca.\n\nEl aparato no importaba en absoluto, era más bien el acto de protección de Luis al regalárselo lo que le daba pena.\n\n—Ayer… —habló Felipe mientras se acercaba con un plato de comida hacia la mesita del comedor—, sentí un olor a tabaco cuando llegué. ¿Sabías que tu novio fuma?\n\n—Luis es un amigo, y sí, lo sé —afirmó Alejandro frotándose la sien—. ¿Y eso qué? Todo el país fuma.\n\n—Tú no fumas, Nacho el puritano.\n\nAmbos se miraron. Alejandro desde abajo y Felipe de pie junto a la mesita del comedor. Se acercó a él y le extendió la mano. Cuando estuvo a su altura lo abrazó y le dio un beso en los labios.\n\n—Si me sigues haciendo reír así, te voy a terminar queriendo.\n\nAlejandro vaciló un instante y tuvo la sensación más extraña de su vida. Su dolor y su miedo eran ahora la fuente de un cariño peligroso que cualquier otro hubiera rechazado al momento, pero que él, teniéndolo todo, no sabía por qué lo quería.\n\nFelipe se sentó a la mesa y con una sonrisa le extendió la mano y lo llamó.\n\n—Ven a comer —le dijo.\n\nY Alejandro se sentó frente a él contemplando el plato de comida que Felipe había preparado para él.\n\nEl detective introdujo la cinta VHS en la videocasetera y esperó unos segundos.\n\n—Lo he revisado. Debo decirle que lo que vea aquí podría afectarle, señor Valdez.\n\nAlejandro entrecruzó los dedos de sus manos y se aclaró la garganta.\n\n—¿Ha encontrado algo relevante?\n\nEl detective lo miró con duda.\n\n—Es mejor que lo vea por usted mismo.\n\nLa pantalla mostró la toma desde una cámara de seguridad a dos calles del recinto habitacional. La imagen era la más lejana con vistas al edificio desde una esquina de la pantalla y mostraba desde arriba parte de la avenida contigua por donde pasaban autos, camiones, taxis, bicicletas, gente caminando, vendedores ambulantes, un perro que se detenía frente a la avenida y desaparecía de cuadro al darse cuenta de que no podía pasar.\n\n—Si nos vamos al día de la primera agresión, que debería ser el 24 de septiembre durante la madrugada —el detective presionó el botón de ‘adelantar’ desde el control—…es justo aquí.\n\nAlejandro se acomodó en el asiento con los ojos concentrados en las difusas imágenes. En el video se muestra la vida nocturna pasar por fuera del departamento. El guardia de seguridad entra y vuelve a salir. Solo una mujer entra al edificio a esa hora.\n\n“Es la inquilina del piso de arriba que sale tarde del trabajo.” Analizó mentalmente Alejandro.\n\n—¿Reconoce al agresor entre las personas del video? —preguntó el detective.\n\nAlejandro negó con la cabeza.\n\n—En el peor de los casos, el agresor pudo haber entrado desde antes y haberle esperado en su habitación.\n\n—Estuve escribiendo todo el día —aseguró Alejandro tocándose la cabeza al sentir un ligero dolor—. Es imposible que haya estado esperando dentro.\n\n—Entiendo. Probemos desde otro ángulo.\n\nEl detective sacó la cinta VHS e insertó otra.\n\nEl video, aunque era de menor calidad que el anterior, tenía una vista más cercana del edificio desde su lado izquierdo. Se podían ver algunas ventanas de los departamentos.\n\n—Piso uno, dos, tres, cuatro y cinco —contó el investigador de abajo hacia arriba apuntando con el dedo en la pantalla los pisos visibles en el cuadro—. Esta es la cámara de una tienda departamental de aquí cerca. No fue fácil ni barato conseguirla —puntualizó.\n\nAlejandro podía ver las ventanas de su departamento casi al final de imagen. Ahí donde estaba en ese momento le parecían grandes y pesadas al recordar el incidente con Felipe, pero entre los píxeles limitados de la cámara de seguridad se miraban pequeñas e inofensivas.\n\n—Misma hora, mismo día —señaló el detective.\n\nDe nuevo vio la vida pasar alrededor del edificio como si nada de lo que él estuviera viviendo le importara al mundo.\n\n“Tu vida está en tus historias”.\n\n—¿Nada? —volvió a preguntar el detective.\n\n—No —contestó Alejandro sin despegar la vista de la pantalla.\n\n—No. Yo tampoco vi nada sospechoso —declaró el agente—. Aún no concibo cómo pudo haber entrado el agresor a su casa el primer día.\n\n—¿El primer día? —preguntó Alejandro con incomodidad.\n\n—Domingo, 25 de septiembre, usted sufre otra agresión —precisó el detective mientras adelantaba la cinta hasta el día siguiente a la hora convenida—. Fue a denunciar al ministerio por la mañana y por la tarde sufre un nuevo ataque.\n\nAlejandro comenzaba a sentirse indispuesto. No había pasado ni una semana de aquello y su vida se había vuelto un caos. No escribía al mismo ritmo que antes, tenía heridas en varias partes de su cuerpo, había sido agredido como si un íncubo lo hubiera deshonrado y se rompían cosas como si un poltergeist lo hubiera invadido. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró con pesar.\n\n—¿Lo estoy agobiando, señor Valdez?— preguntó el agente pausando el video. —¿Deberíamos parar por hoy?\n\n—Usted dispense, detective —se disculpó Alejandro—. No me he sentido bien últimamente. A veces siento que nada de esto vale la pena —dijo con pesar.\n\n—Entiendo esa frustración, señor Valdez, pero ¿no tiene miedo de que el agresor regrese y que pueda ser peor?\n\nLo peor ya había pasado para Alejandro. Felipe había invadido su vida, su mente y su cuerpo.\n\nEl detective dejó el control sobre la mesa de centro y se dirigió a Alejandro de nuevo.\n\n—Hace días que no sucede nada, es cierto. Pero no podemos tomarnos esto a la ligera. He venido aquí hoy porque entiendo que se le dificulta caminar, no tengo problema si vuelvo mañana y continuamos, ¿qué le parece?\n\nToc, toc, toc. Sonó la puerta.\n\nAlejandro se sobresaltó en el sofá y miró rápidamente hacia la puerta, reacción que el detective no pudo ignorar.\n\n—Debe ser su editor —dijo el hombre totalmente impasible como si quisiera tranquilizarlo.\n\n—Sí. Debe ser él —contestó Alejandro mirando el reloj de pared y estirando el brazo para alcanzar su muleta.\n\n—No se preocupe. Yo abro.\n\nEl detective se paró y se dirigió hacia la puerta de entrada.\n\n—Buenas tardes, llego tarde. Una disculpa, detective Maza —dijo Luis, dándole la mano al detective.\n\n—Buenas tardes, señor Chahín.\n\n—¿Cómo andas, Nacho? —saludó el editor a Alejandro una vez llegó hasta él y estrechó su mano.\n\n—Pues con muleta y todo, ya sabes.\n\n—Ja, ja, ¿Sí, verdad?\n\nLuis tomó asiento en el sofá de tres plazas mientras el detective se reincorporaba a la sesión.\n\n—¿Qué pasó? ¿Cómo va todo? —preguntó con interés poniéndose cómodo y desabrochándose los botones del traje.\n\n—Pues, checamos dos cámaras. Una de enfrente del edificio y otra de un costado y aún no encontramos nada. No hay señales de que el sábado un intruso haya entrado al edificio por las puertas visibles, por lo menos.\n\n—¿Y el portero?, ¿qué dice? —preguntó Luis con interés.\n\n—El portero no ha visto entrar ni salir a ningún hombre con las características del agresor, pero está al tanto de la información.\n\n—¿Y los videos del domingo?— volvió a preguntar Luis.\n\n—Bueno, estábamos en eso…— dijo el detective echando un vistazo a Alejandro que comenzaba a verse ligeramente pálido— ¿se encuentra bien, señor Valdez?—. ¿Nacho?\n\nAlejandro escuchó las voces de sus invitados y se sintió repentinamente mareado.\n\n—Sí… puede, puede continuar.\n\n—¿Está seguro?\n\nAlejandro extendió su mano para alcanzar su muleta nuevamente y de manera arbitraria volteó a ver el nuevo teléfono celular, recién armado, sobre la meseta de mármol. Todo le pareció oscuro, no escuchaba nada, le parecía que las personas que estaban con él le hablaban pero no podía oírlos. Se puso de pie y comenzó a caminar hacia el baño. Sintió el brazo de alguien que lo dirigía. Se tapó la boca con la mano completa y sintió la primera arcada nacer desde su estómago.\n\n—¡Por favor, la cubeta de basura! —exclamó Luis dirigiéndose al detective mientras apuntaba al basurero bajo el escritorio de Alejandro.\n\n—¡Uaj…!\n\nAlejandro volvió a eructar suprimiendo la emesis que cada vez era incontrolable. Le urgía llegar al baño, pero la distancia le parecía infinita a la velocidad que caminaba.\n\nJusto cuando llegó el bote de basura frente a él, lo agarró con una mano y se inclinó para expulsar el contenido de su estómago.\n\n—¡Buaaj!…ah… ¡Buaj!\n\nLuis lo sostenía y la daba palmaditas en la espalda mientras lo continuaba dirigiendo al baño en sus momentos de pausa.\n\n—Detective —dijo Luis dirigiéndose al agente—, mejor nos vemos mañana… o cuando Ignacio esté mejor.\n\n—¿Necesita que le ayude en algo? —preguntó el hombre con cortesía.\n\n—No, gracias, detective. Yo me encargo.\n\n—Por supuesto, señor Chahín —contestó el otro de manera formal y se acercó al televisor, sacó el videocasete, lo introdujo en uno de los sobres manila que había llevado, y luego lo metió a su maletín—. Que se recupere, señor Valdez —dijo finalmente acercándose al baño sin estar seguro de haber sido escuchado, y caminó hacia la puerta.\n\nAntes de irse, se giró para echar un vistazo a la habitación, se fijó en el celular sobre la meseta; luego se dio la vuelta y se retiró.\n\n—Sácalo, hermano, sácalo —decía Luis animando a Alejandro y sobándole suavemente la espalda mientras éste continuaba devolviendo el estómago, cada vez con menos arcadas y con menos contenido.\n\nLa férula había impedido que Alejandro se pudiera inclinar frente al inodoro, así que solo se sentó con la tapa puesta y sujetó el bote de basura con ambas manos frente a su cara.\n\nLuis, que se había quitado el saco y arremangado la camisa, le limpiaba el sudor de la frente con la toalla de manos junto al lavabo.\n\n—No tienes que hacer esto, Luis —balbuceó Alejandro con un rostro lamentable.\n\n—Híjole, mano, pues te friegas porque aquí me voy a quedar a cuidarte —le contestó con firmeza.\n\n—Tu esposa se va a preocupar…\n\n—Yo le llamo y le explico. Tú ni te preocupes.\n\n—No, Luis —insistió el enfermo mirándolo a los ojos—. Mejor vete a tu casa. Me voy a sentir mejor en un rato.\n\n—Pues ojalá… pero por si las moscas.\n\nLuis se encogió de hombros y le preguntó por el termómetro.\n\nAlejandro suspiró rendido, y le indicó que lo encontraría en el buró junto a la cama dentro del cajón inferior.\n\nLuis entró a la habitación a la que nunca había entrado antes y no pudo evitar mirar al rededor, las cortinas blackout de la ventana, el armario de madera barnizada en blanco, la lámpara de piso con una rajadura importante en el acrílico y su cama, con las sábanas azul acero bien acomodadas. Se inclinó al acercarse al buró y abrió el cajón indicado para sacar el termómetro de mercurio. Antes de levantarse notó bajo la cama una navaja que comprendió era para su propia defensa. Al fin y al cabo, pensó, su amigo sí estaba preparado para las visitas indeseadas.\n\nRegresó al baño. Alejandro estaba de pie lavándose con agua la cara llorosa y la boca.\n\n—Te voy a poner esto —indicó Luis acercándose a Alejandro.\n\n—No hace falta, Luis.\n\nDebido a las mangas largas de la camisa de su amigo, Luis no encontró otra forma de meter el termómetro que por el cuello, así que se acercó a él y jaló la apertura con una mano y con la otra introdujo cuidadosamente el dispositivo. Alejandro lo miró a través del espejo del lavabo y recordó las palabras de Felipe unos días antes.\n\n“Ese te quiere coger”.\n\nAlejandro sintió una incomodidad y una rabia desconocidas. No sabía si era por la sensación del vómito aún en su boca, o el dolor de cabeza originado por las arcadas imparables, o por los videos de las cámaras de seguridad aún en su mente, pero sintió asco. Nunca había sentido eso por su amigo, lo había abrazado mil veces, y le había besado la mejilla con cariño fraternal, de jóvenes habían compartido copas, tabaco, estrechadas de mano, el humo del cigarro, momentos de éxito, momentos de gloria, momentos de tensión y estrés que los acercaron aún más, momentos en familia, con sus parejas, con su hijo; sensaciones de agradecimiento, de respeto, de admiración. Pero asco, nunca. ¿Porqué?\n\nAlejandro tenía los ojos rojos por el esfuerzo y se miró a sí mismo en el reflejo del espejo como un ser maligno, se giró hacia Luis que le sostenía la ropa y una fuerza extraña le hizo perder la compostura.\n\n—¡Que no hace falta, carajo! —le gritó a Luis empujándolo violentamente contra la pared.\n\nEl termómetro de vidrio cayó al suelo y se hizo pedazos. Luis se golpeó la cabeza y la espalda contra la loza blanca, cayendo de sentón en el piso y atónito se llevó la mano hacia la nuca, donde el golpe más le dolió.\n\nAlejandro respiraba agitadamente con los puños apretados, y Luis se puso lentamente de pie deslizándose por la pared y mirando a Alejandro completamente perplejo.\n\n—¿Qué te pasa? —le preguntó con una voz temblorosa.\n\nAlejandro se relajó al oír su voz. Su corazón todavía latía con rabia, pero su mente comenzaba a ver de nuevo. Miró hacia abajo el termómetro destrozado y luego miró a Luis que estaba contra la pared en un estado de turbación pura.\n\nLos ojos de Alejandro comenzaron a llenarse de lágrimas.\n\n—Pe, perdóname, Luis…\n\nLuis miró su mano para comprobar si había sangre en su cabeza. Poca. Hizo un gesto de disgusto y evitó la mirada de su amigo.\n\n—Luis… —sollozó Alejandro dando un paso hacia él.\n\n—Creo que tienes razón, Nacho —dijo finalmente el otro dándose la vuelta para salir del baño y evitar el contacto con Alejandro—, creo que mi esposa se va a preocupar.\n\nLuis salió y acercó la muleta a Alejandro para que pudiera salir por su propio pie.\n\nAgarró su saco y caminó hacia la puerta de entrada no sin antes volver a dirigirse a Alejandro.\n\n—Cuídate, Nacho —dijo con un tono de confusión y tristeza. Luego salió preguntándose si eso era lo correcto y si no estaba siendo demasiado dramático. Lo cierto era que se sentía tan mal que no quería que Alejandro lo viera flaquear.\n\nAlejandro se quedó de pie con las lágrimas cayendo de sus mejillas. Últimamente todo era un desastre. ¿Puedes tenerlo todo y sentir que no tienes nada? ¿Qué le faltaba? Tenía a sus padres, tenía reconocimiento como escritor, tenía una buena economía, y aunque no tenía muchos amigos, tenía a Luis. ¿Porqué se sentía vacío?\n\nLevantó la pierna con la férula y la flexionó en el aire, estaba decidido a dejarla caer con fuerza para soportar el más grande dolor, incluso si se fracturaba los huesos y dejaba de caminar por siempre. Cerró los ojos para prepararse para el impacto y entonces, en el último segundo, dos manos le sujetaron la pierna impidiendo la catástrofe.\n\nAlejandro abrió los ojos y vio a Felipe frente a él. No esperaba frases de aliento, ni consuelo alguno, pero las palabras que articuló fueron las más inesperadas de todas.\n\n—¿Te sientes solo?\n\n¿Se sentía así? ¿Lo habían dejado solo? No se había sentido soledad hasta que le hizo aquella pregunta.\n\nFelipe bajó suavemente la pierna de Alejandro al suelo y lo abrazó con una extraña dulzura que pensó que nunca sentiría de él.\n\n—Yo no voy a abandonarte —le dijo al oído.\n\nAlejandro, que tenía las manos hacia abajo, las levantó titubeante y se abrazó a la cintura de Felipe descansando su cabeza sobre su hombro cerca de su pecho, de donde estaba seguro, podía oír el latir de un corazón.\n\n“Está vivo”, pensó. “Está completamente vivo”.",
"title": "Punto y coma; Capítulo 2. Parte 3",
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