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Britany. Relato II de ¡Qué paranormal es todo!

fictograma [Unofficial] June 16, 2026
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-¡Dame una V!, ¡V! ¡Dame una U! ¡U! ¡Dame una L! ¡L! ¡Dame una V! ¡V! ¡Dame una A!…

Estoy preparándome para gritar con entusiasmo ¡Vulva! Cuando ella aparece por la puerta.

—La madre que te pa…

—¡Esa boca! —sisea ella , quien por cierto, sí, es la madre que me parió.

Últimamente no la oigo acercarse por los pasillos que llevan hasta mi dormitorio, debería empezar a usar el cerrojo que instalé este invierno. Por precaución.

—¿El numerito de la animadora otra vez, Brity? Ups I did it again, I play whith your heart —comienza a cantar con voz seca, para mi exasperación.

—¿Qué se supone que estás cantando? —digo con cara de fingida indiferencia, como si nunca hubiera oído esa vieja canción. —Cuando algo funciona, funciona. Además tengo que entrenar, sino va a ser imposible que en la universidad me tengan en cuenta para ser Chearleader —le digo a mi madre mientras sonrío, un poco nerviosa, y me alejo del umbral hacia el rectángulo de luz que entra por las cortinas.

—Siendo soez no creo que te elijan. ¿Sales ya, por favor? Estoy impaciente.

—Sí, sí, claro —. Con precaución me alejo de la luz y ando deprisa hacia el cuarto de baño, cojo el spray rubio real del lavabo y me lo aplico generosamente por el pelo. Por suerte ya llevo puestas las lentillas, me pone de los nervios que ella haya aparecido aquí y no quiero ninguna excusa para dejar de prestarle atención.

Se retira a sus habitaciones, la oigo bajar las escaleras hacia el apartamento que le montamos hace un par de años en el sótano. Suspiro y me largo de allí, con las llaves del descapotable en la mano.

Cuando me saqué el carnet de conducir mi padre me sorprendió apareciendo en este deportivo de color cereza —con un gran lazo amarillo—, nada discreto para la zona industrial de Siracusa, estado de Nueva York. Cuando nos mudamos aquí mi padre trabajaba en los muelles, así que el precio y la situación de la casa le pareció inmejorable, pero ahora que ya no vive con nosotras ha perdido casi todo el sentido.

Me paro a mirarme en los cristales de la nave industrial de enfrente: coleta bien alta, ok, simulación de rubio de bote, ok, uniforme de las animadoras —equipo del que me destituyeron cuando estaba en décimo grado de preparatoria— un poco estrecho y más corto de lo necesario, pero los años pasan para todas. No había conseguido embutirme en los shorts que llevaba bajo la falda a los quince años, pero la ropa interior que había elegido hoy seguramente me iba a ayudar más en la caza.

El motor ruge, innecesariamente alto cuando arranco, y me dirijo hacia las afueras de la ciudad. El aire de la calle me molesta en los ojos, las lentillas azules dan un toque real a mi personaje pero son incómodas. Me pongo las gafas de sol mientras comienzo a sobrepensar —como le llamaba mi madre, Jennifer, antes de caer enferma y tener que mudarse a nuestro sótano, ahora acondicionado—. Esta vez no iría a ningún pueblo de los alrededores, las noticias vuelan y no queremos llamar la atención. Me desvié desde la I-81 a la Ruta 20, hay un punto que lleva a un camino secundario muy cercano al lago. Aparco el coche allí, en la cuneta, y levanto el capó para sacar una bujía y esconderla en mi bolso.

La zona no estaba muy concurrida, tal como había pensado, me sitúo alejada del coche y dejo pasar algunos vehículos poco interesantes: utilitarios, varios SUV enormes con madres al volante, algún deportivo con un solitario señor de frente despejada…

Jóvenes, Brity, no importa si son apuestos. Necesitamos que sean jóvenes, que estén limpios, de pelo rubio me gustan más, y con carne, por Dios. Y que sean solteros, que nadie les vaya a echar de menos. Pero lo más importante es que sean lampiños… odio los torsos peludos.

Cuando su primo lejano, Jaime, vino a pasar una temporada a casa, con ánimos de encontrar trabajo en USA , delgado como una lombriz —y hasta un poco gris como ellas—, el dinero justo para pasar el día y la idea de que le teníamos que llamar Jamie para sonar más acorde. A Jennifer no pareció importarle que él fuera un tipo peludo de cuarenta años. Pero después de cuatro años de aquello ya no se conforma, pone requisitos. Supongo que es cosa del tiempo que lleva transformada. Una vez perdida la euforia inicial no se puede alimentar el alma con señores de mediana edad eternamente.

Veo a lo lejos la parrilla de un Chevrolet Silverado y me acerco corriendo al motor de mi coche. Cuando tengo al conductor a la vista, un veinteañero rubio, con el pelo un poco largo y camisa remangada, considero que podría cumplir los checkpoints. Así que uso mi pose tipo Lolita: apoyada en el lateral del morro del coche, de espaldas a la carretera, inclinándome hacia adelante y con un pie levantado.

Veinteañero Rubio —y al parecer heterosexual— para su coche unos metros por delante, pone las luces de emergencia y se acerca. Si esto fuera una película de vaqueros él vendría con una brizna de paja en la comisura de la boca, el sombrero ladeado y un caminar entre pato y chulo, escorándose demasiado hacia la carretera para tener una buena panorámica de mi tanga. Claro que la cosa cambiaría mucho si fuera una película tripe X.

—Buenos días, ¿tienes algún problema? —la voz es grave aunque tiene un deje irónico que me saca de mi papel unos segundos.

—Este, oh, sí, claro. Se me ha parado el coche, ¿sabes de mecánica? —digo con la voz la voz más dulce que consigo poner en este momento.

No sé si sospecha algo o yo estoy empezando a ponerme paranoica, la cosa es que me mira, mira a los alrededores, vuelve a mirarme, como si esperase que una banda armada le asaltase de repente. Cuando decide ayudarme se acerca demasiado a mí —vaya, un lanzado—. Se asoma al motor del coche, se rasca detrás de una oreja, me roza casualmente con su brazo —lampiño ¡Bien!— el mío.

—No tengo ni idea de mecánica —admite para mi alivio. Me mira de lado con suspicacia, no es buena señal, pero tampoco ha salido corriendo; aún puedo intentarlo.

—Creo que es una bujía, otra vez —hacer contacto físico es importante para que los hombres traguen, así que pongo mi mano en su brazo—, ¿puedes acercarme a casa? No quiero llamar a la grúa, me rayarían la pintura y tengo una caja de bujías en mi garaje.

Unos cuantos toques en el brazo, algunas miraditas coquetas y, afortunadamente, ya estamos en su coche camino a mi casa. He decidido ignorar a ¿Jason dijo que se llamaba? Ya casi he conseguido lo que quería y él puede entretenerse en tocarme la pierna sin disimulos y hablarme de lo solitario que es su trabajo, siempre viajando. Mi cerebro se abstrae de la cháchara intrascendente.

La verdad es que hubiera preferido que Jennifer y su primo Jamie hubieran estado teniendo una aventura cuando les pillé en el dormitorio de él aquella noche. No es que haya una buena edad para presenciar esas cosas pero a los catorce años, oír risitas, muelles de cama y gritos ahogados… terminar mirando por el quicio de la puerta y presenciar aquel intercambio atroz de carne, sangre, mordiscos y gruñidos. No fue lo mejor para forjar mi personalidad.

—Ya estamos llegando, es esa de madera en la esquina. Mete el coche en el garaje.

Veinteañero Rubio o Jason o como quiera llamarse, me mira de reojo, interrogante pero aún seguro de sí mismo. Su mano descansa por debajo del pliegue de mi falda aunque no le haya permitido acariciar más que mi muslo.

—¿Vives sola? —me pregunta, arqueando una ceja.

—No, con mi mamá —le respondo toda inocencia.

—Pero está en casa o…

Por desgracia sé a dónde quiere llegar este pervertido, pero la verdad que no me importa, siempre que entre en casa sin llamar la atención.

—Seguro que nos prepara unas limonadas —le respondo sonriendo. —Pero mete el coche en el garaje, que fuera de va a dar mucho el sol —esa última palabra me sale con retintín pero no parece notarlo.

Suelta mi pierna y gira para entrar al garaje, una vez dentro nos recibe la penumbra y cuando cierro la persiana puedo respirar por fin tranquila.

—¡Mamá, mira lo que te he traído!

Mi madre aparece, la verdad es que podría haberse arreglado un poco, seguirle el juego a Jason, pobrecito, él que esperaba hacérselo conmigo o incluso un trío incestuoso. Y ella sin embargo, lleva puesta una camiseta larga, que le tapa hasta medio muslo, con un logotipo de un macroconcierto. Las piernas que la prenda deja ver son extremadamente delgadas, los brazos esqueléticos, el color de su piel es gris. Lleva demasiado tiempo sin comer, una punzada de remordimiento me encoge el estómago. Le observa de arriba a abajo con esos ojos hundidos aunque brillantes.

—Es muy mayor, ya se ha desarrollado demasiado, ¿al menos está depilado?

—¿Qué? —dice sorprendido, por la vehemencia de ella, mi presa. —A ver, si esto es coña pues os felicito por haberme hecho perder el tiempo y si lo que queréis es robarme la camioneta que sepáis que tiene localizador.

Cojo una barra de hierro y le doy un sonoro golpe en la cabeza, no quiero darle la oportunidad de armar jaleo y que le oigan los vecinos. Ahora que está tirado en el suelo del garaje, agonizando, ella no puede evitar acercarse y mojar los dedos en la sangre de la herida para llevárselos a los labios. Yo me aparto con asco.

—Voy a estudiar a la biblioteca del instituto.

—No tienes nada que estudiar ya, Brity, ¿recuerdas? Ya te admitieron en esa Universidad de Nueva York —sisea entre los cabellos de la presa.

Me dan arcadas, cuando se tiene que alimentar no guarda las formas, sé que está succionando la herida que he hecho con la barra porque suena como si estuviera masticando carne con la boca abierta mientras me habla.

—Quería decir que tengo que estudiar las… esto, la oferta académica para elegir los créditos opcionales del primer año…

Sé que ya no me está escuchando porque empieza a arrastrar el cadáver por el suelo de cemento, hacia la puerta que conecta el garaje con la casa. Le lleva un par de minutos. Recordando que las manchas de sangre salen peor si se secan saco la manguera y lo enjuago todo lo antes antes de irme. Me asomo un momento a la escalera que da al sótano y veo que revestir el suelo de pvc trasparente fue una buena idea, limpio también esa zona.

Me alejo caminando hacia los muelles, recuperándome del asco y el mareo con el aire limpio. Veo volar gaviotas a lo lejos, ocasionalmente se sumergen en el agua y salen con un pez. La vida es así, ¿no? Unos comen y otros te comen.

Tengo muchas ganas de irme a New York city he estudiado mucho para conseguir una beca en la NYU y no siendo deportista ni animadora la verdad que he tenido que dejarme los codos en las mesas de la biblioteca del instituto, usar muchísimas horas de mi tiempo libre en asignaturas optativas y hasta hacer trabajos de voluntariado. Mis favoritos fueron: atender en el comedor social y visitar ancianos en la residencia.

Dejo pasar un par de horas y vuelvo a casa. Ella ha tenido la delicadeza de dejarme las llaves del Chevrolet de la presa encima del capó, para que no tenga que bajar a buscarlas. Me acerco a las escaleras que dan a su apartamento y grito:

—¡Me llevo las pruebas! ¿Vas a dejarme alguna parte del cuerpo por si se descubre?

Ella sube las escaleras, la veo sonreír, su piel vuelve a tener un tono sonrosado, los ojos ahora parecen más humanos, incluso las piernas que asoman bajo la camiseta tienen una mejor presencia. De todos modos esquiva el haz de luz que entra por el ventanal de la cocina, coloca en la parte de atrás del vehículo una bolsa negra.

—Un pie, el resto se lo comieron los siluros del lago Ondaga. —me dice remilgada, con una voz que suena de nuevo casi humana.

—Lo siento mucho —digo arrepentida—, no volveré a dejar de cazar tanto tiempo. No volveré a dejarte en ayunas tanto tiempo.

—No importa cariño. Ahora tengo el arcón congelador lleno de nuevo. Puedes volver a dormir tranquila.

Trago saliva, lo que implica esa frase ya lo tengo presente desde hace mucho tiempo. Cuando hizo desaparecer a dos amigos del instituto que vinieron a estudiar a casa. Era una criatura novata en aquel entonces y se lo tuve que perdonar, pero la sangre por las paredes, los gritos, la canción de Britney Spears que tuve que poner a todo volumen para ocultar los sonidos… seguían habitando mis pesadillas.

Conduzco el coche de la presa, mi presa, su comida, Jason —¿no era así?— y lo dejo caer por la orilla del lago, con su pie, amputado a mordiscos, presionando el acelerador. No me marcho hasta que veo el vehículo se ha hundido por completo y las burbujas de aire que provoca se han evaporado.

Sé que no soy una mala persona, solo proveo, solo cazo, llevo la comida a casa, como cualquier otra persona encargada de ello ha hecho en cualquier era de la historia de la humanidad. Pero cuando regreso a casa de noche, meto mi coche en el garaje y veo a Jennifer sentada en el salón, con la tele encendida para disimular pero llorando angustiada, arrepentida de sus actos una vez pasada la euforia. No puedo más que sentir lástima por ella, es una pobre mujer con necesidades diferentes por su enfermedad. Por el maldito virus que trajo el primo Jamie a casa.

Hace años que él —o lo que queda de él— descansa bajo tierra en el jardín, con un naranjo plantado encima. Y dentro de unos meses yo me iré de este infierno —con culpa pero son muchas más las ganas de salir de todo esto— , para ser libre, para dejar de actuar, para poder acercarme a los chicos que se me antoje sin intenciones siniestras.

Para dejar de tener pesadillas donde ella aparece en el umbral de mi puerta por la noche pero esa vez: yo no soy la presa.

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