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  "textContent": "### Cap. XIV: Arrastrado\n\n—¿Estás seguro de que vamos bien? Parece que la corriente nos lleva hacia adentro.\n\n—Tranqui, Teo. Está más lejos de lo que parece. Se está quedando a un lado porque no estamos remando bien, pero llegaremos.\n\nTeo y Dougie estaban en el mar, montados en una pequeña barca hinchable que apenas tenía espacio para los dos, remando con dos ridículos remitos de juguete. Aquello era lo que habían podido conseguir y tampoco necesitaban mucho más con el mar calmado y a plena luz del día.\n\nEl americano se había dado cuenta de que su vecino estaba realmente jodido. Ya había tenido alguna pista cuando lo había escuchado gritar y dar golpes dentro de su casa. Lo había confirmado cuando había bajado a interesarse y le había echado de malos modos. No se lo había tomado a mal, pero desde luego, no iba a volver a intentar ayudarle si no lo solicitaba.\n\nLa cosa es que lo había solicitado.\n\nEl chico había ido a su casa y aunque en un principio había tratado de darle el mismo tratamiento que él recibió, después se había ablandado. Ver a todo un tipo de casi treinta añazos llorando desconsolado y solicitando ayuda de forma casi suplicante le había tocado la patata.\n\nLo había hecho entrar a su casa y aquél le había contado su vida.\n\nNada extraordinario. Sí, repleta de disgustos, estúpidas pérdidas perfectamente evitables y miseria por doquier. Pero muy parecida a otros cientos de historias que había escuchado en aquel barrio. Sin embargo, al chico le venía más o menos “de nuevas”. Había vivido mejor de lo que se había merecido por un tiempo, por mucho que él no se diera cuenta, y ahora estaba pasándolo mal.\n\nSe merecía un poco de empatía.\n\nPor ello pasó la tarde charlando con él y por ello le había ofrecido aquella barca para animarle a ir, de una vez, a aquella cita en el hotel, después de que le contara aquella historia del correo electrónico.\n\nDougie se lo dijo bien claro antes de salir: en la situación en la que estaba, no podía dejar pasar la oportunidad de, al menos, informarse.\n\nÉl tampoco tenía demasiado que hacer en casa, también tenía cada vez menos clientes, y pensó que quizá incluso él mismo podía estar interesado si la cosa tenía buena pinta. Así que se ofreció a acompañarle.\n\nAhora, a lo lejos, iluminada por el sol que ya se ponía por el lado contrario, la torre del hotel Las Arenas se veía sobre el agua y ambos sentían ansia por llegar allí.\n\nAquel hotel había sido famoso durante más de dos siglos. Era un lugar elitista, con la última tecnología en aguas termales. Cuando a finales del siglo XXI había venido la primera subida del nivel del mar, fue de los pocos edificios que se había seguido usando después de aquel desastre.\n\nSus multimillonarios propietarios habían hecho obras imposibles, habían reformado todo el complejo de forma que habían seguido utilizando las partes sumergidas como parte de su oferta de servicios, como atracción de “mundo perdido”.\n\nEl hotel y parte del balneario, situado en las plantas más elevadas, habían sobrevivido durante casi cien años después de que el resto del barrio donde se encontraba hubiera quedado sumergido bajo las olas.\n\nSu final había llegado a mitad del siglo XXII, cuando la Gran Guerra había acabado con los propietarios de aquel recinto y nadie se había hecho cargo de él, como había pasado en tantos y tantos negocios de ese tipo.\n\nAhora era un esqueleto gigantesco en medio del mar.\n\nY ese esqueleto se iba haciendo cada vez más grande en la vista de Teo y Dougie conforme se acercaban. El oleaje era apenas inexistente y cuando estuvieron cerca, se quedaron un poco parados observando el armatoste.\n\nEra una imagen extraña. El edificio, que contando desde el suelo tenía diez alturas, dejaba ver la mitad de ellas por encima del agua. Desde fuera parecía como si alguien hubiera construido directamente sobre la superficie del mar.\n\nReemprendieron el remo y en poco tiempo se encontraron junto a la torre blanca del hotel. Gran parte de la superficie de las paredes estaba cubierta por ventanas, que ahora carecían de cristal.\n\nAccedieron por uno de los huecos con la barca y con cuidado, se movieron por el interior de las habitaciones.\n\nEl sol estaba ya muy bajo y entraba por los agujeros de las ventanas, bañándolo todo en una luz dorada e inusual, reflejada por el agua en múltiples formas geométricas sobre las paredes. Teo, entonces, se dio cuenta de algo en lo que no había pensado.\n\n—No hemos cogido ropa de repuesto, ni bañador, ni nada. Somos catetos, Dougie.\n\n—Bueno, vamos a ver si podemos encontrar la escalera a los pisos superiores, no vamos a bajar aquí. Aquí no hay nada más que agua. Con un poco de suerte podemos bajar sin mojarnos.\n\nCon cuidado y con torpeza, siguieron navegando por dentro del edificio. Agachándose, salieron por la puerta de aquella habitación y se vieron en un pasillo largo. Sin ventanas, la poca claridad que entraba a través de los huecos de las puertas hacía del lugar algo lúgubre y plomizo. La humedad podía respirarse.\n\nRemaron poco a poco recorriendo el pasillo y llegaron a donde Dougie quería llegar: las escaleras.\n\nDetuvieron la barca allí, agarrándose a una pared con las manos como pudieron, aprovechando la estrechez del pasillo para que la barca no se fuera hacia atrás y cayeran de bruces.\n\nEl agua llegaba hasta la mitad de un escalón y consiguieron hacer pie directamente en él. Muy despacio, bajaron de su barquita y pusieron los pies en aquella húmeda escalera. El efecto del salitre y el contacto continuo con el agua se hacía notar. Los escalones estaban romos y desgastados, y eran muy resbaladizos. Los subieron con cuidado y llegaron al siguiente piso.\n\nÉste ya estaba completamente seco, pero, aun así, la vista no dejó de ser fantasmagórica.\n\nEl nivel del agua no llegaba casi nunca a esta altura, salvo en los días de fiero oleaje, los cuales no eran muy frecuentes en el Mediterráneo, donde tampoco había grandes mareas. Debido a ello, mantenía todavía parte del mobiliario que aún subsistía del hotel, más de un silgo años después de haber sido utilizado por última vez.\n\nLos objetos que veían por allí eran cosas sin valor. Una alfombra enmohecida. Un par de recargadas sillas barrocas desvencijadas. El cuerpo de una cama, totalmente oxidado. En una de las habitaciones estaba hasta la lámpara que colgaba del centro. O mejor dicho, un amasijo de hierro oxidado que debía haber sido una lámpara tiempo atrás.\n\nLos saqueadores se habían hecho cargo de las cosas que tuvieran cualquier valor hacía décadas.\n\nLo que no vieron fue a ninguna persona, ni signos de que hubiera habido nadie allí. Subieron otra altura y el panorama fue bastante similar.\n\n—No sé, Dougie. Parece que no haya entrado nadie aquí en años —Teo observaba una de las habitaciones desde el umbral de la puerta—. Aquí hay hasta menos cosas que ahí abajo.\n\nDougie no contestó, movió la cabeza con gesto afirmativo mientras recorría el pasillo hasta el final, chequeando el resto de habitaciones.\n\n—¿Crees que habrán estado aquí y se habrán marchado? Es muy raro que haya aquí menos cosas que ahí abajo que es más accesible.\n\n—No es tan raro —contestó Dougie—. Cuando vinieron los saqueadores, en este piso habría más cosas en buen estado al estar más lejos del agua, y se lo llevaron todo. Lo de ahí abajo ya debía estar mal cuando llegaron los primeros.\n\n—No lo había pensado.\n\n—Sigamos, aún hay más pisos.\n\nUn piso más arriba y más de lo mismo. A Teo le estaba empezando a crecer la desesperanza. ¿Y si después de haber tenido que armarse de valor durante casi un mes, cuando por fin se decidía a ir a aquella “cita” resultaba que no había nadie?\n\nTampoco eran aún las doce de la noche. Quizá deberían esperar. Pero, ¿dónde?\n\nSubieron otro piso más y ya solo les quedaba el último. Al acercarse a la escalera para realizar su última ascensión, giraron la vuelta que hacían los peldaños, y en el segundo tramo de escalones se encontraron de bruces con un enorme tipo de dos metros de alto por dos de ancho, vestido con un imponente traje de tipo militar y una gorra calada hasta las orejas. Les dio el alto.\n\n—Alto ahí, ¿dónde vais? —preguntó el tipo, autoritariamente.\n\n—Yo… —Teo dudó, pero finalmente decidió que, si había llegado hasta allí, no se iba a andar ahora con remilgos. Le dijo la verdad.\n\n—Yo recibí un correo en el que me citaban aquí. Antes del día treinta y uno, que es hoy.\n\n—Y si era “antes del día treinta y uno”, ¿por qué vienes el día treinta y uno? Treinta y uno no está antes que treinta y uno.\n\nTeo se quedó callado… no sabía qué decir. “Lo siento, no me he atrevido antes”, no le parecía una buena opción. Por fortuna, tras pocos segundos de tensión, el “soldado” rió divertido.\n\n—Tranquilo, chaval. Aún están aquí. Dime, ¿cómo te llamas? ¿Y quién es él? —dijo, señalando a Dougie.\n\n—Yo me llamo Teo… Teófilo. Él es mi colega, Dougie. Solo ha venido a acompañarme.\n\n—Está bien. Esperad aquí —contestó el armario ropero parlante.\n\nMarchó hacia arriba, subiendo los escalones que le quedaban hasta el último piso y accediendo al pasillo. Teo y Dougie se quedaron solos y parados por un momento. Ninguno de los dos habló, aunque los dos tenían el cerebro en llamas. ¿Qué sería todo aquello?\n\nTras un par de minutos, el “militar” volvió. Se asomó solo por la esquina y les hizo un gesto.\n\n—Podéis subir, vamos.\n\nTeo y Dougie se pusieron en marcha y subieron los escalones que quedaban. Al acceder al pasillo del último piso, ya pudieron ver una significativa diferencia. Aquí no había muebles viejos ni objetos desvencijados y vencidos por el salitre. En el pasillo había trastos que Teo no supo identificar, pero que se notaba a simple vista que no tenían cien años. Anduvieron hasta el final y accedieron a la habitación que estaba en el extremo, siempre detrás del militar.\n\nAl entrar en la habitación, un hombre les esperaba sentado detrás de un escritorio que tenía pinta de ser nuevo, pero que no destacaba por nada más. Era una habitación austera, desprovista de todo mobiliario original del hotel, que había sido sustituido por lo que parecía material de oficina barato.\n\nEl hombre no tardó en hablarles, antes siquiera de que hubieran tenido tiempo de asimilar la situación.\n\n—¡Hombre!, ¡por fin! Último día a última hora. Casi nos vamos sin ti, Teo.\n\n—El último día a última hora está tan dentro del plazo como el primer día a primera hora —dijo Dougie, sorprendiendo a Teo. Y al hombre tras la mesa.\n\n—Y tú, ¿quién eres? —dijo el hombre.\n\n—Él es mi colega —contestó Teo.\n\n—Sé hablar —le cortó Dougie—. Me llamo Doug. Sí, soy su colega, y he venido a acompañarle y aconsejarle.\n\n—Bien, hombre, bien. Es normal no querer venir solo —dijo el hombre—. Pero entiende que es a él a quien habíamos citado y con quien queremos hablar.\n\n—No voy a marcharme solo —respondió Dougie, a quien el silencio de Teo defraudaba un poco.\n\n—Tranquilo, hombre —le contestó—. No te vamos a enviar a casa ahora que está cayendo la noche y con esa barca de juguete que habéis traído. Pero, si no te importa, vas a acompañar a mi amigo Tomás a la cantina y te tomas algo allí mientras Teo y yo charlamos.\n\nDicho esto, hizo un gesto al militar, que se acercó a Dougie.\n\nSin hacer ningún gesto amenazante, la cara de perro de aquel tipo le dijo a Dougie que aquello no era una sugerencia y tuvo que tragarse su ímpetu desafiante al ver que los brazos de aquel Tomás eran más anchos que su cabeza.\n\nSe marchó con él por la puerta, sin decir nada más.\n\n—¿Cantina? ¿Tienen hasta una cantina aquí? —preguntó Teo, sinceramente sorprendido.\n\nAquello parecía algo organizado, desde luego, pero parecía algo provisional. Se fijó en el mobiliario. Todo era de madera barata o planchas de aglomerado, con algunas partes de metal que debía ser simple acero inoxidable.\n\n—Bueno… no sé si cumple con la definición de cantina, pero llevamos aquí casi dos meses. Algo tenemos que comer y en algún sitio lo tenemos que cocinar, chico. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Rül.\n\nSe levantó y extendió la mano a Teo, que se la estrechó tímidamente sin decirle su nombre, pues ya sabía que lo conocía.\n\nSeguidamente, un montón de palabras se le juntaron en la boca, tratando de expresar las miles de preguntas que tenía al mismo tiempo.\n\n—¿Por qué me han llamado? ¿Por qué ese correo? ¿Qué es esto? Pensaba que era un mensaje del grupo Pueblo Defensor…\n\n—Claro, chico. Yo soy el Grupo Pueblo Defensor.",
  "title": "La presión espacial. Capítulo 14: Mar",
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