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  "textContent": "Nunca imaginé que, aquella tarde de Halloween, con temperaturas agradables y el sol ocultándose al fondo de Hillside Lane, Wittier California, sería la última vez que estaríamos las tres juntas.\n\nCon 10 años ya nos considerábamos lo suficientemente adultas para ir a pedir caramelos sin supervisión. Íbamos disfrazadas de las protagonistas de Las Cazafantasmas, con unos monos enterizos que nos consiguió la madre de Jane en su trabajo, remangados en brazos y piernas, las botas de la última actuación de Break Dance escolar y una caja de cereales forrada de papel de aluminio a la espalda.\n\nJane había recolectado canutillos de papel de wc suficientes para hacer un tubo semiflexible que pudiera conectarse a la mochila de protones, marca Conde Chocula, completaba su look el pelo rojo alborotado y las gafas de pasta negras sin cristales. Miranda llevaba un muelle metálico. pegado con celo a su caja de All Bran, que cumplía la misma función. Y de mi caja de Cheerios salían unos cables de colores que se trenzaban alrededor de la cuerda de una comba.\n\nLas tres mangueras terminaban en un accesorio del aspirador de cada casa, esto último cogido prestado sin permiso de nadie, claro.\n\nHabíamos terminado toda nuestra calle, Philadephia Street, en un tiempo récord. Nuestros padres nos prohibieron dos cosas: salir a pedir caramelos a otras calles y llegar más tarde de las 18:45. Pero nos daba tiempo para hacer una ronda rápida por Hillside, total nadie se iba a enterar.\n\n—¿De qué vais disfrazadas, niñas? ¿No os conozco de la escuela? —nos había dicho la directora de nuestro colegio cuando tocamos a su puerta, la última de nuestra calle.\n\n—Somos Jane, Miranda y Ginny —le dije señalándonos alternativamente y terminando en mí. —Las Goshtbusters.\n\n—Ah, sí, de quinto de primaria. Estáis encantadoras. Pasadlo muy bien.\n\nEn la primera casa de Hillside Lane nos recibieron con unos Snickers, no estaba nada mal y eso que no tenía decoraciones de Halloween. Fuimos cambiado a la acera de enfrente cada dos casas y así proseguimos. Las viviendas eran muy diferentes entre sí: las había encaladas en blanco, otras rematadas en listones de madera gris, con toldos rojo oscuro en las ventanas, porches de madera color turquesa, tejados de teja cocida, otros de pizarra gris, estructuras más conservadoras, otras con más ángulos… Lo que todas tenían en común es que eran de una sola planta y tenían un garaje adosado.\n\nRecuerdo que estaba contando cuántos _pops_ me había llevado de una calabaza de plástico en una casa decorada pero con _self service_ , se me enredó uno de los cables de mi disfraz en el brazo y Jane se chocó conmigo por pararme de golpe. Al alzar la vista nos dimos cuenta que el sol ya estaba demasiado bajo, en cuanto fuera de noche teníamos que estar en nuestras casas. Siempre podíamos cruzar corriendo por detrás de los jardines de los vecinos… y entonces Miranda dijo:\n\n—Ya solo nos quedan tres casas para llegar al final, las del lado izquierdo del último tramo de _Callejón-Hill_ —se rio mucho de su propio juego de palabras.\n\nHinché el pecho, estaba rebelándome contra las normas y me sentía orgullosa. Me deshice la coleta que me había hecho mi madre antes de salir, en un intento de controlar mi pelo. Miranda y Jane me imitaron enseguida. El aire olía a césped mojado, a piscina cerrada —ese olor entre cloro y podredumbre causado por intentar aprovechar el agua de un verano a otro— y a pinturas en barra cutres de tienda de disfraces.\n\nPara nuestra sorpresa, y desilusión, ya no nos quisieron abrir en las dos siguientes casas, imagino que por ser tarde, ni aún con la típica amenaza infantil. Supongo que al mirarnos desde detrás de las cortinas opinaron que éramos demasiado pequeñas para preocuparse de que les pringásemos las ventanas con huevos pochos.\n\nLa última casa estaba a oscuras y, ya nos íbamos a volver, cuando la luz del ocaso la iluminó como un foco naranja desde detrás: arcos en el porche, telarañas en las columnas, papel higiénico colgando sobre las ramas de un árbol deshojado por el otoño…\n\n—¡Pedazo de casa encantada! —les grité emocionada a mis amigas.\n\n—Y la puerta está abierta, ¡aún quedan un pase! —contestó Jane, con la voz un poco deformada por que hacía poco que le habían puesto la ortodoncia.\n\nHubiéramos necesitado una voz que nos devolviera la cordura, sin embargo la voz que quedaba por opinar era la más temeraria de las tres.\n\n—¡Truco o trato! —vociferó Miranda.\n\nLevantamos nuestros accesorios de aspiradora y salimos corriendo. Con la mala suerte que a Jane se le desmontó su tubo de cartones y se quedó un poco más atrás recogiéndolos.\n\nEstábamos tan emocionadas como unas verdaderas crías. —Teníamos esa edad inocente en la que creíamos que, como ya tendíamos a rebelarnos, a elegir nuestra propia ropa, a pintarnos los labios al salir de casa y a darnos besos a escondidas con esos niños del colegio que hasta hace poco nos tiraban del pelo en el recreo, éramos _muy mayores_ —. Han pasado casi nueve años de aquella época y me hubiera gustado permanecer así: con esa falsa sensación de libertad y la creencia de que podía ser todo lo que yo quisiera en la vida. Quedarme así, sin conocer el daño, las responsabilidades, los trabajos cutres de verano, los jefes autoritarios, los amores crueles… la pérdida.\n\nAl pasar Miranda y yo la puerta se cerró de golpe, casi dándole a Jane en las narices. Aunque el día era apacible resonó un relámpago en alguna parte —seguramente efectos sonoros especiales, ¿verdad?— y cuando se extinguió alcanzamos a oírla.\n\n—Abriiiiddddd, o soplaré y soplaré y la casita derribaré —. Me la imaginé escupiendo sin querer al decir tantas consonantes seguidas.\n\n—Está más loca que tú —le dije a Miranda, que respondió encogiéndose de hombros.\n\nIntentamos abrir la puerta pero extrañamente no cedía.\n\n—¡Venimos las tres juntas! Nuestra amiga se ha quedado fuera —mi voz resonó como si la casa no tuviera muebles y respondió el eco.\n\n—Pedazo de efectos —dijo Miranda. En la penumbra vi su sonrisa y sus ojos brillando, divertidos.\n\n—¡Me parece que este era el último pase y has llegado tarde! —le dije a Jane a través de la puerta. —Debe tener temporizador o algo así.\n\n—¡Yo te abro una ventana! —berreó Miranda. Sin embargo nos llegó la voz amortiguada de Jane diciendo que no nos preocupásemos por ella y lo pasásemos bien.\n\n—¿Allanamiento de morada, Miri? ¿Enserio? —le recriminé en un susurro.\n\nNo había adultos para recibirnos, de momento, pero, el suelo crujía al pisar, las sombras del ocaso lo hacían todo tenebroso, se podían oír roces de tela, arrastrar de pasos y olía a moho. La verdad que aquella casa encantada estaba muy conseguida, tanto que cuando me tropecé con algo que se movía a la altura de mis pantorrillas empecé a creer que podía ser una broma de mal gusto. Había oído esas historias de miedo, lo típico alrededor de una hoguera de campamento… en el jardín de los padres de Jane. Niñas confiadas que acababan jugando a juegos con desconocidos, sin darse cuenta de que eran peligrosos hasta que era demasiado tarde.\n\nIncluso ahora, en la seguridad de la casa de mi Fraternidad, en Wittier College, siento acelerarse mi pulso por el recuerdo de ese momento de lucidez, el roce de ese algo vivo en las pantorrillas y la mano que estrujó la mía de repente. Claro que era la mano de mi amiga, tan asustada como yo, en medio del enorme recibidor de la casa. Busqué a tiendas, arrastrando a Miri conmigo, un interruptor. Cuando ella se dio cuenta de lo que hacía cogió la linterna que llevaba colgada del cinturón del disfraz y su haz de luz nos hizo reír.\n\nLa madre de Miranda era un poco estirada, un poco neurótica y fan de la vida sana. Pero en ese instante no pudimos más que adorarla, ¿quién sino iba a ser tan precavida de haberle puesto pilas a una linterna que se suponía que iba a ser un simple accesorio del disfraz?\n\nMi amiga desenvolvió otra piruleta y se la metió en la boca. Avanzamos al salón de la casa para comprobar qué otros sobresaltos nos habían preparado sus dueños. La linterna reveló paredes de papel pintado que se estaba despegando, un espejo en la pared tapado con una sábana blanca… En algún punto de la vivienda sonó la campanada de un reloj marcando las 18:30 y mi amiga alumbró la pared contraria al espejo, donde aparecieron unas letras en un sospechoso color rojo que decían: Aún podéis huir… y sino: os espero en el dormitorio de papá y mamá.\n\n—Ja, ja, ja, vamos, vamos, busquemos el dormitorios de _los papis_ —dijo estas últimas palabras con retintín—. Cómo se lo han currado, ¿eh? —. Y me arrastró del brazo hasta el recibidor de nuevo.\n\nAnduvimos abriendo las puertas que encontrábamos a nuestro paso: una pequeña oficina, con un reflejo que se movió en un espejo a la derecha, un saloncito pequeño con sillones, una mesita con un mantel raído y una señora con ojos rojos que nos miró y dijo con voz gutural:\n\n_—Betty, ¿dónde está el crío? Dile que venga ya, se le está enfriando la merienda._\n\nRecuerdo que grité por la impresión, era la primera persona que veíamos allí dentro. Pero bueno, al fin y al cabo era una adulta, además ni siquiera se movió del sillón. Aquello me pareció acertado, no hay que tocar a los menores de edad, es la ley.\n\nNo tenía muchas ganas de darle la espalda a esa señora, de todos modos, porque su disfraz: un vestido hecho jirones, el pelo despeinado como una loca y el reflejo de sus ojos, tan rojo, a la luz de la linterna. Me ponía el vello de punta. Pero sentí que algo frío me atravesaba de detrás del torso hacia adelante y allí no había nadie más que nosotras tres, así que cerré la puerta de la señora de golpe y salí corriendo hacia la puerta principal.\n\nPero seguía estando cerrada.\n\n—Ja, ja, ja, no seas cagueta —Miri recuperó mi mano. —Vamos a buscar a nuestro amigo en el dormitorio de sus papis.\n\nAl pasar delante de una puerta que no habíamos inspeccionado aún se oyeron los tacones decididos de alguien acercarse. Abrí la puerta y encontramos un dormitorio infantil, con un caballito de madera que parecía mecido por algún viento imaginario, peluches que al alumbrarlos resultaron algo siniestros y una lámpara con nubes de madera colgando. Intenté encender la luz al ver el interruptor pero no funcionaba… volví a sentir ese algo rozarme las pantorrillas y al mirar abajo vi que era un perro, un pequeño Setter de color negro.\n\nLloriqueó y casi parecía que quería que lo siguiéramos. La verdad es que aquello no estaba siendo tan divertido, además me pareció horrible que alguien hubiera entrenado al perro para usarlo en su casa encantada de Halloween, había una ley de protección animal ¿no? Se oyó a un crío llorando en voz muy baja dentro de la habitación. Miri empezó a temblar ligeramente, creo que se estaba empezando a venir abajo. Como no éramos heroínas: decidimos mejor seguir al perro.\n\nSe quedó delante de la última puerta cerrada y allí encontramos el dormitorio principal, con su enorme cama y un ventanal que dejaba ver una última franja de sol que en segundos sería engullida por la noche.\n\n_—Hola, niñas… ¿queréis jugar conmigo?_\n\nNos dijo una especie de niño traslúcido, que había atravesado aparentemente el techo y flotado hasta nuestra altura.\n\n—¡Pero qué cajones! —chillé con voz de pito. No olvidaba las enseñanzas de mi madre, disfrazar los tacos, ni aquella situación.\n\nMiri salió corriendo, se dio con el marco de la puerta en la mano y se le calló la linterna. Fui detrás de ella, pero al agacharme a recoger la linterna de pronto sonaron unos golpes en la madera. Eran rítmicos, sonaban como mi cuerda de saltar cuando jugaba a _naranjas de California,_ pero con mucha más fuerza de la habitual. Se escuchó de nuevo la voz del crío de la habitación de al lado: gritaba, lloraba, pedía por favor que parase. El perro fue hacia allí. Yo no sabía qué escoger: un fantasma o alguien recibiendo malos tratos. En ese momento maldije mentalmente a mi madre por no haberme comprado un móvil en las navidades pasadas.\n\n—¡Miri, Miranda, Miri, por favor, ven, por favor! —gritaba entre hipidos y sollozos.\n\n_—Podríamos jugar, cantar una canción… y así no oír los golpes —me dijo el fantasma infantil esperanzado._\n\nMe acerqué a la puerta del dormitorio del crío, enfoqué con la linterna y entonces los vi, los dos eran de verdad, aparentemente: la señora de los ojos rojos tenía al pequeño contra el suelo y le daba golpes con un cinturón de cuero.\n\n_—Solo es un recuerdo, pasará enseguida —me dijo el fantasma._\n\nMe acerqué por detrás, quería que parasen, pero al intentar tocar a la maltratadora en el hombro: mi mano atravesó el aire. Ni ella ni el pobre crío parecieron notar mi existencia.\n\nLa histeria y la rabia que sentí me dieron fuerzas y volqué los pocos muebles que aún quedaban en la casa, abrí todas las puertas, revisé dentro de la cocina; tenía dispuesta la vajilla como si fueran a cenar allí dos personas… pero no encontré a Miri. Cuando dejaron de oírse los golpes, me dí cuenta que el fantasma niño seguía atentamente mis movimientos, incluso parecía preocupado.\n\n_—Yo morí aquí, aquella noche de Halloween, ella era mi madre. Se enfadó mucho porque no fui cuando me llamó la asistenta a merendar. De todos modos siempre me pegaba, no importaba la excusa. Lo que has visto solo es una especie de perturbación que se ha quedado grabada entre estas cuatro paredes. Ya no puede hacernos daño._\n\nLas fuerzas me abandonaron y me quedé sentada en el suelo, llorando y llamando a Miranda repetidas veces. No sé cuánto tiempo paso hasta que las luces de la policía iluminaron en rojo y azul la estancia y los hombres de uniforme tiraron la puerta de entrada a patadas.\n\nMe sacaron de allí, Jane estaba llorando, abrazada a su madre, en el porche de la casa embrujada. Por el estado de shock de los siguientes días era incapaz de enterarme de nada, me vinieron a hacer preguntas y no me salía la voz. Después me contaron con mucho tacto que Miranda no había aparecido.\n\nNunca la encontraron. Su madre vino a preguntarme qué había sucedido tantas veces en los siguientes meses y años, que mi madre le dejó de abrir la puerta de casa y le bloqueó las llamadas.\n\nJane se fue distanciando; los padres son agradables, simpáticos, tolerantes, sí, hasta que sucede una desgracia y te conviertes en alguien a evitar. Una mala influencia.\n\nCuando echaba de menos a Miri pasaba por delante de la casa maldita, 70213 en Hillside Lane, imaginando los juegos divertidos a los que el fantasma asesinado y ella estarían jugando por toda la eternidad. Deseando que fueran juegos ruidosos que les abstrajeran del recuerdo filtrado, como las lágrimas y la sangre, en las paredes del cuarto infantil.\n\nLa cinta policial, tan amarilla siempre, aún acordona la zona.",
  "title": "Halloween 2017. Relato I de ¡Qué paranormal es todo!",
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