El sol rojo
Capítulo 32
—¿Cómo los conociste? —preguntó Justino intentando voltear para verla, pero el dolor de la herida y el movimiento del caballo se lo impidieron.
Cabalgaban por la vereda estrecha hacia el río.
—Solo lo conocí a él cuando lo delaté por robarse una botella de vino para su madre alcohólica. Después comenzó a aparecer casualmente en mi vida. Mi madre me advertía sobre él. Debí escucharla. ¡Maldito! ¡Ojalá que se pudran en el infierno!
—No comprendo por qué mató a su amigo. No tiene sentido, a menos que tuvieran problemas anteriores, pero el lugar, los espejos, las veladoras… parecía un ritual.
Edna se estremeció al considerar que pudo ser víctima de un sacrificio humano.
Llegaron al río, el cual llevaba mucho caudal, pero los caballos lograron trasladarlos al otro lado, quedando mojados los pies descalzos de Edna.
—Tuve un sueño muy raro. Cuando era una niña a veces tenía pesadillas horribles, pero esta vez fue diferente —dijo Edna con inseguridad—. Cuando estábamos en la cueva soñé que estaba en otro lugar, sola. Yo estaba desnuda y hacía mucho viento, tanto que levantaba las piedritas del suelo y golpeaban en mi cuerpo, en la cara. Dolían. Tenía los ojos casi cerrados para que no entraran en ellos. A pesar del viento, el cielo estaba casi todo el tiempo lleno de nubes rojizas que avanzaban muy rápido a través del cielo.
—¿Dices que estabas desnuda?
—Sí.
—¿Y cuando despertaste, estabas desnuda?
—¡Sí! ¿Cómo supiste? Desperté y vi que seguías dormido. Pensé que quizá me quité la ropa mientras dormía. Cuando era niña, yo era sonámbula. Después se me quitó.
Justino bajó del caballo y le indicó que hiciera lo mismo. Ella obedeció. Él comenzó a revisar su ropa por fuera y notó unas manchas en algunas partes.
—Revisa el interior de tu ropa. A ver si encuentras manchas iguales —dijo, dándose la vuelta para que tuviera privacidad.
Edna notó que en el interior de la camisa tenía unas decoloraciones.
—Cuando desperté estaba sobre mi ropa, te vi dormido y después me vestí. No había notado estas manchas.
—¿Qué más viste?
—Cuando el cielo se despejó por un momento, vi que el sol era más grande y de color rojo. Por eso las nubes se veían rojas. Después noté unos matorrales que el viento se los llevaba rodando, pero no estaban secos. Eran verdes. Después sentí un pequeño jalón de cabello en mi nuca. Volteé y me di cuenta de que había muchos matorrales atrás de mí. Uno de ellos había estirado sus ramas para arrancar un mechón de mis cabellos y se alejó rodando con el viento.
—¿El matorral te jaló el cabello a propósito?
—Sí. Los demás matorrales se alejaron un poco al verme voltear. Bueno, no tenían ojos, pero de algún modo percibían mis movimientos.
—¿Cómo eran?
—Muy extraños. Parecían matorrales, pero no. Eran una especie de animal. Sus tallos eran dobles y estaban juntos, como si fueran dos músculos que les permitían mover sus ramas. Las hojas eran como un triángulo que en las dos esquinas del lado de los tallos eran redondeadas. Después seguían unas ondulaciones hacia el otro ángulo que terminaba en pico. Tenía en diferentes partes flores blancas de cuatro pétalos redondos y hojitas que acababan en pico entre los pétalos.
—¿Qué más viste?
—Como todo esto era muy extraño, puse mucha atención en los detalles, tratando de memorizarlo lo mejor posible. Recuerdo que la tierra era como de barro húmedo color café oscuro. No había árboles, pero sí montañas. El clima era tibio y a lo lejos había un valle en el que estaban unas construcciones en forma de biombo. Como jícaras de cabeza, pero eran metálicas. Después me di cuenta de que los matorrales abrieron paso a una mujer que parecía un holograma. Por un momento pensé que era un fantasma. Tenía un manto blanco con la cabeza cubierta. No pude distinguir sus rasgos, pero parecía tener la piel morena. Su ropa no reaccionaba al viento.
—¿Te dijo algo?
—No. Solo se quedó enfrente de mí y después volteó hacia lo que parecía la ciudad. Una luz muy brillante se elevó rápidamente y se perdió entre las nubes. Después desperté y me di cuenta de que estaba desnuda, pero todo lo que experimenté parecía real.
—Fue real.
—¿Qué?
—Te teletransportaste. Lo sé, porque cuando me ha pasado, quedan esas manchas en la ropa. Es como si una energía afectara el color de la tela. Por eso estabas desnuda y después regresaste sobre la misma ropa, y por eso las manchas en el exterior.
Edna se quedó pensativa.
—¿Pero por qué?
—No lo sé. Pero debe ser un mensaje. Quizá un mensaje sobre otro planeta, otra forma de vida. ¿Cómo te sentiste?
—Al verla, percibí mucha tristeza.
—Creo… creo que Mirra es real —dijo Justino con la voz quebrada.
—Pero si puede teletransportar, ¿por qué no lo hizo antes del ataque?
—Ella no cambia las cosas, solo advierte.
—A ti te transformó y te teletransportó.
—Cuando lo hizo, perdí a mi hijo, a mi familia. Quizá le interesa el bienestar de la mayoría, no el individual.
—Nuestra gabardina no es capa, ¿recuerdas? ¿Crees en el destino? ¿En el karma?
—Siempre le huí a las preguntas filosóficas, se me indigestan, pero a veces al ver el paisaje desde el voladero, es inevitable preguntarse el por qué de las cosas, para qué tanta belleza, equilibrio y a la vez, caos.
—¿Y qué has deducido?
—Creo que la realidad se crea en fractales infinitos y con ella, los destinos. Que el destino de cada conciencia es como un teorema matemático. Que los destinos van retroalimentando a la conciencia colectiva. Que el karma es un falso sentido de justicia y que se aplica al azar, como lanzar una moneda al aire: alrededor del cincuenta por ciento de veces se hará justicia y el resto no habrá justicia.
—O algo así —añadió, encogiendo los hombros.
Siguieron filosofando sobre la vida hasta que llegaron a la orilla del pueblo, donde Justino habló por teléfono cuando descubrió que se había teletransportado a Oaxaca. Llamaron a los padres de Edna y a una ambulancia.
Los padres de Edna llegaron al hospital. Entre lágrimas se enteraron de lo sucedido.
Después de ser examinada, Edna fue sometida a un lavado vaginal y le hicieron otros estudios. Justino también fue atendido por su herida.
Después de unas horas, cuando Edna ya estaba disponible, llegaron dos policías para hacerles unas preguntas.
—Ustedes ya me habían interrogado —dijo Edna al verlos entrar—. Por lo del accidente en el pueblo.
—¿Cómo se llamaban los jóvenes que la atacaron?
—Jensen y Pancho —respondió Edna tratando de contener el llanto.
Gerardo se notaba muy nervioso desde el momento que la vio. Llenó el reporte con la mano sudada y respiración agitada.
Edna omitió la transformación de Justino pero les platicó toda la historia.
—En la panadería tenemos cámaras y ahí deben estar los videos de cuando fue a verme. Mi papá les podrá dar las imágenes.
Después Gerardo y Martín fueron a buscar a Justino, pero no pudieron encontrarlo. Después de curarlo, nadie lo volvió a ver.
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