El Indio - Segunda Parte: Música, Danza y Alcohol - Gregorio López y Fuentes
MÚSICA, DANZA Y ALCOHOL
Comenzó a oírse el sonar de un tambor por la pedregosa cañada que entonces era un camino y que en los días de lluvia es el cauce del arroyo. Era un golpe seco, monótono, parecido al que en algunas tribus habla de la guerra. Las mujeres y los muchachos salieron a todo correr, con la actitud de quien huye.
Los primeros en aparecer fueron algunos hombres que quitaban los que podían ser estorbos en el pedregal: un tronco, las piedras grandes y las hierbas crecidas durante los meses de sequía. Después ya se vio al viejo que tocaba el tambor. Sin prestar mayor atención al instrumento, maquinalmente, golpeaba en él, puestos los ojos en los esforzados que atrás daban alaridos de alegría, estimulándose los unos a los otros.
Eran los que llegaban conduciendo a cuestas el mástil para el patlancuáhuitl o volador , escogido y cortado en lo más espeso de los bosques, en la sierra. Apareció, por fin, todo el compacto grupo, formado por los organizadores de la fiesta, que eran todos los hombres aptos, quienes bajo las instrucciones de los topilis , se apiñaban, presentando el hombro, en el centro y en los extremos del largo y recto tronco: eran como grandes y morenas hormigas llevando en peso un trozo de madera hacia el nido.
De pronto el monótono y parejo sonar del tambor adquirió resonancia y prisa, al mismo tiempo que entre la multitud se alzaba una gritería. Era que la comitiva cruzaba un paso difícil y los conductores del tronco habían comenzado a flaquear, con peligro de ser aplastados. Todos se esforzaban en no dejarse vencer, y por último, salieron, resoplando de cansancio, de aquel paso difícil. El tambor volvió a tomar su compás lento, monótono, como si marcara el paso.
En las primeras casas se hallaba el joven lisiado, el que antes fuera arrogante y fuerte y que por haber servido de guía a los buscadores de oro quedó inválido. Reía como un niño que se promete una diversión, pero bien pronto su rostro se fue contrayendo con un dolor que no era corporal. Entre los que más gritaban había descubierto a su rival, el mismo que lo hallara abandonado en el monte y el mismo que le arrebató a la que iba a ser su compañera.
Apoyándose en su burda muleta, más bien arrastrándose, se dirigió a su casa. A cada paso, la pierna más lisiada ejecutaba un movimiento de campaneo, como si la extremidad intentara poner una zancadilla a la pierna menos contrahecha. La cabeza, fuertemente empotrada en un cuello ancho y por encima de unos fibrosos hombros, era lo único que parecía haberse librado de la desgracia: era como esas cabezas de monedas y medallas, bellas y enérgicas sobre el mutilamiento del pecho.
Antes de su desgracia él había ido con todos los demás, año tras año, a cortar en los montes el volador. Era un afanoso buscar entre los árboles más altos y más rectos, hasta que los viejos se decidían por alguno. Y antes de recurrir a las hachas, el árbol recibía toda una consagración: comenzaban a sonar el tambor y la chirimía. El tlachisqui hablaba a las ramas, para que no fueran a tomar venganza al caer como pesados golpes de mano a la hora de ser cortadas; al tronco, para que fuera grato a los que a la hora de la fiesta se jugarían la vida, danzando en lo más alto; y, por último, a las raíces para aplacar su enojo por la mutilación.
Cuando el tlachisqui echaba un chorro de aguardiente en la tierra, era dado el primer golpe de hacha. Todo un ceremonial. El lisiado fue siempre de los más entusiastas y entre los de su edad ninguno como él a la hora de la fiesta. Por eso su dolor al verse imposibilitado no tan sólo para tomar parte en los preparativos de la fiesta, sino hasta en los juegos tradicionales de la danza.
Medio escondido, veía desde su casa que los conductores del volador ya entraban al caserío. A los del grupo, los rodeaban las mujeres y los niños, todos asombrados del raro ejemplar traído de los montes. Jamás se había empleado mástil más alto: recto completamente. Entre los que más metían el hombro, iba el rival: la camisa anudada a la cintura; el torso, elástico y musculoso, abrillantado por el sudor; la cabeza, descubierta; de una correa que le cruzaba el pecho pendía el machete.
Aunque parecía tan viril, el lisiado, antes de su desgracia, qué gusto hubiera tenido al hallarlo en un lugar solitario: qué encuentro hubieran sostenido con esa pesada esgrima del machete que, cuando los dos luchadores son hábiles, causa la impresión de un juego inofensivo, pero que suele cortar de un solo tajo la cabeza.
Pasaron rumbo a la pequeña plaza los que conducían el volador. Era una alegre gritería. Y el lisiado los miraba como una araña que apenas se atreve a sacar la cabeza a la puerta de su agujero. A poco dejó de sonar el tambor. Era que habían llegado.
Por la tarde y por la noche siguieron los preparativos de la fiesta: las mujeres barrían los patios de sus casas; algunos individuos limpiaban la pequeña plaza y la galera del tianguis ; otros adornaban con flores y palmas la casa en que oficiaría el cura a falta de una iglesia; y una media centena de los más fuertes levantaban el largo tronco para el número más espectacular de los festejos.
Por la mañana la fiesta se inició con la consagración del volador. Tenía enrollado de extremo a extremo un grueso cable, cuyas vueltas servían de escalera. En su base estaba sostenido por gruesos puntales que hacían veces de cuñas. En su extremo superior mostraba una especie de banquillo, sostenido en grueso carrete, a la altura del cual pendía un cuadrado.
El viejo tlachisqui , en esos momentos con más de sacerdote que de vidente, hizo una señal al músico, y comenzó la melodía peculiar del acto. El músico tocaba al mismo tiempo el tambor, colgado del cuello por una cuerda, y la chirimía que era manejada con una sola mano. La música atrajo a los naturales como la campana a las colmenas. El viejo se inclinó al pie del tronco, en la actitud de intentar cortarlo nuevamente. Su oración fue pidiendo benevolencia por los que iban a danzar en la cúspide. Después se dirigió al sol, para que no fuera a cegarlos. Luego, a los vientos, para que no fueran a soplar tan fuertemente que los derribara. Y, por último, a los espíritus de los que han sido los más notables cuatotótls , hombres del volador , para que protegieran a sus hermanos en la altura.
Al pie del tronco fueron colocadas las ofrendas: comestibles y ramos de cempoalxóchitl. La tierra fue regada con aguardiente, y el sacerdote bebió del mismo licor. La multitud se aglomeró para ver lo que era la iniciación de la fiesta. El sol ya se había alzado en los flancos del día pleno. Y entonces la chirimía y el tambor dejaron su aire litúrgico para adoptar un compás animado, casi alegre.
Por entre la multitud ya apiñada se abrieron paso los que iban a tomar parte en la danza. El primero en subir fue un joven que lucía, atados en la cabeza y en las manos, unos pañuelos de vivos colores. Vestía calzón y camisa de manta muy blanca. Subió a grandes zancadas, apoyándose en las vueltas del cable que se enredaba al mástil como enorme culebra. Al llegar a la cúspide se sentó en el banco, esperando que subieran los demás partícipes en la danza.
El segundo en llegar fue el de la chirimía y el tambor. Después tres jóvenes. Ocuparon los lados del cuadrado, no sin antes atarse a la cintura los extremos de los cables enrollados en el carrete del cual pendían sus improvisados e inseguros asientos.
Tambor y chirimía comenzaron a sonar. Las miradas de toda la multitud estaban puestas en el que, sentado en la parte más alta, ya hacía intento de levantarse. Cuando se alzó, la música se antojaba más fuerte, tan grande era el silencio que reinaba abajo. El hombre comenzó a danzar, dando saltos sobre una superficie en la que apenas si cabían las plantas de sus pies. Según la música, se inclinaba hacia los cuatro puntos cardinales, pasaba los pañuelos que tenía en las manos por sobre las cabezas de sus camaradas, como si al hacerlo les dijera un secreto y, luego, saltaba tan alto que a cada vez se pensaba en la muerte. De vez en cuando emitía un alarido que era contestado por los que estaban también en la altura.
Al terminar la danza, el de la cúspide volvió a sentarse en el pequeño banco. El de la chirimía y del tambor, comenzó a bajar por la escalera hecha con las vueltas del cable. Y el sitio que el otro dejó libre fue ocupado por el bailarín, quien se ató el lazo libre, a la cintura. Cuando volvió a sonar la música, los cuatro hombres se lanzaron al vacío. El carrete comenzó a dar vueltas, y los lazos comenzaron a desenrollarse. A medida que giraban, los círculos iban haciéndose más grandes. Los voladores , con la cabeza hacia abajo y con los brazos abiertos como las alas de un pájaro, parecían la reencarnación del viejo anhelo de volar.
De vez en cuando lanzaban gritos, como las águilas, a los que respondía la multitud entusiasmada. La música era rápida como el giro de los voladores. El objeto de éstos, en los casos fatales, es el de atrapar en la caída, al que, a la hora de la danza, se expone en lo más alto.
Cuando estuvieron en tierra, fueron agasajados con un trago de aguardiente e invitados a comer, pues entre los rituales para el volador figura, en primer lugar, el ayuno.
Pasadas algunas horas el volador fue tan sólo una de las diversiones en la fiesta, sin duda la más espectacular. Los danzantes , capitaneados por un hombre que esgrimía un machete y daba órdenes a gritos, bailaban frente a la casa donde se había improvisado la iglesia.
Llevaban penachos adornados con pequeños espejos y papeles de colores; tenían desnudo el tronco y alzados los calzones hasta medio muslo; y en las manos agitaban, al compás de la música, sonajas a manera de maracas, hechas de calabacillas secas y con pequeñas piedras dentro.
Eran dos hileras paralelas. En el centro iba y venía el capitán. La danza es como la perfecta expresión de la simetría: los mismos pasos hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Se cruzaban, permutando lugares y, a un grito del capitán, todos daban media vuelta: los de una hilera, a la izquierda; los de la otra hilera, hacia la derecha. El machete era como la batuta, más que para la música, compuesta de un violín estridente y de una guitarra, para los bailarines.
Más que por la danza, frente a la casa se aglomeraba la multitud porque el cura había comenzado a oficiar. Sólo cada año visitaba la ranchería y eran muchos los padres que deseaban bautizar a sus hijos y muchos los jóvenes deseosos de contraer matrimonio. Multitud caracterizada por la blancura del algodón y de la palma: indumentaria humilde. Sobre ese blanco, el rojo encendido de las chaquiras nuevas en el huipil y en el quexquémetl de las mujeres.
Entre las parejas que esperaban su turno para el matrimonio, se hallaba una de la que no quitaba los ojos un lisiado medio oculto tras una cerca de piedra. La muchacha, con sus cabellos untados en dos ondas sobre las orejas y hacia la nuca, con su camisa bordada y con la falda de algodón que lucía un ancho labrado de estambre, estaba más bella que nunca. En las manos sostenía una jícara, como si en ella hubiera querido echar las lágrimas de sus ojos humillados. El hombre portaba un sombrero nuevo de palma, ropa muy blanca, al cuello un pañuelo rojo y al hombro una tilma.
El lisiado los miraba desde lejos, con una tristeza tan grande como es grande la aparente indiferencia de la raza. Veía cómo, tras haber salido algunas parejas, ya entraba la que para él era el motivo de su vigilancia. La muchacha iba con los ojos bajos, con andar menudo, tras su hombre.
Sin duda supuso la escena que se desarrollaba frente al cura y, antes de que la pareja saliera, se retiró hacia su casa apoyándose en su burda muleta: la pierna izquierda, completamente encogida, le daba la actitud de una persona que va a arrodillarse, pues el muslo casi tocaba el talón; y era la pierna mejor, la que sostenía el cuerpo; la otra, torcida hacia adelante, a cada salto del bordón ejecutaba un movimiento circular.
La araña iba a meterse a su agujero, dolida de su propio veneno, mientras los otros gritaban alegres y borrachos, danzando.
Donde había más contento era donde se estaba celebrando el tianguistli. Había muchos vendedores de manta y de baratijas, pero eran muchos más los que habían instalado sus puestos de aguardiente. Estos, para atraer compradores, comenzaban por darles una prueba , y momentos después ya no podían atender tantas demandas. Eran incontables los individuos, especialmente adultos, con todos los síntomas de la embriaguez. Hablaban, discutían y provocaban riñas. El mutismo tradicional había desaparecido bajo la acción del alcohol. Bien pronto hasta los más alegres rompían a llorar. De ellos, los más escandalosos fueron llevados en calidad de presos a la cárcel improvisada en una troje vieja, para que al otro día barrieran la basura en la plaza y en los callejones.
El giro que tomó la fiesta fue como la historia de cuatro siglos: primero las danzas, la música, el volador , en una palabra, la tradición; y luego, el alcohol. Había hombres tirados como cerdos gordos, a las puertas de las casas. Eran algunos viejos tequihuis que, validos de su impunidad, escandalizaron, atropellaron, se pusieron a llorar y, por último, fueron a caer en cualquier sitio, a dormir.
Por el desorden a causa de la embriaguez, pues los mismos topilis estaban borrachos, ya nadie vigilaba como en un principio cuanto debía hacerse o no hacerse en el volador. Cuando principió la fiesta sólo se permitía tomar parte en la arriesgada hazaña a los que, además de manifestar por su exterior hallarse en perfectas condiciones, aseguraban no haber faltado a los preceptos de la tradición: haber ayunado, haber pedido protección a los dioses y no haber tenido contacto con mujer alguna, al menos durante la noche anterior.
Subían todos los que deseaban. Los voladores gritaban como verdaderos borrachos. El que se hallaba en la cúspide había tenido sospechosas dificultades en el ascenso. El tambor y la chirimía parecían cansados. Sin embargo, ninguno de los que tenían autoridad se daba cuenta de que lo mejor era suspender el espectáculo.
Abajo había un hormiguear de cabezas negras, luciendo algunas sombreros nuevos, de palma. Arriba, muy alto, el hombre de los pañuelos rojos, danzando en forma escalofriante.
Se inclinaba hacia el oriente. Después su reverencia era para el rumbo donde el sol ya se hundía. De un salto daba la cara al sur, para después volverse al norte. Y a su grito respondían los voladores con gritos no menos estridentes.
De pronto se escuchó un alarido diferente a los anteriores, timbrado con una gran angustia. El hombre de la cúspide había perdido el equilibrio. Por un segundo, con el cuerpo al aire y teniendo en el banquillo puesta apenas la punta de un pie, el infeliz hizo el intento de recobrar su perdida actitud, pero no lo alcanzó. En medio de un profundo silencio comenzó a descender vertiginosamente. Uno de los voladores se lanzó a su encuentro, esforzándose por que se cortaran las dos trayectorias, pero se le escapó de las manos, que se habían crispado como garras.
Fue un golpe seco, semejante al de la bola de lodo que, lanzada sobre una pared, se queda prendida, achatada. La gente se arremolinó. Un tequihui , borracho, dudando precisamente por ello que el hombre se hubiera matado, le alzaba y le dejaba caer un brazo. La extremidad producía ese ruido propio en las víctimas del rayo: sonar de huesos rotos.
Había caído de pecho, con los brazos en cruz y las piernas abiertas. El tequihui le buscaba la cara, primero por un lado, después por el otro, sin encontrársela. De no ser por el suceso tan impresionante, todos se hubieran echado a reír. Tal era el aire de idiota que ponía el borracho, de puro asombro, al percatarse de que aquel hombre no tenía cara: era una superficie plana.
Entre la multitud, una mujer que gritaba se fue abriendo paso, hasta llegar junto al muerto. Dudosa, le buscó tambien la cara, pero al no encontrársela reconcentró su atención en algunos detalles, en la costura de la camisa y en la forma de las manos. Al cerciorarse reanudó sus gritos.
—¡No tlácatl! ¡Mi hombre!
El baile, al son de un violín y el arpa, se inició a la salida de la luna, en la galera del tianguis. En los horcones había candiles de gruesos mecheros. Los bailes predilectos eran el xochipitzahua , o flor menuda, y el zacamandú.
Las mujeres bailaban recatadamente, con los ojos bajos, pasos menudos, extendiendo por delante sus faldas llenas de labrados , como si fueran a recibir en ellas toda una cosecha de frutas. Los hombres, calzando sus huaraches nuevos, pateaban fuertemente, avanzando, retrocediendo y evolucionando en torno de la mujer, como el gallo cuando arrastra el ala.
De vez en cuando alguien alzaba el grito para cantar, quejumbrosamente, algo como esto:
Xi-quita cihuatl-cinti,
Mira, mujer esbelta como el maíz,
campa xóchitl mo tepana,
ahí donde las flores se alinean,
ni-mo cuepas ayitochi,
me transformaré en armadillo,
ni-pehuas ni-tlahuahuanas,
comenzaré a rascar la tierra,
ni-quisate campa ti-cochi
e iré a salir donde tú duermes.
Los grupos más animados permanecieron junto a las ventas de aguardiente. En uno de esos grupos se discutía acerca de la superioridad de los lugareños, respecto a sus vecinos, para la danza del volador. Entre los presentes se hallaban algunos conterráneos del que cayó del patlancuáhuitl , matándose en forma tan espantosa. Fueron ellos los que recogieron la ofensa, pues entre sus antepasados hubo famosos danzantes de la altura.
Como todos portaban sus largos machetes prendidos de la cintura, indicio de valimiento y adorno en las grandes festividades, los ánimos se violentaron rápidamente y comenzó una pelea en que sólo la habilidad logró el milagro de que no fuera más la sangre derramada.
Alentándose con gritos salvajes, los de la ranchería y los visitantes combatieron por varias horas. Eran lances de esgrima, con una maestría increíble. Por momentos, parecía que un golpe había dado en la cabeza de un combatiente, pero éste, en un salto magnífico, aparecía a considerable distancia, pasando el arma por sobre la piedras, las que en la oscuridad arrojaban chispas fugitivas.
Al amanecer fueron identificados tres cadáveres con espantosas mutilaciones de brazos.
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