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"publishedAt": "2026-06-13T16:54:21.745Z",
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"textContent": "## EL CONSEJO DE ANCIANOS\n\nLa primera reunión de los viejos fue para conocer de un caso muy importante, aunque absolutamente doméstico: el motivo de reyerta que dividía a tres familias. El hecho de que la reunión fuera en la casa de uno de los ancianos, denotaba que el asunto a debate era dudoso. Es costumbre entre ellos que, cuando el caso se halla completamente definido y el fallo no amerita discusión, se reúnan en la casa de aquel que merece la justicia, que visiblemente tiene la razón.\n\nEn algunas ocasiones sumamente claras, el fallo se reduce a la visita de los viejos. La parte contraria se declara derrotada y ni siquiera se presenta a defender su causa. Entonces, el que ha merecido el reconocimiento de su derecho, se concreta a ofrecer un trago de aguardiente o una taza de atole a sus visitantes. Hablan de asuntos ajenos al litigio: el buen tiempo, la belleza de la noche o la necesidad de llevar a cabo alguna obra de provecho general. Y los viejos se marchan seguros de que su justicia ha sido interpretada.\n\nPero en aquella vez ninguna de las tres casas en pugna recibió la visita. Por respeto a sus años y a sus antecedentes, los jueces tomaron como lugar de cita la casa del más viejo de los **huehues**. Este ofreció a sus visitantes pequeños bancos de madera. Al ir y venir atendiendo a sus huéspedes, le campaneaban los anchos calzones de manta por sobre los pies descalzos. Ya tenía la cabeza completamente blanca y la cara enjuta. Era el patriarca de la ranchería: él sembró los carcomidos ciruelos que había en su corredor, él fue testigo de aquella creciente del arroyo que se llevó la mitad del caserío y él construyó el pequeño puente de madera.\n\nHabían llegado también otros hombres que, propiamente, no podían ser considerados como ancianos, dada la longevidad de la raza, pero que habían sido **tequihuis** , funcionarios, y ese solo hecho los acreditaba como integrantes del consejo. Eran los que en años anteriores, por designación de las autoridades del distrito, habían cobrado la contribución personal, habían trasmitido las órdenes para el desempeño de trabajos y encarcelado a más de un renuente.\n\nEn la ranchería se contaba con otra clase de hombres, los esforzados que en caso de choques con los naturales sus vecinos, se encargaban de la dirección de la guerra, pero que no figuraban entre los viejos porque el carácter impulsivo resta cordura al juicio.\n\nEn un rincón de la pieza, que era recámara, sala, comedor y cocina al mismo tiempo, las mujeres atizaban el fogón en auxilio de la luna que se metía por la puerta y por la empalizada. En otro rincón se hallaba un ancho camastro de carrizo. Del otro lado se veía un depósito hecho de otate, en que se guardaba la cosecha si el año era bueno. Sobre la lumbre, puestos al humo había racimos de mazorcas, para escoger de ellas el **xinaxtli** , la mejor semilla, para la próxima siembra. Perpendicularmente a las vigas no se veían, mas se adivinaban, dos o tres carrizos de pesca.\n\nLos viejos guardaban silencio. Cuando llegaron las tres partes en pugna, los familiares del jefe de la casa se salieron para no escuchar los alegatos. Los tres hombres que iban a dirimir su caso ante el consejo, se mantuvieron de pie a un lado de la puerta. Uno de ellos fue el que expuso completamente el caso, en voz baja. La energía del rostro, al que el fuego cercano le daba el aspecto de un medallón de cobre antiguo, contrastaba con la dulzura en el decir:\n\n—Este hermano mío —comenzó a explicar—, cuando mi hija cumplió los doce años, llegó una noche a pedírmela en matrimonio, para su hijo. Ustedes bien saben que el **telpócatl** , el hijo de este amigo mío, era sano, hermoso y trabajador. Yo no podía negarle a mi **ixpócatl** , mi hija que, como ustedes saben, es bella y hacendosa. Acepté, pues, el **tlapalole** : dos gallinas, dos cuartillos de frijol, una jícara, un pañuelo y una botella de aguardiente, de la que tomamos una copa él, su mujer, mi mujer y yo, quedando cerrado el compromiso de que nuestros hijos se casarían. Pero no pudieron casarse porque el muchacho, como ustedes saben, tuvo la desgracia de romperse las piernas cuando los tres blancos que estuvieron aquí a buscar oro y plantas medicinales le dieron tormento en el cerro. El hecho es tan conocido que bien podía no mencionarlo: por él dimos muerte al blanco, por eso nos persiguieron y tuvimos que huir a los montes… El muchacho sigue sin poder trabajar y tal vez nunca pueda hacerlo. Mi hermano y yo convinimos en esperar, porque bien sabemos que nuestros hijos, aunque no se tratan por acatar nuestras costumbres, se quieren. Desgraciadamente, el tiempo se ha ido y el muchacho apenas si puede dar paso, reducido a la mitad de su tamaño, con las piernas torcidas como unas raíces quemadas y secas, encogido como una araña: ¡él, que era tan bello y fuerte!\n\nEl padre del muchacho en desgracia decía con sus movimientos de cabeza, más que con los labios:\n\n—Todo es verdad.\n\nY argumentó:\n\n—Pero sanará. Además, precisamente por estar como está, necesita una compañera. Ustedes los jueces de mi tribu, le harán justicia porque fueron ustedes los que lo mandaron a servir de guía a los blancos, que le dieron tormento y lo echaron por la pendiente, a la desventura. ¡Yo trabajaré, mientras mi hijo siga enfermo, para él y para ella!\n\nLos viejos parecían estatuas, inmóviles. Por sobre sus cabezas se miraban los tres hombres que intervenían en el juicio.\n\nEl padre de la muchacha en disputa siguió explicando:\n\n—Así las cosas, una noche, llegó éste mi otro hermano y amigo, a decirme: «Tu hija no podrá casarse con quien está comprometida, porque él no puede trabajar. ¿Cómo va a mantenerla? ¿Tú vas a sostener a los nietos, si los tienes? Por tu hija, por él, por los hijos de ellos, ¡no deben casarse! Dame la muchacha para que se case con mi hijo: él es fuerte y trabajador. Además, dime, ¿quién le iguala en la cacería? Yo, como ya lo sabes, tengo mis bienes»… Y al mismo tiempo que eso me decía este mi otro hermano, ordenó a su mujer que me entregara su **tlapalole** : dos gallinas, dos cuartillos de frijol, una jícara, un pañuelo y una botella de aguardiente. Yo quise oponerme porque ni yo ni mi hija éramos libres para contraer otro compromiso, pero este mi hermano se fue dejando sus regalos. Y, ahora que estamos aquí los tres, ante ustedes los **huehues** , quiero que me digan a quién debo regresar los obsequios que representan el compromiso: si a éste o a aquél. Afuera está mi mujer con todo lo que debo reintegrar a quien ustedes señalen. Que la experiencia resuelva, pues no quiero que por causa mía y de mi hija, sigan mirándose mal estos hermanos míos. Yo haré lo que la experiencia diga…\n\nLos viejos meditaban. Uno de ellos fue a atizar la lumbre, que ya se extinguía. Habló el padre del muchacho lisiado.\n\n—Nuestras costumbres han establecido que la mujer ajena es intocable. Más todavía, que la joven pedida en matrimonio es sagrada y que tanto una como otra no pueden ser vistas con ojos de codicia. Cuántas veces ustedes, padres míos, han ordenado el castigo del culpable, como en el caso del blanco que persiguió a la muchacha en el arroyo. Mi hijo está en desgracia, es verdad, pero lo está por culpa de ustedes, ancianos, y tiene derecho a la hija de mi amigo. ¿Qué el palomo herido no tiene compañera? Si no puede trabajar, yo trabajaré por él. ¡Este hombre, sólo porque es rico entre nosotros, que somos pobres, ha humillado mi casa, pasando por sobre el **tlapalole** de mi hijo! Si eso pensaba hacer, su hijo no debió haber avisado que mi muchacho estaba herido al pie del cerro. ¡Tal vez lo salvó de que lo devoraran los zopilotes o las fieras, sólo para cobrar el servicio, robándole a la mujer! ¿Por qué no lo dejó en el monte, abandonado? Así ya no habría amargura en mi boca. ¡Pido justicia, **huehues** de mi raza, padres míos!\n\nEl ofendido revelaba más su indignación con su actitud de cabeza echada hacia atrás, que con sus palabras.\n\nEl aludido respondió:\n\n—Lo que han oído, ancianos, es la verdad, menos por lo que hace al ultraje de que se me acusa. Yo pedí a la hija de mi amigo, para mi hijo, porque considero que ella merece un hombre que pueda sostenerla y defenderla. El hijo de mi hermano, en desgracia ahora, era como el mío, o mejor; pero ya no es lo que fue. Si los blancos no hubieran atormentado al muchacho, yo me hubiera dirigido a otra parte, en busca de nuera, pero las circunstancias me obligan a preguntarles, ancianos: ¿quieren aumentar el número de huérfanos que dejó la última epidemia? Han oído, pues, la tres razones y, ahora, a ustedes les corresponde fallar: yo acato lo que los viejos de mi raza digan…\n\n*\n\nY habló el más viejo de los viejos.\n\n—Yo opino que este caso es lamentable. El muchacho en desgracia, por culpa nuestra, según dice este hermano, tiene derecho a la vida y a sus dones. El padre del joven está en su derecho al defender el corazón de su hijo. Pero nosotros debemos resolver, mirando allá adelante, como si fuéramos por un camino desconocido. Lo que voy a decir causará una víctima y un dolor por toda la vida, si es que mis hermanos los viejos no resuelven otra cosa: es mejor que haya una y no muchas víctimas. La muchacha debe casarse con el pretendiente sano, porque él garantiza la familia.\n\nTodos los viejos aprobaron con una inclinación de cabeza y ya no fueron necesarias más palabras. El padre de la muchacha en disputa salió al portal y regresó llevando en las manos los regalos o los equivalentes, que recibiera hacía mucho tiempo en pedimento de su hija.\n\nEl padre del joven lisiado, contra quien falló el consejo, recibió los símbolos del compromiso matrimonial, sin decir palabra: las gallinas, la abundancia; el frijol, el manjar; la jícara, el agua en lluvia y en iris y en salud; el pañuelo, la prenda; y el aguardiente, la alegría.\n\nAsí, en silencio, miró altivamente a su rival, después a los viejos y, a largos pasos, salió hacia la noche ya huérfana de luna.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
"title": "El Indio - Segunda Parte: EL CONSEJO DE ANCIANOS - Gregorio López y Fuentes",
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