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  "textContent": "_\n⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico._\n\n_Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo_\n\nCapítulo 2\n\n—\"Nos encontramos esta tarde con el multipremiado escritor Alejandro Valdez, que hoy nos viene a hablar de su nuevo libro y sus proyectos a futuro. También vamos a leer algunas cartas de sus admiradores sobre muchas preguntas que tienen por su último libro, “Gina. Escondida”, publicada hace dos años, en 1994.\n\nAlejandro, por favor, ¡estamos ansiosos! háblanos de tu nuevo libro. ¿Tiene nombre?, ¿qué podemos esperar?, ¿qué es lo que nos va a mostrar Alejandro Valdez al mundo?, ¿adónde nos transportas?.\"\n\n—“Buenos días. Gracias, sí. Pues, para empezar muchas gracias por invitarme a este programa, creo que es una excelente plataforma cultural de la cual yo he sido fan desde hace mucho.”\n\n—“Gracias, Alejandro.”\n\n—\"Pues mira. No te puedo decir el nombre de mi nuevo libro ahora mismo. Es una sorpresa, pero sí que te puedo asegurar que va más allá de lo que he escrito antes. Si “Mimosa” fue una proyección hacia el pasado y “Gina” un relato sobre el presente y la soledad, el próximo libro es más una metáfora sobre las realidades del país y la visión del futuro.\n\n—Qué interesante, Alejandro. Cuéntanos más, por favor.\n\n—Tenemos un personaje problemático de gran carisma, pero lleno de dudas, de miedos y también de fortalezas. El mundo parece ir en su contra…\n\n—¿Sí? ¿Hablamos de venganzas?\n\n—Eh… no, no hablamos de venganza, hablamos de violencia pura.\n\n—Vaya… Es algo más fuerte, ¿no?\n\n—…\n\n—¿No, Alejandro?\n\n—Sí, violencia y sexo. Un ambiente homoerótico cargado de deseo, ira, coraje y caminos que parecen no tener salida.\n\n—…Wow… pues, pues es algo que no habíamos leído antes de tu mano, Alejandro. ¿Qué crees que piense la gente con estos temas?\n\n—No me importa lo que piense la gente.\n\n—Oh… pero ¿no crees qu…\n\nEl director editorial apagó el televisor con una expresión de decepción y furia contenida.\n\n—Esto no fue en lo que quedamos, Alejandro. —acusó el hombre tirando el control remoto sobre la mesa.\n\n—Ricardo, los números de audiencia…\n\n—¡Tu cállate, Luis! —exclamó el ejecutivo—, que se supone que estás asesorando todo esto y prácticamente se va a ir al carajo. ¡¿Qué te pasa Alejandro?! ¡Así no te vamos a poder ayudar a vender copias!\n\nAlejandro, que había estado en silencio con la mirada en el piso, lo miró a los ojos y le contestó.\n\n—Creo que la gente está lista para contenido provocativo. Es un libro cargado de psicología y problemas reales. Los asesinatos no son solo por puro instinto, hay en el personaje un problema serio y …\n\n—¡Nadie quiere leer a un personaje ma, homosexual!\n\n—Es bisexual —corrigió el escritor.\n\n—Mira, a mí no me importa si coge con mujeres, hombres o animales. La situación es que para el calibre de escritor que eres, y para el tipo de editorial que somos aquí, eso no te va ayudar a vender.\n\n—Ricardo, Alejandro no sería el primero en escribir sobre temas escandalosos —interrumpió Luis.\n\n—No —dijo el editor jefe con una sonrisa sarcástica—, ¿pero sabes quiénes escriben esas cosas? Escritores que no tienen ni donde vivir. Sus libros pasan sin pena ni gloria por los aparadores y terminan en los tiraderos o en la casa de algún coleccionista excéntrico.\n\n—¿Y eso que tiene de malo? —preguntó Alejandro con un aire desafiante.\n\n—Nacho… —le calmó Luis.\n\n—Nada, Alejandro —contestó el editor jefe—. Nada, si lo que quieres es que nadie hable de ti, o peor aún, que te persigan… y no precisamente fans.\n\nRicardo se equivocaba. A los 20 años, Alejandro recordaba haber leído un libro llamado _El vampiro de la colonia Roma_ , un libro queer muy sincero a modo de entrevista, que había encontrado en la casa de una amiga; su hermano, le dijo ella, se había ido de la casa unos meses antes dejando varias cosas. Perder ante el mercado no era una derrota para él, hasta los libros menos valorados por la gente común son un tesoro para aquellos que buscan la compañía de letras que los entiendan.\n\n—¿Quieres que te acompañe al departamento? —le preguntó Luis al bajar del coche y pasarle la muleta.\n\nAunque Alejandro ya caminaba mejor, las circunstancias de una noche antes habían provocado que su pie volviera a doler de nuevo a pesar de los avances, por lo que se puso el botín ortopédico y decidió volver a usar la muleta de un lado.\n\n—No. Voy a descansar —contestó mientras caminaban hacia el vestíbulo.\n\nLos dos se detuvieron frente al ascensor.\n\n—¿Estás bien? —preguntó Luis mientras lo miraba entrar por la puerta de metal del ascensor.\n\nAlejandro suspiró frustrado pero se giró y le regaló una sonrisa a su amigo.\n\n—No manches, tampoco estoy parapléjico —bromeó.\n\nLuis soltó una risita y solo cuando la puerta se cerró, la sonrisa se convirtió en una expresión de tristeza y preocupación.\n\nUnos días antes, aunque el mundo seguía su curso y todo parecía igual, la situación en ese mismo corredor había sido un poco diferente.\n\nNueve días antes.\n\nEl detective había estado esperando en el vestíbulo del edificio desde la mañana acompañado de su maletín y una bolsa de plástico con algo dentro e inmediatamente se puso de pie al ver a Alejandro salir del elevador.\n\n—Señor Valdez. Buenos días.\n\nAlejandro no pudo alegrarse menos por la visita del hombre, era el peor momento.\n\nSe acomodó el suéter de lana que no había podido terminar de ponerse por salir de prisa de casa.\n\n—Buenos días, detective —le dijo sin intención de forzar un sonrisa amable.\n\n—¿Va de salida? —preguntó el detective para luego mirar con sorpresa el pie vendado de Alejandro quién cojeaba significativamente —. ¿Qué le pasó, señor Valdez?\n\nAlejandro no estaba listo para esa pregunta. Había estado cavilando qué decirle a Luis, pero no pensó que tuviera que dar explicaciones al agente.\n\n—…se me cayó un mueble encima —mintió—. De hecho, ahora mismo voy al hospital.\n\n—Parece grave —dijo el detective haciendo un gesto de dolor.\n\nAunque no se veía por el largo del pantalón, el hombre pensó que la herida debía ser algo importante por la forma de andar del escritor.\n\n—Si gusta puedo llevarlo al hospital, no creo que pueda manejar así.\n\n—No se preocupe, tomaré un taxi —contestó Alejandro en un tono serio pero agradecido.\n\n—Como prefiera. Solo quisiera preguntarle… —comenzó a hablar el detective—, ¿sabe de quién es este zapato? —preguntó el agente sacando un ligero mocasín de piel de la bolsa que llevaba consigo.\n\nAlejandro miró la prenda con incómoda familiaridad.\n\n—Estaba tirada afuera del edificio, así que supuse que era de alguien de aquí.\n\n—Es mío —dijo Alejandro mientras agarraba la bolsa—, pero no tenía que esperarme para dármelo. El vigilante podía recibirlo.\n\nSu tono era forzosamente amable, y con la única intención de desviar el asunto.\n\n—No niego que lo pensé —dijo el detective igualando el tono—, pero estaba tan preocupado por usted que lo tomé como una excusa para visitarle después de los últimos incidentes. No voy a preguntarle como llegó a la calle, debe tener prisa.\n\nEl agente habló manera tan natural que de no haber sido un investigador profesional hubiera pensado que genuinamente estaba preocupado por él.\n\nAlejandro se había olvidado por completo de ese detalle, ni siquiera prestó atención al momento en que cayó por la ventana cuando Felipe le aplastó el pie. Igualmente, y para esquivar las dudas, le respondió al investigador.\n\n—Lo puse a secar y se debió haber caído —contestó poco convencido de su propia respuesta.\n\nCreyó haber visto cierta pizca de incredulidad en la cara del detective, pero poco le importó cuando su único deseo era salir de ahí cuanto antes.\n\n—Me alegra haberlo rescatado, entonces —dijo el investigador con cierto deleite—, el otro zapato habrá extrañado la compañía de su compañero en toda la noche —rió como si su chiste hubiera dado gracia.\n\nAlejandro entendió de inmediato lo que quería decir. Una persona no lava su zapato y lo pone a secar para olvidarlo un día completo en la ventana. En una ventana que hipotéticamente, cerró a consciencia. Asimiló que lo mejor hubiera sido no decir nada.\n\n—Muchas gracias por traerlo —dijo Alejandro sonriendo de nuevo evadiendo aquella obviedad—. Si me disculpa, detective, necesito ir al hospital.\n\n—Oh, claro, claro. Discúlpeme. El pie debe estar doliéndole mucho —dijo y comenzó a caminar junto a él por fuera del edificio.\n\nEl detective ofreció su hombro para que Alejandro pudiera apoyarse al caminar y éste aceptó su cortesía.\n\nEl agente levantó la mano para detener a un taxi que venía desde la avenida. Mientras el auto daba la vuelta se dirigió al escritor una vez más.\n\n—Señor, Valdez, ¿Aún está interesado en ver las cámaras de seguridad aledañas?\n\n—Por supuesto, ¿por qué no iba a estarlo? —preguntó Alejandro ligeramente ansioso y tratando de no parecer grosero.\n\n—Me estaba temiendo lo peor al ver que cojeaba —contestó el agente mirando nuevamente el pie—. Pensé que el hombre que buscamos había regresado y lo había agredido. Lo cual me dejaría en evidencia como un pésimo agente de seguridad.\n\nAlejandro se quedó callado un momento, alegre de que el taxi por fin estuviera acercándose.\n\n—Hubiera llamado a la policía de inmediato —dijo como si no lo hubiera hecho y como si de todas formas aquello hubiera servido de algo.\n\n—Evidentemente.\n\nEl taxi llegó y el detective ayudó a Alejandro a sentarse dentro, luego cerró la puerta y se inclinó ligeramente para hablar con él una vez más. Alejandro lo miró con una impaciencia apenas oculta por un cordial “gracias por todo.”\n\n—Sabe, señor Valdez, de no ser porque el zapato no tenía par se los hubieran robado de inmediato. He estado dando vueltas cerca del edificio, fue así que me di cuenta de que la prenda estaba tirada por aquí. Siga tomando sus precauciones y cuídese.\n\nAlejandro asintió con una sonrisa y cerró la ventana del taxi. Indicó su destino al conductor y se quedó pensando en lo que pasaría con su vida a partir de ahora.\n\nLas palabras del agente le parecían bastante obvias. Un fanático se hubiera llevado su zapato de inmediato. Al menos esa tarde, un hombre alto de chamarra amarilla no había salido de su casa. ¿Era eso lo que quería decir? Tenía miedo, se frotaba los dedos de las manos con ansiedad. ¿Y qué vería en las cámaras? ¿Había podido conseguir los videos? Ni siquiera preguntó, ¿quién no pregunta algo tan urgente? ¿Y si de verdad se estaba volviendo loco? ¿Y si no aparecía nada? ¿Y si aparecía alguien? Hasta ese momento, no sabía qué resultado iba a ser peor.\n\nRegresó al edificio B a las 4:15 después de haber pasado casi toda la tarde en el hospital. El diagnóstico: Esguince de tobillo grado I.\n\nSin contracturas ni fracturas, únicamente estaría usando una férula y vendas de compresión hasta bajar la inflamación. La doctora le había recomendado total reposo y terapias con hielo para una recuperación más rápida, el edema debía bajar de uno a dos días pero el hematoma será visible y a partir de ahora debía de usar una muleta.\n\nEn el taxi de regreso a casa se llevó una mano a la cabeza con pesadumbre. No sabía cuándo regresaría Felipe y estaba nervioso por su presencia, sin embargo, al llegar, era otro quien le esperaba. Vio el auto de Luis estacionado. Sabía que iría desde el momento en que no le contestó una noche antes y ni siquiera se comunicó para disculparse por no asistir a su invitación de la cena.\n\nPagó y el taxista amablemente se bajó a ayudarle. Luego el guardia de seguridad que lo llevó hasta el interior del edificio y por último Luis que casi corrió a recibirlo.\n\n—¡Me lleva, Nacho! ¡¿Qué te pasó?! —exclamó el hombre con evidente angustia.\n\n—¿Desde que hora llegaste?— le preguntó el otro con total naturalidad como si el pie no le estuviera doliendo y punzando.\n\nLuis pensó lo peor, al igual que el detective, juzgó la posibilidad de otro ataque.\n\n—¡¿Te lastimaron?! —preguntó casi gritando y al ver que los inquilinos y visitantes presentes voltearon a ver con curiosidad, bajó la voz—. ¿Regresó ese guey? ¡¿Te pegó?! —preguntó ahora ahogando su efusivo enojo.\n\n—No, no… vamos a mi depa —dijo Alejandro evitando las miradas de los curiosos.\n\n—Nacho, Nacho… —insistió Luis y se plantó frente a él—. Mírame a la cara…\n\nAlejandro le obedeció y lo miró como un niño regañado.\n\n—Dime la verdad —demandó Luis agarrando a Alejandro de los hombros y bajando la voz lo más que pudo—. ¿Regresó? ¿Te volvieron a agredir? Dime y voy corriendo a la policía ahora mismo.\n\nAlejandro no despegó la mirada de los ojos de su amigo, sentía que si miraba hacia otro lado estaría dando la respuesta equivocada “sí, regresó, me rompió el pie y me masturbó en el baño”.\n\n—No —aseguró Alejandro forzando una sonrisa—. No Luis. Hubiera llamado a la policía, ¿no crees?… solo se me cayó el sofá encima.\n\nHabía mentido exactamente con el mismo argumento que le dio al detective en la mañana. Comenzó a andar hacia el elevador.\n\n—¿Sólo? —preguntó Luis con asombro—. Eso se ve terrible, Nacho. ¿El sofá?\n\nPor suerte había levantado las hojas de su manuscrito que Felipe había lanzado sobre él después del incidente de la ventana.\n\nLuis hizo un suspiro largo y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón sastre caminó al rededor del interior del departamento observando detenidamente los muebles y las ventanas para comprobar que todo estaba bien. Casi todo.\n\nA diferencia de otros días, sobre el escritorio, las hojas de su manuscrito estaban una sobre otra totalmente revueltas; algunas se salían tanto de la columna que podía ver la mitad de las páginas con el texto visible. Evitó leer.\n\nIgnoró el desorden y con el dedo acomodó discretamente algunas hojas para regresarlas a su lugar.\n\n—¿Cuándo me vas dejar leer algo de tu novela? —preguntó—. Al fin y al cabo soy tu editor y necesito saber qué estás haciendo.\n\nAlejandro que se estaba tardando un poco en hacer unas bebidas, miró de reojo como si hubiera estado pendiente de Luis y su curiosidad todo el rato.\n\n—Cuando termine el clímax…\n\n—Oye, ¿no deberías estar sentado? —preguntó Luis preocupado por su pie herido—. ¿Qué haces allá? En todo caso yo debería prepararte algo.\n\n—Estabas demasiado ocupado hurgando en mis cosas —dijo Alejandro amistoso y sarcástico.\n\nLuis resopló con culpabilidad.\n\n—¿Qué es eso? —preguntó Luis recibiendo la bebida que Alejandro acababa de preparar.\n\n—Tequila sunrise —contestó el escritor y después tomó un sorbo—. Se gastó el whisky así que solo tenía tequila, jugo de naranja y agua gasificada.\n\n—¿Te gastaste el whisky tú solo?— preguntó Luis sin despegar el vaso de sus labios y observó a Alejandro con una mirada sospechosa— …¿o es que te trajiste a alguien? —Sonrió con picardía.\n\n—No seas, ¿a quién voy a traer? —resopló Alejandro dirigiéndose con dificultad al sofá individual cerca de la ventana, la ventana de donde había pensado tirarse un día antes—. Yo no salgo a ningún lado si no eres tú el que me obliga.\n\nLuis le ayudó a sentarse y puso la muleta a un lado pegada a la pared.\n\n—Eso es cierto… pero es triste —contestó Luis sarcásticamente—. Lo peor es que te pasan cosas dentro de tu casa. Ni siquiera tienes que salir para que te ocurran.\n\nLa risa de Luis hizo reír a Alejandro. Luego, suspiró. “Ni siquiera tengo que salir de mi cabeza”, pensó.\n\n—Listo, jefe.\n\n—Gracias —contestó Alejandro y sacó unos billetes de su cartera para pagarle al cerrajero.\n\nEl hombre recibió su paga, limpió la nueva cerradura de la puerta para ojear su trabajo una vez más y se fue.\n\nLuis agarró el saco de su traje y se acercó a la puerta junto a Alejandro.\n\n—Toma — le dijo y le extendió un aparato negro de plástico.\n\nAlejandro miró hacia abajo.\n\n—¿Un celular? —preguntó sorprendido y volvió a mirar a Luis.\n\n—Todavía me preocupas. Quiero que lo tengas porque tú nunca contestas el teléfono.\n\nAlejandro rechazó el aparato e intentó devolvérselo a Luis.\n\n—No, no, no, Luis. Esas cosas solo me estorban, por eso le regalé el último a mi papá.\n\nLuis resopló decepcionado.\n\n—Además —continuó Alejandro—, no te lo voy a poder pagar ahorita.\n\n—No me lo tienes que pagar ahorita —aclaró Luis.\n\n—No, Luis, no lo necesito ahora.\n\nAlejandro volvió a caminar hacia su escritorio alejándose del impaciente editor.\n\n—Nacho, creo que eres la única persona en todo el país que no tiene un pinche celular.\n\n—Te aseguro que hay muchísima gente que no puede pagarse un celular, Luis.\n\n—Bueno, ellos no son escritores exitosos que necesitan estar comunicados con su editorial y sus clientes —puntualizó el editor de manera ligeramente dramática.\n\nAlejandro se sentó frente a su máquina de escribir y suspiró con fastidio.\n\n—Eso es discriminación, eh. Además, si no contesto llamadas desde mi teléfono ¿porque iba a contestar desde ahí? —preguntó como si quisiera darle una oportunidad a Luis de convencerlo.\n\n—Sí sales— le dijo el otro poniendo lentamente el celular sobre el escritorio—… me vas a contestar si te llamo, porque esta cosa no va a dejar de fastidiarte en público.\n\n—Igualmente puedo apagarlo.\n\nLuis lo miró con los ojos entrecerrados.\n\n—Ya lo compré. Úsalo.\n\nAntes de que Alejandro pudiera decir algo, Luis se dio la vuelta y salió del lugar.",
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