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"textContent": "> En capítulos anteriores: Teo se ha quedado sin trabajo y sin dinero. El grupo terrorista Pueblo Defensor ha contactado con él ofreciéndole una salida. Ha ido al vertedero a por comida y ha recibido la solidaridad de dos abuelos entrañables, pero una serie de infortunios encadenados ha colmado su ira. Hambriento y harto, Teo decide dar el paso e ir en busca de Pueblo Defensor, pero se echa atrás cuando se da cuenta de que la cosa es más difícil de lo que pensaba. Vuelve a casa decepcionado, y al abrir la puerta ve a alguien sentado en su sillón…\n\n### Cap. IX: Dougie\n\n—¡Mierda!, ¿qué haces aquí, Dougie? ¡Menudo susto me has dado!, ¡casi echo el corazón por la boca! —gritó Teo, con la mano agarrándose el pecho y la cara desencajada.\n\nDougie, su vecino, sentado en el sillón, hacía exactamente el mismo gesto.\n\n—¡Joder, Teo, tranquilo!, ¡que casi me matas tú también! ¿Qué coño ha pasado? He bajado porque he oído golpes y te he visto salir hecho una furia. Me he quedado aquí a esperarte y me había quedado dormido.\n\n—Bueno, ¿pero por qué bajas aquí? No te di mis llaves para que vinieras a mi casa cuando yo no estoy.\n\n—Tranqui, colega, que no he tocado nada. Bueno, he limpiado un poco, pero nada más. Tenías esto lleno de cristales y comida por el suelo. Y hormigas, por cierto. ¿Qué te pasa? Nunca te había visto así.\n\n—¡No es asunto tuyo! —contestó Teo, muy malhumorado.\n\n—¡Oye! ¡Ya está bien, tío! Yo que tú no me permitiría el lujo de chillarle a alguien que se preocupa.\n\n—¡Yo no te he pedido que te preocupes! —Teo estaba hecho una furia— Te di una copia de mis llaves porque me fiaba de ti. ¿Y haces esto?\n\n—Hago… ¿qué? ¿alarmarme por haber escuchado gritos y golpes y verte salir corriendo a las once de la noche? —preguntó mientras se levantaba del sofá de mala gana.\n\n—¡Sí! —contestó Teo, todavía sin calmarse— No quiero que nadie entre a mi casa sin mi consentimiento, ¿te enteras? Venga, largo de aquí.\n\n—Está bien, ya me voy…\n\nDougie terminó de levantarse del sofá y cogió su bolsito, que había dejado tirado en el suelo al lado del sillón. Tras acomodárselo, se acercó a Teo y se le puso a hablar a dos centímetros de la cara.\n\n—Escúchame, palurdo. Pensaba que éramos colegas, pero ya veo que solo me quieres para que te venda hierba. No te lo voy a tener en cuenta, porque me imagino que estás jodido por algo y no lo quieres contar. Allá tú, pero no va a haber mucha más gente que quiera escucharte. Sólo te digo una cosa: te paso esta, pero no me vuelvas a chillar u olvídate de fumar por una buena temporada. Y si te piensas suicidar o algo, hazlo fuera del patio, que no tengo ganas de tener que limpiar tus sesos de la escalera.\n\nY sin esperar respuesta, se marchó dando un portazo.\n\nTeo se quedó solo en su casa. Miró a su alrededor y se sintió mal al instante. Se había excedido. Su vecino le había limpiado el comedor. Había dejado los restos de la mesa en una esquina de la habitación, y no había rastro de cristales ni de la comida que había estampado contra la pared.\n\nMeses atrás, le había dado una copia de las llaves de su casa por si en algún momento necesitaba echar mano de ellas. No había especificado que no quería que entrara, pero cuando se hacen ese tipo de cosas, esa información va implícita. Dougie era norteamericano, pero llevaba en España el suficiente tiempo para saberlo.\n\nTambién era verdad que si había bajado tras escuchar los golpes que había dado preso de su ataque de ira, probablemente es que habían sido más escandalosos de lo que él mismo había pensado.\n\nDougie era un tipo muy casero, apenas salía de su morada. Se dedicaba a vender marihuana en el vecindario pero no era un gran narcotraficante. Tenía algunas plantas, que le daban para malvivir y poco más, pero se conformaba con eso. Nunca había dado ningún problema. No llamaba la atención y no vendía en la calle. Si lo conocía bien, seguramente su preocupación había sido genuina.\n\nEl problema era que no sabía si lo conocía tan bien. Habían estado uno en casa del otro varias veces, pero el tiempo que habían pasado juntos se podía resumir en el tiempo que necesitaban para hacer el trato correspondiente, y quizá diez minutos más de charla de cortesía. Le caía bien y le parecía buena gente, además de ser casi su único vecino, por eso le había dejado las llaves. Pero ¿tenían la suficiente relación como para que se preocupara por él?\n\nDecidió que muy probablemente sí. No sabía si la cosa habría sido recíproca, dudaba de si él mismo habría subido a casa de su vecino preocupado, en caso de haber escuchado golpes, pero al mismo tiempo, tampoco encontró una razón por la que su vecino querría entrar en su casa. Él no tenía nada allí, y el americano lo sabía de sobra. Quizá, simplemente era más buena gente que él.\n\nSe lanzó al sillón donde un momento antes había estado Dougie y reflexionó. Notaba que el aire de la casa estaba cargado, y no era el canuto que seguramente se habría fumado allí su vecino. No, era su propia cabeza. Era toda aquella impotencia interna que tenía mal guardada. Era su subconsciente cabreado, dando golpes a las rejas de la celda. Tenía que aprender a domar aquella ira. Tenía que entenderla. A estas alturas ya ni siquiera se culpaba por sentirla, pero no podía dejarse dominar por ella. Primero había sido la estupidez de romper sus cosas, luego el pobre Dougie había pagado los platos rotos.\n\nDecidió que debía disculparse, pero ahora no era el momento. Aquel día había sido una locura. No tenía más fuerzas.\n\nDe la ira había pasado a la tristeza, de ahí a la desesperanza y ahora comenzaba a dominarle la desidia.\n\nSólo quería descansar. Del todo.",
"title": "La presión espacial. Capítulo 9: Dougie",
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