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  "publishedAt": "2026-06-10T18:48:49.644Z",
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  "textContent": "## LA TABLA DE LA LEY\n\nEl sol doraba la fachada del día domingo. Por el caminejo cimarrón que baja de las sierras y corta el camino real hacia las vegas, se movía en serpenteo un zumbar de voces.\n\nBajo el monte, en la soledad, la caravana de palabras tenía resonancia de misterio, el mismo que sugiere un cromo alusivo al día de difuntos y que es familiar en los hogares de las gentes del campo: una caravana de ánimas, llevando ceras encendidas y palmas: caras dolientes, unas; semblantes resignados, otros.\n\nPor los días en que se ofrenda a los muertos con manjares propios de los que aún viven, esa estampa cómo influye en la fantasía de los niños: pasa la caravana a través de los sueños y, cuántas veces, bajo la influencia de las consejas, se escucha al anochecer, en mitad del campo, el vocerío de los que caminan llevando ceras y palmas.\n\nEso sugerían las voces de los que bajaban de las sierras hacia las vegas. Eran los espíritus de una raza. Al pasar más cerca, se apreciaban claramente las palabras de una lengua sin **erres** , una lengua fluida en ondulaciones de **eles**.\n\nPor la ojiva de un claro de follaje podía espiarse un tramo de la vereda. Caminaban de uno en fondo. Como iban descalzos, apenas si las hojas secas, al romperse, denunciaban la prisa en la marcha. Un hombre joven, de musculadas piernas que los calzones enrollados dejaban descubiertas, pasó en dos zancadas. Llevaba una larga pica al hombro; parecía que iba a la guerra. Tras él, un chiquillo, armado con una vara, vivaracho y resuelto: cabeza de oso y nariz de águila. Después, un anciano apoyado en un bordón: cabeza descubierta y blanca que no sabía cómo era el follaje que entoldaba el camino porque los ojos iban fijos en el suelo: iba con el mismo trote de perro con que había cansado un siglo de distancia. Pasó una joven morena, cobriza, con los brazos desnudos, con las trenzas anudadas a la frente y en la crisma prendido el **quexquémetl** , símbolo de su doncellez: a cada paso le crepitaban las carnes denunciadoras de consistencia. Y pasó la mujer madre; a la espalda, el muchacho; y, por delante e invisible, el muchacho.\n\nPasaban. Pasaban… Sólo así, a hurtadillas, puede verse la estatura exacta de la raza. Sucede con ella lo que con todos los animales montaraces. Cuando se creen solos, se yerguen completamente, en todo su tamaño, pero en cuanto hay el menor indicio de peligro, ¡qué encogimiento y qué azoro! Hasta el jabalí es bello en la libertad. Estatuario, el ciervo en la soledad.\n\n*\n\nEntre los **jarillales** , donde había claros de arena abrillantada por el sol y árboles de raíces cavadas por las últimas crecientes, se preparaban veinte familias para la pesca. Hombres, mujeres y niños alistaban sus enseres. En las piedras orilleras eran afilados los chuzos, algunos arponados. Un viejo, en cuclillas, remendaba su atarraya. Los muchachos ponían en el extremo de sus carrizos un pedazo de alambre puntiagudo. Las mujeres daban de mamar a sus hijos. Otras ya los habían instalado a la sombra de los chaparrales, anudándose después a la cintura el **ayate** con que pensaran recoger la plata escamada de una trucha.\n\nCasi desnudos todos. Así fueron, tal vez, los viejos **matlazincas** , los de la red, en las andanzas inciertas de hace siglos, cuando en busca de un canto, que era todo un augurio, siguieron las márgenes de los ríos, almacenes naturales de las tribus errantes.\n\nRío abajo se oía el ruido de una cascada. Río arriba, la **chorrera** les hacía flecos a las espaldas de las aguas. Frente a los pescadores estaba el lugar propicio a los escasos recursos, donde el agua, por derramarse un poco, tenía escasa profundidad.\n\nTodos sabían que los mejores peces, a esa hora, retozaban donde la corriente era más fuerte. Río arriba, sin duda, las truchas formaban verdaderos **bancos** , los **bobos** se alineaban en escuadras y la lisa chapoteaba a flor de agua. En cambio, donde ellos iban a pescar, el resultado tendría que ser pobre, como sus recursos. Se conformarían con la mojarra espinosa y con el charal. Antes de iniciar sus trabajos, se quedaron mirando, codiciosos, la **chorrera**.\n\nUn joven de mirada audaz confesó que él era poseedor de un cartucho de dinamita, indicando la conveniencia de aventurarse. Dijo que él ya lo había hecho en las noches de luna, cuando ningún vigilante se atreve a ir en busca de los que contrarían las disposiciones. Pero los viejos se opusieron resueltamente, volviéndose a un cantil cercano en cuya parte superior pendía una tabla.\n\nYa les habían explicado el contenido de aquello. Era una prohibición y, hechos a la obediencia, no querían contrariarla, temerosos del castigo. El texto decía:\n\n«Por orden de la autoridad se prohíbe pescar con dinamita dentro de esta jurisdicción, advirtiéndose a los infractores, que serán castigados con quince días de cárcel o con multa de veinticinco pesos.—**El Presidente Municipal** ».\n\nSiguió un largo silencio meditativo y, por fin, un viejo **tlachisqui** , un vidente, se acercó hasta la orilla. Puso los brazos en línea horizontal, hacia adelante, y mirando fijamente al sol, musitó un ruego:\n\n—¡Padre de lo que tiene vida y de lo que no vive: señor de la tierra, del agua, del viento y del fuego: si das de comer al cuervo, a la víbora y al tigre, dame unos pescados para mis hijos y para los hijos de mis hijos…!\n\nAvanzó hasta donde el agua le llegaba a la rodilla y, tomando una botella que su mujer le entregara, habló cara a cara con la corriente:\n\n—Tú sigues tu camino y nosotros somos hormigas que nos quedamos aquí: ahora que tu semblante es tranquilo, escúchame…\n\nEn la oración sonó la palabra **hueyeatl** , el mar, padre de los ríos. El viejo, medio tapó con un dedo la boca de la botella, dejando caer algunas gotas de aguardiente en las aguas. Después bebió él. Fue como una alianza hecha en un brindis. Y todos avanzaron resueltamente río adentro.\n\nFueron apenas los preparativos de la pesca. Principiaron por escoger el vado más bajo, donde el agua daba a medio muslo. En un afanoso acarreo y amontonamiento de piedras, se ocuparon los más fuertes. Los viejos aseguraban con ramas y lodo los improvisados **tecorrales**. Las mujeres y los muchachos llevaban jarillas con qué suplir en las partes orilleras las cercas de piedra. De trecho en trecho, la valla tenía estrechas compuertas por las que el agua tomaba mayor velocidad.\n\n¡Qué afán! Parecía que el sol no quemaba las espaldas. Los hombres no se admiraban de sus grandes fuerzas. Las mujeres parecían ajenas a sus descubiertos senos: macizos, unos; fláccidos, otros. Los muchachos estaban completamente desnudos, morenos como el hombre cuando su barro aún no se enrojecía de vergüenza.\n\nLa obra principal había quedado terminada. En las compuertas se instalaron los hombres provistos de redes. En los extremos de la valla, cubriendo los sitios por donde podían escapar los peces más perseguidos, se instalaron los viejos y los muchachos. Los hombres y las mujeres —hombrunas— fueron por el pedregal y, donde consideraron que el agua les daría al pecho, se alinearon perpendicularmente al curso del río.\n\nComenzó el arreo. Era una hilera chapoteando. Iban mujeres y hombres casi juntos. Los que esgrimían chuzos, hurgaban en las grandes piedras, espantando las mojarras morosas. Algunos hundían en las aguas bordones nuevos, libres de cáscara, para que la blancura de la madera fuera eficaz espantajo.\n\nLos que portaban atarrayas eran los más alerta: con el centro de la red entre los dientes y la orla sobre el antebrazo, listos para lanzarla en cuanto se pusiera a tiro una presa. Acorralados, los peces comenzaban a pasar, a virar, girando como pequeñas sombras bajo el agua. Un joven lanzó de pronto su carrizo, el cual, tras algunas nerviosas sacudidas, comenzó a cortar el agua casi perpendicularmente a la superficie.\n\n¡Qué gritería! Todos sabían que la vara iba prendida a un pez de regular tamaño, capaz de soportar el peso de la caña. Alguien le echó mano a ésta y la sostuvo con habilidad, sincronizando la tensión a los ímpetus de la presa, pues un exceso de fuerza hubiera dado lugar a que el pez se escapara.\n\nBien pronto el animal azotó la superficie en rápidas volteretas. El hombre, una vez que le hubo metido un dedo en las agallas, le mordió la cabeza para liquidarlo, arrancándole el arpón no sin un desgarramiento de carne blanquecina.\n\nLos de las compuertas comenzaron a levantar con más frecuencia sus redes, de las que extraían los peces, para echarlos a los morrales. Cada vez que una presa huía de un salto sobre la valla o cuando otra lograba pasar por entre la barrera de piernas, los gritos se volvían ensordecedores.\n\nLas atarrayas eran lanzadas y al ser recogidas extraían abundantes racimos de peces, que, sin embargo, eran pocos en proporción a los muchos pescadores. En el tramo de la batida final el agua se enturbió demasiado, a pesar de ser libre y corrediza. Por eso, hasta las mujeres, al meter sus ayates, sacaban charales de estaño nuevo y mojarras de espinosas aletas.\n\nY llegó la hora del reparto. Cada quien fue depositando su cosecha en un hoyanco hecho en la arena de la orilla. El viejo **tlachisqui** , en cuclillas, fue apartando el pescado grande. Todos habían contribuido y todos participarían. El viejo repartió según la aportación y según las necesidades de cada uno. Los jefes de familia recibieron por ellos, por sus mujeres y por sus hijos.\n\n*\n\nLa tribu toda se quedó inmóvil, con la mirada puesta en el cantil. Estaban a la vista unos jinetes. Cuando éstos bajaron de sus caballos, entre las mujeres y los hijos de los pescadores, hubo un ímpetu de fuga hacia las más cercanas breñas.\n\nPor los dispositivos que tomaron los recién llegados, los naturales comprendieron, desde luego, que aquéllos iban a echar dinamita al río. El asombro fue mayor precisamente porque ellos sabían que estaba prohibido, pues que así lo rezaba la tabla puesta en el cantil, según se los habían explicado. Pero los recién llegados, acaso comprendiendo la causa del asombro de quienes los miraban a distancia, y para no dar un mal ejemplo, voltearon la tabla por el lado en que decía:\n\n«Por orden de la autoridad, durante media hora, se permite pescar con dinamita en esta jurisdicción.—**El Presidente Municipal** ».\n\nLa tribu entendió, con ese acto tan sólo, que los recién llegados eran la misma autoridad, pues ya sabían que sólo ella contaba con el poder suficiente para voltear la tabla. ¡Qué gesto de protección y de superioridad de parte de los funcionarios! ¡Qué lastimosa humildad de parte de los naturales! El resto de la tribu veía desde lejos: caras azoradas entre los matorrales de la ribera.\n\nQuien iba con la autoridad —supusieron— era un alto personaje, pues sabían que las pescas en esa forma eran casi siempre en honor de muy distinguidos visitantes. Cuando algunos de los naturales estuvieron listos para recoger las víctimas de la explosión, los cartuchos de dinamita, debidamente preparados, fueron prendidos por la mecha en los cigarros, y lanzados de trecho en trecho.\n\nTres estallidos. Tres enormes chichones se alzaron de la corriente, tan altos que, el agua, al descender pulverizada, fue barrida por el viento como fina llovizna. Blanquearon los peces muertos, grandes y chicos. Con el procedimiento —explicó el Presidente Municipal— se mueren hasta las crías; por ello era la prohibición, pero tratándose de unos visitantes tan distinguidos…\n\n¡Pesca tan abundante y seleccionada! Invitados por el sol y la delicia del agua, tan clara como una pupila virgen de maldad, el alcalde y su huésped se bañaron también. ¡Qué abdómenes tan abultados y en tan denigrante desproporción con piernas y brazos! Al querer nadar, pataleaban grotescamente, apoyándose con las manos en las piedras del fondo.\n\nAntes de marcharse la comitiva, la tabla fue volteada, otra vez, del lado que decía: «Por orden de la autoridad se prohíbe…». El **tlachisqui** y los suyos se quedaron mirando hacia el cantil, en silencio, haciendo tal vez un análisis de la desigualdad.\n\nEl silencio fue interrumpido por unos gritos corriente abajo. Una pequeña cabeza negra, la de un niño, avanzaba arrastrada por el río. Todos sabían que a unos cuantos metros estaba la cascada, la muerte. Corrieron todos. Los más diligentes se lanzaron a nado; los demás, por sobre los pedregales. Cuando el niño subió en el vuelco último y desapareció en la caída, el alarido de la tribu fue como una ululante protesta. ¿Acaso no se ofrendó al río antes de iniciarse la pesca? ¿Por qué se cobraba así?\n\nLos primeros en asomarse buscaron con la mirada ansiosa en el sitio donde las aguas hervían haciendo en su caída barrenos de espuma. Nada. Pero más lejos, allá donde el remolino ampliaba sus círculos, una cabeza negra, la de un niño, avanzaba torpemente, chapoteando con las manos muy cerca de la cara, como un perro pequeño, cansado de nadar, hacia la orilla.\n\nMientras la madre, desnuda completamente en la carrera, aupaba amorosa a su hijo, también desnudo, el silencio se hizo tan grande como la misma cascada. La madre cambió de estado de ánimo: ya no acariciaba a su hijo, sino que lo azotaba en castigo por haberse alejado del grupo. Después, rió mucho. Y volvió a acariciarlo.\n\nFrente a un paisaje inmenso, el viejo **tlachisqui** comenzó a decir, como un iluminado:\n\n—Los patos nacen entre los fulares, y apenas han quebrado el cascarón, se echan al agua, sin que el padre o la madre les hayan enseñado a nadar. Las mariposas rompen su envoltura y vuelan libres por el cielo. La víbora nace y corre por entre la hierba, con la muerte en la boca… La tribu era así, también, y por eso ha podido sobrevivir a los sufrimientos. Nada tiene de raro que el niño sepa nadar sin haber aprendido… Lo que pasa es que en los últimos tiempos hemos desconfiado del instinto, sugestionados por hombres de otra raza…\n\nLos **apapanes** buscaban sus dormideros en el islote; y la tribu, la vereda del retorno.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
  "title": "El Indio - Segunda Parte: La Tabla de la Ley - Gregorio López y Fuentes",
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