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La vida en un ratito. Microrrelato nº 10 «Señora, ¿pero qué hace?»

fictograma [Unofficial] June 10, 2026
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Cada vez me enfrento con más frecuencia al reto de montar en el transporte público. Moverse por la ciudad es más sencillo así, pero siempre me ha gustado conducir por la independencia que te da, puedes ir sola, oír la música que quieras e incluso cantar —berrear— canciones de Fito. Claro que también puedes comerte un atasco inmerecido de media hora en la M-30, en fin: la hipotenusa.

Dicen que son cosas de la edad, pero desde que cumplí los cuarenta siento que me han caído como veinte años más encima. Voy más al médico y cada vez me tiene más sin cuidado lo que opine la gente de mí.

Hoy iba a una cita con el endocrino, cogí el bus, que parecía lleno y sin embargo al llegar al fondo encontré un sitio para sentarme. Era uno de esos sitios que te hacen ver car a cara con otro viajero, lo que, sumado al gran desnivel del suelo —seguramente debido a una rueda—, hacía que resultase incómodo. Al sentarme miré un par de nanosegundos a la mujer de enfrente, pelo recogido, ropa sport y uñas cortas que asomaban a los lados de un móvil con funda rosa fucsia. El aparato, curiosamente, parecía estar enfocándome a mí de algún modo; supuse que simplemente era una sensación equivocada.

Me puse a recolocar mis cosas, el bolso, la tote bag de tela donde llevaba el libro que estoy leyendo. Las deportivas negras sin marca me colgaban en el aire porque no soy tan alta como para tocar el suelo en un asiento así. Dudé un momento si retomar la lectura, pero revisando entre mis pertenencias encontré un chicle y me entretuve en sacarlo de su envoltorio. Justo entonces vi un flash. Son cosas tan surrealistas que piensas que te las has imaginado ¿verdad? ¿Quién hace hoy en día fotos con flash en un autobús bien iluminado? ¿Quién sería tan torpe como para hacer una foto de alguien o algo sin permiso y usar el flash? Parecía que la luz había venido del móvil de color «discreto» que tenía delante pero, como cabía dentro de mi lógica: seguí comiéndome el chicle y balanceando los pies.

Me empezaba a sentir como una especie de híbrido entre una niña pequeña y una señora de mediana edad: masticando chicle, bailando con los pies en el aire porque la silla me quedaba alta y revisando que la cita del médico estuviera aún en el bolso… Y el dichoso flash capturó un momento de mi vida ¡Otra vez! ¡La petarda esa estaba haciéndome fotos! Después de observarla, y de que ella apartara la vista disimulando, me fijé en que el ángulo del aparato indiscreto apuntaba realmente a mis pies… Me aguanté las ganas de decirle «Señora, ¿pero qué hace?». Sin embargo, me comenzó a dar la risa, saqué mi propio teléfono y lo puse frente a su cara. Aunque lo único que hice con él fue contarle a una amiga lo que me estaba sucediendo por WhatsApp, la cara de la paparazzi de pies fue un poema.

Convenimos mi amiga y yo que la mejor frase para espetarle hubiera sido:

—Señora, contrólese por favor. Que yo vivo de las fotos de mis pies y me está usted debiendo dinero ahora mismo.

Menos mal que ya tengo esa edad en la que me importa un pimiento lo que los demás piensen de mí. Espero que le haya sido sencillo encontrar las deportivas negras por internet, si es que le gustaban tanto.

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