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  "textContent": "Sus piernas colgaban por los bordes del asiento.\n\nHabía una extraña rigidez en cómo estaba sentado. Los reposabrazos le llegaban a los hombros y su espalda no alcanzaba el respaldo; quedaba suspendida en ese asiento que parecía diseñado para sostener a personas más grandes. Lo que sobraba, eso ocupaba su delgada silueta.\n\n—¿Cuántos años tenés, Elian? —preguntó el comisario.\n\nDelante, sobre el escritorio, tenía un formulario desplegado y un bolígrafo que alguien había masticado hasta deformarle la punta, todavía húmedo en el extremo.\n\n—Nueve años —dijo—. El mes que viene diez.\n\n—¿Cómo vas en la escuela?\n\nDebajo del asiento, sus piernas se balanceaban suavemente.\n\n—Muy bien —respondió.\n\nUna muchacha con uniforme cruzó por la entrada y acomodó un vaso de agua al alcance del pequeño. Antes de cerrarse la puerta se escuchó a alguien gritando afuera.\n\nEl comisario carraspeó.\n\n—¿Quién te ayuda con las tareas?\n\n—Mi mamá. Y mi hermano.\n\n—¿Y tu papá?\n\nFrotó su pequeña nariz con una mano.\n\n—Mi papá vive en otro lado.\n\nEl guardia de la esquina caminó hacia la ventana cuando dos policías pasaron corriendo por el pasillo. Giró hacia el escritorio esperando instrucciones; el comisario le hizo una seña rápida para que volviera a su posición.\n\n—¿Cuándo fue la última vez que lo habías visto, antes de estos días?\n\n—En mi cumpleaños. Pero se fue temprano.\n\n—¿Y extrañabas verlo?\n\nSus piernas dejaron de moverse.\n\n—Sí —dijo, agachando la cabeza.\n\nLas luces de la habitación bajaron de intensidad hasta mezclarse con el amarillo desgastado de las paredes y el óxido de los muebles. El pequeño levantó la cabeza hacia el techo.\n\n—¿Tu papá te dijo adónde iban cuando se fueron?\n\n—Me dijo que íbamos a jugar.\n\n—¿Y jugaron?\n\n—Vimos la televisión —dijo—. Había un perro.\n\nEl comisario tomó el bolígrafo y escribió con la velocidad de alguien que repite el mismo movimiento desde hace décadas. Sin descansos.\n\n—¿En algún momento quisiste volver?\n\n—Quería jugar con mi hermano.\n\n—¿Y por qué no le dijiste a tu papá?\n\nElian tenía la mirada en ese vaso de agua, sin observarlo realmente. Las gotas se deslizaban despacio sobre el vidrio hasta chocarse contra la madera desgastada. Deshaciéndose.\n\n—Porque se iba a poner triste —dijo.\n\nEl bolígrafo se detuvo un momento, imperceptible, antes de garabatear una firma desordenada sobre el formulario. Un pesado soplido escapó de la garganta del comisario después de cerrarse las páginas. Había estado sosteniendo la respiración sin notarlo.\n\nUn guardia ayudó al niño a bajarse del asiento.\n\nLas puertas se abrieron, desprendiendo olores húmedos y calientes que hacía más angostas las paredes del pasillo. Y al fondo, acompañada de dos policías, caminaba su madre. Tenía el maquillaje corrido en líneas oscuras y unos rasguños en los brazos que no estaban antes. Cuando lo encontró con la mirada, se derrumbó de rodillas para abrazarlo.\n\n—Mi amor —dijo entre lágrimas—. Ya terminó, estás acá.\n\nSobre el hombro del hijo, custodiado por el pasillo, se acercaba el padre. Su abrazo desapareció rápido mientras se levantaba del suelo.\n\n—Mirá lo que le hiciste. Como lo dejaste.\n\nEl padre caminó al costado, acariciando el cabello de Elian con una ternura apresurada.\n\n—Soy papá —dijo—. No te olvidés.\n\nEl policía que acompañaba al pequeño empezó a separarlos, y con los custodios llevaron a ambos adentro donde los esperaba el comisario. Las puertas se cerraron, dejando a Elian entre las paredes angostas del pasillo. En silencio absoluto.\n\nSu hermano estaba sentado más adelante, con las manos alrededor de la cabeza. Cuando escuchó los zapatos del niño se levantó. Ninguno mencionó palabra. Ambos se sentaron.\n\nDelante estaba esa ventana alargada y sucia en las esquinas, donde podía mirarse a sus padres sentados, en extremos diferentes del escritorio. El mayor había entreabierto los labios, pero solamente pudo salirle un suspiro. En algún momento le acomodó una mano en la rodilla, tímida. Era lo único que podía darle.\n\n—¿Tenés frío? —alcanzó a decirle.\n\nSu garganta estaba seca.\n\n—No.\n\nEn la ventana, los padres se amenazaban y gritaban con una urgencia que no atravesaban los vidrios, pero el hermano no necesitaba escucharlos para entenderlos. Observó a Elian, que estaba perdido en algún espacio vacío entre ese escritorio agrietado, con una tranquilidad que lo inquietaba.\n\n—¿Por qué estás sonriendo? —preguntó, confundido.\n\nElian giró su cabeza.\n\nLa expresión le revolvió el estómago.\n\n—¡Porque mamá y papá están juntos!\n\nEl hermano apartó la mirada hacia la ventana.\n\nAdentro, en la habitación, el vaso de agua temblaba cerca de los bordes.",
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