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"textContent": "### Cap. IV: Vertedero\n\nTeo despertó aquel día lleno de ira, lo cual lo enfureció aún más. El día anterior había gastado la última tortilla precocinada que guardaba en la despensa y sabía que hoy sería el día en el que le tocaría salir de su casa en busca de alimento, si es que no quería pasar hambre.\n\nBajó de la cama de un salto, con todo el cuerpo lleno de rabia contenida. Los puños apretados, nada cerca que aporrear. Su estado de ánimo lo dominaba desde que había vuelto del reino de Morfeo. Quería destrozarlo todo. Romper platos. Patear su ordenador y lanzarlo por la ventana. Arrancar la lámpara del techo.\n\nLogró contenerse. Sabía que la ira solo llevaba a más sufrimiento. Si hiciera algo de todo eso, no arreglaría nada y después, además, tendría que arreglar el estropicio. Su único remedio, lo único lógico que podía hacer, era aquello a lo que su metabolismo lo obligaba: conseguir comida.\n\nSe vistió sin ganas y salió de casa, echando los cuatro cerrojos. Bajó las escaleras de su patio esquivando la basura acumulada y salió a la calle. Miró hacia los dos lados.\n\nHacia la izquierda estaba el mercado del Oeste, un lugar donde solía comprar comida cuando aún tenía algo de dinero. Era de baja calidad, pero era comida que en teoría estaba testada contra enfermedades, bacterias y otros peligros y, de nuevo en teoría, pasaba ciertos controles desde que salía del lugar de producción hasta que llegaba al lugar donde uno la compraba.\n\nHacia la derecha estaba el polígono industrial. Allí era donde iban aquellos que, como ahora él, no disponían de un mísero sub.\n\nNo es que allí hubiera nadie repartiendo comida gratis por caridad, desde luego. Pero las fábricas y almacenes del polígono, cuyas fachadas principales estaban dentro del perímetro amurallado de la Ciudad de Valencia, tenían una parte trasera que daba a la zona externa de los muros por donde se deshacían de los desperdicios.\n\nY junto a aquellos desperdicios, habitualmente, había algún alimento que aún se podía comer. O eso es lo que él había escuchado desde siempre, aunque nunca había estado allí más que de paso.\n\nSe giró y comenzó a andar hacia la derecha.\n\nAnduvo por la larga avenida hasta que llegó al punto donde ésta terminaba. Allí estaba el antiguo Hospital Residencial. El lugar donde había fallecido su padre. Se paró delante y se quedó mirando. Recordó fugazmente el tiempo en el que prácticamente había vivido allí adentro, acompañando a su madre en el cuidado de su padre, cuando aún podían hacerse cargo de él.\n\nSiguió andando mientras se decía a sí mismo que si el éxito en la vida tenía cien peldaños, él había nacido en el noventa y nueve, había subido durante un rato al noventa y ocho, y ahora había caído de golpe al cien.\n\nBordeó el edificio del hospital y accedió al pequeño callejón que recorría su parte trasera. Desde éste salía una pequeña calle que subía por un pequeño cerro y más allá, estaban los descampados donde las fábricas del polígono tiraban la basura. Enfiló hacia arriba por la empinada y angosta callejuela.\n\nAl llegar a la cúspide, observó el panorama: Sobre una montaña de desperdicios anónimos, decenas de personas esperaban sentadas cerca de los altos muros de la Ciudad. Algunas iban vestidas con harapos, otras casi ni eso, y otras, como él, aún conservaban vestimentas medianamente dignas. Charlaban entre ellos amistosa y animadamente. No se veía allí un ápice de tristeza o melancolía, todas aquellas personas parecían estar tan acostumbradas a ir allí a diario que lo debían tener interiorizado como parte de su rutina habitual. Un poco más allá, un grupo de gaviotas parecía mirarlos desafiante, esperando rivalizar cuando aquellas compuertas se abrieran.\n\nTeo pensó en todas las veces que había pasado por allí y en lo que había pensado de aquella gente: seguramente eran personas que habían tomado muy malas decisiones en su vida y no se habían esforzado lo más mínimo en evolucionar. Nada más lejos de la realidad. Ahora él estaba allí y sentía que _no había hecho nada para ganárselo_. Estaba seguro de que no era el único en esa misma situación.\n\nAl poco de estar allí arriba simplemente mirando, una de las enormes compuertas que se hallaban incrustadas en el muro de la Ciudad comenzó a abrirse, emitiendo un metálico y desagradable crujido. La gente se levantó civilizadamente y se acercó al lugar, dejando espacio para que cayera el cargamento, mientras las gaviotas emprendían el vuelo. Cuando los portones metálicos dejaron de vomitar desperdicios, alguno de los merodeadores lanzó un par de petardos. Pequeños explosivos que hicieron huir a las gaviotas y a un buen puñado de ratas que sobresaltaron a Teo, que no esperaba aquel movimiento.\n\nVio cómo la gente encontraba lo que buscaba. Sacaban pollos deshuesados enteros de la montaña de heterogénea inmundicia. En otro lado, había cientos de blisters de embutido que debía estar mal empaquetado y no se podría vender en un supermercado. Más allá, alguien había encontrado un “filón” de latas de conserva con abolladuras.\n\nTeo seguía allí arriba paralizado, observando el movimiento, pero incapaz de unirse a él.\n\n—¿Qué haces ahí, chico? ¿No vas a bajar? ¿Has venido solo a mirar?\n\nUna voz cascada, ronca, a su espalda, le cuestionaba. Se giró y vio a un hombre con un aspecto deplorable. Su cara oscura, llena de arrugas, estaba dominada por unas pobladas cejas blancas que apenas dejaban ver sus ojos. Estaba encorvado e iba vestido con unos pantalones vaqueros que debían tener al menos treinta años de uso y una camisa de cuadros negros y rojos al estilo “leñador” que debía andar por la misma edad. Se acercaba dando pasos pequeños y cojeantes, con los pies desnudos.\n\n—Disculpe… —dijo Teo— no quería molestar.\n\n—No molestas —contestó el viejo—, pero ahí no haces nada. O bajas, o te largas. ¿Has venido a por comida? ¿Eres nuevo?\n\n—No… —Teo se moría de vergüenza y estaba medio paralizado, no sabía qué decir— bueno… sí. La verdad es que no tengo nada para comer hoy.\n\n—Je, je, je —rió el abuelo—. Lo suponía.\n\nAquella risa no le hizo gracia a Teo. ¿Acaso estaba haciendo algo tan anormal? El hombre, en seguida, cambió de actitud tras captar su gesto de incomodidad.\n\n—Tranquilo, chico. Mi mujer y yo te daremos algo para que puedas comer hoy. Fíjate en lo que hace la gente y ya empezarás mañana o pasado, no te preocupes.\n\n—¿Me darán? ¿Su mujer? —Dijo Teo, sorprendido al no ver a nadie cerca.\n\n—Sí. Mi mujer anda por ahí abajo. Ah, mira, allí está. Es aquella de allí. Mis ojos ya no son lo que eran…\n\nEl viejo señaló a una mujer que a Teo le pareció mayor, pero no tan vieja como él. Estaba junto a un grupo de hombres e intercambiaba cosas que ella había encontrado por cosas que tenían los otros. O al menos, eso es lo que parecía.\n\n—Siempre trae de sobra —continuó el hombre— para dárselo a los niños de la Plaza de Abajo. Antes bajaba a ayudarla, pero ya no puedo…\n\nSe señaló los pies desnudos y Teo se fijó mejor en ellos. Tratándose de un hombre de piel negra habría esperado ver sus plantas de un color algo más claro, pero lo que se veía era una piel destruida, alquitranada, pútrida, enfermiza. Parecía que tenía suelas, o cascos como los de los caballos. Alrededor de los tobillos también se observaban varias venas inflamadas que tenían una pinta horrorosa. Teo se sintió impresionado y algo retraído pero, al mismo tiempo, sintió lástima por aquel viejo, que continuó hablando.\n\n—Habla con mi mujer ahora cuando venga y si quieres, mañana bajas con ella. Cada vez viene más gente, pero aún hay de sobra para todos. Aquí nadie pasa hambre. Siempre que no quieras sólo caviar, claro. Ja, ja, ja.\n\nTeo asintió con la cabeza, pero tardó en contestar. El buen humor de aquel hombre le ponía nervioso. ¿Nadie pasaba hambre? Claro, pero ¿a qué precio?\n\nLa mayoría de las cosas que tiraban allí se descartaban porque había algún desperfecto en los envoltorios, pero eran perfectamente comestibles. La mayoría. El otro pequeño porcentaje de comida que se tiraba porque tenía mal aspecto o porque no había pasado los controles sanitarios era realmente peligroso.\n\nComer algo de aquello debía ser como jugar a la ruleta rusa. ¿Pero qué alternativa tenía?\n\nLa única que se le ocurría era robar. Pero si la policía de la Ciudad te pillaba robando y eras de afuera de los muros… lo más probable era que no se celebrara juicio y que tu cuerpo acabara en el fondo del Turia. Casi prefería la opción de morir envenenado.\n\nFinalmente, contestó:\n\n—Gracias, señor…\n\n—Jankauskas. Olivier Jankauskas. Los amigos me llaman Jan —le extendió la mano, que Teo estrechó con timidez.\n\n—Gracias, señor Jan…kauskas —repitió, terminando la frase algo extrañado.\n\n—Un nombre raro, ¿eh? Pues verás, soy negro, pero nací en Lituania. Mi familia emigró allí hace generaciones. Mis padres y mis abuelos son de Kaunas, como yo. Pero yo me largué de allí.\n\n—¿Qué pasó? —se interesó Teo, tras notar que el viejo tenía ganas de contarlo.\n\n—Pasó que aquello era una basura tan grande como ésta. Un amigo que había estado aquí me engañó. Me dijo que aquí estaban mucho mejor y se ofreció a prepararme el viaje y conseguirme trabajo de guía turístico, a cambio de un dinero.\n\n—Ya veo…\n\n—Efectivamente, me tomó el pelo. Aquí ya no quedaba turismo ni quedaba nada. Resultó que no era tan amigo y se largó con mi dinero y sin darme nada de lo que me prometió. Al menos, pude pagar el viaje.\n\n—¿Y por qué no volvió?\n\n—A dónde, ¿a Lituania? La cosa es más o menos como aquí. Una vez te quedas fuera de los perímetros, no eres nadie. Además, tampoco quería comerme mis palabras. Me fui de allí enfadado con mi padre y no quería que supiera que me había ido mal. Lo estuve engañando durante años, enviándole cartas contándole cosas que me inventaba. El pobre hombre murió pensando que a su hijo le había sonreído la vida.\n\nTeo miró al hombre de nuevo y entendió las ganas que tenía de compartir su experiencia vital. Con eso que tenía en los pies y la pinta ajada que tenía en general, no debía ver su final muy lejano.\n\n—Conocí a Carmen —continuó Jan—. Me enamoré, se enamoró, y no me iba a volver ya ni en broma. Llevo casi treinta años aquí con ella. Por un tiempo vivimos de la artesanía y yo reparaba algunos aparatos, pero nuestras manos dejaron de funcionar tan bien y además, ya nadie decora nada ni hay aparatos que arreglar.\n\n—Lo siento… —dijo Teo, avergonzado.\n\n—¿Tú qué vas a sentir? No hay nada que sentir, muchacho. Tú no tienes la culpa. Y tampoco es tan malo. Comemos desperdicio de la Ciudad, pero a veces ese desperdicio es mejor que lo que venden en el mercado del Oeste.\n\n—Pero… no tiene usted zapatos. ¿Quiere unos? Yo creo que tengo algo por casa…\n\n—Ja, ja, ja —volvió a reír el abuelo—. Tranquilo, chico. Gracias por el ofrecimiento, pero estas pezuñas ya no caben en ningún zapato. Ni chanclas me puedo poner. No creo que vaya a poder volver a calzarme nunca, pero al menos esto lleva tiempo sin empeorar demasiado.\n\n“ _Demasiado_ ”, pensó Teo. Aquel hombre parecía que se lo tomaba todo como lo más normal del mundo. Eso era lo que tenía, lo aceptaba y vivía con ello. Por la cara que tenía, aunque cubierta de arrugas, se podía decir que era incluso feliz. Teo no entendía nada. A él la rabia le consumía por dentro. Aquella situación le parecía inhumana.\n\nMientras conversaban, la mujer de Jan se había acercado a ellos y ahora ya se encontraba a solo unos metros. Ella era algo voluminosa y tenía todo el aspecto de “señora de pueblo” que uno esperaría si busca el término en el diccionario. De brazos y piernas gruesas, su porte parecía menos atlético de lo que en realidad era. La edad se notaba en sus arrugas y en el aspecto de su piel blanquecina que en algunos lugares dejaba ver algunas varices, pero al menos, no era algo esperpéntico como lo de su marido. Su cara parecía afable.\n\n—¡Abuelito! —exclamó, saludando a Jan— ¿Ya has hecho un amigo?\n\n—¡Abuelita! —contestó el lituano— Sí, ¿has visto qué lozano? ¡triunfo entre la juventud! Ja, ja, ja… el pobre es la primera vez que viene. Está asustado. Y hambriento.\n\nCuando llegó a su lado se dieron un piquito y chocaron la nariz, como los esquimales. A Teo le pareció entrañable, pero se sintió aún más cohibido.\n\n—Se llama… ¡chico, no me has dicho tu nombre!\n\n—Se llama Teófilo —intervino en seguida Carmen, mirándole a los ojos.\n\n—Sí… ¿cómo lo sabe?\n\n—Te conozco. Mi madre y yo estuvimos ayudando en el hospital, cuando el primer apagón gordo. Yo era más joven y tú también, claro. Eras casi un chiquillo, no te acordarás de mí. Fueron tiempos difíciles…\n\n“ _Como si estos no lo fueran_ ”, pensó Teo, pero se calló. La señora continuó hablando.\n\n—Tu madre también estuvo viniendo por aquí hace tiempo. Y hablaba de ti. Estaba muy orgullosa. Decía que su hijo era un gran matemático. Pero dejó de venir hace ya mucho. ¿Sabes qué es de ella?\n\n—No… —contestó Teo, a quien los ojos se le estaban empezando a aguar y la voz empezando a quebrar— hace mucho que no sé nada de ella. Seguro que usted la ha visto hace menos tiempo que yo. De vez en cuando alguien me dice que la han visto aquí o allá, pero cuando voy, no está. Hace mucho que no la veo.\n\n—Cuando estuvo aquí, se notaba que no estaba bien —dijo la mujer, sincera, meneando la cabeza—. Le afectó mucho la muerte de tu padre. Sólo hablaba de reventarlo todo, de venganza y cosas así. Lo siento, chico, no tenía que haber dicho nada…\n\nTeo ya no podía disimular las lágrimas. Su mente había dicho basta. No podía continuar con buena cara, estaba destrozado y necesitaba desahogar todo aquel sufrimiento. La mujer se le acercó y le abrazó.\n\nCuando lo hizo, él se sintió muy reconfortado, hacía mucho tiempo que no le abrazaba nadie y que no sentía el cariño de un ser humano. Sus pulmones se llenaron y soltó un largo suspiro que le sirvió para recomponerse y cuando la mujer se apartó, pudo hablar de nuevo.\n\n—Gracias, señora Carmen. No se preocupe, le agradezco mucho los ánimos. Estoy pasando por un momento jodido.\n\n—Es duro la primera vez que vienes aquí, cariño —dijo la mujer, maternal—. Es normal. Uno tarda en aceptarlo, pero al final no está tan mal. Mira lo que traigo.\n\nLa mujer abrió la bolsa que llevaba colgando de la espalda y le enseñó el interior. Los cuartos traseros de un pollo, un buen puñado de latas de conserva abolladas y varios blisters de plástico con salchichón de pavo y chorizo pamplonés. La señora metió la mano y removió, y sacó de debajo de todo aquello un par de cajas de plástico opaco, que le extendió a Teo.\n\n—Toma, son comidas preparadas. Cuando las han tirado será porque falta algo adentro, pero suelen llevar casi todo lo que pone en la tapa que tienen. Además, tienen peso —dijo, mientras sopesaba el paquete—. Tienes uno para comer y otro para cenar.\n\n—Muchísimas gracias. Se lo agradezco mucho, pero no puedo aceptarlo. No les voy a quitar su comida. Ahora bajaré yo y cogeré lo que pueda…\n\n—Chico —le cortó la mujer, seria—. Cógelo y no rechistes. Hasta dentro de seis horas no van a abrir la compuerta otra vez y la ración de mediodía suele ser bastante peor que la de por la mañana. Ahora ahí ya no queda nada, se lo han llevado todo. No desperdicies lo que te ofrecen.\n\n—Claro, disculpe… —dijo Teo, cogiendo las cajas— es que me sabe fatal. Se van a quedar ustedes con menos por mi culpa.\n\n—No te preocupes por eso, niño. Para nosotros hay de sobra. La mayor parte de esto es para los niños de la Plaza de Abajo. La mitad tienen padres drogadictos que no les da ni para venir aquí, si no les llevamos nada se morirían de hambre.\n\n—Pues peor aún, ¡le estoy quitando la comida a unos niños!\n\n—¡No señor! —dijo la mujer, que casi parecía cabreada— Hay de sobra y casi siempre acaban tirando la mitad. Esos niños están por civilizar. No te preocupes. Come tranquilo.\n\nTeo guardó los dos paquetes en la mochila que él mismo había traído, y no pudo más que agradecerles otra vez. No sabía qué más hacer.\n\n—Si puedo hacer algo por ustedes…\n\n—Eres joven —habló el viejo Jankauskas—, lo mejor que puedes hacer es no acostumbrarte mucho a esto e intentar salir de aquí. Si no tienes trabajo, quizá yo pueda enseñarte a arreglar algunas cosillas…\n\n—¡Calla, abuelo! —le espetó su señora— ¡No marees al chaval! Es matemático, no se va a poner a arreglar neveras. Además, si ya nadie te traía nada, ¿qué cosa inútil les vas a enseñar?\n\nLa señora calló a su marido y se dirigió de nuevo a Teo.\n\n—Ve a casa, come y descansa. Cuando estés bien, busca a alguien que te ayude a conseguir trabajo. Aún eres joven, chico. No hay nada, pero tú tienes estudios. Tarde o temprano te saldrá algo.\n\n—Muchas gracias otra vez, señora. Lo haré.\n\n—Ale, nos marchamos, que quiero poner este pollo al fuego y aún tenemos que pasar por la plaza. Cuídate, Teo.\n\nLa mujer se giró y comenzó a descender hacia el hospital por la pequeña carretera de la colina. El hombre se despidió con un ademán gracioso y una sonrisa de oreja a oreja, orgulloso de haber ayudado a un pobre chico, cojeroso y con paso corto, pero feliz. Teo se quedó allí un instante.\n\nY en cuanto los perdió de vista, las lágrimas brotaron de nuevo de sus ojos. Su madre _estaba orgullosa_ de él, y él no era más que otro mierda. La rabia se había convertido en extrema tristeza. Toda la fuerza se le había ido. Su mente estaba oscura y llena de nubarrones. Aquella mujer había dicho que su madre no paraba de hablar de venganza. Le vino a la cabeza aquello que, con mucho esfuerzo, había conseguido borrar cuando ella se marchó.\n\nLe vino a la cabeza su cara desfigurada por la droga y cómo hablaba de forma casi maniática de prenderle fuego a todo. De entrar en masa en la Ciudad y hacer todo el daño posible hasta ser abatidos. Todos tenían la culpa. Nadie le hacía caso y, como mucho, sentían pena por ella. No sabía cómo sentirse cuando la recordaba así. Y eso aún lo ahogaba más.\n\nEra imposible pensar en nada para salir de aquella situación, pero en cierto modo, también le molestaba la complacencia y la actitud de aquellos abuelitos. Les estaba completamente agradecido por la ayuda, pero no podía entender aquella forma de pensar tan conformista. En ese momento, entendía mucho mejor la de su madre: había que quemarlo todo. Todo.\n\nPor otro lado, él había vivido en la Ciudad y sabía muy bien que la gente de allí no tenía la culpa de su situación y tenía sus propios problemas. Aunque, al mismo tiempo, también sabía que a aquella gente la situación de los barrios exteriores les importaba un pepino.\n\nEntonces se dio cuenta de que también a él le había importado bien poco la situación de las personas como las que acababa de conocer, aquellos que rebuscaban en la basura, hasta que se había convertido en uno de ellos.\n\nLe dio asco la humanidad entera, empezando por sí mismo. Deseó que desapareciera, por completo.\n\nVolvió a su casa hecho un zombi. Casi le atropellan unos niños en bici y ni se inmutó. Se tropezó varias veces con escombros y cascotes que había por el suelo y ni le dio rabia. Casi se pasa de largo el patio donde estaba su domicilio. Subió a su casa con las mismas ganas, tardando un buen rato en llegar al tercer piso, arrastrando los pies por la escalera. Abrir los cuatro cerrojos se convirtió en un trabajo horroroso. Accedió y se volvió a lanzar sobre su sofá, que debía estar harto de verle llorar.\n\nPero se dijo que hoy no lloraría más. Que ya estaba bien. Tenía que ser más fuerte. Se levantó y llevó la mochila con los paquetes de comida a la cocina. Dejó uno en la nevera tras comprobar que seguía llegando la corriente eléctrica y se llevó el otro al salón para comer.\n\nSe sentó de nuevo en el sofá con un tenedor en la mano y abrió el paquete con cuidado. Nada del otro mundo: una ración de arroz con salsa, un par de croquetas y unos palitos de pan, cada cosa en su correspondiente receptáculo de plástico. El hueco que había en la parte superior izquierda estaba vacío, y aquella ausencia debía ser lo que había hecho que ese paquete fuera descartado para su venta y pudiera ser disfrutado por él o cualquiera de los demás merodeadores del vertedero. No le pareció que hubiera ningún otro problema. Todo era comida precocinada y no hacía falta ni calentarla. La comió con gusto.\n\nTras el ágape, sus ánimos se calmaron. Subyacía la rabia y la indignación que había sentido en la jornada matinal, pero con el estómago lleno, las cosas se veían de otro modo. Seguía sintiendo que tenía que hacer algo, que debía actuar antes de terminar acostumbrado a malvivir o desanimado por la presión de la mera subsistencia. Si no aprovechaba su rabia, ésta se vería diluida en el día a día por la aceptación de su situación mísera y terminaría siendo como aquellos dos abuelitos.\n\nÉl era joven. Ya no tan joven como le gustaba pensar, probablemente, pero aún se notaba con energía. Aún tenía capacidad de sentir rabia y de pensar que ésta podía canalizarse para conseguir algo positivo. Cambiar las cosas. Pero necesitaba ayuda, que alguien le dijera qué es lo que podía hacer para tratar de cambiar algo. Y sabía que parte de esa orientación podía provenir de aquel misterioso correo electrónico.\n\nSe echó una siesta de dos horas y al despertar, decidió que era el momento idóneo para, de una vez, ver qué había allí dentro.\n\nConectó su ordenador a la red, volvió a acceder a su buzón y allí estaba, entre los cientos de correos publicitarios. Hizo clic y en la parte derecha se abrió el contenido. Quedó decepcionado y al mismo tiempo, intrigado.\n\nEl correo no tenía nada más que unas pocas palabras. Había esperado una disertación sobre la injusticia de la sociedad, un discurso sobre cómo y por qué el grupo terrorista justificaba sus acciones. Una mínima arenga para convencerlo. Pero sólo había una pequeña frase que indicaba una dirección y un rango de tiempo:\n\n“Hotel Las Arenas. Cualquier día de marzo. 00:00”\n\nY no había nada más.\n\nEra tres de marzo, así que tenía todo un mes para pensárselo, pero le había decepcionado que aquel fuera el único contenido del mensaje. Decepcionado, pasó la tarde limpiando y ordenando su casa. El orden y la limpieza ayudaban a tomar buenas decisiones y tenía que aprovechar que su humor ahora no era demasiado malo, así que se pegó una buena paliza.\n\nCuando terminó estaba otra vez hambriento, pero decidió que antes de nada debía pegarse una ducha. La higiene personal era igualmente importante para estar al cien por cien. Por desgracia, después de desnudarse y preparar la ropa para ponerse después, al entrar en la ducha y abrir el grifo ni una gota de agua salió por la boquilla. Al parecer, ahora era el agua lo que habían cortado. Probablemente volvería en un par de horas o en par de días, y tenía guardada agua para beber, pero un hilo de rabia volvió a su cabeza: ¿Por qué debían soportar todo aquello?\n\nEnfadado, se vistió, fue a la cocina y rescató el otro paquete que le había dado la abuela Carmen por la mañana. Cenaría y probaría suerte con la ducha después. Quería eliminar ese pequeño sentimiento de rabia que le había dado la falta de agua, y la comida sería un buen desenrabiador. Aquel arroz no estaba mal del todo.\n\nSe sentó en el sillón tras dejar la bandeja de comida en la mesa y coger los cubiertos. Comenzó a levantar la tapa de plástico elástico y opaco que cubría la comida, adornada con motivos publicitarios de colores excesivamente chillones. Y al retirarla, poco a poco, se fue dando cuenta de que esa noche no cenaría.\n\nCientos de hormigas correteaban entre las croquetas. El plato de arroz blanco estaba salpicado de pequeñas motas negras que correteaban de aquí para allá. Había casi más bichos allí dentro que alimento comestible.\n\nDe un movimiento rápido, agarró la bandejita y la estampó contra la pared de enfrente con todas sus fuerzas. El arroz, junto con las croquetas y cientos de hormigas y otros insectos salieron despedidos en todas direcciones. La ira lo atrapó y no lo dejó ir hasta que, a base de patadas, puñetazos y mordiscos, rompió el cristal de su mesita, hizo un agujero en la espuma del sillón y dejó su lámpara dando vueltas mientras se enrollaba en el cable del que colgaba del techo.\n\nDespués del último puñetazo a la pared, que le había dejado los nudillos ensangrentados y un dolor fuerte y tembloroso en la palma de la mano, cayó al suelo rendido, sollozando, sudando y con ganas de morirse… o de matar.\n\nTras un largo y desacompasado suspiro, miró a un lado y vio su despertador tirado en el suelo, junto a restos del cristal de la mesa, con la hora parpadeando en color rojo.\n\nEran las 22:15. Aún tenía tiempo de ir a aquel hotel.",
"title": "La presión espacial. Capítulo 4: Vertedero",
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