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  "publishedAt": "2026-06-07T10:40:41.868Z",
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  "textContent": "# Capítulo 7. El luthier\n\n—Tengo una sorpresa para ti, cierra rápido la puerta.\n\n—¿Qué tienes entre las manos?, déjame ver.\n\n—Pon tus manos en forma de cuenco y cógelo con cuidado. —dejó caer un pequeño saltamontes que había cogido de una de sus macetas. —Estaba escondido tras el tallo de la maceta de los jazmines.\n\n—¿No sería mejor dejarlo marchar, abuela?\n\n—Tienes razón, sería injusto apartarlo de su destino, aunque los destinos a veces se eligen.\n\n—¿Se puede elegir el destino?\n\n—A veces sí, lo importante es elegir bien. Acompáñame hasta el balcón, lo dejaremos donde lo hemos encontrado. —arrancó unos cuantos jazmines de la maceta colocándolos en el bolsillo de mi camisa.\n\n—Con esto, no necesitarás usar perfume, su fragancia es mucho mejor.\n\n—Retomemos nuestra historia. Solo cuando hayas escuchado todas las partes tendrás una idea precisa de lo que trato de contarte. —el aroma a jazmín perfumaba sus palabras.\n\n— Si me dejas hacer una petición, te pediría que esta noche me contaras algo menos trágico. Anoche me costó conciliar el sueño.\n\n—La historia es la que es, no debo cambiarla. Toca conocer al artesano, Carlote.\n\nLa luna iluminaba las macetas. El saltamontes seguía donde lo dejamos, inmóvil. Tuve la sensación de que se sentía a gusto.\n\n******\n\nQuizás fue la suerte, o puede que algo que escapa al entendimiento, lo que hizo que aquel día pasara un luthier por el cementerio de barcos. Un luthier en busca de madera para nuevos instrumentos. En su larga trayectoria profesional se había labrado un buen nombre, pero no había conseguido llegar más allá de los límites de la vieja ciudad donde residía. Sin embargo, se sabía poseedor de una gran virtud: sus instrumentos algún día inmortalizarían su apellido.\n\nConstruía aportando las cualidades de músico a las de carpintero, sumadas al don que lo acompañó desde su nacimiento y del que no supo nunca el nombre: poseía oído absoluto. Percibir en la madera ciertos matices sonoros inapreciables por el resto de sus colegas convirtió sus instrumentos en objetos de deseo para su círculo de músicos más cercano. Era cuestión de tiempo que sus proezas llegasen a oídos de un gran músico. La oportunidad llegó de lejos, de más allá del océano, del nuevo continente.\n\nFue entonces cuando comprendió que necesitaría una madera distinta para sorprender a su cliente especial. Había recorrido durante meses multitud de aserraderos sin encontrar lo que buscaba, pero aquel día todo cambió.\n\nAl acercarse desde lejos en el muelle, antes de llegar al barco, se dio cuenta de que allí tenía un aserradero para él solo. La madera de aquel barco era algo fuera de lo común: su color era intenso a pesar de la decadencia del lugar y del aspecto de abandono. Subió a bordo y sacó de su morral una pequeña maza con la que comenzó a golpear los tablones para hacer pruebas de resonancia. Golpeó mástiles, cuadernas, tablones arrancados y esparcidos por la cubierta, escuchando su respuesta. Quería localizar la madera más cercana al centro del árbol, por experiencia sabía que era la mejor, pero allí había demasiada para provenir de un único árbol. Fijó su mirada en el mascarón de proa: era un tablón grueso, enorme. Lo golpeó con fuerza.\n\n—Suena bien. —Fijó la mirada en la talla—. Espera, Carlote, es tan delicada, tan compleja en sus detalles, ese rostro… —Volvió a golpearla—. Umm, suenas muy bien, belleza. —Algo lo detuvo, una duda frenó su mano cuando comenzó a aserrarlo—. ¿Y si no eres el único que suenas bien? Mereces una oportunidad.\n\nContinuó su búsqueda. Se dirigió a la popa frotando la maza con toques rítmicos por doquier.\n\n—¡Podría construir una orquesta si me lo propusiera contigo! Eres una caja de resonancia. ¡Cómo vibras, armatoste!\n\nNo terminó de pronunciar la última palabra cuando tropezó con un saliente mal clavado que se elevaba junto al timón.\n\n—¡Maldita sea, casi me caigo! —Lo golpeó con fuerza para arrancarlo, iracundo—. Casi me parto los dientes por tu culpa.\n\nEl sonido al golpearlo con fiereza le hizo retroceder.\n\n—¡Aquí estabas! Esto es lo que buscaba, y has sido tú el que me has encontrado a mí. —Lo regresó a golpear probando por zonas—. Y hueles mejor.\n\nLa fragancia que desprendía lo hizo tambalearse y casi perder el conocimiento.\n\nEl violero se marchó pensativo con su tablón en la mano. Era una madera como pocas había visto hasta entonces. No era palo santo, ni ébano, ni caoba, ni siquiera koa. La estudió a fondo comprobando densidad y contracción para obtener información precisa. No obtuvo pistas del tipo de árbol del que procedía. Tampoco nadie supo decirle.\n\n—Quizás proceda de un árbol exótico —se dijo, centrándose en lo que importaba.\n\nNo dudó ni por un instante del éxito de su misión. Dedicó años y todo su talento a transformar aquel trozo de madera. Cortó con pericia las ranuras de los trastes para obtener una profundidad homogénea, se encerró en su taller durante días para lograr la belleza de una roseta digna del instrumento que pretendía construir. En su búsqueda de la perfección se obsesionó con los barnices, buscando en tratados antiguos de alquimia la fórmula que permitiera proteger al instrumento dejando transpirar a la madera. Mezcló tinturas en fórmulas oleosas proporcionando un ligero toque de color que identificara su creación. Cuidó con mimo todos los detalles, de sobra sabía que cualquier error afectaría a la calidad del resultado.\n\nLa sorpresa llegó después. Pese al esfuerzo, la sonoridad no era la esperada para un instrumento de esa calidad, y esto era el menor de sus males. Revisó todo el proceso intentando mejorar la resonancia. Se cuestionaba qué estaba haciendo mal, pero ensimismado en sus pensamientos negaba cualquier fallo por su parte. Su sueño se desvanecía y, en su desesperación por convertirla en algo único, todo se tornaba en lo contrario.\n\n—Jamás he tenido entre mis manos una materia prima de tanta calidad que dé peor resultado. Seguiré insistiendo, lijaré día y noche si es necesario —renegaba para sus adentros.\n\nPasaba tantas horas en su taller que había naturalizado hablar consigo mismo, aislándose del exterior.\n\n—Has conseguido alterar mis nervios y mi salud.\n\nDaba por seguro que algo extraño sucedía y que se escapaba a sus alcances. Tenía sueños raros y llegó a suponer que la madera estaba hechizada o embrujada. Cuando despertaba por las mañanas murmuraba:\n\n—¡Paparruchas! —negándose a dar una explicación irracional a todo lo que le estaba sucediendo, ni siquiera cuando las cuerdas saltaban al intentar afinarla—\n\n—¡No me vas a volver loco, a Carlote no!\n\nLa colgó en el escaparate.",
  "title": "EL TEMPLO (LA SEMILLA) III",
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