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  "publishedAt": "2026-06-06T04:37:07.300Z",
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  "textContent": "Han transcurrido cinco noches desde la llegada de la tribu de artilleros. El ambiente festivo de las calles disminuyó con el pasar del tiempo, pero todavía es posible ver las calles abarrotadas.\n\nLa primera noche descubrió que la gente se reunía a diario, en la explana triangular o en edificios que al mago le parecían iguales entre sí; estrechos y alargados, con varios niveles de distinto tamaño, uno sobre otro y con los más pequeños en la punta. Los muros perforados por finas ventanas rectangulares a través de las cuales se proyecta un resplandor ocre, y los tejados rodeados de barandales y rejas. En el cielo, la perpetua oscuridad de la cueva.\n\nAlgunos grupos permanecían expectantes de la llegada de alguno de los ancianos faltantes, otros rezaban entre murmuros, con el rostro sumergido entre las manos y recluidos en lugares de culto. Las tormentas no amainan y las caravanas no pueden avanzar en medio del despiadado meteoro, dice la gente. Ma menciona lo mismo esa noche.\n\nEl desierto es intransitable. Las gentes de la Galería más todos aquellos viajeros de otras tribus, recluidos bajo la propia tierra. Un mar de gente que come, bebe y busca satisfacer un infinito de necesidades individuales. Cinco noches desde la última ventana de calma que conocieron las arenas. Imagina al sol salir y ocultarse, invisible detrás del inmenso muro de arena y viento. El hambre azotará a las caravanas en las próximas horas y junto con la fría noche, mermarán su resistencia. _“Los viajeros son fuertes, pero nadie pensaría en pernoctar al exterior durante más de un par de noches”,_ le dijo Zev durante la segunda noche. _“Los esnórak habrán comenzado a acecharlos ya”._\n\nEl color volvió a su semblante poco a poco, del mismo modo que los calientes brebajes se enfrían durante las calurosas tardes. Lento, los flujos de calor arrastrándose con pesadez hacia el exterior de los cuencos de tersa arena cocida. Desasosiego. La espera para poder beber sin quemarse los labios exacerbaba el desasosiego. Ansia por beber de los cuencos adornados con pajaritos azules pintados a mano. Así era de angustiante la tardía mejoría de Zev. La comida no conseguía saciar su hambre, le había dicho. Ma continuaba ofreciendo los extraños jugos a diario, y ellos los bebían sin preguntar.\n\nLa mujer seguía una estricta rutina día tras día; la primera en levantarse por las mañanas, tras tomar alguna infusión que preparaba en el momento, salía de la casa y no volvía hasta pasado el mediodía. Era entonces cuando Nowa solía entrar por la puerta, saludando en voz alta y cargando una bolsa de manta. Ma se echaba encima una bolsa similar, y así, salían juntas en dirección al mercado. A menudo regresaban después de unas horas, Nowa cargando las bolsas llenas y Ma exhausta por el recorrido.\n\nAquella tarde les acompañó. El aire se sentía especialmente caliente, sofocante. Decidió dejar la capa sobre la cama y cayó en cuenta de lo frescas que resultaban las fibras que tejían en el desierto. Los tenderos ofrecían toda variedad de frutos, algunos diminutos y rojos, acomodados en finos racimos. Otros grandes y de colores cálidos, de piel brillosa y gruesa, moteada o rallada. La carne era escasa, pero el pan abundante. Las cambas se ofrecían en todos lados, mientras todos las compraban.\n\nCuando una mujer joven se acercó a Ma, y ofreció un envoltorio de tela, dijo algo en la lengua del desierto, recibiendo una sonrisa como respuesta. Las frágiles manos tomaron el paquete, y lo pasaron a Nowa, quien lo guardo en una de las bolsas. Sin tomarle importancia, siguió a Ma, quién ahora caminaba entre carpas, tiendas y alfombras tendidas en el suelo, en busca de quién-sabe-qué. Él también cargaba una bolsa, pero reacias a que hiciera esfuerzo, ninguna de las dos le había pasado nada demasiado grande o pesado. Una segunda mujer se acercó a Ma, y la escena se repitió con ligeras variaciones. La situación ocurre un par de veces más, y entonces el extrañamiento en él es visible.\n\n—Las personas a menudo me piden que prepare medicinas para sus gentes —explica Ma de improvisto—. Es injusto cobrar por tal don. Pero ellos insisten en pagarme.\n\n—Aunque la mayoría solo le dan regalos para su guapo nieto —interrumpe Nowa, burlona. clava su mirada en él, y entonces siente un incómodo calor subir por su rostro.\n\n—Es terrible que sea un muchacho tan huraño —suspira Ma.\n\nSalieron de entre el mercado caminando lento. Observó que andaban cuesta arriba, recorriendo los crípticos callejones de varios niveles. Cuando al fin llegaron a una plaza circular oculta entre edificios más altos, la anciana respiraba con fuerza. Un edificio distinto se alzaba al otro lado del lugar; de un solo lado homogéneo y ventanas romboidales, algunas coloridas, su cilíndrica presencia contrarió al mago.\n\nSi el templo central de La Ciudadela ha de tener un homólogo entre las construcciones de la Galería, ciertamente sería aquel edificio. El interior estaba iluminado por una tenue luz amarilla, escupida por infinitas lenguas de fuego que adornaban el único muro, sostenidas sobre finos pabilos ardientes. Una suerte de escalinatas recubiertas en bronce ocupaba la mitad más interior de la sala, como a modo de anfiteatro y, justo a la mitad de las filas de escalones, la imponente estatua de un hombre se erigía, dominando el lugar. Al mirarla, la creyó recubierta en oro y adornada con joyas, hasta comprender que, en realidad, era la misma chapa rojiza de los escalones que la bañaba. Tras adaptarse al paisaje de luces tambaleantes, sombras y reflejos, descubrió que distintos objetos descansaban sobre los escaños. Frutas, jarrones y telas, enredados arreglos de alambres y piedras brillantes, libros desgastados y hojas de papel.\n\n—Son ofrendas… —dice muy bajito. Para sí mismo.\n\n—Son reliquias —lo corrige Nowa—. Él es Aheb, quién ascendió como Voluntad tras presenciar el reintegro de su cuerpo muerto.\n\n—No veo diferencia, lo lamento.\n\n—Creemos que Aheb las infunde con su fuerza. Tal vez habrías de comprar alguna —sugiere, y el mago percibe que lo hace indecisa—. Es tradición ofrecer obsequios a los cazadores que vuelven de arduas luchas.\n\n—Así que eso es —abre los ojos y levanta las cejas, esclarecido—. Desearía hacerlo, pero no tengo dinero alguno —Y es cuando ella le extiende una bolsita de cuero, al abrirla, encuentra algunas piezas de metal cuadrado, plateadas, y algunas laminitas negras y triangulares.\n\n—Le han pagado por deshacerse del nido.\n\n—Así qué… —inquiere.\n\n—Dijo que una parte te corresponde —dice ella—. Pero sería problemático si él o Ma te ofrecieran dinero —Él se guarda el saquito en el bolsillo.\n\nTras mirar las reliquias con detenimiento, encuentra que la mayoría son alimentos, flores u objetivos carentes de forma y propósito, que a simple vista pasarían como basura. Además de ostentar un elevado precio, las reliquias le parecieron algo más bien inservible. De cualquier manera, si habría de obsequiarle algo a Zev, tendría que procurar llevar algo acorde a su deuda. Pero si una astilla de madera o un pedazo de metal impregnados con el temple de una divinidad no eran suficientes, ¿qué lo podría ser?\n\nLas bolsas repletas descansan sobre una mesa de madera. Al volver, se sorprendió al ver que poco más de la mitad del espacio era ocupado por presentes dirigidos a Zev. Algunos habían sido entregados también a Nowa, en su mayoría por varones y en conjunto con una flor. Aunque en la mayoría de los casos, ella declinaba, amable, a veces la insistencia del remitente le hacía terminar por recibirlos, mas nunca tomaba las Andros. También se sorprende cuando, con naturalidad, Ma comienza a desenvolver los obsequios, tirando algunos directo a la basura, o bien guardando otros en alguno de los infinitos cajones y gavetas.\n\n—De todas formas, no aceptará ninguno —señaló, a la par que hacia un gesto con los hombros. Y entones el mago se preguntó si acaso no sería su obsequio también despreciado.\n\nLa esfera de cristal envuelta en el trozo de tela, al interior del bolso de piel que descansaba a ras del suelo de la habitación, permaneció así hasta la tercera noche. Zev mantenía la mirada fija en el techo, de espaldas sobre su cama. El mago, por su parte, leía sin ser capaz de concentrarse, las frágiles páginas encuadernadas en piel que hacían el diario de su maestro.\n\n—Has recibido tantos presentes en un día —dijo de pronto.\n\n—La mayoría son basura —le responde—. Alimentos con una sazón ajena, los cuales no comeré. O pedazos de chatarra convertidos en reliquia.\n\n—Creí que rezabas a las Voluntades.\n\n—Y con ellas Aheb —asiente, y el mago nota su cabello naranja reflejar la luz. Dos aros metálicos le adornan cada oreja—. Pero el alto favor no puede comprarse. Me niego a creerlo.\n\n—También dudé sobre ello —confiesa—. Pero juzgué mejor no mencionarlo.\n\n—Y mejor no lo hagas. Te meterás en problemas si alguien te escucha. La mayoría no entiende que las cosas no son así —dice con calma. Habla en la lengua del desierto, inhalando entre cada frase, pensando en la siguiente con cautela—: _El actuar de Aheb ha de ser la pauta de nuestro actuar. El ejemplo del hermano mayor._\n\n—Las personas rezaban eso en el templo —observa el mago.\n\n—No me malentiendas, pero a algunos el rezo les ha nublado la percepción —lo dice resignado, harto—. Aheb fue el primero de nosotros, y su actuar lo convirtió en Voluntad. No fueron sus plegarias. Mucho menos fueron los regalos que hacía.\n\n—En la academia nunca recibimos regalos —y aunque su rostro resulta borroso, piensa en la comida prepara con esmero por Aldous, o en la capa verde que ha cubierto sus hombros del frio, una verdinegra fidelidad—. Pero a veces se tiene suerte.\n\nDespués de eso, permanecieron en silencio hasta bien entrada la noche. El mago volvió a su infructífera lectura, y el otro mantenía la mirada fija en las lumbreras, en las paredes y ventanas, en él. Y al verlo así, abstraído, el mago piensa en el Yuri retratado por su maestro, uno fascinado por las estrellas y la mar. Abrumado por la idea, devuelve el diario al bolso y su mano toca la pequeña jaula de metal. La saca para mirarla bajo la cálida luz interior. A contraluz el cristal luce menos oscuro, a excepción del centro de la esfera, que permanece impenetrable, tan negro como el cielo muerto que cobija al desierto.\n\n—Desearía observar las estrellas —exhala.\n\n—Lo harás —dice Zev al levantar la mirada—. He escuchado que Jacon está tan al norte que allí el cielo es otro. Uno limpio.\n\n—Tan al norte —siente la mirada verde sobre sí, atravesándolo como una espada.\n\n—¿De dónde has sacado eso? —inquiere, excitado. Se ha puesto de pie de un salto, y en un instante lo ha tomado por la muñeca con fuerza. De pronto siente miedo del brillo que se plasma en los siempre inexpresivos ojos.\n\n—Yo… —alcanza a tartamudear— lo encontré en el desierto. Antes de encontrarme con ustedes. Lo lamento.\n\nY entonces la presión sobre su antebrazo cede. La esfera cae al suelo, provocando un sonido cristalino, armónico. El cazador lo mira con extrañeza, y ha dado un paso pequeño hacía atrás. Después camina hacia adelante, hasta muy cerca suyo, y se sienta en el suelo frente a él.\n\n—Lo siento —murmura Zev al darle un golpecito en la mano—. De verdad, lo siento. Me he exaltado y te he hecho daño —y él lo observa vulnerable, incluso asustado.\n\n—No me has lastimado —intenta tranquilizarlo, aunque es cierto que el agarre resultó un tanto doloroso—. Solo fue inesperado. Parece que esa cosa es algo muy serio —finge una risa que no sale, y el silencio se vuelve incómodo.\n\n—No lo entiendes —sonríe de pronto, al sostener entre los dedos, y observar, la esfera que recogió del suelo—. Es un **deflector**. Una verdadera reliquia.\n\nComienza a explicar, entusiasmado, que aquel objeto no era menos que un complejo sistema de canalización de zoon. El usuario activaba el flujo, y entonces el deflector proyectaba un mapa del cielo de esa noche. Zev también explicó que, con frecuencia, tales aparatos eran pesados bloques de cristal de gran tamaño, y a menudo la jaula no eran sino gruesos barrotes hechos de metal. Algunos se conservaban como reliquias. Y aquel era el más pequeño que supiese jamás.\n\nPor mero instinto, el mago toma el deflector de la mano de Zev, está fría. Se concentra un momento en aquel artefacto; el metal negro, tan familiar ahora, marcado con delicados símbolos formados por líneas rectas y puntos, todo dispuesto en ángulos bien definidos, casi metódicos. Por un instante se cree capaz de leerlos, pero solo ideas vagas y deformadas acuden a su mente. El centro es de vidrio ahumado, tallado en forma de esfera y tan oscuro como la propia inmensidad del cielo nocturno.\n\nCuando redirige la energía de su ser hacía la palma de su mano y después hacia la esfera, se ve sorprendido por la fluidez con la cual el objeto recibe la corriente, entonces un resplandor azul nace desde el centro de esta; la brillante pupila de un inmenso ojo negro, un ojo entre infinitos ojos, engarzados en algo tan grande que abarca todo, y todo es ello. Un relámpago blanco vuelve oscuro todo, deja caer el deflector, y se frota los párpados. Sin entender demasiado, recupera la vista y observa a Zev en una situación similar.\n\n—Supongo que está descompuesto —maldice el cazador.\n\nLa mañana anterior a la cuarta noche, despertó nervioso, las ropas húmedas por su propio sudor y los pensamientos enredados aún en visiones confusas, en ojos ardientes y seres inconmensurables. Beliat _el ineflable_ se materializa en sus recuerdos. Y siente a su cuerpo recordar el terror que acudió a él cuando leyó aquellas palabras del diario de Aldous.\n\nOcurrió alguna vez, el nacimiento de un orgulloso gigante, hábil guerrero e insuperable estratega. En su vanidad, el gigante había rechazado el favor divino de las Voluntades, y en su lugar, arremetió en contra de ellas. Condujo a su raza hasta una terrible guerra, donde incontables murieron de forma injusta. Pero el gigante no se detuvo, pese al sufrimiento de los suyos siguió adelante. Y era tal su carisma y liderazgo, que ellos lo seguían, fieles como religiosos a sus ídolos. Logró acorralar a una de las altas deidades, a la cual, estando aún con vida, arrancó el corazón con sus propias manos, y aún latiente, lo devoró. Ordenó despellejar el resto del cadáver, escaldarlo en agua hirviente y obtener toda la carne posible. Misma que se preparó y sirvió en un banquete para sus oficiales más valiosos y sus guerreros más sanguinarios.\n\nUna a una, fue acabando con las deidades, uno a uno, devorando sus corazones y ofreciendo después un banquete con su carne. Y tras cada corazón y cada fiesta, su orgullo crecía, y con él crecía su cuerpo. Cuando el orgullo creció tanto que su piel ya no pudo contenerle, sintió su carne desgarrarse y su mente fracturarse, pero la guerra continuó. Y los gigantes seguían muriendo por millares, al ritmo que un nuevo dios era devorado y su cuerpo despojado de todo rastro de identidad y existencia.\n\nUn día, el gigante orgulloso descubrió que era tan grande que el universo comenzaba a quedarle pequeño. Él aspiraba a la mayor de las grandezas, una más allá del propio cosmos. Cuando se aburría de cazar a las deidades, devoraba galaxias enteras y torturaba a civilizaciones por milenios. Por ello, uno de sus infinitos hijos, que han de ser las estrellas que brillan en el cielo, se acercó con sigilo a su lecho mientras dormía. Y así, indefenso, la muerte cayó sobre él. Las deidades celebraron el fin de su tormento, entonces, despiadadas como solo consiguen ser ellas, arrasaron con el pueblo abandonado del líder muerto. No quedó ni uno. Y de los restos putrefactos de aquellos gigantes, las Voluntades formaron nueva vida, de modo que lo que alguna vez fue el universo, es a la vez Beliat, Voluntad y toda vida en sí misma. Fue un amanecer tranquilo.\n\nSe lavó la cara y el cuerpo con un balde de agua fría. Frente al espejo, se sintió aliviado cuando notó que los moretones, los rasguños y cicatrices, se desvanecían poco a poco, un día a la vez. Esa misma mañana, Ma les hizo tragar puñados de olorosas hierbas secas envueltos en amplias hojas grisáceas y quebradizas. El sabor resultaba espantoso, tan astringente que no podría describirlo desde su percepción, pues ni el remedio sangriento al cual comenzaba a habituarse borraba ese gusto intenso. Bebió un vaso entero de vino, intentando limpiar su paladar. No lo consiguió. Aun así, era la amarga medicina elaborada por aquella mujer lo que había devuelto la vida al rostro de su nieto, quien había empezado a recuperarse de su delgadez.\n\nZev salió de la casa antes que nadie aquel día, apenas tragó las medicinas de Ma. Sin despedirse y a prisas, desapareció detrás de la cortina que separaba la cocina de un estrecho pasillo que hacía de vestíbulo y recibidor. Un par de horas después, Uzi salió por su cuenta, dejando al mago solo entre aquellas paredes. Pensó en aquellas amenazas que Zev profirió en su contra hace tiempo. Él no recuerda cuánto con exactitud, pero en ese entonces habría intentado escapar ante la oportunidad que tenía enfrente. Ahora, descubrió que aún no deseaba irse. Pues qué era Jacon sino una extraña patria a la que habría de dirigirse sin más conocimiento de ella que la dirección en la que se halla y algunos relatos sueltos. Por lo menos la Galería y las tribus eran reales, tanto como lo es La Ciudadela y lo fue Aldous, aunque no del mismo modo, termina por aceptar.\n\nDecidió que, en aquella redescubierta soledad, podría hojear el diario sin interrupciones, creyendo que incluso sus pensamientos fluirían mejor en aquel silencio. Por ello tomó el diario, sacándolo de debajo de su cama.\n\nDentro de la casa, el calor era asfixiante, su piel se sentía pegajosa, adherida a sí misma, de algún modo. Escapó hacia el tejado del edificio, en donde un aire más fresco lo golpeó de lleno. Recargado en el barandal que lo separa de caer desde lo alto de la casa, pasó las hojas, leyendo con detenimiento lo que le era posible captar, pues, aunque era su lengua y sus palabras, algunas cosas carecían de significado, símbolos que ocupaban páginas enteras resultaban extraños para él, incomprensibles. A veces, paisajes que se le antojaban fantásticos aparecían esbozados con temblorosas líneas grises y se confundían en las páginas, abarrotadas de frases y anotaciones, entre recetas para brebajes cuyo uso no se especificaba, o pensamientos anotados al azar.\n\nLas frases más cortas sí eran legibles. Descubrió que la mayoría pertenecían a ideas inconexas pero consistentes. _“El mar es gigantesco”, “Los heptápodos son fascinantes”, “Yuri está más delgado”._ Y el mago permanecía en la misma ignorancia.\n\nImaginaba a Aldous, de rostro borroso ahora, escribiendo crípticamente el diario; un pedazo de su existir, a sabiendas de que un heredero suyo habría de descifrarlo años después. Lo maldijo por ello, y se soltó a llorar, en silencio.\n\n_“¿Cómo podré saber si la clave continua integra sin recordarla?”_ pensó. _“De la misma forma que este diario, el desconocer la naturaleza del conjuro, me impedirá protegerlo”,_ suspira. _“De modo que, así como he perdido a Aldous, podría perderlo un día, de improvisto, pero entonces ya no lo sabría”._\n\nAl secar sus lágrimas, pensaba en las palabras que daban forma a la clave, y mantenía en secreto, palabras que eran todo y nada. Entonces las recordaba, con la claridad con la que se recuerda un día lejano. Inseguro, ante la idea de que aquellas podrían no ser las mismas que le fueron entregadas, trata de hacer un inventario mental de sus recuerdos, pero está todo. Siempre lo estará.\n\nEsa también fue una noche intranquila. Ma había vuelto hasta entrada la tarde y Zev no volvió. Beliat apareció frente a él un par de veces a lo largo de su sueño. El rostro lastimado de Zev también lo hizo. Se observó luchando, desesperado por su vida y por la de él. Cargando contra la manifestación de la nada en un intento por sobrevivir. Y por un momento tuvo certeza de cual debía ser el fin máximo de un conjunto fundacional; su más recóndito propósito. A punto de invocarlo, aún dormido, se olvidó su antes de susurrar.\n\nAl despertar, se encontró con la casa vacía. El silencio disonaba con aquel hogar, pues Ma es más bien ruidosa al hablar y la presencia de Zev, que se mueve con ligereza y casi no habla, de algún modo llena el espacio.\n\nTras lavarse la cara, el mago se echó la capa encima y, poseído por un extraño presentimiento, salió a la calle, pues debía escapar de la Galería. Es el quinto día desde la llegada de los artilleros.",
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