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Hamlet : Escenas 12 y 13

fictograma [Unofficial] June 5, 2026
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Escena XII

HAMLET, LA SOMBRA DEL REY HAMLET

Parte remota cercana al mar. Vista a lo lejos del Palacio de Elsingor.

HAMLET.- ¿Adónde me quieres llevar? Habla, yo no paso de aquí.

LA SOMBRA.- Mírame.

HAMLET.- Ya te miro.

LA SOMBRA.- Casi es ya llegada la hora en que debo restituirme a las sulfúreas y atormentadoras llamas.

HAMLET.- ¡Oh! ¡Alma infeliz!

LA SOMBRA.- No me compadezcas: presta sólo atentos oídos a lo que voy a revelarte.

HAMLET.- Habla, yo te prometo atención.

LA SOMBRA.- Luego que me oigas, prometerás venganza.

HAMLET.- ¿Por qué?

LA SOMBRA.- Yo soy el alma de tu padre: destinada por cierto tiempo a vagar de noche y aprisionada en fuego durante el día; hasta que sus llamas purifiquen las culpas que cometí en el mundo. ¡Oh! Si no me fuera vedado manifestar los secretos de la prisión que habito, pudiera decirte cosas que la menor de ellas bastaría a despedazar tu corazón, helar tu sangre juvenil, tus ojos, inflamados como estrellas, saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos, separarse, erizándose como las púas del colérico espín. Pero estos eternos misterios no son para los oídos humanos. Atiende, atiende, ¡ay! Atiende. Si tuviste amor a tu tierno padre…

HAMLET.- ¡Oh, Dios!

LA SOMBRA.- Venga su muerte: venga un homicidio cruel y atroz.

HAMLET.- ¿Homicidio?

LA SOMBRA.- Sí, homicidio cruel, como todos lo son; pero el más cruel y el más injusto y el más aleve.

HAMLET.- Refiéremelo presto, para que con alas veloces, como la fantasía, o con la prontitud de los pensamientos amorosos, me precipite a la venganza.

LA SOMBRA.- Ya veo cuán dispuesto te hallas, y aunque tan insensible fueras como las malezas que se pudren incultas en las orillas del Letheo, no dejaría de conmoverte lo que voy a decir. Escúchame ahora, Hamlet. Esparciose la voz de que estando en mi jardín dormido me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron groseramente engañados con esta fabulosa invención; pero tú debes saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió a tu padre, hoy ciñe su corona.

HAMLET.- ¡Oh! Presago me lo decía el corazón, ¿mi tío?

LA SOMBRA.- Sí, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero, valiéndose de su talento diabólico, valiéndose de traidoras dádivas… ¡Oh! ¡Talento y dádivas malditas que tal poder tenéis para seducir!… Supo inclinar a su deshonesto apetito la voluntad de la Reina mi esposa, que yo creía tan llena de virtud. ¡Oh! ¡Hamlet! ¡Cuán grande fue su caída! Yo, cuyo amor para con ella fue tan puro… Yo, siempre tan fiel a los solemnes juramentos que en nuestro desposorio la hice, yo fui aborrecido y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en verdad harto inferiores a las mías. Pero, así como la virtud será incorruptible aunque la disolución procure excitarla bajo divina forma, así la incontinencia aunque viviese unida a un Ángel radiante, profanará con oprobio su tálamo celeste… Pero ya me parece que percibo el ambiente de la mañana. Debo ser breve. Dormía yo una tarde en mi jardín según lo acostumbraba siempre. Tu tío me sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en mi oído su ponzoñosa destilación, la cual, de tal manera es contraria a la sangre del hombre, que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza le ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre, como la leche con las gotas ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mí, y el cutis hinchado comenzó a despegarse a trechos con una especie de lepra en áspera y asquerosas costras. Así fue que estando durmiendo, perdí a manos de mi hermano mismo, mi corona, mi esposa y mi vida a un tiempo. Perdí la vida, cuando mi pecado estaba en todo su vigor, sin hallarme dispuesto para aquel trance, sin haber recibido el pan eucarístico, sin haber sonado el clamor de agonía, sin lugar al reconocimiento de tanta culpa: presentado al tribunal eterno con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh! ¡Maldad horrible, horrible!… Si oyes la voz de la naturaleza, no sufras, no, que el tálamo real de Dinamarca sea el lecho de la lujuria y abominable incesto. Pero, de cualquier modo que dirijas la acción, no manches con delito el alma, previniendo ofensas a tu madre. Abandona este cuidado al Cielo: deja que aquellas agudas puntas que tiene fijas en su pecho, la hieran y atormenten. Adiós. Ya la luciérnaga amortiguando su aparente fuego nos anuncia la proximidad del día. Adiós. Adiós. Acuérdate de mí.

Escena XIII

HAMLET, y después HORACIO y MARCELO

HAMLET.- ¡Oh! ¡Vosotros ejércitos celestiales! ¡Oh! ¡Tierra!… ¿Y quién más? ¿Invocaré al infierno también? ¡Eh! No… Detente corazón mío, detente, y vos mis nervios no así os debilitéis en un momento: sostenedme robustos… ¡Acordarme de ti! Sí, alma infeliz, mientras haya memoria en este agitado mundo. ¡Acordarme de ti! Sí, yo me acordaré, y yo borraré de mi fantasía todos los recuerdos frívolos, las sentencias de los libros, las ideas e impresiones de lo pasado que la juventud y la observación estamparon en ella. Tu precepto solo, sin mezcla de otra cosa menos digna, vivirá escrito en el volumen de mi entendimiento. Sí, por los cielos te lo juro… ¡Oh, mujer, la más delincuente! ¡Oh! ¡Malvado! ¡Halagüeño y execrable malvado! Conviene que yo apunte en este libro… Sí… Que un hombre puede halagar y sonreírse y ser un malvado; a lo menos, estoy seguro de que en Dinamarca hay un hombre así, y éste es mi tío… Sí, tú eres… ¡Ah! Pero la expresión que debo conservar, es esta. Adiós, adiós, acuérdate de mí. Yo he jurado acordarme.

HORACIO.- Señor, señor.

MARCELO.- Hamlet.

HORACIO.- Los Cielos le asistan.

HAMLET.- ¡Oh! Háganlo así.

MARCELO.- ¡Hola! ¡Eh, señor!

HAMLET.- ¿Hola? amigos, ¡eh! Venid, venid acá.

MARCELO.- ¿Qué ha sucedido?

HORACIO.- ¿Qué noticias nos dais?

HAMLET.- ¡Oh! Maravillosas.

HORACIO.- Mi amado señor, decidlas.

HAMLET.- No, que lo revelaréis.

HORACIO.- No, yo os prometo que no haré tal.

MARCELO.- Ni yo tampoco.

HAMLET.- Creéis vosotros que pudiese haber cabido en el corazón humano… Pero ¿guardaréis secreto?

LOS DOS.- Sí señor, yo os lo juro.

HAMLET.- No existe en toda Dinamarca un infame…, que no sea un gran malvado.

HORACIO.- Pero, no era necesario, señor, que un muerto saliera del sepulcro a persuadirnos esa verdad.

HAMLET.- Sí, cierto, tenéis razón, y por eso mismo, sin tratar más del asunto, será bien despedirnos y separarnos; vosotros a donde vuestros negocios o vuestra inclinación os lleven…, que todos tienen su inclinaciones, y negocios, sean los que sean; y yo, ya lo sabéis, a mi triste ejercicio. A rezar.

HORACIO.- Todas esas palabras, señor, carecen de sentido y orden.

HAMLET.- Mucho me pesa de haberos ofendido con ellas, sí por cierto, me pesa en el alma.

HORACIO.- ¡Oh! Señor, no hay ofensa ninguna.

HAMLET.- Sí, por San Patricio, que sí la hay y muy grande, Horacio… En cuanto a la aparición… Es un difunto venerable… Sí, yo os lo aseguro… Pero, reprimid cuanto os fuese posible el deseo de saber lo que ha pasado entre él y yo. ¡Ah! ¡Mis buenos amigos! Yo os pido, pues sois mis amigos y mis compañeros en el estudio y en las armas, que me concedáis una corta merced.

HORACIO.- Con mucho gusto, señor, decid cual sea.

HAMLET.- Que nunca revelaréis a nadie lo que habéis visto esta noche.

LOS DOS.- A nadie lo diremos.

HAMLET.- Pero es menester que lo juréis.

HAMLET.- Os doy mi palabra de no decirlo.

MARCELO.- Yo os prometo lo mismo.

HAMLET.- Sobre mi espada.

MARCELO.- Ved que ya lo hemos prometido.

HAMLET.- Sí, sí, sobre mi espada.

LA SOMBRA.- Juradlo.

HAMLET.- ¡Ah! ¿Eso dices?.. ¿Estás ahí hombre de bien?.. Vamos: ya le oís hablar en lo profundo ¿Queréis jurar?

HORACIO.- Proponed la fórmula.

HAMLET.- Que nunca diréis lo que habéis visto. Juradlo por mi espada.

LA SOMBRA.- Juradlo.

HAMLET.- ¿Hic et ubique? Mudaremos de lugar. Señores, acercaos aquí: poned otra vez las manos en mi espada, y jurad por ella, que nunca diréis nada de esto que habéis oído y visto.

LA SOMBRA.- Juradlo por su espada.

HAMLET.- Bien has dicho, topo viejo, bien has dicho… Pero ¿cómo puedes taladrar con tal prontitud los senos de la tierra, diestro minador? Mudemos otra vez de puesto, amigos.

HORACIO.- ¡Oh! Dios de la luz y de las tinieblas, ¡qué extraño prodigio es éste!

HAMLET.- Por eso como a un extraño debéis hospedarle y tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía. Pero venid acá y, como antes dije, prometedme (así el Cielo os haga felices) que por más singular y extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso juzgaré a propósito afectar un proceder del todo extravagante) nunca vosotros al verme así daréis nada a entender, cruzando los brazos de esta manera, o haciendo con la cabeza este movimiento, o con frases equívocas como: sí, sí, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos, si quisiéramos… si gustáramos de hablar, hay tanto que decir en eso; pudiera ser que… o en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante a éstas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mí. Juradlo; así en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.

LA SOMBRA.- Jurad.

HAMLET.- Descansa, descansa agitado espíritu. Señores, yo me recomiendo a vosotros con la mayor instancia, y creed que por más infeliz que Hamlet se halle, Dios querrá que no le falten medios para manifestaros la estimación y amistad que os profesa. Vámonos. Poned el dedo en la boca, yo os lo ruego… La naturaleza está en desorden… ¡Iniquidad execrable! ¡Oh! ¡Nunca yo hubiera nacido para castigarla! Venid, vámonos juntos.

Continúa en Acto 2…

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