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"textContent": "## GUERRA\n\nEn algunas vueltas del camino, por la pendiente que habían tomado de regreso los forasteros, aún se les miraba aparecer y desaparecer. Como a la llegada del día anterior, llevaban por las riendas sus cabalgaduras. En esos momentos llegó a la ranchería el **cuatitlácatl** , hombre de monte, joven cazador.\n\nDijo a los viejos que él se hallaba al pie del cerro preparando un **tlapehual** , una trampa, a los tejones, cuando oyó que por la pendiente rodaba algo extraño, distinto a las piedras que se desprenden de la montaña en las temporadas de lluvia.\n\nFue a ver qué había sido la causa del estrépito y halló al guía de los blancos, todo herido, atado por las manos e inmóvil. De no haber hallado en su rodar una gruesa matilla, hubiera seguido rebotando quién sabe hasta dónde.\n\nLo sucedido el día anterior con la muchacha, el regreso violento de los forasteros y su partida no menos precipitada, hicieron a los naturales suponer la verdad. En confirmación de la sospecha, el **cuatitlácatl** agregó haber interrogado al herido y que éste abrió apenas los ojos y pudo pronunciar una palabra:\n\n—**¡Coyome!**\n\nEso bastaba. El joven había sido lesionado por los blancos. Uno de los viejos, al oír lo que había sucedido a su hijo, comenzó a gritar, culpando de todo a los **huehues** , pues que ellos dispusieron que el muchacho acompañara a los forasteros. Sus voces fueron como el llamado a la guerra. Todos corrieron a sus casas en busca de sus armas. Algunos aparecieron desenvainando los machetes; otros salieron con una herramienta agrícola; y hubo quienes se presentaran esgrimiendo un **chuzo** de pescar, a manera de lanza.\n\nLos adultos, todos los que a esa hora aún no se marchaban a sus trabajos, se adelantaron vociferando. El grueso del ejército fue compuesto por los viejos y por los muchachos. Atrás iban las mujeres con sus hijos más pequeños, ellas también juntando piedras apropiadas.\n\nPara ganar tiempo y distancia, atravesaban montículos, cruzaban breñas y se dirigían diagonalmente en la pendiente, rumbo al paso más difícil de la vereda. Bien pronto la multitud se colocó a la misma altura que los forasteros, cuyos caballos bajaban con grandes dificultades por el terreno pedregoso. Se hallaban precisamente a la mitad del descenso.\n\nLa lucha se inició con alaridos y con una lluvia de piedras lanzadas de diversos lugares. Los forasteros se replegaron a un sitio acantilado, en tanto que los naturales se posesionaron de varias alturas, poniendo un cerco a los tres hombres. Las piedras, lanzadas por las hondas, zumbaban en el aire. Un chuzo enviado con una gran certeza, tocó la frente del intérprete y fue a clavarse en el anca de un caballo.\n\nParecía que los fugitivos no deseaban oponer resistencia, temerosos de una agresión más decidida. Se concretaron a protegerse tras las cabalgaduras y en los parapetos naturales del lugar. Cerca de ellos se formó bien pronto un pedregal menudo, como resultado de la lluvia de proyectiles indígenas. Al más joven de la expedición le sangraba la cabeza, a causa de un pedrusco recibido. En tal situación pasaron las primeras horas.\n\nCuando los naturales armados de machetes iban a dar el asalto, los blancos hicieron los primeros disparos con sus revólveres, lo que obligó a los atacantes a retirarse un poco. Las siguientes descargas, al parecer, sólo tuvieron por objeto amedrentarlos, no sin que aquéllos provocaran otros disparos, con el propósito de agotarles el parque.\n\nDurante una tregua, los tres hombres sitiados deliberaron a la vista de sus enemigos. Tal vez resolvieron romper el cerco, valiéndose de los escasos cartuchos que les quedaban. Una nueva gritería se alzó cuando los naturales los vieron montar y dirigirse por la vereda, hacia abajo, taloneando los ijares de sus bestias.\n\nOtra lluvia de piedras, mucho más nutrida y certera, cayó sobre los fugitivos, quienes ya no contaban con el refugio de antes. Pero las armas de fuego se impusieron a la honda y al chuzo. La gritería de los naturales creció más, al ver que sus enemigos escapaban. Y entonces surgió la inventiva de la guerra. Comenzaron a desprender de la pendiente grandes piedras que echaban a rodar, con la esperanza de que alguna de ellas, en su trayectoria, se los llevara de paso.\n\nLos enormes pedruscos partían a grandes saltos, cuesta abajo, llevándose a su paso los arbustos y otras rocas. A cada envío de tales proyectiles, los blancos se cubrían la cabeza con el antebrazo, como si esa actitud pudiera protegerlos. Cada una de las rocas que pasaba por sobre la cabeza de los tres hombres e iba a caer al abismo, dando tumbos, provocaba entre los naturales una regocijada gritería, creyendo haber logrado ya su intento.\n\nAunque no de las mayores, una de las rocas lanzadas a la pendiente fue la más certera. Así lo consideraron los naturales, pues desde su partida provocó una gran algazara. Después la atención de todos se reconcentró en su marcha. Se hizo un silencio completo y la roca pasó por sobre una de las cabalgaduras.\n\nA su paso se llevó al jefe de los expedicionarios, al parecer delicadamente, sin tocar siquiera al caballo. Al golpe, el hombre saltó por delante del proyectil, como salta la mosca cuando el muchacho le da hábilmente con un resorte.\n\nCuando en el fondo de la barranca dejaron de sonar los últimos rebotes de la roca, los naturales reanudaron su gritería. Y gritando, contentos de haber tomado venganza, regresaron a sus casas.\n\n*\n\nDurante aquella noche hubo agitación en la ranchería. Así lo demostraba el que los viejos se hallaran reunidos y que en torno de ellos se aglomeraran los vecinos, produciendo un zumbar de colmena alborotada.\n\nLos que apenas regresaban de sus trabajos, eran enterados de lo sucedido. Tanto los que habían ido a sus propias labores, como los que venían de jornalear en las haciendas del valle y los que habían terminado su semana de domésticos al servicio de los poderosos del pueblo, después de enterarse, emitían su opinión, aunque sin valor alguno, pues la que prevalecería no era otra que la de los huehues.\n\nFue uno de los últimos el que aportó el más importante de los informes. Cerca del pueblo había encontrado a dos blancos a caballo. Uno de ellos llevaba por el cabestro una mula de carga, mientras que el otro guiaba a una montura sin jinete. Eso demostraba que en la fuga, los buscadores de oro habían dejado abandonado al que la roca arrebató cuesta abajo, tal vez sepultado por el mismo proyectil en el fondo de un barranco.\n\nLos viejos siguieron pensativos durante un largo rato. No cabía duda: el blanco había muerto y, por lo tanto, eran de esperarse represalias. El papel que les habían mostrado los forasteros, como una recomendación de la autoridad, era la mejor prueba de que contaban con influencias. Y, así como habían obtenido una recomendación, así los supervivientes obtendrían una orden para capturar y castigar a los autores del homicidio.\n\nEl más viejo de los **huehues** se levantó de la piedra en que había permanecido sentado. A las últimas luces del día y a las primeras de la luna, que se alzaba como un amarillo **chimal** , echó un vistazo sobre los congregados.\n\nDe faltar algunos, fueron muy pocos. El viejo hizo un ademán indicando que se acercaran los más distantes. En la penumbra de la hora, todas las caras, del mismo color y con los mismos rasgos, resultaban iguales, como si las hubiera fundido el mismo impulso, causa de la reunión.\n\nInmediatamente se hizo el silencio. El viejo dijo que, aun cuando la razón estaba de parte de la ranchería, los del pueblo iban a cobrarse la venganza. Como en otras ocasiones, la muerte del blanco sería el pretexto para aniquilarlos, para despojarlos.\n\nExplicó que era llegada una nueva época de sufrimientos, de la que sólo podrían librarse si presentaba una acción conjunta toda la tribu, como conjunto había sido el castigo aplicado al blanco. Él y los demás viejos, con ser de la ranchería y haber presenciado el hecho, no podían decir quién empujó la roca que, bajando a grandes saltos por la pendiente, causó la muerte. Además —clamó con gesto rencoroso—, entregar al vengador sería lo mismo que ofender a las mujeres ultrajadas en la muchacha perseguida; como ofender también a los hombres, heridos en el joven, quien, al servirles de guía por los montes, encontró la desgracia.\n\nY acabó por expresar su plan de campaña: abandonar la ranchería; refugiarse en los montes, como en pasadas épocas de persecuciones; presentar resistencia cuando las circunstancias fueran favorables; cuidarse de las tribus circunvecinas, que siempre han saciado sus odios aliándose con los forasteros; y mutismo absoluto por parte de quienes cayeran en manos de los blancos. ¡Ahí su fuerza!\n\n—Nada importa —les dijo—, que les quemen los pies para hacerlos confesar cuáles son nuestros escondites. ¡Ni Una palabra! Si los cuelgan de un árbol para arrancarles los nombres de quienes tomaron parte en la lucha con los tres blancos, ¡ni una palabra! Si les tuercen los brazos hasta rompérselos para que digan dónde tenemos nuestras provisiones, ¡ni una palabra!\n\nEl **huehue** se volvió a los demás viejos y éstos ratificaron sus consejos con una inclinación de cabeza, pues que, por boca de aquél, había hablado la lengua de la experiencia. Entre la muchedumbre reinó el más completo silencio. Y en silencio se fueron diseminando todos.\n\nDurante la noche la ranchería se vació de habitantes. Por todas las veredas, a la luz de la luna llena, salían las mujeres con el muchacho a la espalda y llevando en los brazos los enseres de cocina. Tras ellas, los hombres conduciendo de la mano a los hijos, llevando también la red de pescar, el machete y la cobija. Ya en la madrugada, fueron solamente los adultos los que tornaron a salir, acarreando parte de la última cosecha. Al amanecer fueron los ancianos los que desfilaron, después de haber pasado la noche reunidos, lamentando las interminables tribulaciones de la raza.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
"title": "El Indio - Primera Parte: Guerra - Gregorio López y Fuentes",
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