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  "textContent": "Naranjito adopta a Gertrudis\n\nGertrudis es una mujer fuerte y decidida. Vivaz y de mente despierta, no te imaginarías que es más ágil que otras personas con la mitad de su edad, sobre todo por ese moño recogido con prisas y esas deportivas que se «ponen sin atar, con un solo gesto». Para ella lo práctico no tiene edad.\n\nTiene sesenta años y lleva desde los cincuenta y cuatro en la ciudad. Madrileña de nacimiento, sabe que allí una tiene y encuentra todo lo que pueda necesitar y desear; pero un fin de semana en León la hizo conocer otro ritmo de vida y una oferta de trabajo prometedora, junto con la muerte de sus padres, fue lo que terminó de darle el empujón. De profundas convicciones, cuando toma una determinación, sigue adelante sin dudar.\n\nHace un par de meses que le ha estado dando vueltas a la idea de adoptar un gato. Primero se cercioró de colocar redes antiescape en las ventanas de su casa; fue asegurando el apartamento como si tuviera que ponerlo a prueba para niños… equilibristas. Puso seguros en todas las puertas de los muebles; es digno de verla quitar un anclaje para coger la leche, otro para alcanzar el plato para las tostadas… En las últimas dos semanas empezó a guardar el pan un mueble de la cocina y los utensilios de recogerse el pelo en el cajón del baño. Ya miró un seguro de salud para el nuevo miembro de su familia y escogió un veterinario. —Una no puede decidirse en último momento, con prisas, sobre quién será el que atienda al pobre animal— pensó con coherencia.\n\nEse día por fin llegó la cita con una pequeña protectora de animales para conocer a los gatos y ver cuál de ellos sería el adecuado. Dejó la cocina recogida después de desayunar —no se puede dejar ningún plato sucio en el fregadero que luego al gato le podía dar por lamerlo— metió el trasportín comprado la semana anterior en el monovolumen; y se acordó de coger el catnip, por si acaso, aunque había leído que usarlo con más de un gato presente era conflictivo, era posible que al elegido le relajase olerlo en la tolla añadida al trasportín —no tenía nada de malo usar algún truco.\n\nCondujo por la carretera nacional y el GPS al final la guió por un camino de tierra. Nunca había estado en una protectora pero la chica que la había dado la cita le resultó muy agradable por teléfono. Aparcó a una distancia prudencial de su destino, para no entorpecer a otros visitantes, y se acercó a llamar a la puerta.\n\nLa protectora estaba ubicada en un entorno campestre, pululaban mariposas, impresionantes típulas y libélulas rojas. La estructura que vio era una alta cerca de chapa blanca que había conocido tiempos mejores y una puerta de madera; esta desentonaba con la cerca porque parecía cogida del vertedero o donada por alguien que la hubiera cambiado, allá por los noventa, por una de esas blindada de ocho anclajes. Curiosamente no había timbre para llamar.\n\nGolpeó con los nudillos la puerta, pero no sucedió nada. Miró el reloj analógico y se cercioró de que había llegado diez minutos antes, como debía ser. Un par de minutos más tarde llamó un poco más fuerte, por si acaso. Se oyeron ladridos y una cabeza con pelo largo, bigote y mal humor evidentes apareció al abrir un resquicio de la puerta.\n\n—Buenos días, soy Gertrudis. Tengo cita a las 10 con una voluntaria, Mercedes, para adoptar un gato.\n\n—Buenos días —la cabeza la observó de arriba a abajo sin simpatía alguna—. Todavía no ha llegado, puedes esperar fuera— y volvió a cerrar la puerta.\n\nLos buenos modales son esenciales para nuestra protagonista, es de ser persona cabal, educada y sensata tratar correctamente a los desconocidos. Además, desde que tuvo que ponerse a trabajar como teleoperadora —al perder hace un par de años aquel puesto soñado que le hizo mudarse desde su ciudad natal—, esa parte de su personalidad se ha exacerbado. Claro que una cosa es ser amable y otra, una tonta que se conforma con todo y no sabe defenderse.\n\n—¡Tócate los pies con la alegría de la huerta! —dijo en voz alta. Sacó las gafas de cerca del bolso y se puso a mirar las noticias en el móvil, apoyada en el capó de su coche.\n\nUnos minutos después —demasiados para que la cita fuera puntual, pero pocos para llegar a molestarse por el retraso—, llegó la tal Mercedes, o eso supuso al verla: una muchacha alta, que vestía ropa deportiva y llevaba una coleta demasiado tirante.\n\n—Hola, los paseos voluntarios son a las seis de la tarde —le dijo mientras se encaminaba a la puerta de entrada sin detenerse.\n\n—Hola, no, soy Gertrudis, hablé con Mercedes por teléfono el miércoles para venir a…\n\n—Ah, vaya —respondió Mercedes, interrupiéndola, se paró y la miró de mala manera, poniendo cara de asco al ver de pasada el trasportín en el asiento de atrás del coche. —Si vienes a hacer una cesión permíteme tu DNI.\n\nGertrudis se quedó estupefacta ¡Pero ¿por quién la había tomado?! ¡Ir a la protectora a abandonar a un animal!. Se recompuso como pudo, tenía que forzar un buen comienzo con esa mujer. —No, hija, no; he venido a adoptar un gato. Me dijiste que viniera hoy a las diez.\n\n—Entiendo; yo soy Mercedes. Pasa conmigo.\n\nAccedieron a un fresco pasillo al franquear la entrada y, a mano derecha, se encontraron con una gatera llena de felinos. Gertrudis sonrió al comprobar que se encontraban a sus anchas: muchos dormitaban tirados de cualquier modo sobre las torres para gatos, unos cuantos arañaban los rascadores, otros se paseaban con su gracia natural y algunos estaban escondidos en sus trasportines.\n\n—Vamos a pasarte el cuestionario —dijo Mercedes con voz profesional impostada—. Será verbal si no te importa, tomaré notas mientras tanto.\n\n—Claro, de acuerdo. Dispara.\n\n—¿Cuántos años tienes?\n\n—Sesenta.\n\n—¿Vives con alguien más?\n\n—Vivo sola.\n\n—¿Tienes más animales?\n\n—No.\n\n—Mmmm, ¿trabajas aún?\n\nEsto molestó bastante a Gertrudis, no tenía edad para jubilarse. —Sigo trabajando, sí. No soy tan mayor, vamos.\n\n—Ya —. Mercedes se permitió una mueca de desprecio antes de proseguir —¿Y cuántas horas al día permanecería solo el gato?¿Cuántos años te quedan para jubilarte?\n\n—Pues, creo que como mucho estará solo ocho horas al día y, como mínimo, me quedarán siete años para jubilarme.\n\n—Sabrás que los gastos veterinarios pueden ser altos ¿A cuánto asciende tu nómina? ¿Qué cálculo de recibo de pensión te ha dado la Seguridad Social?.\n\n—Mira hija, creo que te estás excediendo. No tengo por qué hablar de mis ingresos contigo —respondió Gertrudis con los ojos chispeantes y muy digna.\n\n—¿No piensas responder al cuestionario? No responderlo te excluye del proceso de adopción —le dijo entonces la voluntaria de la protectora, alzando una ceja excesivamente gruesa—. No pasa nada —prosiguió al ver que no obtenía respuesta—; los gatos domésticos viven entre 12 y 17 años de media. Como comprenderás, con sesenta años no resultas apta para adoptar uno; no podemos darlos a personas tan mayores, no es justo que tengan que volver al refugio años después de haberse adaptado a un hogar.\n\nGertrudis se marchó sin despedirse. Estaba stupefacta por un golpe tan bajo, una injusticia tan inesperada y la prepotencia de la joven.\n\n—Quién se ha creído esa estirada, la coleta le está tirando de las neuronas —dijo al aire de camino a su vehículo.\n\nEn el camino de vuelta a casa, y con la conversación resonando en su cabeza, se puso roja de rabia. No podía comprender por qué no le había preguntado si tenía bien aseguradas las ventanas, si iba a contratar un seguro veterinario, si no le importaba adoptar un gato adulto en lugar de un cachorro o si le molestaba que el gato se subiera al sofá; las típicas cosas que había visto en internet que se solían preguntar en estos casos.\n\nEstaba resoplando, agarrando con más fuerza de la necesaria el volante. Los ojos empezaron a escocerle por las lágrimas de frustración que se empujaban unas a otras para salir. Le temblaron los hombros y entonces lo vio: un pequeño peluche naranja de pie en el arcén. Al irse acercando el peluche resultó parecerse más a un animal vivo y, al sobrepasarlo y mirar por el espejo retrovisor, se dio cuenta —mientras frenaba y ponía las luces de emergencia— de que era un gato.\n\nPobre animal, con lo que ella había deseado adoptar y alguien había abandonado a ese chiquitín en la carretera. Dejó el coche más adelante en el arcén, sacó el trasportín y, caminando hacia el gato, lo depositó en el asfalto a medio camino, para no asustarlo.\n\n—Michi, michi, michi; pss, pss, pss; michi minino chiquirritino… —fue diciendo con voz cantarina mientras se acercaba haciendo el gesto universal de ofrecer comida a un animal, aunque resultaba que no llevaba nada para comer encima el gato no tenía por qué saberlo. Este irguió las orejas al verla venir de esa manera y sus ojos verdes la miraron como si viera unos faros en medio de la noche yendo hacia él.\n\n—¿Meow?—pareció preguntarle el animal.\n\n—Michi, michi, michi… —prosiguió la mujer y cuando se encontraba ya a pocos pasos el gato se dio la vuelta con parsimonia, metiéndose con elegancia entre unos arbustos y saliendo de la carretera.\n\n—No, no, no… —ella le siguió tratando de convencerlo repetidamente para que se parase. Pero no sirvió de nada. Caminando detrás suya entre los arbustos, comenzó a perderlo de vista.\n\nAl dejar de verlo se le encogió el corazón, pero apareció fugazmente entre unos matojos a su derecha —vio las puntas ¿negras? de unas orejas puntiagudas.\n\n—No te voy a hacer daño. Para, ven conmigo.\n\nEl gato miró un momento hacia atrás —¿eran imaginaciones suyas o sus ojos parecían enormes?— y siguió alejándose de ella. Era un constante trasiego caminar por la arena, con piedras que se le metían en las deportivas, y las plantas cada vez eran más altas. Maldijo por lo bajo al arañarse con unas ramas. Intentó ubicar al gato pero se dio cuenta que lo había vuelto a perder. Se irguió y se masajeó la parte baja de la espalda, —ella estaba en forma, pero ya le dolían los riñones, ¿cuánto tiempo llevaba intentando capturar al felino?—. Entonces se oyó un mínimo movimiento de hojas unos metros por delante, a la izquierda. Pudo ver fugazmente unas patas esbeltas, demasiado largas para ser del gato que había visto en la carretera. En cualquier caso, siguió esa dirección y se encontró un camino más despejado que terminaba en una casa de campo abandonada.\n\nLa casa tenía dos alturas, una fachada encalada de blanco que se estaba pelando y muchas ventanas tapiadas con tablas. Un borrón naranja entró por la puerta que colgaba de sus goznes y la penumbra lo engulló rápidamente. Eso no le iba a librar tan fácilmente de su futura dueña; Gertrudis lo siguió. Nada más poner un pie dentro el linóleo crujió bajo su peso y la obligó a caminar más despacio; podía haber alguna parte del suelo estropeada o incluso algún agujero. Tanteando las paredes siguió por un pasillo que terminaba en una escalera que subía y tenía una puerta por la que entraba algo de luz a la derecha.\n\nAl asomarse por esa puerta, encontró una mesa de madera con claras marcas de uso, tres sillas con asiento de mimbre parcialmente deshecho y una cocina de leña en la pared de enfrente. La reconoció enseguida porque su abuela tenía una en el pueblo y le volvieron a la memoria aquellas vacaciones de invierno: con su olor a castañas, sus sabañones y sus reuniones en la cocina para calentarse, contar historias y pelar habas. Inspeccionó el suelo, pero no encontró al gato. Tendría que subir las escaleras. Al dirigirse allí por el sombrío pasillo notó algo diferente en la pared, como si se hubiera abierto un abismo más oscuro que el resto, unos metros más adelante de la puerta de la cocina, era una especie de boca abismal que podría tragársela… o, más bien, un quicio pequeño al que le faltaba la puerta. Se asomó a la oscuridad.\n\n—Pss, pss, ga-ti-to —dijo, tragando saliva.\n\nLa habitación era fría y se le puso el vello de los brazos de punta. Cuando su vista se fue acostumbrando, vio una pequeña ventana alta, sin tapiar, que apenas dejaba pasar la luz del sol, y algunas barricas de madera podridas. Se oyó crujir la madera sobre su cabeza y salió de la bodega a toda prisa para subir con decisión las escaleras. Se encontró con que había un rellano a la mitad del recorrido y un baño pequeño, donde tampoco estaba el minino; al subir el otro tramo encontró un pasillo muy largo, donde se veían motas de polvo suspendidas en el aire a través de la leve luz que entraba: iluminado un cuadrado del pasillo por cada puerta abierta.\n\nEl linóleo se había estropeado en varios tramos y tuvo que caminar muy despacio. La primera puerta a la derecha conducía a un dormitorio bastante estrecho, con un camastro contra la pared y una cuna de metal bajo la ventana. Las cortinas estaban raídas y se mecieron con el aire caliente que entraba entre las tablas que cegaban la abertura a duras penas. Entró para buscar bajo la cama, pero solo encontró acumulación de polvo. Al mirar la cuna se quedó impresionada por lo sucio que tenía el colchón y los muelles oxidados asomando entre el relleno.\n\nLa puerta de enfrente del pasillo estaba cerrada. Al empujarla notó que se había hinchado y no pudo hacerla ceder. Pero si ella no podía entrar entonces el animalito que buscaba tampoco; así que así la dejó. La siguiente puerta a la derecha brillaba por su ausencia —Mira, igual se la llevaron los del refugio de animales, je, je —pensó. Esta habitación era más grande, tenía una cama de matrimonio con cabecero de metal retorcido y oxidado; un crucifijo colgaba en la pared sobre ella. Dentro del armario no había más que unos restos de olor a lavanda. Bajo la cama, un orinal de cerámica.\n\nMesillas de noche rudimentarias, espejos carcomidos por el tiempo, muñecas despeluchadas mirándola con los ojos bizcos, peluches que parecían a punto de desintegrarse y camas con colchones abultados la recibieron en su búsqueda.\n\nYa estaba por llegar a la última puerta cuando sintió que el suelo desaparecía bajo uno de sus pies y se cayó de frente, haciéndose daño en la rodilla y la mano. Al intentar levantarse se encontró con la pantorrilla atravesando el linóleo y sacó la pierna con cuidado.\n\n—Un agujero. Gertu, un agujero. Tú persiguiendo a un bicho de la carretera vas y te rompes la pierna al meterla en un agujero —se reprendió a sí misma en voz alta. Al mirar a través de él se encontró con que se podía ver el piso de abajo; pero no reconoció la estancia que veía.\n\n—Meow… —se hizo oír el gato.\n\nEse sonido no venía de esa planta. Cogió el móvil y encendió la linterna, iluminando el hueco del suelo; en la habitación desconocida de la planta baja se veían unos troncos de madera. Comprobando la estabilidad de su tobillo y su pierna se levantó, aliviada porque el dolor era soportable, para recorrer el pasillo de nuevo hasta la escalera.\n\nEstaba bajando el primer escalón, con una mano apoyada en la pared, cuando oyó algo rítmico y metálico que resonaba por la casa. Sintió ganas de salir huyendo. La idea de adoptar un gato igual no era tan buena. Ya ves, el destino la estaba avisando: era mayor, podía caerse…\n\n—Meow… —dijo de nuevo, esta vez claramente desde la planta baja, el gato.\n\nPero ya que había tomado la decisión sería una pena dejar sin rescatar al bicho, ¿no? De vuelta en la planta de abajo miró la cocina; nada. Miró la bodega; nada. Miró la puerta de entrada caída de lado sobre sus goznes… pero se dio cuenta de que no estaba como la dejó, sino cerrada. La empujó, nerviosa, pero no cedió ni un poquito. Cogió el móvil y marcó el 112. —Cuando llamas a los bomberos, ¿tienes que pagar que vengan a rescatarte?— se puso a pensar antes de tocar la tecla de llamada—. Si tienes la culpa haber acabado así, pues sí ¿no? Porque cuando van a rescatar montañeros bajo tiempos inclementes dicen que pagan…\n\n—Eh, caballerete, en menudo lío me has metido. Vamos a tener que buscar otra salida, igual tenemos que romper los tablones de alguna ventana, ¿eh? —le dijo al aire.\n\nVolviendo a encender la linterna del móvil se metió en la bodega, con la luz pudo ver que al fondo había una puerta más. La traspasó y encontró la habitación de la leña que había visto antes, miró hacia el techo encontrando el agujero por el que había metido el pie. En la leñera había muchas telarañas y unos ganchos colgaban de unas barras de hierro que cruzaban el techo. El suelo era de piedra en esa parte. A la derecha encontró otra puerta más y salió a una especie de salón lleno de trastos, algunos cubiertos con sábanas, como en una película de terror sobre casas encantadas. Seguía sin haber rastro del gato pero allí encontró un portón, —que por supuesto no había Dios que pudiera empujar para abrirlo— y que daba de nuevo a la calle, según podía ver entre los tablones que cegaban un gran ventanal.\n\nA sus espaldas se oyó otro «Meow»y al darse la vuelta le dio un golpe al marco de una foto, lo recogió sin pensar, mirando como el borrón naranja se le volvía a escapar por la puerta de la leñera y corriendo tras él. El gato subió las escaleras con agilidad y Gertrudis, con la foto y el móvil en las manos, subió sudando detrás. Notando que el moño se le estaba deshaciendo se paró al final de la escalera y vio desaparecer una pata felina en la oscuridad. Al enfocar allí con la luz del teléfono vio que había una escalera más, pero estrecha y desvencijada, que subía hasta dar con una trampilla que estaba abierta y dejaba ver un resto de luz en el último escalón.\n\nCojeando levemente fue subiendo los ruidosos escalones que parecían a punto de vencerse bajo su peso. Cuando subió por la trampilla se le enganchó una araña patilarga del pelo y le cayó por la cara. Se la quitó con mucho asco y entonces lo volvió a oír; el repiqueteo metálico, rítmico… O no, tenía vaivenes, casi sonaba como una vieja….\n\n—Máquina de escribir —dijo asombrada al levantar la vista y ver, encima de un tablón sujeto por caballetes, una máquina con las teclas metálicas, el rodillo manual y la mariposa de impresión visible, ¡y en continuo movimiento a pesar de que nadie la estaba usando! —¡Qué paranormal es todo! —exclamó.\n\nLos techos estaban inclinados bajo el tejado donde se encontraba, se veían y podían tocar en algunos puntos las vigas de madera. El ventanuco circular no estaba tapiado y dejaba entrar la claridad del medio día, que bailaba con las motas de polvo que ella había levantado al subir. Y allí, por fin, dentro de esa escena irreal como un ancla en la cordura: estaba el gato.\n\nEl gato miraba fijamente la máquina de escribir. Getrudis pasó la vista de uno a otro e, impresionada, estuvo apunto de caerse de culo cuando la vieja Olivetti calló y la silla frente a ella se movió chirriando contra el suelo de madera. Por suerte, Gertrudis tenía un sillón viejo pero bien conservado detrás para poderse dejar caer en él. Estaba reclinándose cuando sintió un escalofrío y el bicho que la había traído hasta aquí le bufó. Ella se enderezó y observó el asiento, que se había hundido bajo un peso invisible, y decidió sentarse, mejor, en la silla frente a la máquina. Ya que había sido desocupada. Revisando el papel enrollado en el rodillo pudo ver que había letras grabadas por el peso de la mariposa en él pero que carecían de sentido « _aspoenasdginiu oiasghoisd oiusdfg…_ »\n\nSoltó el marco de la foto en la mesa y se sorprendió al ver que era la imagen de un hombre vestido con traje antiguo, frente a la casa donde se encontraban, en una época mejor ya que la casa tenía una fachada sin descascarillar y una puerta bien colocada, y a su lado se encontraba el gato más grande que había visto en su vida. Casi parecía una fiera salvaje, con las puntas de las orejas negras, las patas demasiado largas para ser un gato común y los ojos enormes.\n\n—Meowww —dijo el gato del presente, con rayas similares al de la foto, pero completamente distinto en tantos detalles.\n\n—Vaya, felino demoníaco… Creo que deberíamos dejar a este señor con su novela, que con tantas interrupciones no la va a poder terminar nunca —dijo Gertrudis, pensando que es mejor pecar de prudente con los fenómenos paranormales, o al menos eso aconsejaban en las visitas al Palacio de Linares en Madrid.\n\nCogió en brazos al bichejo, que no se opuso, y fue bajando las escaleras, mientras empezaba a oírse de nuevo el tecleo fantasmal. Cuando llegaron a la planta baja, el gato se le bajó con facilidad de los brazos y fue con ceremonia hacia la cocina. Allí en el suelo, no se había fijado antes ella, había un cacharro de barro con unas letras grabadas: Gayu. Su nuevo amigo daba golpes al recipiente con la pata y la miraba, como reclamando su ración de latita de pollo. Getrudis se guardó el móvil, cogió el comedero y el gato saltó de nuevo a su brazo libre.\n\nCuriosamente la puerta de entrada estaba como antes: abierta, caída de lado sobre sus goznes.\n\nCuando Gertrudis deshizo el camino y se encontró a la Guardia Civil esperándola —con cierta preocupación al encontrarse un coche solitario en el arcén, pero con una bonita multa cuando oyeron su historia—, no se molestó por ello. Esparció el spray del catnip en la toalla del trasportín, subió a Naranjito y le cerró la puerta con el seguro. No le importaba que el antepasado del gato se llamase _Gayu_ o cómo fuera, este iba a ser Naranjito.\n\nDías después, en uno de los descansos visuales de su trabajo como teleoperadora, estuvo comentando emocionada los avances del nuevo compañero de piso que tenía. Como toda humana de gato que se precie, sacó el móvil del bolso —ignorando la prohibición de la plataforma de call center— y, con las gafas sobre el puente de la nariz, lo desbloqueó.\n\n—Chist, mira, Paco. Mi Naranjito ya sabe usar el arenero, con lo asalvajado que venía, que solo quería hacer sus cosas en el patio.\n\nPaco cogió el móvil, pero la miró extrañado. La foto del animal saliendo del arenero le pareció rara. Aquello con orejas de puntas negras y ese enorme tamaño…\n\n—Gertru….¿Estás segura de que esto es un gato?\n\n* * *\n\n_Nota de la autora: la descripción del encuentro con la “voluntaria Mercedes” no corresponde, por suerte, con la realidad de las asociaciones, refugios y protectoras de animales. Me valgo de miedos e inseguridades colectivos e historias populares; a la hora de adoptar un animal._",
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