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Los verdaderos culpables

fictograma [Unofficial] June 2, 2026
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Todas las mañanas son iguales. La señora Udalia se despierta, apaga la alarma y se dirige a la cocina a las cinco con cinco minutos de la mañana. Años atrás, lo hacía más temprano.

Su marido, un hombre de rostro cansado y pasos lentos, sale cincuenta y tres minutos después; murmura que hay que ganarle el juego a la vida o al día, casi lo mismo.

Su hija, una joven retraída, se despierta una hora y veintiocho minutos después, pero sale pasadas las dos horas. Justo cuando su padre ya se ha ido.

Antes despertaba antes, pero las casualidades de la vida no le permitieron jugar; está feo arruinar lo único bueno de su vida: su belleza y el juego de su padre.

Después de los amaneceres, la mañana transcurre tranquila. La señora Udalia pasa su tiempo durmiendo y la hija, entre fantasías, se dedica al hogar.

A las dos y algunos minutos desordenados se rompe la fantasía y entra a su realidad. No la vuelvo a ver.

A las seis regresa el marido; su aspecto es más cansado, se encuentra insolado y su postura es más curva. Él solo pasa; realmente veo su costado, pero no lo veo a él.

A los quince minutos, regresa la señora y vuelve a pasar con un plato de comida. A la media hora, pasa nuevamente con el plato vacío; lo deja en el mesón.

Al marido no lo veo.

A las ocho de la noche, pasa el marido, busca un vaso con agua y no lo regresa. Al marido no lo vuelvo a ver.

A las nueve sale la hija de su espacio, luciendo más desolada que en la tarde. Entra a la cocina, come silenciosamente, ordena todo al terminar y se pone de cuclillas para recoger algunos vegetales del suelo. La cocina queda limpia.

A las nueve y veintitrés seca sus manos y la observo salir. Finalmente, el día terminó.

Once de la noche con veintitrés segundos. Escucho pasos y abro mis ojos. Ocho patas. No, más. Demasiadas para contarlas cuando van tan rápido. Cada una pesa menos que la otra. Camina sobre mi cuello, justo donde el tercer trazo se une al cuarto, y por un momento no sé si soy yo o es ella.

Se enciende una luz y vuelvo a ver a la joven. Su rutina nocturna empieza.

Tres pasos, un suspiro y toma un vaso del mueble. Se sirve agua, lo lava y lo deja en su lugar.

Cierra el gabinete con suavidad, falla, y el crujido se mezcla con la voz de su padre. Ha salido del cuarto.

Le habla sobre un empleo, un concurso, un estudio y oportunidades. Me desconecto, siento tierra en mis pies.

—Tienes que creer en ti. Viste, que tú sí sabes. Pasaste entre tanta gente —me expresa mi padre.

Claro, si yo no creyera que es posible, no lo hubiera intentado —pienso, pero las palabras no salen de mi boca.

Miro hacia la pared y veo una jirafa. La baldosa de la pared tiene cara de jirafa.

Le respondo a mi padre que jamás me rendiré, que lo seguiré intentando; pero él no responde. Se le ve muy cansado.

Todas las mañanas son iguales.

Alguien llega corriendo, sonando una alarma. A lo lejos se escucha la nueva noticia: tres personas de este barrio ganaron el concurso.

Al tiempo, la señora Udalia grita mientras ve a los ojos a la baldosa, vocifera que hay una jirafa en la pared.

Su marido llega corriendo mientras grita que eligieron a los ganadores con los pies.

La hija sale del cuarto sosteniendo un dispositivo, sin expresión; luego sonríe levemente viendo una noticia. Gira su cabeza hacia la baldosa y susurra:

—Nos invadieron las cucarachas.

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