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  "textContent": "#\n\n#### Capítulo 29\n\n—¿Y quién es Esmeralda? —preguntó Edna después de subir a la camioneta de Jensen para comenzar el descenso del cerro hacia el pueblo.\n\nJensen la miró de reojo, evidentemente sorprendido por la pregunta. Se quedó un momento en silencio y se sonrojó.\n\n—Solo una mujer que conocí hace tiempo. Su bebé murió en un incendio y ella sufrió quemaduras tratando de salvarla. Cuando supe su historia, me impactó, como si yo lo hubiera vivido. Ella ya falleció. La mató un psicópata.\n\nSu mano izquierda le dio una bofetada en la mejilla.\n\n—¿Qué fue eso?\n\n—Un mosquito. El caso es que cuando compré esta camioneta color verde esmeralda, pensé que podría ponerle ese nombre en honor a ella.\n\n—¿Fue tu novia?\n\n—No. Nada de eso. Es solo que tuvo una vida muy peculiar. Era de Rusia, quedó huérfana y la adoptó una mujer muy rica que tuvo varios esposos ricos, todos con enfermedades terminales.\n\n—¿Una viuda negra?\n\n—No. No los mataba, al contrario. Era muy buena aparentando bondad y empatía, además era atractiva. Presionó a Esmeralda para que se casara con un anciano millonario. En su noche de bodas le dijo en secreto: “Recuerda que el éxito depende de que finjas que realmente, realmente, realmente lo quieres. Al fin que se va a morir pronto.”\n\n—¡Vaya! No sé cómo hay personas que saben fingir con tanta frialdad.\n\n—Sí. Supongo que en esta vida te puedes encontrar todo tipo de personas. El caso es que desde la infancia le recordaba que si no la hubiera adoptado estaría desamparada, por lo que su principal responsabilidad era ser o aparentar ser feliz, porque la felicidad era el mejor afrodisíaco para los hombres. No le permitía dar muestras de tristeza o inconformidad.\n\nSiguieron platicando sobre Esmeralda mientras iban cruzando el pueblo hacia el noroeste, hasta llegar al pie de la sierra para comenzar el ascenso.\n\n—Hace como tres semanas y media, en la noche, estaba sentada con mis padres viendo el paisaje y vimos una luz que parecía una estrella, pero bastante más grande. Se dirigió hacia la sierra por esta zona. ¿Tú crees en extraterrestres?\n\nJensen volvió a ver a Edna por el rabillo del ojo y nuevamente se puso rojo, sin saber qué decir.\n\n—¿Por esta zona? Mmh… ¿No habrá sido una estrella fugaz?\n\n—No, porque cambió de dirección y de velocidad.\n\n—¿Tú crees que existan?\n\n—Sí. Me parece imposible que no existan. El universo es tan grande y longevo que deben de existir.\n\n—Si son de otras partes de la galaxia, tardarían miles de años viajando, incluso si pudieran viajar a la velocidad de la luz, lo cual es imposible. ¿Cómo explicarías eso?\n\n—El hecho de que yo no pueda explicarlo no significa que no existan.\n\n—Si afirmas que algo existe, tienes la obligación de demostrar que lo que dices es verdad.\n\n—¿Quieres decir que si una persona no sabe sumar ni restar, no existen las matemáticas? La realidad no se limita a sí misma por mi falta de conocimiento, y matemáticamente es imposible que no haya surgido vida en otra parte del universo. Por ello creo que existen y no me sorprendería si estuvieran en este planeta. ¿Y tú crees que existan?\n\n—Sí, pero solo digo que si afirmas algo, tienes que demostrarlo.\n\n—No estoy afirmando, solo digo que creo que existen en base a mi intuición, y también creo que están en este planeta.\n\n—La típica intuición femenina. La gente confunde lo que siente con lo que es verdad.\n\nJensen se salió del pavimento para continuar por la terracería hasta llegar al desfiladero, donde Pancho los esperaba con los caballos.\n\nDespués de que Jensen presentara a Edna y Pancho, Edna caminó hasta el desfiladero. Se quedó admirando los distintos tonos de verde a la distancia. Abajo estaba el río que más adelante pasaba al lado del pueblo.\n\n—¿Qué es eso? Allá abajo. Es color blanco.\n\n—Parece una camioneta. Algún borracho se habrá ido de frente.\n\n—¿Avisamos a la policía?\n\n—No. Ya tiene varios días ahí. Además, aquí no hay señal de celular. Mejor cuando regresemos.\n\nEl cuerpo de Edna adquirió rigidez. Los recuerdos del accidente luchaban por manifestarse en su mente, pero cortó una rama y se puso a escribir su nombre rodeado con unos adornos femeninos en la tierra para distraerse.\n\nDespués subieron a los caballos.\n\n—¿Y de verdad asustan en esa cabaña? —preguntó Edna.\n\n—Sí. Pasan cosas inexplicables y créeme, te van a asustar.\n\n—Ya veremos si es cierto. Por lo pronto, lo que me asusta son las miradas de tu amigo.\n\n—Es un tonto, se lo he dicho, pero él consiguió los caballos. No le hagas caso. Es inofensivo.\n\nAvanzaron a paso tranquilo por una hora hasta que finalmente quedó visible el techo de la cabaña en medio de la maleza.\n\nDescendieron de los caballos y se los dieron a Pancho para que los amarrara. Comenzaron a caminar hacia la cabaña. Era cierto. Edna podía sentir una extraña energía que provenía de ese lugar. No era solo su apariencia descuidada y oscura, algo activó su sentido de supervivencia. La misma sensación que experimentaba en sus pesadillas infantiles en las que siempre perdía a sus padres y despertaba gritando. Las pesadillas se fueron disminuyendo a partir de los diez años, pero en este momento estaba experimentando la misma ansiedad que crecía conforme se acercaban.\n\nSin decir palabra, corrió cuesta abajo. Corrió sin mirar atrás, ignorando los gritos de Jensen. Podía oír sus pisadas persiguiéndola, pero siguió corriendo, utilizando el mismo impulso para levantarse cuando se caía.\n\nLas pisadas se escuchaban más cerca, hasta que sintió el jalón en la parte trasera de su playera haciéndola caer.\n\nQuiso utilizar el mismo impulso para levantarse, pero le fue imposible. Jensen se encimó sobre ella y le dio dos bofetadas.\n\nEdna no había querido huir de Jensen, sino de ese lugar que despertaba terror en ella, pero las bofetadas expusieron la verdadera naturaleza de Jensen. La de su amigo con quien solía bromear, a quien quiso consolar por la muerte de su madre, con quien solía reír sobre las cosas absurdas de la vida. Eso la aterró aún más.\n\nSe escucharon los ladridos de un perro ciego que estaba a un lado de ellos.\n\n—¿Quién anda ahí? —preguntó un vagabundo poniéndose de pie y utilizando un palo para estirarlo como lo haría alguien que no puede ver.\n\n—¡Ayuda! —gritó Edna, pero el vagabundo la ignoró mientras seguía fingiendo estar ciego.\n\nLo reconoció. Era el vagabundo de la moneda el día del accidente.\n\nPoco después llegó Pancho resoplando de agotamiento.\n\nJensen sacó de su morral una cuerda mediana para cortar dos trozos con una navaja plegable. Usó uno para amarrar las manos a Edna, después se acercó a Justino.\n\n—No te hagas wey. Te hemos visto en el mercado cantando tus canciones. Sabemos que no estás ciego, ¿verdad Pancho?\n\n—Yo no veo ni escucho y estoy enfermo de Parkinson, así que con permiso —dijo fingiendo que seguía ciego mientras intentaba alejarse.\n\n—Quisiste decir Alzheimer, no Parkinson. Los de Parkinson tiemblan. Los de Alzheimer olvidan.\n\nJensen derribó a Justino para amarrarlo con el otro pedazo de lazo. Después le dio un puñetazo a Justino bajo la mirada y los gritos de Edna.\n\n—¡Imbécil! Tenías un palo en la mano. ¿Por qué no te defendiste? —le gritó Edna.\n\n—Mi gabardina no es capa —respondió Justino.\n\nJensen sacó una pistola de su morral y le disparó a Karma.\n\n—Por eso no se defendió. Llevaba las de perder —le dijo Jensen a Edna al mostrarle la pistola.\n\nJustino se arrodilló al ver caer a su amigo. Bajó la cabeza y comenzó a llorar con sollozos huecos, ahogados en el alma.\n\nA partir de ese momento la actitud de Jensen cambió. Ignoraba las preguntas, los insultos y las súplicas de Edna, la trataba como si fuera mercancía.\n\nLos llevaron a empujones de subida hasta la cabaña. Pero el miedo de Edna había migrado de la cabaña hacia el pánico de no volver a ver a sus padres.\n\nLa luz del sol caía a plomo. El esfuerzo por ascender provocó que comenzaran a sentir hambre.\n\n—Oye wey, vamos a comer algo —dijo Pancho.\n\n—Todavía no, falta poco.\n\nUna liebre gris con manchas blancas en el pecho y en la pierna izquierda se quedó inmóvil al verlos acercarse. Pancho hizo la señal de que se detuvieran mientras le pedía la pistola a Jensen. El ojo izquierdo de Jensen se entrecerró viendo directamente al animal. Después de un momento la liebre cayó desmayada.\n\n—Se murió —gritó Pancho corriendo a levantarla.\n\n—Déjala, trajimos comida. No hay tiempo para hacer una fogata.\n\nPancho soltó la liebre para reunirse con los demás y devolverle la pistola a Jensen. La liebre despertó, pero se veía aturdida. Comenzó a seguirlos.\n\nJensen abrió la puerta de madera para que entraran todos. Al acercarse la liebre le dio una patada para que se fuera, pero la liebre regresó hasta detenerse frente a él.\n\nJensen la agarró del lomo y se la llevó caminando más adelante, donde pasaba un río mediano. La aventó a mitad del agua para que se la llevara la corriente.\n\nRegresó a la cabaña para guiarlos a la recámara, donde recorrió la cama para abrir la puerta en el piso y descender por ella.\n\nEdna rezaba en voz alta al ver cómo su pesadilla se estaba materializando. Le suplicaba a Jensen que los dejara ir. Que no le diría a nadie, pero Jensen parecía no escucharla.\n\nEdna sabía que necesitaba entablar comunicación con Jensen para tratar de persuadirlo, pero él la ignoraba.\n\n—Espera aquí —ordenó Jensen a Pancho.\n\n—¡Tú la mataste! A Esmeralda, tú la mataste, ¿verdad? —le gritó Edna.\n\nJensen se detuvo para verla directamente. Se acercó a ella con sus ojos entreabiertos, pero esta vez no se manifestó Vicente. Era él mismo, con la mirada de un felino que está a punto de atacar.\n\n—Escucha, niña. Yo no la maté.\n\n—¿Por qué habría de creerle a un psicópata?\n\n—¡No soy un psicópata! Hay quienes creen que los psicópatas son seres más evolucionados que las personas normales, pero están limitados por sus carencias de interacción social. Yo no estoy limitado por esas carencias sociales y mis decisiones son racionales, no impulsivas. Por cierto… ¿qué tal te fue con eso de la intuición? ¿Te funcionó hoy? ¿O no agarraste señal, como los celulares?\n\n—Mi intuición sí funcionó, por eso corrí, ¡pero tú me detuviste!\n\n—¿Funcionó tu intuición? Y sin embargo, estás aquí.\n\nJensen dio la vuelta y bajó hábilmente al sótano, donde encendió las veladoras que estaban sobre el escritorio. Después subió los escalones.\n\nSin decir palabra, Jensen movió la cabeza indicando a Pancho que bajara a Edna. Los ojos de Pancho se hincharon con malicia. Sacó una botella pequeña que tenía escondida, la destapó con ansiedad y bebió. Tiró la botella al piso y luego la forzó violentamente a bajar.\n\nLa tiró en la mitad del sótano, quedándose un momento para observar los cuatro espejos que colgaban en las paredes. Eran tan enormes que parecía imposible que los hubieran metido por la puerta descendente.\n\nJensen se acercó a Justino, mirándolo sospechosamente.\n\n—¿Por qué no me ves a los ojos? —preguntó Jensen.\n\n—No quiero ver tu cara. No quiero reconocerte. Yo no debería estar aquí.\n\nEl ojo de Vicente se entrecerró. Se acercó a Justino para verlo detenidamente.\n\n—¡Hey! Yo conozco esa nariz. Tú eras el tipo que estaba desnudo en la sierra cuando andaba cazando una víbora de cascabel. ¿Te acuerdas? Te alumbré con la lámpara y te fuiste corriendo como si hubieras visto un fantasma.\n\nJustino se estremeció al reconocer la voz fragmentada. Bajó la vista con la cabeza escondida entre sus hombros. Él había sido la causa de que se hubiera teletransportado desde el vehículo en el Distrito Federal a Oaxaca. Él fue la causa del accidente, de que muriera su hijo y su esposa quedara inválida.\n\nMientras Jensen procedió a atar los pies de Justino, el sótano se llenó con gritos de terror y de cosas que se caían al piso, después se llenó con gritos de desprecio, después con gritos de súplica, finalmente se saturó con amargura y desamparo.\n\nJensen bajó silenciosamente con una cuerda entre sus manos para ponerla en el cuello de Pancho, quien, sorprendido, quiso liberarse bufando y sacudiendo su pesado cuerpo semidesnudo.\n\nDuró unos segundos sacudiéndose hasta que se detuvo todo movimiento, cayendo inerte sobre el piso de madera.\n\nJensen lo volteó cuidadosamente boca arriba.\n\n—Perdóname, amigo. Tuve que hacerlo para convencerlos de que soy capaz de sacrificar lo más valioso por servirles a ellos. Tú eras la prueba de lealtad que me pedían —dijo con unas lágrimas escurriendo de sus ojos y, a pesar de la desagradable expresión facial de Pancho, le dio un beso de despedida en los labios.\n\n—No sentí su alma —murmuró Jensen.\n\n—Lo sé. Traté de absorberlo a través de ti, no podía por tanto sentimentalismo —dijo Vicente con su desagradable voz—, pero cuando creí que lo iba a perder, logré absorberlo. ¿No lo notaste?\n\n—No. No sentí nada.\n\nEdna yacía en el piso con golpes en el cuerpo desnudo.\n\n—Esta es mía. Ella me las debe —dijo Vicente adquiriendo control de todo el cuerpo de Jensen.\n\nSe acercó a Edna para darle unas leves cachetadas tratando de reanimarla.\n\n—Despierta. Quiero que veas lo que te pasa por andar de chismosa —dijo Vicente.\n\nLe tomó la muñeca tratando de sentir el pulso.\n\n—Creo que el pendejo del gordo la mató. ¡Pendejo!\n\nVicente comenzó a darle compresiones en el pecho para intentar revivirla.",
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