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  "textContent": "### La biblioteca\n\nLos lunes y viernes de cada semana me agradaba ir a la biblioteca pública de mi ciudad. Tenía muchas ventajas, ya que te resguardaba del frío, del calor, de la nieve, de la lluvia y del viento; disponía de un horario ininterrumpido y amplio. Y lo más importante: allí es donde viven millones de libros que puedes disfrutar, llevarte a casa y abrazar después de leerlos si les has cogido cariño; gratis, gra-tis — has leído bien ¡gratis!—. Y encima tienen máquina de fotocopias y café.\n\nAquella tarde de viernes, con 40º C a la sombra, me venía de perlas acudir allí porque ya había leído las cuatro novelas de ficción que me llevé el lunes y, sobre todo, por el aire acondicionado.\n\nAl llegar saludé a Julia, la bibliotecaria, y puse los libros para devolución delante de ella.\n\n—Buenas tardes Paco, mejor no vuelvas a asomar la nariz fuera hasta que cerremos a las nueve, esto es mortal de necesidad.\n\n—Pero Julia, si tú vienes de la sartén de España, ¡cómo te quejas por 40 gradines de nada!\n\n—Aquí os pensáis que una no tiene que sufrir la calor, soy sevillana, no saharaui… —dijo con mucho menos gracejo del esperado, a Julia se le estaba pegando el acento norteño—. Aunque bueno, seguro que el pueblo saharaui también se queja de las inclemencias del tiempo, eso es costumbre y necesidad mundial.\n\nDespués de devolver las novelas me adentré, doblando mi bolsa de tela, en la agradable penumbra de los pasillos de estanterías. Vistos desde la perspectiva adecuada parecen fichas de dominó gigantes y, si te adentrabas en ellos, descubrías universos tan distintos entre sí: Poesía, Narrativa, Narrativa extranjera, Ensayo, Biografías, Juvenil, Infantil, Comic…. la lista parecía no tener fin; pero lo tenía, en Materias y Conocimiento, ahí no entraba normalmente, no me interesa saber acerca de la menopausia ni las recetas de Arguiñano.\n\nOlvidaba comentar que en el fondo bibliotecario también existen los DVD y CD, pero con tantas plataformas de vídeo y audio la verdad es que están cayendo en el olvido. No me consta que se estén añadiendo novedades en esa sección.\n\nEran las 19 horas y sentía que tenía todo el tiempo que quisiera para cotillear entre las secciones de Novela Negra, Terror y Ciencia Ficción. Un libro ilustrado de Lovecraft me miró de reojo desde un estante pero no me apetecía releerlo en ese momento, acaricié su lomo con el dedo al pasar. Me sorprendí cogiendo sin embargo el tercer libro de las _Crónicas Necromáticas_ de Brian Lumley, miré a ambos lados y, sin ninguna ceremonia; me senté con las piernas cruzadas en el suelo. Había leído hacía varios años el primer y segundo volumen de estas crónicas y estaba intentando recordar la trama principal, mi mente me enseñó el archivo que tenía guardado sobre ello: traiciones, espías y métodos poco convencionales para los interrogatorios… a muertos. La verdad es que mi mente es muy buena para las citas literarias, pero no para las historias en sí, podría releer toda la biblioteca varias veces sin dejar de sorprenderme por el final escrito en cada título.\n\nSin darme cuenta me distraje leyendo el primer capítulo, contento de conservar la buena vista porque la letra era un poco pequeña; luego vino el segundo capítulo y así, cuando me quise dar cuenta, eran casi las ocho de la tarde. Me estiré y me levanté, con un dolor sordo en la rodilla izquierda. El libro era interesante y seguir leyendo la saga era un deber que había contraído al empezarla hace tiempo, pero sentía que no recordaba lo suficiente de los libros 1 y 2; debería leer de nuevo todo desde el principio; y no sentía que aquel fuera el momento de esa lectura.\n\nSiendo verano y con las neuronas fuera de combate por el calor, lo mejor era una novela “fresquita”. Lo que viene siendo una comedia, una autobiografía de alguien simpático o, bueno ¡qué leches!: ¡una novela romántica!\n\nMe puse a revisar aquella estantería llena de colores del arco iris —creo que las editoriales podrían pensar mejor qué tonalidades le dan a este género porque esto parece un anuncio de compresas mezclado con el desfile del día del Orgullo— empecé por la Q: Queen, Julia; aquel día no me apeteció; Steel, Danielle; no, definitivamente; Tellado, Corín; no gracias. Cuando estaba pensando en tirar por libros escritos y editados por Wattpad recordé que no había visto ninguno de Jojo Moyes y volví al principio. El único que quedaba era _La última carta de amor_ , lo adopté bajo mi brazo y de paso me llevé _Antes de diciembre_ , que estaba al lado —Marcús, Joana—. No estaba muy seguro de por qué pero me sonaba mucho ese título.\n\nComo Romance está pegado a la sala infantil me senté en una de las sillas tamaño parvulario que allí había; para así poder hojear la novela de Joana. Es una pena que se esté perdiendo el hábito de traer a los niños a escoger unos cuentos para leer el fin de semana; la sala estaba vacía. Hubiera sido un poco raro ver a un señor de 30 tacos sentarse entre los críos sin ser acompañante de ninguno. Ese fin de semana no me tocaba mi parte de la custodia de mi hijo, Luis, pero no sería mala idea echar un vistazo también a algunos cuentos simpáticos para él.\n\nEn las bibliotecas la costumbre dicta que se apaguen y enciendan las luces varias veces a la hora de cerrar; es un aviso para que los usuarios vayan saliendo. Estaba cayendo en la cuenta de que Antes de diciembre me sonaba porque me parecía que había un título con el mismo nombre en Netflix, me eché la mano al bolsillo para comprobarlo con el móvil, cuando Julia hizo la jugada de la luz. Me levanté apurado; no me gusta molestar y entretener a la bibliotecaria a las nueve de la noche de un viernes me pareció una blasfemia. Llevaba los dos libros bajo el brazo y pensé someramente en dejarlos en un carrito de esos de «Mantén la sala ordenada», pero me había costado dos horas decidirme —enserio, dos horas, me parece una barbaridad ahora que estoy poniendo en pie este recuerdo— y ya había planeado mentalmente ver la película del libro la tarde del sábado, después de leerlo, obviamente.\n\nMe di cuenta que el edificio estaba aún más silencioso de lo habitual mientras corría hacia el mostrador de préstamos, pero lo que no podía esperarme es que no hubiera nadie detrás de este. Me volví a ambos lados; el personal de seguridad tampoco estaba en su puesto. El corazón se saltó un latido cuando observé que una luz roja parpadeaba encima de la puerta de salida; llevé la mano hasta empujarla pero no se movió ni un ápice.\n\n—¿Hola?— mi voz tuvo eco en las salas vacías—. Lo siento mucho pero… es que… me habéis dejado aquí encerrado.\n\nNo contestó nadie. Imaginé que habría una salida de emergencia pero, aunque la encontré detrás del pasillo de CD, estaba cerrada. Como en realidad soy un hombre resolutivo y calmado, metí de nuevo al mano en el bolsillo para llamar con el móvil a los bomberos. Pero allí agradecían el hecho de que no usaras el móvil, así que yo lo había dejado, junto con mi mochila, en la taquilla, que se encontraba fuera de la puerta de salida.\n\n¿Sabes que, de pequeños, algunos soñamos con quedarnos una noche encerrados en un centro comercial? Pues esto era igual que cumplir ese sueño para mí, pero sin comida, ni colchones de prueba marca blanca; solo una fuente de agua en el baño, que gracias a Dios no habían cerrado con llave, y cuyo ventanuco inspeccioné para ver si podía salir por él, pero era tan pequeño que no me cupo la cabeza.\n\nMe quedé pensando que tampoco era tan grave; tenía lectura y la máquina de café estaba de mi lado de la puerta. Cuando abrieran mañana sábado por la mañana sería bochornoso, pero podía leer y dormitar en la silla de oficina de detrás del mostrador mientras tanto. En ese momento, qué curioso, se apagó por fin la luz de la sala y solo quedaron encendidas las luces de emergencia.\n\n—Espera, ¿los sábados por la mañana abre la biblioteca en verano?— Ese pensamiento hizo que me bajara un sudor frío por la espalda, a pesar de que el aire acondicionado había quedado funcionando. Me desanimó bastante ver el cartel del horario de verano; se encontraba pegado en la puerta de salida, totalmente opaco y orientado hacia afuera. No podía leerlo.\n\nNo tenía muchas opciones así que había que esperar a la mañana siguiente y cruzar los dedos. Es de risa que un teleoperador no tenga teléfono para llamar, en serio. Revisé los ordenadores de la sala pero no tenían acceso a internet, y hasta me atreví a encender el que ocupaba antes Julia pero estaba restringido con clave de acceso. Hice rodar la silla de oficina hasta quedar bajo una de las luces de emergencia y empecé a leer:\n\n_Hablamos. Un beso._\n\n_Ellie Haworth ve a sus amigos a través del gentío y se abre camino serpenteando por el bar. Deja el bolso en el suelo y coloca el móvil sobre la mesa delante de ellos. Están ya bien achispados…, se les nota en el tono de voz, en los exagerados movimientos de los brazos y las fuertes carcajadas, y en las botellas vacías que tienen enfrente […]_\n\nJojo es una escritora sublime. Aunque yo considere que sus libros se puedan leer en verano también se disfrutan en otoño, por ejemplo, con su melancolía y sus hojas ocres por el suelo, de un modo más introspectivo.\n\nEn algún punto del edificio se oyó un roce, un susurro, y al mirar al suelo vi algo correr hacia donde yo estaba sentado… pasando de largo hacia la derecha. Y el hombre resolutivo y calmado que yo soy —o era— dio un respingo y subió las piernas en alto en la silla. Agazapado como una gárgola miré el suelo durante un buen rato, con los ojos desorbitados, sin entender cómo podía asustarme tanto que pudiera haber pasado un ratón… o no. Estaba haciéndome el fuerte y bajando los pies para agacharme a recoger el libro, que había tirado con el susto, cuando otro sonido me dejó petrificado de nuevo. Era inconfundible: un libro se había caído al suelo en alguna parte de las enormes fichas de dominó que eran las estanterías.\n\nNo podía dejar el volumen dañado, en el suelo, pobrecito; yo, que ni si quiera subrayaba los pasajes favoritos de mis libros. Cualquiera que me hubiera visto con un libro de romance bajo el brazo, andando de puntillas por el archivo documental de noche… la verdad es que no sé qué hubiera pensado.\n\nEn el suelo del pasillo de Juvenil lo vi: un libro de tapa dura de color amarillo, había quedado un poco abierto. Una profunda voz se oyó retumbar en la sala vacía:\n\n_—Voy a romperles la cabeza. Harry, debes saber que eres un mago._\n\nY una voz más joven respondió:\n\n_—¿Que soy qué?_\n\nEso sí que no era un ratón. El corazón me latía fuerte contra las costillas por la impresión pero, como broma de mal gusto ya me resultaba demasiado.\n\n—¡Cómo podéis tener tan mala idea! Venga, salid, Julia… chicos…— no respondía nadie —¿seguridad? ¿bomberos?— la voz se me apagó.\n\nAl recoger el libro con mano temblorosa leí su portada _Harry Potter y la piedra filosofal_. Ahí es donde Harry se entera de que es un mago y un mundo mágico empieza a aparecerse, tras años escondido, delante de sus ojos verdes, verdes como los de su madre…. el dibujo del mago me miró con una sonrisa extraña. Al dejarlo en el estante, como estaba nervioso sin querer tiré otro libro, lo miré como si hubiera quitado la anilla a una granada, pero incapaz de salir corriendo para librarme de la explosión. Sin embargo _El nombre del viento_ —¿Rothfuss, Patrick?—, no tuvo nada que decirme y me dio la risa; primero bajito, luego fue subiendo en volumen —¿qué más daba si el silencio en la sala solo es para cuando se molesta a otros lectores? —. Al final eran carcajadas escandalosas.\n\nEnjugándome con el dorso de la mano libre las lágrimas de risa miré la hora en el reloj de la pared: las 11 de la noche, se me iba a hacer largo. Decidí pedirme un café; un expreso, latte, capuchino o lo que fuese, pero con leche de avellanas, que era lo único decente de aquella máquina de café.\n\nMe parecía poco sensato tomar el café cerca de los libros; solté La última carta de amor, la mano me sudaba y limpié el canto del libro con el borde de mi camiseta. Me instalé en la mesa de la sala infantil, aunque las luces de emergencia allí resplandecían menos que en las otras. Pero era una sala candorosa, ¿o no? Allí no habría nada malo, ni supuestos ratones correteando, ni medio-gigantes dándole un giro de guion a tu vida; aunque había un pequeño ruido que no supe identificar, como una vibración en el suelo, en una esquina de la habitación. Como ya no pretendía volver a hacerme el valiente, me hice el sueco y me terminé el café moviendo el vaso sin pretenderlo porque me temblaba el pulso. Iba a tirar el vaso a reciclar cuando se materializó en el aire la voz de un narrador:\n\n_El conde se abalanzó para entrar, pero el espectro lo detuvo y blandió amenazador ante sus ojos…_\n\n_—… una caja de rapé —anunció Jo con un sepulcral acento que hizo desternillar de risa al auditorio—. «Gracias», dijo el conde, muy fino, tomando un polvito, y estornudando siete veces con tal violencia que se le cayó la cabeza. «¡Ja! ¡Ja!», rio el espectro…_\n\n— ¡No me digas que ahora cayó Jo March del estante! —pregunté en voz alta con cierta desesperación. Sin embargo no se había caído, por suerte no se había dañado ninguna esquina de la soberbia encuadernación del libro expuesto para el mes dedicado a Grandes Autoras de la Historia.\n\nMe acerqué a mirarlo mejor; estaba abierto por esa página, pero mudo. Lo malo es que oí caer de sus baldas dos libros más, me sentía como un bibliotecario gorila en Mundo Disco. Incluso balanceé los brazos mientras me dirigía hacia el ruido. Si me paro a pensarlo era como una película de terror, pero de serie B —hola, Paco del pasado: ¡no corras hacia el peligro!— menudo idiota estaba hecho.\n\nCuando me encontré en el pasillo de Novela Negra vi dos libros con las páginas abiertas, enfrascados en una conversación inconexa:\n\n_—Es la roca —murmuró Garza._\n\n_McFlarne parpadeó sin estar seguro de haber oído bien._\n\n_—¿Qué? — preguntó._\n\n_—He dicho que es la puñetera roca. Quiere matarnos a todos._\n\nEstaba diciendo con voz apasionada desde el libro azul. Mientras el volumen rojo le respondía con un tono más agudo:\n\n_—¿No conocerá por casualidad a una camarera de Luisiana que trabaja en un bar de un pueblo pequeño llamado Bon Temps?_\n\nAl cerrar ambos libros las voces callaron. Coloqué en orden escrupuloso _Más allá del Hielo_ y me encaminé a la sección de Terror sin comprender qué hacía _Turno de día_ con la Novela Negra. En el pasillo de al lado se oyó otro “pum”, se me estaba acumulando el trabajo, al asomarme, un poco molesto, cayeron varios títulos más a la vez y _Turno de día_ se me fue al suelo por la impresión. Uno de los tomos, bastante grande, casi me da en la cabeza, me volví a mirarlo y era una edición ilustrada de _Crónicas de la Dragonlance_ que con tono solemne contó a quien quisiera oírla:\n\n_Para el caballero, la vida era un oscuro sudario, solo podía llegar a aceptarla y comprenderla través del Código de los caballeros por el que su vida se regía…_\n\n—Chicos por favor, ya entiendo que necesitáis que se lean vuestras historias pero esto es demasiado.\n\nBien, me había puesto a hablar con los libros, definitivamente se me estaba yendo la cabeza, abandoné los títulos a su suerte y me senté de nuevo tras el mostrador de préstamos porque me había mareado. Hacía décadas que no me comía las uñas, pero —¡meca!— tenía una buena excusa para volver a hacerlo. El aire acondicionado me movía el pelo; aún así yo sudaba mientras me roía las cutículas y, como si fuera un pequeño terremoto, oí que empezaban a caer cientos de tomos. Salté de mi asiento, sin pensar cogí la novela de Jojo Moyes de la sala infantil mientras corría hacia los baños; me encerré desde dentro en el WC de minusválidos; me senté en una esquina y me empecé a balancear.\n\n—Todo esto no está pasando… no está pasando… no está….\n\nDe forma amortiguada se oyeron diversas frases literarias, muy famosas algunas:\n\n_Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…._\n\n_En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero…_\n\n_Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos…_\n\n_…se quedó despierto, recordando el tacto de la mano de Arthur contra la suya… Era un pensamiento ñoño y seguramente peligroso… pero nadie podía arrebatárselo._\n\n_No está muerto lo que puede yacer eternamente, y con el paso de los eones, aun la muerte puede mo…_\n\nCuriosa revancha se estaba tomando el maestro Lovecraft por no elegir su libro antes. Con la mente saturada me puse a pensar que no sabía quién era este tal Arthur. Me tapé los oídos y seguí meciéndome. No circulaba el aire; al parecer no había ningún extractor, o se apagaba con el resto de luces del edificio al cerrar. Los sonidos se extinguieron después de un buen rato, aunque no tenía idea de cuánto tiempo pasó; dentro de aquel baño no había reloj y estaba mucho más oscuro que las otras salas, casi no veía mis propias manos al pasarlas por delante de mi cara —y menos mal, porque el dedo corazón me lo había dejado en carne viva, aún conserva una forma un poco rara la uña—. Respiré hondo aquel aire viciado; con el mareo provocándome nauseas. Después de un tiempo excesivo, pero que consideré prudente en aquella situación: decidí salir del baño.\n\nPara mi sorpresa entraba la luz de la mañana por los cristales y todo parecía estar en orden; con un suspiro de alivio me acerqué a la sala infantil. Había una cosa que me daba curiosidad y me preocupaba a partes iguales: en la sala infantil no se habían oído voces, no se habían caído libros, sin embargo algo había corrido hacia allí al principio de la noche y después había sentido un temblor, un pequeño ruido, en una esquina de esa sala. Ese momento parecía tan lejano e inofensivo después de tantas horas.\n\nRegistré la sala con la luz del día; nada fuera de su sitio la verdad, puede que todo hubiera sido un sueño, sería lo más sensato ¿no? Al llegar a la esquina del minúsculo ruidito encontré un libro infantil, _Pequeños vehículos: ambulancia;_ su silueta tenía forma de dicho transporte de emergencia y además unas ruedas pequeñas, que comprobé que podían rotar de verdad, era lo que hacía ese tembloroso sonido.\n\n—Pequeño, ¿al empezar la noche tuviste miedo, eh?— acuné el libro entre mis brazos como si fuera un niño que ha visto lo que no debía ver, consolándolo —ya está, ya está…— Por el bien de mi salud mental el cuento no dijo nada, ni volvió a moverse, convirtiéndose de nuevo en lo que sencillamente era.\n\nLa apertura de puertas a las 9 del sábado me encontró sentado en la silla de la sala infantil, con tres libros en la mesa: los dos que quería prestados desde la noche anterior y el infantil. Luis era demasiado mayor para apreciar la lectura de este último pero se lo leería el fin de semana que viene antes de dormir de todos modos.\n\nJulia se asustó al ver que la biblioteca no estaba vacía, luego vinieron las preguntas de los chicos de seguridad y a alguien se le ocurrió sacarme otro capuchino de avellana de la máquina de café. Aún me encontraba en estado de shock cuando insistí en pedir el préstamo pertinente para marcharme a casa lo antes posible.\n\nAllí me tomé 3 tilas y un relajante muscular. Esa tarde me di cuenta que _Antes de diciembre_ realmente aún no tenía una película adaptada, una pena porque lo devoré: en parte para ver la película después y en parte para olvidarme de aquella noche.\n\nDesde entonces no he recuperado mucho el gusto por ir a la biblioteca. Es comprensible que las historias deseen ser contadas, leídas, disfrutadas y que se frustren por quedarse en su nicho cuando tienen tanto que aportar; pero, aunque comprendo esa necesidad, no he sido capaz de llevarme ninguna de las novelas que oí aquella noche. Sería una apuesta demasiado fuerte contra mi cordura. Julia y sus compañeros siguen pidiéndome disculpas por haberme dejado encerrado aunque fuera sin intención. Ahora solo voy una vez cada dos semanas y nunca dejo el móvil en la taquilla ni pierdo de vista a los bibliotecarios.\n\n———\n\n**Nota de la autora:** A _unque el presente relato contiene algunos elementos reales, la descripción de la biblioteca pública de León y sus trabajadores es ficticia, siendo casual cualquier coincidencia con la realidad puesto que su estructura viene de la mezcla en el recuerdo de decenas de bibliotecas de la geografía española._\n\n> **Bibliografía de textos citados en ésta historia:**\n>\n> _La última carta de amor; de Jojo Moyes, Harry Potter y la piedra filosofal; de J.K. Rowling, Mujercitas: de Louisa May Alcott, Más allá del hielo; de Douglas Preston y Lincoln Child, Turno de día; de Charlaine Harris, El retorno de los dragones; de Margaret Weis y Tracy Hickman, La canción del pirata; de José de Espronceda, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; de Miguel de Cervantes Saavedra, Lolita; de Vladimir Navocob, La casa en el mar más azul, de T.J. Klune y La llamada de Cthulhu; de H.P. Lovecraft._",
  "title": "La vida es rara: Con Paco y Gertru",
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