{
"$type": "site.standard.document",
"bskyPostRef": {
"cid": "bafyreic6zflo2gtwfm2bfqhxyawnw3xujijvx4chmk76e5ff27ivwpgeb4",
"uri": "at://did:plc:vzh4bg7wcdwdz7dh5cf2niuz/app.bsky.feed.post/3mn5dphhbcxn2"
},
"coverImage": {
"$type": "blob",
"ref": {
"$link": "bafkreicvcbpmyqs4xhskewjyw3jgugengtheimfsmfckshouhfiq6n65ri"
},
"mimeType": "image/png",
"size": 2993383
},
"path": "/d/3063-siddhartha-antepenultimo-capitulo/1",
"publishedAt": "2026-05-31T10:19:46.918Z",
"site": "https://fictograma.com",
"textContent": "# Capítulo Antepenúltimo: Om\n\nLa llaga ardió mucho tiempo. Siddhartha tuvo que pasar el río a muchos caminantes que traían consigo un hijo o una hija, y a ninguno de ellos veía sin envidiarlos, sin que pensara: “Cientos, miles de personas poseen el más preciado tesoro. ¿Y por qué yo no? Hasta los malos, hasta los ladrones y asesinos tienen hijos, y los aman, y son amados por ellos, y yo no.” Así pensaba, tan simplemente, tan sin razón; se había vuelto semejante a los hombres-niños.\n\nAhora veía a los hombres de diverso modo que antes, menos ladinos, menos orgullosos y, por tanto, más calurosos, más curiosos, más interesados por sus semejantes. Cuando pasaba el río a los caminantes en la forma acostumbrada, hombres-niños, negociantes, soldados, mujeres, ya no le parecían gentes extrañas como antes; los comprendía, los comprendía y compartía no solo sus pensamientos y puntos de vista, sino también los impulsos y deseos que impelían sus vidas; sentía como ellos. Aunque estaba cerca de la perfección y le apenaba su última desgracia, le parecía que todos aquellos hombres-niños eran sus hermanos; sus vanidades, codicias y ridiculeces perdían para él lo que tenían de ridículo, se habían vuelto más comprensibles, más dignos de ser amados, y hasta más dignos de estimación. El ciego amor de una madre hacia su hijo, el estúpido y ciego orgullo de un padre presumido por su único hijito, la ciega y salvaje tendencia a adornarse y a agradar a los hombres de una mujer joven y vanidosa; todos estos impulsos, todas estas niñerías, todos estos anhelos y codicias simples, insensatos, pero monstruosamente fuertes, vivos, operantes, ya no eran para Siddhartha ninguna niñería; veía que los hombres vivían por ellos, por ellos trabajaban, viajaban, hacían la guerra, lo sufrían todo, todo lo soportaban, y por ellos podía amarlos, veía la vida, lo viviente, lo indestructible, el Brahma en cada una de sus pasiones, en cada uno de sus actos. Estos hombres eran dignos de ser amados y admirados por su ciega fidelidad, por su ciega reciedumbre y tenacidad. Nada les faltaba, en nada les aventajaba el sabio y el pensador más que en una futilidad, en una sola cosa: en que tienen conciencia de la unidad de toda vida. Y Siddhartha dudaba muchas veces si este saber, estos pensamientos, merecían ser estimados tanto o si no serían más que una niñería del hombre pensador, del hombre-niño pensador. En todo lo demás, los hombres del mundo y el sabio eran de la misma condición; con frecuencia eran muy superiores a él, como en muchas ocasiones podían parecer superiores las bestias a los hombres, en su tenaz y recto obrar impuesto por la necesidad.\n\nLentamente fue floreciendo y madurando en Siddhartha la conciencia de lo que era en realidad la ciencia, de lo que era en realidad la sabiduría, de lo que era en realidad la meta de su larga búsqueda. No era otra cosa que una disposición del alma, una facultad, un arte secreto, de poder pensar en cada momento, en medio de la vida, en la idea de la unidad, de poder sentir y respirar la unidad. Floreció lentamente en él, resplandeció en las facciones del rostro infantil de Vasudeva: armonía, conciencia de la eterna perfección del mundo, sonrisas, unidad.\n\nPero la herida seguía ardiendo; con amargura y añoranza pensaba Siddhartha en su hijo, alimentaba su amor y ternura en su corazón, dejaba que el dolor le mordiera y cometió todas las locuras del amor. Aquella llama no se apagaba.\n\nY un día en que la llaga ardía poderosamente, Siddhartha se fue al río, empujado por la añoranza; montó en la barca con intención de ir a la ciudad y buscar a su hijo. El río se deslizaba blandamente, era la estación seca, pero su voz sonaba extrañamente: ¡se reía! Se reía claramente. El río reía, se reía claramente del barquero. Siddhartha se detuvo, se inclinó sobre el agua para escuchar mejor, y en las mansas aguas vio reflejado su rostro, y en aquel retrato había algo que le hacía recordar algo olvidado, y haciendo un esfuerzo de imaginación lo encontró: este rostro se parecía a otro que en otro tiempo había conocido, amado y hasta temido. Se parecía al rostro de su padre, al rostro del brahmán. Y recordó cómo siendo joven había obligado a su padre a permitirle irse con los penitentes, cómo se despidió de él, cómo se fue y no volvió más. ¿No había sufrido su padre el mismo dolor por él que ahora él sufría por su hijo? ¿No hacía ya mucho tiempo que su padre había muerto, solo, sin haber vuelto a ver a su hijo? ¿No debía él esperar este mismo destino? ¿No era esto una comedia, una extraña cosa, esta repetición, este correr en un círculo nefasto?\n\nEl río se reía. Sí, así era; se repetía lo que no había sido sufrido hasta el fin y solucionado; sufriría siempre los mismos dolores.\n\nPero Siddhartha volvió a empuñar los remos y bogó hacia la choza, pensando en su padre, pensando en su hijo, sintiendo que el río se reía de él, en desacuerdo consigo mismo, abocado a la desesperación, y no menos dispuesto a reírse en voz alta de sí y de todo el mundo. ¡Ah!, ya no florecía la llaga, ya se rebelaba su corazón contra el destino, ya no irradiaba su dolor alegría y victoria. Sin embargo, sintió esperanzas, y en llegando a la choza, sintió un irrefrenable deseo de abrir su pecho a Vasudeva, de mostrarle todo al maestro de los oyentes, de decírselo todo.\n\nVasudeva estaba sentado en la choza y tejía un cesto. Ya no conducía la barca, sus ojos empezaban a debilitarse, y no solo sus ojos, sino también sus brazos y manos. Sólo permanecían inmutables y florecientes la alegría y la benevolencia de su rostro.\n\nSiddhartha se acercó al anciano y empezó a hablar lentamente. Habló de lo que nunca habían hablado, de su ida a la ciudad aquella vez, de la ardiente llaga, de su envidia al ver a los otros padres felices, de su conocimiento de la locura de semejantes deseos, de su lucha inútil contra ellos. Todo lo relató, todo lo dijo, aun lo más penoso; todo se dejó decir, todo se dejó mostrar; pudo referirlo todo. Descubrió su llaga, refirió también su huida de hoy, su marcha por el río, una escapada infantil; su intención de llegarse hasta la ciudad, y cómo el río se había reído.\n\nMientras hablaba, y habló mucho; mientras Vasudeva le escuchaba con rostro sereno, Siddhartha sintió que su oyente le escuchaba con más atención que la de costumbre, que sus dolores, sus angustias, le penetraban, que sus secretas esperanzas le traspasaban, volvían a él desde el otro lado. Mostrar su llaga a este oyente era como bañarla en el río hasta que se enfriara y fuera una sola cosa en el río. Mientras hablaba, mientras le informaba y se confesaba, Siddhartha sintió que aquel no era Vasudeva, que aquel no era un hombre que le escuchaba, que aquel oyente inmóvil embebía su confesión como un árbol la lluvia, que aquel ser inmóvil era el mismo río, el mismo Dios, el mismo Eterno. Y cuando Siddhartha cesó de pensar en sí y en su llaga, se apoderó de él la noción de cambio operado en Vasudeva, y cuanto más pensaba en ello, tanto menos milagroso le parecía, tanto más comprendía que todo estaba en orden y era natural que Vasudeva desde hacía mucho tiempo, casi desde siempre, había sido siempre así, que él mismo no se había dado cuenta de ello, y que él no era muy distinto del otro. Sentía que miraba ahora al viejo Vasudeva como el pueblo mira a los dioses, y que aquello no podía durar; empezó a despedirse de Vasudeva con el corazón. Y siguió hablando.\n\nCuando terminó de hablar, Vasudeva levantó su mirada afable y algo fatigada hacia él; no habló, le lanzó una oleada de silencioso amor y serenidad, de comprensión y entendimiento. Cogió la mano de Siddhartha, le llevó hasta la orilla del río, se sentó con él en tierra y sonrió a las aguas.\n\n—Le has oído reír —dijo—. Pero no lo has oído todo. Escuchemos y oirás algo más.\n\nPrestaron atención. Claramente se oía el polífono canto del río. Siddhartha miró a las aguas, y sobre ellas distinguió unas figuras: vio a su padre, solo, entristecido por el hijo; se vio a sí mismo, solo trabado por los lazos de la añoranza del hijo lejano; vio a su hijo, solo también, precipitándose por el camino ardiente de sus jóvenes deseos, cada cual dirigido hacia su fin, todos sufriendo. El río cantaba con su voz dolorosa, cantaba vehemente, corría vehemente hacia su destino, su voz sonaba quejumbrosa.\n\n—¿Oyes? —preguntó Vasudeva, con una mirada muda. Siddhartha asintió.\n\n—¡Escucha mejor ! —susurró Vasudeva.\n\nSiddhartha se esforzó en escuchar con más atención. La imagen del padre, su propia imagen, la imagen de su hijo, se fundían unas con otras; también apareció la imagen de Kamala y se fundió, y la imagen de Govinda, y otras imágenes, y todas sobrenadaban en las aguas, formando un río, añorantes, codiciosas, sufrientes, y la voz del río sonaba anhelante, llena de dolor, llena de intranquilo deseo. El río caminaba hacia su término; Siddhartha veía el río formado por él y los suyos y todos los hombres que había visto antes, todas las olas y aguas, apresurarse dolorosamente hacia sus fines, muchos fines, hacia la cascada, el lago, la torrentera, el mar, y todos los fines eran alcanzados, y a cada uno le sucedía otro, y las aguas desprendían vapores que ascendías hacia el cielo, ya fuera fuente, arroyo, río, esforzándose de nuevo, corriendo de nuevo. Pero la voz anhelante había cambiado. Seguía sonando dolorosamente; pero otras voces se le unían, voces de alegría y dolor, voces buenas y malas, rientes y tristes, cientos de voces, miles de voces.\n\nSiddhartha escuchó. Escuchaba ahora con toda atención, enteramente, absorbiéndolo todo; sentía que al fin había aprendido a escuchar. Ya otras muchas veces había oído todo esto, todas aquellas voces en el río; pero hoy sonaban de modo distinto. Ya no sabía distinguir aquellas numerosas voces, ni las alegres de las llorosas, ni las infantiles de las de los hombres; pertenecían a todos juntos, lamentos del que añora, risas del sabio, gritos del colérico y gemidos del moribundo; todo era uno, todo entremezclado y enredado mil veces. Y todo junto, todas las voces, todos los fines, todos los anhelos, todos los dolores, todos los goces, todo lo bueno y lo malo, todo junto formaba el mundo. Todo ello formaba el río del acaecer, la música de la vida. Y aunque Siddhartha escuchaba atentamente este río, esta canción a mil voces; aunque no oía el dolor ni la risa, aunque no acordaba su alma a ninguna voz ni penetraba con su yo en ellas, sino que escuchaba el todo, percibía la unidad, y la gran canción de las mil voces venía a concentrarse en una sola palabra, que se llamaba Om: la perfección.\n\n—¿Oyes? —volvió a preguntar la mirada de Vasudeva. La sonrisa de Vasudeva resplandecía luminosamente; sobre todas las arrugas de su viejo rostro se cernía esta sonrisa, como sobre todas las voces del río flotaba el Om. Su sonrisa resplandecía luminosa cuando miró al amigo, y luminosamente brilló también en la cara de Siddhartha la misma sonrisa. Su llaga florecía, su dolor lanzaba destellos, su yo se había fundido en la unidad.\n\nEn esta hora cesó Siddhartha de luchar con el Destino, cesó de padecer. En su rostro floreció la serenidad del saber del que no se opone ninguna voluntad, que conoce la perfección, que está de acuerdo con el río del devenir, con la corriente de la vida, lleno de compasión, lleno de gozo compartido, entregado a la corriente, perteneciente a la unidad.\n\nCuando Vasudeva se levantó de su asiento en la orilla, cuando miró a Siddhartha a los ojos y vio brillar en ellos la serenidad del saber, le tocó el hombro suavemente con la mano, como tenía por costumbre, y dijo:\n\n—He estado esperando esta hora, querido. Ha llegado ya, déjame ir. He esperado mucho tiempo este instante, he sido mucho tiempo el barquero Vasudeva. Ya basta. ¡Adiós, choza, adiós, río; adiós, Siddhartha!\n\nSiddhartha se inclinó profundamente ante el que se despedía.\n\n—Lo esperaba —dijo en voz baja—. ¿Te vas al bosque?\n\n—Me voy al bosque, me voy hacia la Unidad —dijo Vasudeva, radiante.\n\nSe alejó, radiante; Siddhartha le siguió con la mirada. Le miraba alejarse con profunda alegría; con profunda seriedad contempló su paso lleno de paz, su cabeza llena de resplandores, su figura llena de luz.\n\n> _Continúa en Capítulo Final…_",
"title": "Siddhartha: Antepenúltimo Capítulo",
"updatedAt": "2026-05-31T10:14:24.000Z"
}