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  "publishedAt": "2026-05-30T14:18:38.862Z",
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  "textContent": "### Primera Parte: Oro\n\nLa llegada de tres hombres extraños sembró el espanto. Junto a la puerta de la primera casa de la ranchería, una mujer dejó abandonado el malacate y el algodón que hilaba. Otra, se desató de la cintura, nerviosamente, los extremos del telar, y abandonando la manta que tejía, huyó para el interior de la choza, cuya puerta cerró con violencia.\n\nMás allá, ladraron los perros. Y comenzó la estampida hacía las breñas más cercanas: muchachos casi desnudos y mujeres desmelenadas. Era la hora en que los hombres aptos se hallaban en los trabajos.\n\nLos recién llegados avanzaron tirando por las riendas de sus caballos, a los que seguía una mula de carga con dos grandes cajones a cuestas. Así habían hecho la última jornada por un camino transitable apenas para la gente de a pie, en busca de la ranchería clavada en plena sierra. El que iba adelante, al ver la huida de los naturales, se detuvo sonriendo. Y, a tiempo que hacía notar a sus compañeros el efecto de su presencia, se limpiaba el sudor de la frente.\n\nUn largo callejón. A los lados, las casas pajizas, pardas, ennegrecidas por el humo. Patios de tierra negra. En ellos, un naranjo, un ciruelo, un cedro. Entre casa y casa, una cerca de piedra. Sobre los cercados, ropa tendida a secar. Al fondo de la ranchería, la sierra encarrujada de verdura.\n\nLos tres hombres se miraban con gesto de compasión por los que huían. Uno de ellos dijo:\n\n—Si tuvieran un buen camino, ya no estarían tan atrasados. Al menos ya se hubieran hecho al trato de los blancos.\n\nY reanudaron la marcha, ya por el callejón. En una de las casas donde el delantero vio que la puerta se había cerrado por el interior y que, por lo tanto, no estaba sola, llamó con pausados golpes. Nadie respondía. El hombre, que era el guía de los otros, hablaba la lengua de los naturales y recurrió a ella, dando a las palabras la mayor mansedumbre, inspiradora de confianza.\n\n—¿Qué les dice? —preguntó al intérprete uno de sus patrones.\n\n—Les digo que me regalen un poco de agua.\n\nY la palabra, dicha en el propio idioma, hizo que se abriera la puerta. Apareció un viejo con una jícara llena de agua, en las manos. En el fondo de la pieza, la única de la casa, estaba una mujer, de espaldas. Parapetado en las piernas de su madre, un niño asomaba media cara, entre curioso y timorato, arriesgando tan sólo un ojo, de brillo gatuno.\n\nLos recién llegados bebieron en la misma jícara. Cuando el guía, al regresarla, dijo, dando las gracias, tlazo-camati, la cara del indígena se dulcificó aún más. Le preguntó quiénes eran sus amos, qué buscaban, para dónde iban y si acaso no pertenecían a quienes en otras ocasiones les causaran muchos males. Y el blanco le explicó: sus amos vendían algunos artículos, tal vez del gusto de los naturales, estudiaban la tierra y, de paso, buscaban algunas hierbas curativas.\n\nDespués, el hombre se volvió a sus amos y les explicó lo que había tratado con el viejo. Mientras tanto, al ver que éste hablaba con los desconocidos, algunos de los naturales abrieron, aunque con sigilo, sus puertas. Otros regresaban ya, cautelosamente, de las breñas, a las que habían huido. Por sobre los cercados asomaba más de una cabeza: cabellos negros y untados, ojos brillantes, pómulos salientes. Los muchachos, más audaces, se habían acercado para admirar los caballos.\n\nLos visitantes tomaron asiento en una banca de madera que había en el portalito. Fatigados y sudorosos se hacían aire con los sombreros. Hablaban sin duda del lugar, de sus habitantes y de su situación, pues las miradas iban por las casas, por las sierras y en ocasiones los ademanes indicaban al anciano presente y a los niños que a su vez los veían.\n\nEl intérprete se dirigió nuevamente al viejo y le dijo si en el rancho había algún lugar donde se alojaran los viajeros. La respuesta no fue del agrado de los visitantes. El indígena contestó que, como jamás llegaban viajeros, no había hospedaje; pero si ellos deseaban quedarse en su portal…\n\nDespués de unas cuantas palabras ajenas a los naturales, fue aceptada la invitación. El guía, con la ayuda del anciano, procedió a descargar los cajones. Aflojó las monturas y, a tiempo que sus amos daban unos pasos por el callejón, discutiendo en voz baja y poniendo mucho interés en las cercanas serranías, habló largamente con el viejo, a la vista de cien ojos curiosos.\n\nFue a unírseles:\n\n—He interrogado hábilmente al viejo y dice que por aquí no hay minas; en cuanto al escondite de polvo de oro, sostiene que jamás ha oído hablar de él; y que no sabe una palabra de los ídolos dorados.\n\n—¡Si será usted ingenuo! ¿Suponer que así, de luego a luego, va a decirle la verdad? Yo tengo la relación y el plano de ese lugar, donde los naturales de aquí, hace muchos años, escondieron el polvo de oro de los tributos. Los de este lugar recibían las contribuciones de cíen pueblos: ¡polvo de oro en cañones de pluma! ¡Oro! ¡Oro! ¿Y de dónde lo tomaban? De unas minas que hay en estas sierras. ¡Yo tengo el plano!\n\nEl intérprete, a pesar del entusiasmo de su amo, se atrevió a refutar:\n\n—El viejo dice que la tribu no tiene muchos años aquí. Sus abuelos, que eran muy poderosos, vivieron en el valle, donde señorearon a otros pueblos. Huyendo de los blancos, que los perseguían, dejaron las tierras buenas de los valles por éstas que, aunque ingratas, les ofrecen más protección.\n\n—¿Y qué importa?\n\n—Digo, señor, que si los antepasados, los que fueron poderosos, tenían su asiento en el valle, es allá donde habrá que buscar las riquezas escondidas.\n\n—¡Buscaremos aquí y en el valle! Lo importante es que ya estamos en el sitio que señala el mapa. ¡Y si el plano fracasa, haremos hablar a estas esfinges que guardan con tanto celo su tradición! ¡Y no hay que esperar que hablen con la sonrisa en la boca, sino con el gesto del dolor! O, acaso, ni es necesario… ¿Pues qué me dirán ustedes si hoy o mañana, al comprarnos una sarta de chaquiras o un manojo de estambres, nos pagan con cañones de plumas llenos de polvo de oro?\n\n*\n\nAl caer la tarde, cuando los hombres regresan de sus trabajos, se encuentran con la novedad de que unos blancos han llegado a la ranchería. Van también ellos, arrastrados por la curiosidad de los demás, hasta el portal donde los mercaderes exponen sus mercaderías.\n\nEl viejo de la casa explicó a sus hermanos cómo llegaron los extranjeros, qué era lo que deseaban y, en cuanto a lo que vendían, ya ellos lo estaban viendo. Los puso en guardia sobre que preguntaban insistentemente por el teocuítatl, el oro, a lo que él había contestado no saber nada, y sobre las hierbas medicinales, de lo cual los viejos todos resolverían.\n\nAnte las baratijas, eran las mujeres las más animadas. La primera en comprar, mediante el intérprete, una sarta de cuentas de vidrio, puso en manos del vendedor una moneda que hizo a los visitantes mirarse con despechada inteligencia: era una moneda común y corriente. Tal vez otros compradores pagarían con polvo de oro o con tejos amarillos, y siguieron atendiendo la venta. Lo que más vendían eran cuentas y chaquiras, estambres y el tochomite con que las mujeres de los naturales labran sus ropas de algodón y con que se adornan la cabeza.\n\nLos hombres se animaron cuando fue abierto un largo paquete. Eran machetes cachi-cuerno, de esos tan largos que arrastran hasta cuando los lleva un individuo de regular estatura. Muchos de los nativos compraron; pero el pago fue en moneda de cuño corriente.\n\nEl ensayo comercial no dio el resultado preferido y, ya sin finalidad, los artefactos fueron encajonados. Los extranjeros comentaron el fracaso. Pero les quedaban otros recursos. Entre los hombres que habían regresado de sus trabajos, hechos al trato de los blancos en el pueblo y en las haciendas, inquirieron nuevamente sobre las minas y los escondites de oro, inútilmente.\n\nLa acuarela del crepúsculo se opacó violentamente. La sombra de los cerros llegó y, avanzando como una gran marcha, fue a tapar también el valle.\n\nLas gallinas comenzaron a buscar las ramas de los ciruelos. Los cerdos, de la más ínfima clase —largos y puntiagudos hocicos—, procuraban ya el refugio en los jaladizos de las casa y al pie de los tecorrales.\n\nDe los tres mercaderes, después de haber instalado sus cabalgaduras en una huerta, dos se habían recostado junto a los bultos de sus baratijas, meditativos o dormidos, mientras que el guía se fue por los callejones.\n\nY la noche se derrumbó sobre el caserío. Desapareció el verde lejano de las serranías, las que se recortaban sobre el cielo. Las casas se convirtieron en pardos conos, sin más señuelo para los ojos que la luz de los fogones rayando verticalmente las junturas de las empalizadas.\n\nAnocheceres tristes de ranchería indígena; bultos grises, en cuclillas, a la puerta de las casas. Mujeres que ya vuelven del pozo, con la tinaja en la cabeza. Aplaudir sordo de las que hacen tortillas. El niño, somnoliento, que llora incansable porque la madre no lo aúpa. Lejos, el grito de la gallina de monte y el ladrar del perro milpero. En las goteras de las casas, el vuelo curvilíneo de los murciélagos.\n\nEl guía se detuvo en una puerta, a pedir agua. Cuando el perro, furioso, acató a su dueño y cedió el paso, mientras le servían el agua, el hombre echó un ojo al interior. En un tlapextle estaban tres muchachos cobrizos, durmiendo casi amontonados; dos, más crecidos, lo miraban desde un rincón, con grandes ojos asombrados; junto al fogón, cenaba otro; el hombre sostenía en un brazo al penúltimo; y la mujer, para poder desempeñar su trabajo en el metate, llevaba a cuestas el más pequeño.\n\nEl intruso, después de beber, expresó su asombro a la vista de tanta prole. El indígena, sonriendo, se justificó con una sugerencia:\n\n—Sí, muchos hijos… Es que el ocote o la vela se acaban muy temprano y, ya en la oscuridad, ¿qué hemos de hacer nosotros los pobres?\n\nComo, a tiempo que se despedía, la mujer se puso de pie, la figura de ella no pudo menos que hacerle recordar el decir: «Linda pollada; y, la gallina, echada…».\n\nAl extremo del callejón y a la puerta de una casucha, un indio viejo, teniendo entre las piernas una arpa más vieja que él, tocaba en sordina un ingenuo acorde sugerente de una danza sencilla. Adentro, sus hijos desgranaban mazorcas de maíz; y las mujeres, al parecer sin otra ocupación, molían en el metate.\n\nEra tan acallada la música, que a unos cuantos pasos ya no se le oía. En las noches de lluvia, cuando en las charcas hacen escolta las ranas, sin duda no podían distinguirse el concierto de éstas y las notas del arpa.\n\nEn algunas casas ya se había extinguido la luz. El guía sonrió al recuerdo de la causa que se le diera sobre los muchos hijos, entre los naturales, secreto aplicable a todos los pobres.\n\nY fue a unirse con sus amos.\n\n*\n\nA la luz de un ocote y de la luna, los mercaderes cenaron en el corredor. Los naturales se admiraban al ver cómo abrían pequeñas cajas metálicas de las que sacaban sus comestibles. El viejo de la casa los obsequió con tortillas y con un plato de barro casi lleno de chile. En cambio, sus huéspedes le dieron unas tajadas de jamón. El anciano mostró el obsequio a su mujer y a sus hijos, pero nadie lo probó, prefiriendo el grano de sal envuelto en un pedazo de tortilla y después una mordida al picante. Dientes perfectos, por herbívoros.\n\nCuando los forasteros tendían sus camas en el corredor, el intérprete explicaba una vez más:\n\n—¡Sin duda lo saben, pero es tan difícil arrancarles sus secretos! Desde niños reciben la tradición y el mandato de guardarla. Yo sé de un extranjero que quiso obtener el secreto de cómo los naturales atacan la calvicie, pues no hay indio calvo —una hierba que crece en ciertos lugares de la sierra— y el poseedor del secreto se dejó matar antes que revelarlo.\n\n—¡Veremos!\n\nLejos, sonaba una chirimía monótona y triste, algo así como un grillo.\n\n> _Continúa en siguiente capítulo…_",
  "title": "El Indio - Primera Parte: Oro - Gregorio López y Fuentes",
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