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  "publishedAt": "2026-05-28T14:15:11.353Z",
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  "textContent": "# Capítulo IX El barquero\n\n“En este río quiero vivir —pensó Siddhartha—. Es el mismo que atravesé en mi ida hacia los hombres-niños. Entonces, un amable barquero me pasó el río, quiero ir junto a él. En su choza se inició para mí una nueva vida, que se ha hecho vieja y ha muero. ¡Ojalá que mi camino, que mi nueva vida encuentre allí su principio!”\n\nMiró delicadamente la corriente, sus transparentes linfas verdes, las cristalinas líneas de su dibujo lleno de misterios. Vio ascender del fondo perlas luminosas, vio flotar sobre sus espejos unas pompas que reflejaban el azul del cielo. Con mil ojos le miraba el río, con sus verdes, con sus blancos, con sus cristales, con su celeste azul. ¡Cómo amaba esta agua, cómo le encantaban, cuán agradecido estaba a ellas! Oía hablar a la voz en su corazón, que despertaba de nuevo y le decía: “¡Ama a esta agua! ¡Permanece junto a ellas! ¡Aprende de ellas!” ¡Oh, sí, él quería aprender de ellas, quería escucharlas! Quien comprendiera a esta agua y sus misterios, le parecía que llegaría a comprender muchas otras cosas, muchos misterios, todos los misterios.\n\nPero de todos los misterios del río, hoy no veía más que uno, que había conmovido su alma. Vio que esta agua corría y corría, corría sin cesar, y sin embargo siempre estaba allí, siempre era la misma y, no obstante, ¡siempre era nueva! No lo comprendía, solo sentía moverse los presentimientos, los recuerdos lejanos, las voces divinas.\n\nSiddhartha se levantó, era insoportable el hambre que sentía. Prosiguió su camino, resignado, por el sendero de la orilla, en contra de la corriente, escuchando el rumor del agua y las voces de su estómago.\n\nCuando llegó al lugar del pasaje, allí estaba la barca y el mismo barquero que en otro tiempo había trasbordado al joven samana; Siddhartha le reconoció, aunque él también había envejecido mucho.\n\n—¿Quieres pasarme el río?— preguntó.\n\nEl barquero, asombrado de ver solo a un señor tan principal y caminando a pie, le recibió en la barca y desatracó.\n\n—Hermosa vida has elegido— dijo el pasajero—. Debe de ser bello vivir en esta agua y deslizarse sobre ellas.\n\nEl remero se inclinó sonriendo:\n\n—Sí que es bello, señor, como dices. Pero ¿no es hermosa toda vida, no es hermoso todo trabajo?\n\n—Posiblemente, sí. Pero yo te envidio por la tuya.\n\n—¡Ah!, pronto perderías el gusto por ella. Esto no es para gente bien vestida.\n\nSiddhartha sonrió.\n\n—Es la segunda vez que han reparado en mis vestidos en este día, es la segunda vez que son mirados con desconfianza. ¿Querrías quedarte con ellos? Me pesan mucho. Además, has de saber que no tengo dinero para pagarte el pasaje.\n\n—El señor bromea— sonrió el barquero.\n\n—No bromeo, amigo. Mira: ya en otra ocasión me pasaste el río por caridad. Hazlo hoy también, y quédate con mis vestidos en pago de tu estipendio.\n\n—¿Y quiere el señor continuar su camino sin vestidos?\n\n—¡Ah!, preferiría no seguir adelante. Me gustaría más, barquero, que me dieras un delantal viejo y me retuvieras a tu servicio, como aprendiz, pues antes habrías de enseñarme a manejar un barco.\n\nEl barquero se quedó mirando al forastero.\n\n—Ahora ya sé quién eres— dijo, al fin—. Dormiste una noche en mi choza hace mucho tiempo, es posible que haga más de veinte años, y te pasé el río, y nos despedimos como buenos amigos. ¿No eras tú un samana? Lo que no recuerdo es tu nombre.\n\n—Me llamo Siddhartha, y era un samana la última vez que me viste.\n\n—Entonces, se bien venido, Siddhartha. Yo me llamo Vasudeva. Espero que hoy también seas mi huésped y que dormirás en mi cabaña, y que me contarás de dónde vienes y por qué te pesan tanto esos hermosos vestidos.\n\nHabían llegado a la mitad del río y Vasudeva se afianzó en los remos para vencer la corriente. Trabajaba reposadamente, la mirada puesta en la proa, con sus brazos robustos. Siddhartha iba sentado y le miraba, y recordaba que, en aquel último día de su época de samana, había brotado el amor en su corazón hacía este hombre. Aceptó agradecido la invitación de Vasudeva. Cuando llegaron a la otra orilla le ayudó a amarrar el bote a las estacas; luego el barquero le rogó que entrara en la choza, le ofreció pan y agua, y Siddhartha comió con placer, y comió también con gusto del fruto del mango que Vasudeva le dio.\n\nDespués, al ponerse el sol, se sentaron sobre un tronco, junto a la orilla, y Siddhartha refirió al barquero su vida y su alcurnia, como lo había visto hoy ante sus ojos, en aquella hora de desesperación. Su relato duró hasta bien entrada la noche.\n\nVasudeva le escuchó con toda atención. Se enteró de su genealogía, de su niñez, de todo lo que aprendió, de todo lo que buscó, de todas sus alegrías, de todas sus calamidades. Esta era una de las virtudes mayores del barquero: la de saber escuchar como pocos. El orador se dio cuenta de que Vasudeva recibía sus palabras tranquilo, abierto, esperando, sin perder ninguna, sin esperar ninguna con impaciencia, sin elogiarlas ni censurarlas, limitándose a escuchar. Siddhartha sentía cuán placentero es tener un oyente así, volcar en su corazón la propia vida, los propios anhelos, los propios dolores.\n\nCuando Siddhartha estaba terminando su relato, cuando habló del árbol junto al río y de su profunda caída, del sagrado Om y de que al despertar del sueño había sentido un amor muy grande por el río, el barquero redobló la atención, enteramente entregado a la narración, con los ojos cerrados.\n\nPero cuando Siddhartha calló, y después de un largo silencio, dijo Vasudeva:\n\n—Es lo que yo pensaba. El río te ha hablado. También se te muestra propicio, también te habló. Eso es bueno, muy bueno. Quédate conmigo, Siddhartha, amigo mío. En otro tiempo tuve mujer, pero ya hace tiempo que murió, y desde entonces vivo solo. Ahora puedes vivir tú conmigo; hay sitio y comida para los dos.\n\n—Te lo agradezco —dijo Siddhartha—, te lo agradezco y acepto. Y también te doy gracias, Vasudeva, por haberme escuchado con tanta atención. Pocos son los hombres que saben escuchar, y pocos he encontrado que lo hagan como tú. Tendré que aprender también esto de ti.\n\n—Lo aprenderás —dijo Vasudeva—, pero no de mí. El río es el que me ha enseñado a escuchar; tú también lo aprenderás de él. Lo sabe todo, todo se puede aprender de él. Mira, hoy has aprendido de las aguas que es bueno tender hacia abajo, hundirse, buscar el fondo. El rico y culto Siddhartha quiere ser remero, el sabio brahmán Siddhartha aspira a convertirse en barquero: esto también te lo ha enseñado el río. También aprenderás lo demás.\n\nSiddhartha habló después de una larga pausa:\n\n—¿Y qué es lo demás, Vasudeva?\n\nVasudeva se levantó.\n\n—Se ha hecho tarde —dijo—, vamos a dormir. No puedo decirte qué es lo “demás”, oh amigo. Tú lo aprenderás; quizá ya sepas lo que es. Mira, yo no soy ningún letrado, no sé hablar, no sé pensar. Yo no sé más que escuchar y ser piadoso, no he aprendido otra cosa. Si yo supiera hablar y enseñar sería quizá un sabio, pero no soy más que un barquero, y mi tarea es transportar gentes sobre este río. He pasado a muchos miles, y para todos ellos mi río no era más que un impedimento en su camino. Ellos viajaban por dinero y por negocios, para asistir a una boda, para hacer una peregrinación, y el río estaba en su camino, y para eso estaba allí el barquero: para que los pasara prontamente al otro lado. Unos pocos entre miles; unos pocos, cuatro o cinco, han dejado de considerar el río como un impedimento en su camino, han escuchado su voz, le han obedecido, y el río es sagrado para ellos como ha sido para mí. Y vayamos a descansar, Siddhartha.\n\nSiddhartha se quedó con el barquero y aprendió a manejar el barco, y cuando no había que hacer nada en el río trabajaba con Vasudeva en el arrozal, recogía leña, recolectaba bananas. Aprendió a labrar un remo, aprendió a reparar la barca y a trenzar cestos, y estaba contento con todo lo que había aprendido, y los días y los meses pasaban velozmente. Pero el río le enseñó mucho más de lo que pudiera enseñarle Vasudeva. Constantemente le estaba enseñando. De él aprendió ante todo a escuchar, a escuchar con tranquilo corazón, con el alma abierta, esperanzada, sin pasión, sin deseo, sin prejuicios, sin opinión.\n\nVivía amistosamente junto a Vasudeva, y a veces cambiaban entre sí unas palabras, pocas y bien meditadas. Vasudeva era poco amigo de hablar; pocas veces conseguía Siddhartha hacerle entrar en conversación.\n\n—¿Has aprendido tú también—le preguntó una vez— aquel secreto del río que dice que no hay tiempo?\n\nEl rostro de Vasudeva se distendió en una clara sonrisa.\n\n—Sí, Siddhartha —dijo—. Así es, como tú dices: que el río es igual en todo su recorrido, en sus fuentes como en su desembocadura, en la cascada, en el vado, en el rápido, en el mar, en la montaña, por todas partes igual, y para él no hay más que presente, sin futuro sombrío.\n\n—Eso es —dijo Siddhartha—. Y cuando lo aprendí contemplé mi vida y vi que era también un río, y que el Siddhartha mozo y el Siddhartha hombre y el Siddhartha viejo solo estaban separados por sombras, no por realidades. Tampoco había pasado en los anteriores nacimientos de Siddhartha, como no habría futuro cuando muriera y volviera a Brahma. Nada ha sido, nada será; todo es, todo tiene ser y presente.\n\nSiddhartha habló con entusiasmo. Estaba encantado de lo que había aprendido. ¡Oh!, ¡no era tiempo de dolor, tiempo de atormentarse y llenarse de temor!, ¿no se había orillado y vencido en el mundo todo lo difícil, todo lo enemigo, en cuanto se había logrado vencer al tiempo? Había hablado con entusiasmo, pero Vasudeva le sonrió, radiante, e hizo gestos aprobatorios, acarició con la mano el hombro de Siddhartha y se volvió a su trabajo.\n\nY otra vez, cuando el río se desbordó a causa de las lluvias y mugía reciamente, dijo Siddhartha:\n\n—¿No es verdad, oh amigo, que el río tiene muchas voces, muchísimas voces? ¿No tiene la voz de un rey, de un guerrero, de un toro, de un ave nocturna, de una parturienta, de un sollozante y mil otras voces?\n\n—Así es —respondió Vasudeva—; todas las voces de las criaturas están en su voz.\n\n—¿Y sabes tú —prosiguió Siddhartha— qué palabra pronuncia si te es dado escuchar al tiempo todas esas diez mil voces?\n\nEl rostro de Vasudeva sonrió venturosamente, se inclinó sobre Siddhartha y pronunció en sus oídos la sagrada palabra Om. Y esta era precisamente la que Siddhartha había escuchado.\n\nY de ven en vez, su sonrisa era más parecida a la del barquero, casi era igual de radiante, casi igual traspasada de dicha, luminosa igualmente en mil arrugas, tan infantil, tan anciana. Muchos caminantes, cuando veían a los dos barqueros, los creían hermanos. Con frecuencia se sentaban juntos en la orilla sobre el tronco de árbol, callaban y escuchaban el rumor del agua, para ellos no era la del agua, sino la voz de la vida, la voz del que es, del ser eterno. Y a veces sucedía que ambos, escuchando al río, pensaban en la misma cosa, en una conversación de días atrás, en uno de sus pasajeros, cuyo rostro y destino les preocupaba; en la muerte, en su infancia, y que ambos a una, en el mismo instante, cuando el río les había dicho algo bueno, se miraban uno a otro, pensando los dos en lo mismo, regocijados los dos por la misma respuesta a la misma pregunta.\n\nEmanaba de la barca y de ambos barqueros algo que muchos de los pasajeros percibían. Sucedía con bastante frecuencia que algún viajero, después de haber mirado al rostro de cualquiera de los dos barqueros, empezaba a relatar su vida, refería sus penas, confesaba sus maldades, pedía consuelo y consejo. Sucedía a veces que uno pedía permiso para pasar una noche con ellos y escuchar al río. Sucedía también que acudían muchos curiosos, a los que habían contado que en aquel pontón vivían dos sabios o magos o santos. Los curiosos formulaban muchas preguntas, pero no obtenían contestación alguna, y no encontraban ni encantadores, ni sabios; solo veían dos viejos hombrecillos que parecían ser mudos y algo extravagantes y tímidos. Y los curiosos se reían y se divertían al comprobar cómo se esparcía este rumor infundido entre el pueblo insensato y crédulo.\n\nLos años pasaban y nadie los contaba. Una vez llegaron unos monjes peregrinos, discípulos de Gotama, el Buda, que rogaron les pasaran en la barca, y los barqueros supieron por ellos que volvían a toda prisa junto a su maestro, pues se había propagado la noticia de que el Sublime estaba enfermo de muerte y pronto moriría por última vez en este mundo, para alcanzar la redención. No mucho después llegó un nuevo tropel de peregrinos, y luego otro y otro, y todos los monjes y los demás viajeros no hablaban de otra cosa que de Gotama y de su próxima muerte. Y como si se tratara de una concentración militar o de asistir a la coronación de un rey, los hombres acudían de todas partes, formando hileras interminables como de hormigas; llegaban como empujados por un sortilegio al lugar donde el gran Buda esperaba su muerte, donde había de realizarse el prodigio de que el sumo Perfecto de toda una época de la Tierra se fuera a la Gloria.\n\nMucho pensó Siddhartha en este tiempo en el sabio moribundo, en el gran maestro, cuya voz exhortó a pueblos enteros y despertó a cientos de miles de gentes, cuya voz él también había escuchado en otro tiempo, cuyo rostro santo había contemplado con veneración en otro tiempo también. Pensó amistosamente en sí mismo, en el camino de su perfección, y recordó sonriendo las palabras que el Sublime le dirigiera siendo un joven todavía. Fueron unas palabras, así se lo parecía, orgullosas y llenas de cordura; sonriendo las recordó. Se sabía muy allegado a Gotama, aunque no había podido aceptar su doctrina. No; el que busca de verdad la verdad no puede aceptar ninguna doctrina, al menos el que quiera encontrarla de verdad. Pero el que la ha encontrado puede sancionar toda doctrina, todo camino, toda meta, pues ya nada le separa de los mil otros que viven en la eternidad, que respiran la Divinidad.\n\nEn una de aquellas tardes en que cruzaron el río tantos peregrinos hacia el Buda moribundo, pasó por allí Kamala, la más hermosa de las cortesanas de otro tiempo. Hacía mucho que se había retirado de su vida anterior, había regalado su parque a los monjes de Gotama, había buscado refugio en su doctrina, contaba entre las amigas y bienhechoras de los peregrinos. Acompañada del joven Siddhartha, su hijo, se había puesto en camino al saber la próxima muerte de Gotama, vestida sencillamente y a pie. Se había puesto en camino hacia el río con su hijito, pero el muchacho se cansó pronto, quería volver a casa, quería descansar, quería comer, lloraba y pataleaba. Kamala tenía que detenerse con frecuencia, estaba acostumbrado a imponer su voluntad, tenía que darle de comer, tenía que consolarle, tenía que reñirle. No comprendía por qué había de realizar con su madre esta penosa peregrinación hacia un lugar desconocido, hacia un hombre extraño, que era santo y que estaba muriendo. Aunque se muriera, ¿qué le importaba al muchacho?\n\nLos peregrinos no estaban lejos de la barca de Vasudeva cuando el pequeño Siddhartha obligó a su madre a hacer un nuevo alto. También Kamala estaba cansada, y mientras el muchacho trepaba a un banano, se sentó en el suelo, cerró un poco los ojos y descansó Pero de pronto lanzó un grito lamentable, el niño la miró horrorizado y vio que estaba mortalmente pálida y que de entre sus vestidos salía una culebra negra que la había mordido.\n\nCorrieron presurosos en busca de socorro y llegaron cerca de la barca, pero Kamala cayó a tierra, sin poder incorporarse ya más. El muchacho gritó lastimeramente mientras besaba y abrazaba a su madre, la cual le acompañó en sus gritos de socorro. Vasudeva los oyó, acudió presuroso, cogió en brazos a la mujer, la llevó hasta la barca, el muchacho les siguió, y pronto estuvieron los tres en la choza, donde Siddhartha estaba encendiendo el fuego. Este miró a los recién llegados; primero el rostro del muchacho, que le recordó prodigiosamente el pasado. Luego vio a Kamala, a la que reconoció en seguida, aunque esta seguía inconsciente en los brazos del barquero, y entonces comprendió que aquel era su propio hijo, cuyo rostro tanto le había impresionado, y el corazón latió con fuerza en su pecho.\n\nLavaron la herida de Kamala, pero ya estaba negra y su cuerpo hinchado; le dieron a beber un brebaje salutífero y volvió en sí. La tendieron en la cama de Siddhartha, y este permaneció inclinado sobre aquella a la que tanto había amado en otro tiempo. A Kamala le parecía estar soñando, y miró sonriente aquellos rostros amigos, se fue dando cuenta lentamente de su estado, recordó la mordedura, llamó angustiada su hijo.\n\n—Está a tu lado, no te inquietes —dijo Siddhartha.\n\nKamala le miró a los ojos. Habló con lengua pesada, paralizada por el veneno.\n\n—Has envejecido mucho, querido—dijo—, tienes el pelo blanco. Pero pareces enteramente aquel joven samana que, sin vestidos y con los pies llenos de polvo, se acercó a mi jardín. Te pareces a él mucho más que cuando nos dejaste a Kamaswami y a mí. Te pareces a él en los ojos, Siddhartha. ¡Ah!, yo también envejecí; ¿me recuerdas aún?\n\nSiddhartha sonrió:\n\n—Te reconocí enseguida, amada Kamala.\n\nKamala señaló a su niño y dijo:\n\n—¿Le reconoces también a él? Es tu hijo.\n\nSus ojos se enturbiaron y cerraron. El muchacho lloró. Siddhartha lo sentó en sus rodillas, lo dejó llorar, acarició sus cabellos, y al ver el rostro del niño recordó una oración brahmánica aprendida de pequeño. Lentamente, con voz cantarina, empezó a recitarla; las palabras fluían del pasado y de la infancia. Y con este canturriar la criatura se tranquilizó, lo meció de cuando en cuando y se durmió. Siddhartha le acostó en la cama de Vasudeva. Vasudeva estaba en el fogón y cocía arroz. Siddhartha le dirigió una mirada que él le devolvió sonriendo.\n\n—Se morirá —dijo Siddhartha en voz baja.\n\nVasudeva asintió con la cabeza; sobre su rostro amistoso jugueteaba el reflejo del fuego del hogar.\n\nKamala volvió en sí otra vez. El dolor descomponía su rostro; los ojos de Siddhartha leyeron el dolor en su boca, en sus mejillas pálidas. Lo leía tranquilo, atento, esperando, sumergido en su dolor. Kamala lo sentía; su mirada buscó los ojos de él.\n\n—También veo—dijo—que tus ojos han cambiado. Son ahora muy distintos. ¿En qué reconozco que eres Siddhartha? Lo eres y no lo eres.\n\nSiddhartha no dijo nada; sus ojos miraban silenciosos los de ella.\n\n—¿Lo has logrado? —preguntó Kamala—. ¿Has encontrado la paz?\n\nÉl sonrió y puso su mano entre las de ella.\n\n—Lo veo —dijo—. Yo también la encontraré.\n\n—Ya la has encontrado —susurró Siddhartha.\n\nKamala seguía mirándole a los ojos invariablemente. Pensaba que había querido peregrinar hacia Gotama para contemplar el rostro de un ser perfecto, para respirar su paz, y que en vez de encontrarse con Gotama había dado con Siddhartha, y era igual, enteramente igual que si hubiera llegado a ver al otro. Quería decirle todo esto, pero su lengua ya no obedecía a su voluntad. Le miraba silenciosamente, y él veía apagarse la vida en sus ojos. Cuando el último dolor quebró el brillo de sus ojos, cuando el último estremecimiento recorrió sus miembros, cerró los párpados de la muerta con los dedos.\n\nAllí permaneció sentado un largo rato mirando el rostro como adormecido. Largo rato estuvo contemplando su boca, su boca vieja y fatigada, con los labios que habían adelgazado, y recordó que en otro tiempo, en la primavera de sus años, había comparado aquella boca con un higo abierto. Permaneció mucho tiempo junto a la muerta, leyendo en el pálido rostro, en las fatigadas arrugas; se reconoció en sus rasgos, vio su propio rostro reclinado así, igualmente pálido, igualmente apagado, y vio su rostro y el de ella cuando eran jóvenes, con aquellos labios rojos, con los ojos ardientes, y la sensación del presente y de la simultaneidad le atravesó enteramente, junto con el sentimiento de la eternidad. Sintió profundamente, más profundamente que otras veces, la indestructibilidad de cada vida, la eternidad de cada instante.\n\nCuando se incorporó, Vasudeva le tenía preparado un poco de arroz, Pero Siddhartha no quiso comer nada. En el establo donde estaba la cabra, ambos viejos se prepararon un lecho de paja y Vasudeva se echó a dormir. Pero Siddhartha salió fuera y se sentó delante de la choza, escuchando al río, repasando el pasado, conmovido y envuelto por todos los tiempos de su vida. Y de cuando en cuando se levantaba, se acercaba a la puerta de la casa y escuchaba si el niño dormía.\n\nMuy de mañana, mucho antes de que apareciera el sol, salió Vasudeva del establo y se acercó a su amigo.\n\n—No has dormido —dijo.\n\n—No, Vasudeva. Aquí he estado sentado, escuchando el río. Muchas cosas me ha dicho, me ha llenado profundamente de pensamientos saludables, con pensamientos de la unidad.\n\n—Has sufrido un dolor, Siddhartha; y sin embargo veo que no hay tristeza en tu corazón.\n\n—No, querido. ¿Cómo podría estar triste? Yo, que fui rico y feliz, soy ahora más rico y venturoso. Me ha sido regalado mi hijo.\n\n—Bien venido tu hijo a mi casa. Pero ahora pongámonos al trabajo, porque hay mucho que hacer. Kamala ha muerto en el mismo lecho donde murió mi mujer. Levantaremos una pira en la misma colina donde en otro tiempo se alzó la de mi mujer.\n\nMientras dormía el niño levantaron la pira.\n\n> _Continúa en el Capítulo 10…_",
  "title": "Siddhartha: Capítulo 9 - Herman Hesse",
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