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Recuerdo de Varitas Mágicas

fictograma [Unofficial] May 28, 2026
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Recuerdo de varitas mágicas De niña, el tiempo tenía otra forma de moverse. Avanzaba despacio, casi a paso de tortuga, como si los días se estiraran más de lo necesario; nada que ver con la rapidez con la que, años después, se iría en un abrir y cerrar de ojos. Cada jornada parecía guardar una pequeña sorpresa y casi siempre aparecía en lo más simple: encontrar una moneda, la llegada de papá con la cena o los momentos en que nos sentábamos a escuchar a mamá, que tenía una manera increíble de contar sus historias. Nos hablaba de su niñez, de su familia, de otros tiempos y nosotros la escuchábamos como si todo fuera extraordinario. En medio de esas charlas y de consejos que parecían pequeños, algo se iba quedando con nosotros, casi sin que lo notáramos. Y poco a poco, sin darnos cuenta, empezábamos a mirar el mundo de una manera distinta. La tiendita de Doña Romy estaba a un par de cuadras de mi casa. Era la tienda de abarrotes más cercana y a donde íbamos cuando a mi mamá le faltaba algo de la despensa o cuando juntábamos monedas perdidas entre los sillones, debajo de la cama u olvidadas en los bolsillos de algún pantalón de mi papá. En verano, hacer estos encargos era parte de lo cotidiano y un deber de los niños, igual que hacer la tarea y limpiar nuestra habitación. Salíamos corriendo cada vez que mamá necesitaba algo, cruzábamos la calle descalzos y nos reíamos mientras el asfalto caliente nos obligaba a acelerar el paso. Pero en invierno era distinto. En los días más fríos, mamá salía sola. Se ponía varias capas de ropa y encima su capa beige de cuadros cafés. Antes de cerrar la puerta, se detenía, nos miraba con firmeza y decía: —Pórtense bien… — Hacía una pausa breve—. Si se portan bien, les traigo algo. Y eso bastaba. —¡Una varita mágica! —decíamos al mismo tiempo. La varita era un tubo de plástico, más ancho que un popote, lleno de chicles diminutos o grageas aciditas que nos encantaban. Pero mientras esperábamos en la sala, viendo televisión y escuchando el ruido lejano de la calle, la varita dejaba de ser un dulce y se transformaba en posibilidad. Entonces empezábamos a imaginar. “¿Qué haríamos si tuviéramos una varita mágica verdadera?” Una como la del del hada madrina de Cenicienta o las hadas buenas de la Bella Durmiente. Y siempre ocurría lo mismo. Ahora recuerdo esos momentos con una sonrisa un poco incrédula, porque fuera de algunos juguetes, volar y no ir a la escuela, nunca pedimos un castillo o viajar a Disneyland. La imaginación tomaba un rumbo muy claro, como si la misma idea nos cruzara la mente a todos. —Yo viajaría al pasado —decía alguno. Y los demás asentíamos. Siempre era igual. Viajar al pasado e ir a buscar a mamá cuando era niña. Sabíamos lo suficiente para que doliera. Aunque éramos pequeños, entendíamos más de lo que parecía; cada vez que mamá compartía algo de su niñez, algo se acomodaba en silencio dentro de nosotros. Había nacido en un pueblito humilde cerca del río Nazas, en Durango. Diez hermanos, un padre alcohólico, días de hambre y noches de frío. Lo contaba sin dramatismo, como si hablara de otra vida, pero a nosotros se nos quedaba adentro, haciendo eco. Con nuestras varitas imaginarias, todo tenía solución. —Le llevaríamos comida —decíamos Nelia y yo. —Mucha —añadía Pol. —Y café para mi abuela —decía Lupe. Mamá siempre decía que el café era la bebida favorita de su madre. Ninguno de nosotros llegó a conocerla, pero en nuestras historias aparecía sentada en una butaca, con una taza caliente entre las manos. Y luego venía otro momento importante. —Y le hacemos su fiesta. —La más grande. —Con un vestido de princesa. Porque mamá nos contó que de niña creía que a todas las muchachas les hacían fiesta de quince años y les compraban un vestido hermoso. Pero a ella no. A los trece años dejó el rancho para irse a trabajar de cocinera en una casa en la ciudad. Volvía algunos días cada año, pero con el tiempo, se fue alejando más: Lerdo, Gómez Palacio, Torreón, Saltillo… hasta llegar a Monterrey, donde conoció a mi papá. Desde donde estuviera, siempre encontraba la manera de mandar dinero a mi abuela. Hace unos días, en una reunión familiar, alguien mencionó la tiendita de Doña Romy y la memoria se abrió. Salieron risas, anécdotas, travesuras, chistes repetidos que ya no necesitan remate. Y en medio de todo, regresó la varita mágica. Lo más sorprendente no fue recordarla. Fue descubrir que todos recordábamos lo mismo. Nadie habló de riquezas. Nadie mencionó grandes deseos materiales. Siempre era igual: viajar al pasado, encontrar a mamá de niña y aliviar lo más duro que le había tocado vivir. —Y también queríamos aventar una bomba a la escuela —dijo Nelia. Las risas no se hicieron esperar. Mamá reía y en su risa había algo más que alegría: una certeza tranquila, como si todo hubiera encontrado su sitio. La escuché y entendí que no había sombra al mirar atrás, solo un camino que la había traído, paso a paso, hasta este momento preciso. No cambiaría nada, pensé, no si al final nos tenía ahí, sentados alrededor de la mesa, con bebidas en mano, platos llenos y la casa latiendo de risas y de una unión que no necesita explicarse. Caí en la cuenta que la verdadera magia nunca estuvo en transformar las cosas, sino en cómo llegan a su lugar. En todo lo que se sostuvo, en lo que resistió, en lo que, casi sin advertirlo, fue encontrando forma hasta convertirse en un instante compartido. La varita mágica no era un objeto ni un hechizo, sino un tejido invisible que nos unía, que tomó un pasado difícil y lo llevó, con una paciencia silenciosa, hasta una mesa llena, una risa abierta y la certeza profunda de que, de algún modo inexplicable, todo estaba en su lugar.

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