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  "textContent": "### LOS ANCIANOS\n\nEl ambiente en la Galería conmutaba la solemnidad con un ambiente festivo. Había más personas que de costumbre, y las estrechas calles veíanse desbordadas de gente. Le parece irreal que la multitud proceda de partes tan lejanas en el desierto; tierras extrañas en las que incluso las lenguas se han mezclado en extraños dialectos y formas.\n\nY es que si bien es cierto que, en esencia, habla la misma lengua que Zev, los recolectores tienden a torcer la gramática en formas que al mago le parecen priorizar un orden eufónico por sobre algo más lógico. Y aun así, son las mismas palabras. A veces un verbo en gerundio se filtra por delante de un sujeto que pierde importancia entre la notoriedad de la acción en sí. O la ubicuidad del pronombre en la mayoría de las frases, siempre repitiendo los tú y los yo.\n\nSe siente sobrecogido frente a la abundante vida del exterior y observa como capas de extraños cortes y diversos colores se funden en una danza que a momentos le sume en un dulce hipnotismo. Alguna tela verde por allí y un turbante rojo por allá. Alcanza a ver los delicados bordados en oro blanco, adornando distintos vestidos de un color azul apagado (como si se quedase a medio camino entre el celeste y el gris) que visten varias mujeres que caminan altivas, de cabellos negros y largos, pieles pálidas y cabezas elevadas por sobre el resto; son altas, tanto más que Zev y aún más que él mismo. Por un instante le observan y murmuran algo entre sí, después desaparecen entre el gentío.\n\nSiente el aire saturarse de lo que parece un millar de voces hablando, rezando, todas al unísono. Personas caminan en grupos, mientras otras andan desorientadas, mirando a todos lados. Algunos se han reunido en círculos, tomándose de las manos y elevando plegarias a alguna de las voluntades. Los escucha cantar pasajes del **Canon de Aheb** , son gozosos, suplicantes. De entre los rezos, algunos fragmentos le son familiares, y la imagen de Zev acude a su mente; el rostro quemado por el sol y la luz reflejándose sobre sus ojos.\n\n— _Y como la lívida conciencia del hombre de las arenas, las tormentas se han de elevar sobre el cielo_ —había dicho Zev en aquel momento. Una gran nube roja se alzaba en la lejanía, tan por encima de todo que en el horizonte no se veía otra cosa—. Tenemos que volver. Será peligroso si la tormenta nos envuelve.\n\nTras salir de la distorsión, apenas y pudieron tomar un descanso. El sol se ocultaba y la senectud del día era pronta, evidente. De frente a la tormenta, el viento se tornaba un poco más filoso a cada paso, embebido en una furia que solo podía resultar propia de las fuerzas naturales. Los grandes rasgos azarosos de la existencia.\n\nCaminaron mucho, siempre confiando en la orientación de Zev, hasta que la noche los alcanzó. En medio de la oscuridad, siguieron avanzando. Zev guiándole y él, sosteniéndolo por la capa. La mente aturdida por la noche, el frío y el temor de acabar perdido en medio de la incipiente tormenta de arena. Si conseguían volver a la Galería vería a los ancianos reunirse, y entonces podría partir. Ya adaptados a la penumbra, sus ojos distinguen la melena anaranjada, que aún en ausencia de luz parece arder. Distingue la delgada figura que se mueve al frente, con movimientos gráciles y precisos. Al tropezar con una roca por la arena, Zev lo sostiene por un brazo. Así continúan andando.\n\nLes llevo un tiempo encontrar la entrada a la Galería. El helar de la noche comenzaba a doler en los huesos, y la falta de agua los mantenía al borde del colapso. Aunque no lo notase, el mago estaba seguro de como luciría aquella escena desde los ojos de un tercero: dos hombres jóvenes con el rostro demacrado y la mente perturbada, arrastrándose por el desierto apoyados el uno en el otro; avanzando a tientas y siguiendo un instinto quizá falible. El guía cargando una espada en un brazo, con esfuerzo, tal que desease dejarle en cualquier lado y continuar sin ese peso. El otro, aferrado a su compañero, ciego por el anochecer, indefenso.\n\nFueron detectados mucho antes de saber que habían llegado a los dominios de la gran tribu del norte. Zev percibió que eran acechados y entonces levanto la voz, gritando su nombre y otras palabras en una lengua que el mago fue incapaz de comprender. Fue cuando una mujer, ataviada en ropas negras, salió al paso. Una amplia capa colgaba de sus hombros y la capucha le cubría el rostro. La tela que le cobijaba reflejaba la escaza luz en delgados destellos verdiazules y morados, del mismo modo que lo hacían las vestiduras de Zev. Fue gracias al contorno que ofrecían los efímeros reflejos que consiguió describir el cuerpo ajeno como femenino. Ella era una cazadora. Saludó a su guía con una frase en la lengua desconocida, y tras un apretón de manos, los llevo al interior. No dirigió palabra alguna hacia él.\n\n—Ha sido la tormenta más fuerte en cincuenta solares —señaló Nowa, después de la impresión de encontrarlos detrás de una puerta.\n\nCuando atravesaron el umbral de la casa, Uzi lucía tranquila; servía dos tazones repletos de una infusión humeante. Se acercó a ellos, y con el rostro serio, le dio un beso en la frente a cada uno.\n\n—No me han mentido las estrellas, sabía que estarían con bien.\n\nEl remedio tenía un gusto amargo que permanecía adherido al paladar y por debajo de la lengua. Una sensación oleosa se amalgamaba entre los dientes y las encías, y una ola de reconfortante calor lo llenaba desde el interior. El líquido era azul o verde y sintió como su mente se despejaba al terminarlo. Ma les sirvió otra ronda del brebaje, y a cada trago las fuerzas volvían al cuerpo. No así los músculos perdidos a su lugar sobre los huesos, o la piel desgarrada a su estado original.\n\nUn amplio cuenco de metal cobrizo lo esperaba al interior de una habitación, repleto de agua caliente mezclada con hierbas y aceites. Primero se lavó con delicadeza, despegando cada costra y limpiando cada mancha de suciedad, tocando con curiosidad los miembros huesudos y las costillas remarcadas bajo la piel del esternón. Entonces se talló la piel con fuerza, el cuerpo y el rostro, debajo de los brazos y por detrás del cuello, frotó hasta que sintió su carne arder. Estaba llorando. Evitó el modesto espejo que descansaba sobre la pared y se dirigió a la habitación que lo había arropado durante el tiempo que llevaba ahí.\n\nZev dormía, profundo. El torso desnudo y el cabello ahora arreglado en una larga trenza ardiente. Posó su mano sobre su rostro y sintió su respiración. Y de pronto la vida de aquel bárbaro lo llenó de júbilo. Por un instante deseó que aquella estancia no terminase jamás.\n\nUn quejido llamó su atención y se encontró con un par de ojos verdes mirándolo, con una sonrisa extraña que devolvió de la misma forma. Zev tomó su mano un momento, la soltó y se dio la vuelta, de nuevo dormido.",
  "title": "EL MAGO. Tercera Parte - I",
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