Travesía Sempiterna: Desvaneciéndose hacia la Nada - Capítulo 2
Esta es la tercera y última parte que tengo escrita y lista para compartir.
Ya estoy trabajando en el capítulo 3, aunque todavía no sé cuándo estará listo. Estoy experimentando con capítulos un poco más largos.
Gracias por leer, y espero sus comentarios 😄
–Capítulo 2: La fe del silencio–
¿Los Trotamundos, dices? ¿Aún existen? Cuando yo era pequeño, pasó un equipo de ellos por mi comunidad. No parecían humanos. O, al menos, no del todo. Solo su forma de hablar y convivir lo parecía. Pero sus ojos, la biotecnología de sus cuerpos, sus trajes… algo no estaba bien con ellos. Aunque nunca supe explicar por qué. También se dice que ya van más de quinientos años sin que pase alguno por Bosque Oxidado. Mi memoria podría engañarme. Aun así, quisiera ver una vez más esa bitácora metálica que cargaba uno de ellos. La forma en que fluía con el polvo; cómo, al gritar lo que parecían instrucciones, el metal y las hojas se volvían casi líquidos. Era un espectáculo tan grande que hace que todo lo que vino después no sea más que algo que habría preferido no volver a ver jamás.
~Antiguo Administrador de Bosque Oxidado, Precaución 3.
Descansar era necesario, desafortunadamente. La tecnología había avanzado mucho, pero no lo suficiente para quitarles a los humanos la mala costumbre de dormir.
Veltyr dejó el vehículo estacionado fuera del motel. Hasta eso, la tarifa incluía protección y seguro ante daños. Aunque, en realidad, solo importaba la protección: el seguro había dejado de operar en muchas zonas hacía años. «Ah, pero qué bien que la siguen cobrando», pensó. Necesitaban revisar qué tenían en inventario: polvo, papel para mapas, tinta o acceso a impresora 3D y, en lo específico, Créditos de ruta. Veltyr se preguntó cómo había pagado Luxvier el alquiler de la noche, si él no era quien solía cargarlos. Bueno, ya se preocuparía de eso al salir.
Escuchó gruñir a Luxvier. Parecía que por fin se había despertado.
—Bienvenido seas al mundo de los despiertos. Anda, debemos salir de aquí. La comunidad parece habitada. Deben ser unas quinientas entidades. Vi el nombre al ejecutar el reconocimiento antier.
—¿Antier? —bostezó Luxvier, más dormido que despierto—. ¿Dormí de más otra vez, verdad? Esa puta almohada estaba demasiado cómoda.
—Apura —insistió Veltyr—. Debemos agarrar camino cuanto antes. En el radar que lancé aparecieron un par de entidades por rutas cercanas a la entrada de Valle Abrasión. No logro determinar si se acercan o se alejan.
—Voy. Ya inicio mi traje. —El material comenzó a desplegarse desde su muñeca. Ambos llevaban incrustada una especie de reloj perfecto, con las manecillas orientadas hacia la parte interior del brazo: otra pieza biomecánica propia de los Indicadores y Ejecutores—. Dame cinco y estoy listo.
Luxvier sonrió. Entonces recordó que ayer —o antier, al parecer, por el cansancio— no había pagado el alquiler. Había entrado por una ruta trasera de mantenimiento, como la que tenían todos los moteles. Menos mal que eran autónomos, cien por ciento sin personal humano. De lo contrario estarían en serios problemas
—Oye, Veltyr, ¿me pasas un Crédito de ruta vacío? Iré a pagar.
—Claro —respondió, claramente frustrado. Sabía que se venía una buena multa por la jugadita de su compañero.
Veltyr cargó la ficha y pagó. Los Créditos de ruta, a veces llamados simplemente créditos o fichas, eran una moneda híbrida de la megaestructura. Existían como fichas metálicas hexagonales con núcleo luminoso, pero también como registro digital cuando una comunidad estaba conectada. Servían para pagar estancia, mapas, polvo, transporte y permisos de tránsito. Su valor no dependía solo de la cantidad, sino de la seguridad y acceso que representaban. En zonas remotas, la ficha física pesaba más que el saldo; en zonas conectadas, la verificación digital evitaba falsificaciones. En este caso, el motel no contaba con una señal lo bastante estable como para verificar un pago digital, así que tuvieron que pagar con ficha física.
Veltyr salió del motel hacia el área de estacionamiento.
—Salgamos de aquí —gritó Luxvier mientras aceleraba el motor. Sonaba fuerte, poderoso, como si todavía recordara la exquisitez del polvo que habían encontrado.
La bitácora de Veltyr sonó. Otra ventaja de los moteles era la conexión entre ellos: permitía transmitir mensajes a larga distancia. Pero, debido a la mala señal, el aviso había tardado los dos días completos que se quedaron.
Al final, la base de datos local del dúo sí se actualizó.
Las entidades que había detectado Veltyr parecían formar parte de un grupo de Sacerdotes del Vacío Eterno. Posiblemente buscaban una nueva comunidad donde asentarse y convertir a más gente. Sus creencias eran casi la oposición perfecta a todo lo que representaban. A veces resultaba difícil decidir cuál de los dos grupos parecía más peligroso a los ojos del otro.
Lo que sí era seguro es que los Sacerdotes sabían fingir. Dentro de las comunidades eran productivos, útiles, incluso generosos. Pero ante cualquier Trotamundos el desprecio les brotaba con una violencia que parecía más vieja que muchas rutas.
Fuera de las comunidades, los enfrentamientos entre ambos grupos eran comunes. Y violentos. Lo bastante como para provocar daños catastróficos.
Veltyr subió al vehículo.
El dúo comenzó a dirigirse hacia la comunidad de Valle Abrasión, a toda velocidad y con sincronización perfecta.
—Media vuelta a fondo, quinientos. Baches, precaución dos: tierra y metal resbaloso. Coronación de bajada, despacio. Frena. Salida de ruta visible. Escuadra derecha, mantén derrape. Recto entre pilares metálicos. Error, se cierra. Corrige. Se abre. Tramo recto a fondo. Eco. Frena en seco.
Fue demasiado bueno para ser verdad.
…
Parecía que los Sacerdotes ya se habían dado cuenta de que había Trotamundos cerca. Justo a medio camino entre el motel y la comunidad de Valle Abrasión habían levantado una barricada para impedir el paso. Pedían Créditos a todo aquel que quisiera cruzar, cobrando una cantidad excesiva. Y sabían que la pagarían: era una comunidad demasiado alejada de cualquier ciudad grande.
La barricada estaba hecha de la misma megaestructura. Por su naturaleza, los Sacerdotes mantenían una conexión particular con ella. Eso les permitía moldear el material, aunque no sin costo: a cambio, ofrecían parte de su propia materia orgánica, siempre que aún les quedara. Por lo general usaban las uñas, porque volvían a crecer. Por eso era común verlos usando guantes y las manos siempre cubiertas.
Los Sacerdotes del Vacío Eterno no se ocultaban. Se presentaban como una prolongación de la megaestructura misma: metal sobre metal, cuerpo sobre estructura, una devoción visible y difícil de ignorar. Para ellos, mapear era profanar. Y los Trotamundos vivían precisamente de eso.
El grupo de Sacerdotes —apenas un puñado, no más de diez— inició el ataque sin pensarlo dos veces ni buscar una opción menos violenta. Lanzaron fragmentos de metal infundidos con polvo rojo anaranjado: una mezcla débil, pero lo suficiente para dañar vehículos y detener convoyes.
No siempre actuaban como simples fanáticos. En algunas comunidades servían como guardianes de zonas restringidas, vigilantes de rutas antiguas o mediadores entre el miedo popular y los secretos del estrato. En otras, eran una amenaza abierta para los Trotamundos, sobre todo cuando estos insistían en abrir caminos o mapear zonas que la orden consideraba sagradas.
—Mierda, mierda, mierda —exclamó Veltyr—. Sabía que algo así pasaría, y justo nosotros sin arma, otra vez. —Miró hacia la estructura del vehículo, frunciendo el ceño—. Tendrá que servir por ahora. Ya lo hemos hecho antes.
—No, no, no. A nuestro pedazo de fierro viejo no lo vamos a usar —dijo Luxvier, a medio camino entre la broma y la resignación. Sabía que era necesario. Esquivó uno de los fragmentos de metal, más rojo que otra cosa; se oía hervir al pasar junto a la ventana. Otro reventó el espejo retrovisor del lado del conductor—. Apenas lo había ajustado a la perfección… Bueno. Usaré un destornillador y arrancaré una barra larga de la jaula antivuelco. Va.
—Va.
En menos de un segundo, Veltyr invocó su bitácora e inició la secuencia de combate y guardado del vehículo, dejándolo en modo reposo por si necesitaban huir rápido.
—Reposo, ahora. Iniciar combate. Destornillador y barra: sincronizando hechizos. Conexión completa. Luxvier, ahora. Agarra el destornillador y arranca la barra.
El vehículo comenzó a doblarse, primero desde el techo, para permitir que Luxvier saliera despedido. Afortunadamente ya había tomado el destornillador. La barra salió volando junto a él, y logró capturarla en el aire.
Veltyr se mantuvo en su asiento mientras el vehículo se volvía a plegarse hasta convertirse de nuevo en una mochila. Se quedaría atrás, en una posición segura, para observar y delimitar la zona de la batalla. Además, la mochila le serviría como cobertura.
Luxvier, todavía en el aire y lleno de euforia, tomó la barra con su mano izquierda y el destornillador con la derecha. Empezó a golpear y esquivar los proyectiles de los Sacerdotes casi al mismo tiempo. Al ver que se les venía encima tan rápido, cambiaron de estrategia.
—Eco, enemigo localizado y marcado. Lanza destornillador. Baja limpia. Caída suave. Media vuelta. Golpe recto. Muerto. Precaución tres: agacha, esquiva y recoge. Inmediatamente, lánzate al frente, cien. Prepara clavado punzante. Abatido. Tres enemigos restantes. Localizando.
Los ojos de Luxvier brillaban en un verde turquesa fosforescente. El polvo salía de su traje y de sus armas mientras cada instrucción tomaba forma como un símbolo breve en el aire antes de desvanecerse. Cuanto más fluidas eran las notas, menor era el margen de error; cuando Veltyr debía improvisar, el costo se les metía a ambos en el cuerpo.
—Veltyr, detrás de ti.
—Apuntando. En mira. Lanza.
El destornillador pasó a una velocidad brutal, rompiendo el aire a solo unos centímetros de la oreja de Veltyr.
—Baja sucia. Marcando para rematar.
Al parecer eran todos. Los demás habían escapado, o tal vez solo habían inflado sus números para parecer un grupo más grande.
Luxvier volvió con Veltyr. Este ya marcaba las ubicaciones exactas y armaba un informe de lo ocurrido. Se lo presentarían al Administrador de Valle Abrasión para reportar el incidente y evitar problemas con los locales. Afortunadamente, no habían causado demasiado escándalo.
—Oye, amigo —dijo Luxvier—, ¿puedes desactivar el modo combate, por favor?
A Luxvier no le agradaba esa sensación. Prefería el estado normal, más parecido al de conducir. El modo combate alteraba todo el cuerpo y, aunque técnicamente seguía teniendo el control, las indicaciones le permitían dejar de pensar y solo… matar. Además terminaba con una jaqueca horrible, y el polvo que el traje le metía por la nariz le provocaba una especie de alergia y una racha insoportable de estornudos.
Veltyr deshabilitó el modo y comenzó a desplegar el vehículo. Lo analizó con su bitácora y lanzó un eco para validar que la zona estuviera despejada de Sacerdotes antes de volver al camino y llegar a la comunidad.
Ya era hora de comer. O, mejor dicho, de alimentar a su traje.
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