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"textContent": "### …Continuación de Dudas Supremas\n\nLa señorita Levy se declaró dispuesta a pasar la noche con la señora Stoehr porque la pobre mujer se hallaba asustada hasta tal punto que no se atrevía a meterse en la cama.\n\nHans Castorp, con su placa en el bolsillo, no hizo objeción alguna cuando los demás hombres propusieron terminar aquella noche yendo a tomar algo a la habitación del señor Albin, pues él opinaba que incidentes de ese género ejercían, no sobre el corazón o el espíritu, sino sobre los nervios del estómago, un efecto tan prolongado como el mareo en un viaje por mar, que se siente luego horas enteras en la tierra firme, causando vértigos y náuseas.\n\nPor el momento, su curiosidad estaba satisfecha. El poema de Holger no le había parecido malo, pero había experimentado netamente el sentimiento de la vanidad y la falta de gusto de todo aquello, y consideró que era mejor pararse allí y contentarse con esas chispas de la llama infernal. Cosa que Settembrini le aconsejó también cuando Hans Castorp le puso al corriente del experimento.\n\n—¡No faltaba más que eso! —exclamó Settembrini—. ¡Oh miseria, oh miseria! —Y declaró que la pequeña Elly era una bribona.\n\nSu discípulo no se pronunció. Declaró que no se había hecho una división entre lo real y lo equívoco y que, por lo tanto, no podía hablarse de impostura. Tal vez había transiciones entre una cosa y otra, grados diferentes de realidad en el seno de una naturaleza muda y neutra, grados de realidad rebeldes a toda apreciación que entrañase un juicio.\n\n¿Qué pensaba Settembrini de la palabra «fantasmagoría», de ese estado en que los elementos de la realidad forman una mezcla extraña a nuestros pensamientos cotidianos? El misterio de la vida es realmente insondable, no era nada extraño que surgiesen a veces fantasmagorías que… y de esta manera iba hablando, amablemente conciliador, nuestro héroe.\n\nSettembrini consiguió momentáneamente fortificar la conciencia de Hans Castorp y obtuvo una especie de promesa de que no participaría en tales ignominias.\n\n—¡Respete al hombre que está en usted, ingeniero! Fíese del pensamiento claro y humano, y huya de esas convulsiones del cerebro. ¿Fantasmagoría? ¿Misterio de la vida? Caro mio. Allí donde flaquea el valor moral de optar entre la impostura y la verdad, se termina la vida en general, el juicio, el valor, y comienza la obra espantosa de la descomposición, del escepticismo moral. El hombre es la medida de las cosas, tiene el derecho imprescriptible de pronunciarse sobre el bien y el mal, sobre la verdad y las falsas apariencias, y es un desgraciado el que tiene la audacia de desviar la fe de sus derechos creadores. Vale más que le arrojen a uno a un profundo pozo con una piedra al cuello.\n\nHans Castorp asintió con la cabeza y comenzó, en efecto, a mantenerse separado de esos experimentos. Se enteró de que el doctor Krokovski organizaba, en el subterráneo analítico, sesiones con Ellen Brand, a las cuales se admitía a algunos huéspedes privilegiados. Pero declinó con indiferencia la invitación que se le hizo, lo que naturalmente no le impidió enterarse de ciertas cosas por boca de los espectadores y del mismo doctor Krokovski relativas a los éxitos obtenidos. Manifestaciones de fuerza, de la especie de las que se habían producido involuntaria y brutalmente en la habitación de Herminia Kleefeld —golpes contra la mesa y contra las paredes, extinción de lámparas, y otras manifestaciones más significativas—, fueron intentadas y conseguidas durante esas reuniones, de una manera sistemática y con todas las garantías posibles de autenticidad, después de que el camarada Krokovski hipnotizara a la pequeña Elly según las reglas del arte y la hubo transportado a un estado de sonambulismo. Se había demostrado que un acompañamiento musical facilitaba esos ejercicios, y el fonógrafo era trasladado aquellas noches, requisado por el círculo mágico. Pero como Wenzel, que se encargaba del servicio del instrumento, era un buen músico que no rompería ni estropearía nada, Hans Castorp podía confiárselo sin inquietud. Ponía a disposición de los espíritus, para ese uso particular, un álbum especial de discos en el que había reunido toda clase de melodías ligeras, danzas y pequeñas oberturas perfectamente apropiadas, pues Elly no exigía música de más categoría.\n\nHans Castorp se informó de que, con este acompañamiento, un pañuelo había comenzado a volar o había sido arrebatado por una «garra», la papelera del doctor había subido hasta el techo, el péndulo de un reloj se había detenido y luego puesto de nuevo en marcha «por nadie», una campanilla se había agitado por sí misma y habían acaecido otras tonterías misteriosas del mismo genero.\n\nEl sabio doctor, director de los experimentos, tenía la ventaja de poder dar nombres griegos de carácter científico. Eran, decía él en sus conferencias y conversaciones, fenómenos «telecinéticos». El doctor los clasificaba en una serie que la ciencia había bautizado con el nombre de materializaciones y a los cuales tendían sus esfuerzos en las tentativas que realizaba con Ellen Brand.\n\nHablando su lenguaje, se trataba de proyecciones biopsíquicas de complejos subconscientes del objeto, de procesos cuya fuente había que buscar en la constitución de médium, en el estado de sonambulismo, y que podían considerarse como imágenes de sueños objetivos en las que se manifestaba una facultad ideoplástica de la naturaleza, una aptitud del pensamiento a atraer, en ciertas condiciones, a la materia y a revestirse de una realidad efímera. Esta materia se desprendía del cuerpo del médium para adquirir, fuera de él y pasajeramente, formas biológicas y vivas de extremidades de manos que realizaban los actos insignificantes y sorprendentes que ocurrían en el laboratorio de Krokovski.\n\n¡En ciertas circunstancias esos miembros eran visibles y palpables! Sus formas se conservaban en la parafina y en el yeso. Pero en otras condiciones se iba todavía más lejos. Cabeza, rostros individualizados de hombres, fantasmas completos se corporeizaban ante los ojos de los que se entregaban a los experimentos, entraban incluso en relación con ellos y aquí la doctrina del doctor Krokovski parecía desdoblarse y comenzaba a adquirir un carácter inestable y equívoco, análogo al que habían tenido sus exploraciones sobre «el amor». No había manera de evitar entonces las confusiones. Entidades ajenas, procedentes de fuera, se mezclaban al juego. Se trataba tal vez, pero eso no se podía confesar, de seres no viables, de criaturas que se aprovechaban del favor dudoso y secreto del instante para volver a la materia y manifestarse a los que les llamaban; en una palabra: se trataba de la evocación de los muertos.\n\nTales eran, pues, los resultados a los que tendía el camarada Krokovski en los trabajos que realizaba. Sonriendo cordialmente, invitando a una confianza alegre, se comprendía que su persona se hallaba muy bien sumida en lo vicioso, en lo sospechoso, en lo sobrehumano, y era por tanto un buen guía en esas regiones, incluso para los tímidos y llenos de dudas.\n\nEl éxito parecía sonreírle gracias a los dones extraordinarios de Ellen Brand, los dones que procuraba desarrollar y educar. Manos materializadas habían tocado a ciertas personas presentes. El procurador Paravant había recibido un arañazo y había llevado su curiosidad a ofrecer la otra mejilla, sin consideración a sus cualidades de hombre de mundo, de jurista, y de caballero que se hubiera visto precisado a adoptar una actitud muy diferente si el hecho hubiese ocurrido en el mundo de los vivos.\n\nFerge, el sencillo mártir a quien todas las cosas elevadas le estaban vedadas, había tenido en su propia mano la mano de uno de esos espíritus, y había podido comprobar la exactitud y plenitud de su forma, después de lo cual el miembro se le había escapado de una manera que no era posible describir exactamente.\n\nEra preciso un tiempo bastante largo, casi dos meses y medio, a razón de dos sesiones por semana, antes de que una mano del más allá, iluminada por la luz rojiza de la lamparilla —la mano de un joven, según parecía— se hubiese mostrado a todas las miradas tanteando sobre la mesa y dejando su rastro en un bote lleno de harina. Pero ocurrió que, ocho días más tarde, un grupo de colaboradores del doctor Krokovski: el señor Albin, la señora Stoehr, los Magnus, irrumpieron en la habitación de Hans Castorp, que dormitaba sumido en el frío mordiente, y le comunicaron a la vez que el Holger de Elly se había mostrado, que su cabeza había aparecido por encima de los hombros de la sonámbula y que, en efecto, tenía bellos rizos y una expresión melancólica inolvidable.\n\n«¿Cómo armonizar —pensó Hans Castorp— ese noble dolor con la conducta de ese Holger, con sus niñerías banales y sus frivolas bromas, por ejemplo con el arañazo desprovisto de melancolía que había recibido el procurador Paravant? Seguramente no se podía exigir, en estos casos, una lógica perfecta en el carácter. Tal vez, en un estado de alma análogo al del jorobadillo de la canción, era malévolo.»\n\nY sonrió con dulzura. Los admiradores de Holger no parecían reflexionar sobre eso. Lo que les interesaba era decidir a Hans Castorp a que renunciase a su abstención, ahora que todo iba tan bien, pues Elly había prometido en su sueño hacer aparecer, la próxima vez, al difunto que el círculo reclamase.\n\n¿Al que se reclamase? Hans Castorp se mostraba reservado. Pero el hecho de que pudiese ser «cualquier muerto», le preocupó hasta el punto de que, en los tres días siguientes, cambió de resolución. A decir verdad, no fueron necesarios tres días, sino unos minutos. El cambio en su espíritu se efectuó en la hora solitaria en que hacía girar en el salón el disco en que se hallaba impresa la personalidad simpática de Valentín, mientras escuchaba la plegaria del valiente que se despedía, que marchaba al campo del honor y cantaba:\n\n_«Pero si Dios me llama al cielo,\ndesde allá arriba velaré por ti,\n¡oh, Margarita!»_\n\nComo ocurría cada vez que oía ese canto, se sintió poseído por la emoción y pensó: «Tanto si constituye pecado como si no, sería una cosa extraña y emocionante y una aventura muy notable. Tal como era, no me guardaría rencor.» Y recordó entonces el «como gustes» que le había contestado en el laboratorio de radioscopia cuando había creído que tenía que pedir permiso para ciertas indiscreciones ópticas.\n\nAl día siguiente por la mañana anunció que tomaría parte en la sesión de la noche, y una hora después de la cena se unió a los demás, que charlaban sin ansiedad, como acostumbrados a lo sobrenatural. El círculo no se hallaba compuesto más que de veteranos establecidos desde hacía tiempo en la casa, como el doctor Ting Fu y el checo Wenzel, a los que encontró en la escalera. Luego, en el gabinete del doctor Krokovski, vio a Ferge, a Wehsal, al procurador, a las señoras Levy, Stoehr y Kleefeld, a los esposos Magnus y también, naturalmente, a la médium Elly Brand.\n\nLa muchacha nórdica, se hallaba ya bajo la guarda del doctor. Hans Castorp entró en la habitación. Krokovski, vestido con su blusa negra de trabajo, la tenía paternalmente abrazada, y ella iba saludando a los que llegaban. Esos saludos tenían, por ambas partes, una cordialidad alegre y despreocupada. Parecía que querían evitar toda solemnidad. Se hablaba en alta voz y se hacían bromas. Los dientes de Krokovski aparecían a cada momento entre su barba, con una sonrisa cordial y tranquilizadora. Cuando saludó a Hans Castorp, que parecía cohibido, la expresión del doctor parecía decir: «¡Valor, amigo mío! ¿Para qué poner esa cara? Aquí no hay nada más que un buen humor viril, una investigación científica sin prevenciones.» A pesar de esa pantomima, Castorp no se sintió muy tranquilo.\n\nComo ya estaban todos reunidos, el doctor Krokovski se retiró con dos ayudantes —esta vez, la señora Magnus y Levy— a la habitación vecina para inspeccionar a la médium mientras Hans Castorp esperaba, con los otros nueve invitados, el término de aquella ceremonia que se repetía regularmente y siempre sin resultado, con rigor científico, en el gabinete de consultas del doctor.\n\nEl lugar le era familiar desde hacía tiempo, por haber pasado en él horas de charla con el analista. Era el gabinete de un médico, con la mesa, el sillón destinado al enfermo a la izquierda, detrás de la ventana, la _chaise-longue_ cubierta de hule, colocada oblicuamente en el ángulo derecho de la habitación y separada de la mesa por un biombo, la vitrina de instrumentos en el mismo ángulo, un busto de Hipócrates en el otro rincón, y un aguafuerte reproduciendo la _Anatomía_ de Rembrandt encima de la estufa, en la pared de la derecha.\n\nPero ahora se podían comprobar algunas modificaciones. En lugar de la mesa redonda que, rodeada de sillas, se hallaba en el centro de la habitación, bajo la lámpara eléctrica, había sido colocada otra mesa pequeña cubierta con un tapete, encima de la cual había una lamparilla con pantalla roja. Había, además, otra bombilla eléctrica envuelta en una tela roja y blanca. Sobre esta mesita se hallaban otros objetos: dos campanillas de diferente construcción, un plato lleno de harina y una papelera. Una docena de sillas y sillones distintos rodeaban la mesa formando medio círculo, desde el extremo de la _chaise-longue_ hasta el centro de la habitación, exactamente bajo la lámpara. Cerca de la puerta que comunicaba con la otra pieza había sido colocado el fonógrafo. El álbum de discos estaba sobre una silla. Tal era el orden previsto.\n\nLas lamparillas rojas no habían sido aún encendidas. La lámpara del centro difundía una luz clara y la ventana se hallaba oculta tras una cortina oscura, ante la cual había sido puesto un transparente color crema adornado con puntillas.\n\nAl cabo de diez minutos, el doctor Krokovski salió del gabinete acompañado de las tres mujeres. El aspecto de la pequeña Elly se había modificado. Llevaba una especie de bata de color claro, un cordón en torno a la cintura y los delgados brazos desnudos. Los pechos de la muchacha se dibujaban bajo la bata, blandamente, dando la impresión de que no llevaba más que aquel vestido.\n\nFue saludada con vivacidad: «¡Hola, Elly! ¡Estás encantadora! ¡Una verdadera hada! ¡Trabaja bien, angelito!»\n\nElla sonrió.\n\n—Inspección previa negativa —anunció el doctor Krokovski— . ¡Al trabajo, camaradas!\n\nHans Castorp, desgraciadamente impresionado por esta última palabra, se disponía a elegir su sitio cuando el doctor Krokovski se dirigió personalmente a él:\n\n—Como usted asiste en calidad de invitado o de novicio a nuestro círculo, desearía esta noche concederle derechos particulares. Le encargo el control de la médium. Practicamos el control del modo siguiente.\n\nY rogó al joven que se aproximase a uno de los extremos del semicírculo, cerca de la _chaise-longue_ , donde Elly, con la cara vuelta hacia la puerta, estaba sentada en un sillón. El doctor se sentó en otro que estaba delante de la médium y cogió las manos de ésta, apretando las rodillas de la muchacha entre las suyas.\n\n—Imíteme —ordenó, e hizo sentar a Hans Castorp en su sitio—. Ha de reconocer que el aislamiento es perfecto. Para más precaución, le ayudará la señorita Kleefeld.\n\nY la joven movilizada se unió al grupo, cogiendo con sus dos manos los frágiles puños de Elly.\n\nNo era posible para Hans Castorp evitar el mirar a la cara, tan próxima a la suya, a la muchacha prodigio que tenía tan estrechamente aprisionada. Los ojos se encontraron, pero los de Elly se entornaban, manifestando un pudor que la situación explicaba perfectamente; al mismo tiempo sonreía de una manera un poco afectada, con los labios ligeramente apretados, como había ocurrido cuando la sesión de la copa. Ese gesto evocó, además, en su vigilante, otro recuerdo más lejano. De esta manera había sonreído Karen Karstedt cuando, en unión de Joachim, habían estado con ella junto a la tumba vacía del cementerio de Dorf…\n\nTodos se habían sentado en semicírculo. Había trece personas, sin contar el checo Wenzel que tenía la costumbre de consagrarse al instrumento Polyhymnia, y que, después de haber preparado el aparato a espaldas de los espectadores, se sentó en un taburete. También tenía una guitarra a su lado.\n\nBajo la lámpara, allí donde terminaba la hilera de los sillones, el doctor Krokovski se había sentado después de encender las dos lamparillas veladas de rojo y apagar la del techo.\n\nAhora reinaba una penumbra suavemente rojiza, y los rincones más apartados desaparecían a la mirada. En suma, únicamente la mesita y lo que lo rodeaba inmediatamente estaban alumbrados. Luego los ojos fueron habituándose a aquella luz.\n\nEl doctor consagró unas palabras al alumbrado, deplorando su insuficiencia desde el punto de vista científico. Era preciso no considerar esto como destinado a crear una atmósfera propicia a las mixtificaciones. Desgraciadamente, a pesar de su buena voluntad, no se había podido establecer un alumbrado mejor. La naturaleza de las fuerzas que se trataba de estudiar no podían desarrollarse ni ejercer una acción eficaz a la luz blanca. Era una condición que necesariamente debía tenerse en cuenta. Hans Castorp se declaró satisfecho. La oscuridad le producía bienestar. Además, para justificar esta oscuridad recordó la de la sala de radioscopia, en la que había bañado sus ojos antes de «ver».\n\n—La médium —continuó el doctor Krokovski, y con toda evidencia dirigiéndose a Hans Castorp— no tiene ya necesidad de que se la duerma.\n\nComo Hans vería, ella misma caía en trance, y ocurrido eso, su espíritu guardián, el famoso Holger, hablaba a través de ella, y era a él y no a ella a quien debía dirigirse la palabra. Además, constituía un error que podía provocar fracasos el creer que era preciso concentrar la voluntad y la fuerza del pensamiento sobre el fenómeno que se esperaba. Por el contrario, una atención medio distraída, una charla despreocupada, era lo más indicado. Recomendó sobre todo a Hans Castorp que vigilase las extremidades de la médium.\n\n—¡Qué se forme la cadena! —terminó ordenando el doctor Krokovski, cosa que se hizo riendo, pues, en la oscuridad las manos no se encontraban.\n\nEl doctor Ting Fu, vecino de Herminia Kleefeld, puso la mano sobre la espalda de ésta y tendió la izquierda a Wehsal, que estaba al otro lado. Al lado del doctor se hallaban sentados el señor y la señora Magnus, a los que se unió Ferge, quien, si Hans Castorp no se equivocaba, tenía en su mano derecha la mano de la señorita Levy, y así seguía la cadena.\n\n—¡Música! —ordenó el doctor Krokovski.\n\nY el checo, a espaldas del doctor y de sus vecinos, puso el mecanismo en movimiento.\n\n—¡Hablemos! —ordenó de nuevo el doctor, mientras se oían los primeros compases de una obertura de Milloecker.\n\nY dócilmente todo el mundo se esforzó en iniciar una conversación en la que no se hablaba de nada notable: de la blancura de la nieve, de la última comida, de una llegada o de una partida normal, conversación que, medio en vuelta por la música, se detenía y se reanudaba artificialmente. Así pasaron unos minutos.\n\nEl disco todavía no había terminado cuando Elly tuvo un violento sobresalto. Suspiró, se inclinó, de manera que su frente tocó la de Hans Castorp y, al mismo tiempo, sus brazos comenzaron a moverse de un modo extraño, como si accionase una bomba.\n\n—Trance —anunció la experta Herminia Kleefeld. La música enmudeció. La conversación quedó interrumpida. En el súbito silencio se oyó la voz de barítono del doctor que hacía la pregunta siguiente:\n\n—¿Se halla presente Holger?\n\nElly tembló. Vaciló un sillón. Luego Hans Castorp sintió que las manos de la médium estrechaban rápidamente y con fuerza las suyas.\n\n—Ella me aprieta las manos —anunció Hans Castorp.\n\n—Él —rectificó el doctor Krokovski—. Es él quien le aprieta las manos. Se halla, pues, presente. Te saludamos, Holger. ¡Te damos la bienvenida de todo corazón, compañero! La última vez que estuviste entre nosotros nos prometiste que evocarías al difunto que te nombráramos, tanto hermano como hermana, y que le harías aparecer a nuestros ojos mortales. ¿Estás dispuesto a cumplir hoy la promesa? ¿Te sientes capaz?\n\nDe nuevo Elly se estremeció. Gimió y titubeó antes de contestar. Lentamente se llevó las manos a la frente y las mantuvo un momento inmóviles. Luego murmuró al oído de Hans Castorp un «sí» ardiente.\n\nEl soplo de aquella palabra causó a nuestro amigo un cosquilleo en la epidermis, le produjo lo que se llama vulgarmente «carne de gallina», cuyo origen le explicó un día el consejero. Hablamos de cosquilleo para distinguir la impresión puramente física de la reacción del alma. No podía hablarse de espanto. En ese momento preciso pensaba: «Vamos, la cosa va en serio.» Pero al mismo tiempo se sentía emocionado, incluso trastornado. Era un sentimiento producido por el hecho engañador de que una muchacha hubiese pronunciado a su oído la palabra «sí».\n\n—Él ha dicho «sí» —manifestó Hans Castorp, avergonzado.\n\n—Está bien, Holger —dijo el doctor Krokovski—. Confiamos en que harás lealmente todo lo que este en tu poder. Ahora vamos a nombrarte al querido difunto que deseamos ver cómo se manifiesta. Camaradas, pronunciad el nombre. ¿Quién de vosotros tiene un deseo? ¿A quien debe hacer aparecer el amigo Holger?\n\nReinó el silencio. Todos esperaban que el vecino hablase. Es algo complicado y delicado el hacer aparecer a los muertos, es decir, desear su vuelta. En el fondo, para decirlo claramente, eso no se puede desear. Es un error hacerlo. El deseo es tan imposible como la cosa misma. Lo que llamamos dolor se debe, probablemente más que a la imposibilidad de ver a los muertos volver a la vida, a nuestra impotencia para desearlo.\n\nEse sentimiento es, tal vez, el que tenían todos, a pesar de que no se tratase de una vuelta seria y práctica a la vida, sino de una combinación puramente sentimental y teatral, durante la que no se haría más que ver al difunto, y todos tenían miedo de la cara en la que estaban pensando y con gusto dejaban al vecino que manifestase su deseo. Hans Castorp creyó oír el liberal y complaciente «como gustes, como gustes» de cierta hora oscura, pero se contuvo, y se sentía, en el último momento, muy dispuesto a dejar la elección a otros. Pero como aquello duraba demasiado tiempo, dijo, con la cabeza vuelta hacia el presidente de la sesión, con una voz helada:\n\n—Desearía ver a mi difunto primo Joachim Ziemssen. Fue una liberación para todos. De todos los presentes, sólo el doctor Ting Fu, el checo Wenzel y la médium no habían conocido personalmente al que acababan de evocar. Los demás manifestaron en voz alta y alegre su aprobación, e incluso el doctor Krokovski hizo un gesto de satisfacción, a pesar de que sus relaciones con Joachim hubiesen sido siempre frías, pues este se había mostrado poco dócil al análisis.\n\n—Muy bien —dijo el doctor—. ¿Lo oyes, Holger? En la vida, el que nosotros hemos nombrado te era desconocido. ¿Podrás reconocerle más allá de las cosas y estás dispuesto a traérnosle?\n\nUna larga espera. La sonámbula titubeó, gimió. Parecía buscar y luchar. Inclinándose hacia un lado y luego hacia otro, murmuraba palabras ininteligibles, unas veces al oído de Castorp, otras al de la Kleefcld. Finalmente, Hans Castorp sintió la presión de dos manos, cosa que significaba «sí», y dio cuenta a los demás.\n\n—Muy bien —manifestó el doctor Krokovski—. Al trabajo, Holger. ¡Música! ¡Conversación! —Y recordó, una vez más, que se servía a la causa no concentrando su pensamiento, sino manteniendo una atención vaga.\n\nAhora siguieron las horas más extrañas que nuestro héroe había vivido hasta entonces y, aunque debamos perderle de vista en un momento determinado de su historia, nos sentimos inclinados a admitir que fueron las horas más extrañas que vivió jamás.\n\nFueron más de dos horas, lo decimos de inmediato, incluyendo una interrupción en el trabajo de Holger, o más exactamente, de la joven Elly, de manera que estuvo a punto de dudar si se obtendría resultado. Además, por pura piedad, se sentía con frecuencia inclinado a renunciar, pues le parecía que aquello rebasaba las frágiles fuerzas de la muchacha.\n\nNosotros los hombres, cuando no huimos de la vida, hemos experimentado esa piedad insoportable que nadie admite y que es indudablemente injustificada, pues, a pesar de todo, es preciso llegar hasta el fin. Se ha comprendido que hablamos de nuestra situación de esposos y padres, del acto de parir, al cual la lucha de Elly se parecía de una manera tan sorprendente e indiscutible que, incluso los que no conocían ese hecho, debían en aquel momento conocerlo. Tal era el caso del joven Hans Castorp que, como se había escapado de la vida, aprendió a conocer el aspecto de un acto lleno de misticismo orgánico. ¿En qué condiciones? Hay que calificar de escandalosos los caracteres y detalles de aquella habitación de parturienta iluminada por la luz roja, tanto en lo que se refiere a la juvenil persona de la muchacha, con su veste flotante y sus brazos desnudos, como a las demás circunstancias, a la continua música ligera del fonógrafo, a la charla artificial, a las palabras de ánimo que se pronunciaban: «¡Vamos, Holger! ¡Valor! ¡Un pequeño esfuerzo y lo conseguirás!»\n\nNo exceptuamos aquí, en modo alguno, la persona del «esposo» —si podemos considerar así a Hans Castorp, que es quien había formulado el deseo—, el esposo que sostenía las rodillas de la «madre» entre las suyas, que tenía también sus manos, esas manos tan húmedas como habían sido las de la pequeña Leila, de manera que le era preciso apretar a cada momento para que no resbalasen entre las suyas.\n\nA su espalda, la estufa de gas irradiaba calor.\n\n¿Sagrada mística? ¡Oh!, no, se comportaban sin delicadeza en la penumbra rojiza a la que los ojos se habían habituado. La música y los gritos hacían pensar en los métodos que emplea el ejército de salvación para galvanizar a sus oyentes. La escena parecía mística, misteriosa, piadosa, no en un sentido fantasmagórico, sino únicamente en un sentido natural, orgánico. Semejantes a los dolores del parto, los esfuerzos de Elly se producían por intervalos durante los cuales se sumía en su sillón en un estado de inconciencia que el doctor Krokovski calificaba de «trance profundo». Luego se sobresaltaba de nuevo, gemía, luchaba con sus vigilantes, murmuraba palabras ardientes y desprovistas de sentido a sus oídos, parecía querer expulsar alguna cosa de sí misma, hacía rechinar los dientes y mordía la manga de Hans Castorp.\n\nEsto duró más de una hora. Luego el director de la sesión estimó que, en interés de todos, debía hacerse un entreacto. El checo Wenzel, que había abandonado el fonógrafo y ahora tocaba la guitarra, dejó el instrumento. Las manos se desenlazaron. El doctor Krokovski se dirigió hacia la pared para encender la lámpara. Surgió la claridad blanca, cegadora, y todos los ojos comenzaron a hacer guiños estúpidos. Elly estaba medio dormida, inclinada, con el rostro casi sobre las rodillas. Se la veía hacer gestos que parecían familiares a los demás, pero que Hans Castorp observó con atención y sorpresa. Luego, después de unos sobresaltos, recobró la conciencia, miró con ojos estúpidos y adormecidos y sonrió.\n\nSonrió con una coquetería un poco lejana. La piedad que se había sentido aparecía ahora desplazada. No parecía agotada. Tal vez no se acordaba de nada. Se hallaba sentada en el sillón de los enfermos, de espaldas a la mesa escritorio, apoyaba uno de sus brazos sobre la mesa y miraba.\n\nSe trataba de un verdadero descanso después del trabajo realizado. Los hombres sacaron sus pitilleras. Se fumaba por grupos y se discutía el carácter de la sesión. Faltaba poco para que desesperasen de obtener resultados. Los que se hallaban al extremo del círculo afirmaban que durante el experimento habían oído una respiración en un rincón de la habitación. Otros pretendían haber visto fenómenos luminosos, manchas blancas, aglomeraciones móviles de fuerzas que se habían manifestado cerca de la mampara. Holger había dado su palabra y no debía dudarse de él.\n\nEl doctor Krokovski dio la señal para reanudar la sesión. Condujo a Elly a su silla de tortura acariciándole los cabellos. Los demás se sentaron en sus sitios. Castorp pidió ser reemplazado en su puesto de vigilante, pero el presidente se opuso. Era necesario —dijo— conceder al que había formulado el deseo la garantía material contra toda manipulación fraudulenta del médium. Hans Castorp se sentó, pues, ante Elly. La luz se hizo roja. La música se reanudó. Tras unos minutos, Elly se sobresaltó de nuevo, hizo los mismos gestos y esta vez fue Hans Castorp quien anunció el «trance». El escandaloso parto continuaba.\n\n¡De qué modo más espantoso se iba realizando! ¡Qué locura! ¿Dónde encontrar la maternidad? La liberación… ¿de qué? «¡Socorro, socorro!», gemía la muchacha, mientras que sus dolores amenazaban degenerar en eso que los sabios tocólogos llaman eclampsia. Llamaba al doctor, le rogaba que le impusiese las manos. Él lo hizo jovialmente. Y ella se sintió fortalecida para nuevas luchas.\n\nAsí transcurrió media hora, mientras sonaba la guitarra o el gramófono. Entonces ocurrió un incidente. Fue Hans Castorp quien lo provocó. Sugirió una idea, expresó un deseo, un pensamiento que tenía desde el principio y que, a decir verdad, debía haber formulado mucho antes. Elly se hallaba en «trance profundo». Wenzel se disponía a cambiar de disco cuando nuestro amigo dijo, con aire decidido, que deseaba hacer una proposición sin importancia. Sin embargo, pensaba que su adopción podía ser muy útil. Había allí, o más exactamente, en la colección de discos, un fragmento del _Faust_ , de Gounod, la Plegaria de Valentín, con orquesta. Era muy sugestivo. Opinaba que se debía intentar con aquella pieza.\n\n—¿Y por qué? —preguntó el doctor en la penumbra roja.\n\n—Cuestión de atmósfera, de sensibilidad —respondió el joven—. El espíritu de esta obra es muy particular. —Según su opinión, era posible que aquella música favoreciese el resultado.\n\n—¿Está aquí el disco? —preguntó el doctor.\n\nNo, no estaba allí, pero Hans Castorp podía ir a buscarlo.\n\nEl doctor rechazó esa proposición. ¿Cómo Hans Castorp quería ir y venir y luego reanudar el trabajo interrumpido? Era imposible. Todo quedaría destruido, habría que volver a empezar. La exactitud vedaba esas idas y venidas. La puerta estaba cerrada. Él llevaba la llave en el bolsillo. En una palabra, si no se podía disponer de ese disco… Hablaba todavía cuando el checo dijo:\n\n—¡El disco está aquí!\n\n—¿Aquí? —preguntó Hans Castorp.\n\nSí. Plegaria de Valentín. _Faust_. Se hallaba por casualidad en el álbum de discos ligeros y no en el álbum verde, número 11, donde tenía su sitio normal. Por casualidad, por puro azar, por una negligencia feliz, estaba allí, entre las piezas diversas. No había más que ponerlo en el fonógrafo.\n\n¿Qué dijo Hans Castorp? ¡Nada! Fue el doctor quien habló: «Tanto mejor», y algunas voces repitieron esas palabras. La aguja rechinó, la tapa fue cerrada y una voz varonil comenzó a cantar, entre los acordes del coral:\n\n«Como tengo que abandonar mi patria querida…»\n\nNadie hablaba. Todos escuchaban. Apenas hubo comenzado el canto, los esfuerzos de Elly cambiaron de carácter. Se había sobresaltado, temblaba, gemía, jadeaba y se llevaba de nuevo las manos húmedas a la frente. El disco giraba. Llegó la estrofa intermedia en que el ritmo cambia y suena la batalla y el peligro, muy piadoso y francés. Llegó el fin, el estribillo apoyado en la orquesta, con potente sonoridad:\n\n«Señor del Cielo, escucha mis plegarias…»\n\nHans Castorp aguantaba con gran esfuerzo a Elly, que se ponía rígida y se contraía, y que luego permaneció inmóvil. Hans Castorp se inclinó inquieto hacia ella cuando oyó a la señora Stoehr que decía con voz gimiente:\n\n—¡Ziem… ssen!\n\nÉl no se movió. Sintió un sabor amargo en la boca y oyó otra voz baja y fría que contestaba:\n\n—Hace rato que lo estoy viendo.\n\nEl disco llegaba a su fin, el último acorde resonaba. Pero nadie detenía el aparato. Rascando el vacío, la aguja continuaba colocada en el centro del disco. Entonces Hans Castorp elevó la cabeza y, sin buscar, sus ojos tomaron la dirección justa.\n\nHabía en la habitación una persona más. Allá, separado del grupo, en el último plano donde los vestigios de la luz roja se perdían casi en la noche, de manera que los ojos no podían ver más allá, en el sillón colocado cerca de la puerta de la habitación en que Elly había descansado durante la pausa, se hallaba sentado Joachim.\n\nEra Joachim, con las cavidades sombrías de sus pómulos, con la barba de guerrero de sus últimos días, entre la que aparecían los labios gruesos y orgullosos. Estaba apoyado contra el respaldo y tenía una pierna cruzada sobre la otra. En su rostro se distinguía la marca del sufrimiento, la expresión de gravedad y virilidad que le había embellecido tanto. Dos pliegues surcaban su frente. Los ojos estaban profundamente hundidos en sus órbitas; pero eso no disminuía la dulzura de su mirada, la dulzura de aquellos bellos ojos sombríos que se dirigían, con una interrogación amistosa, a Hans Castorp, a él sólo. Su pequeño defecto, las orejas separadas, aparecía bajo el bonete que llevaba, un bonete que Hans Castorp jamás había visto. El primo Joachim no iba vestido de paisano, su sable aparecía apoyado en la pierna cruzada, con el puño en la mano, y se podía distinguir el revólver que pendía del cinturón. Pero no llevaba un verdadero uniforme. No se podía apreciar nada claro. Sobre un lado del pecho brillaba una cruz.\n\nLos pies parecían grandes, y sus piernas, muy delgadas, se hallaban enfundadas en unas polainas más deportivas que militares. ¿Y qué era aquel bonete? Aquello producía un efecto antiguo y marcial; era extraño, pero le sentaba muy bien; se le hubiese tomado por un _lansquenete_.\n\nHans Castorp notó la respiración de Ellen Brand sobre sus manos. A su lado oía la de Herminia Kleefeld, una respiración acelerada. No se oía nada más que el ruido de la aguja rascando el disco que nadie detenía. Hans Castorp no se volvió hacia ninguno de sus compañeros, no quería saber ni ver nada de ellos. Inclinado hacia adelante, miraba fijamente a través de la penumbra roja al visitante sentado en el sillón.\n\nPor un momento pareció que iba a tener náuseas. Su garganta se contrajo y se sintió sacudido por cuatro o cinco sollozos convulsivos y fervientes.\n\n—¡Perdóname! —murmuró, y sus ojos se llenaron de lágrimas, de tal manera que ya no pudo ver nada más.\n\nOyó cómo murmuraban: «¡Diríjale la palabra!»\n\nOyó también la voz de barítono del doctor que pronunciaba alegremente su nombre para reiterar la invitación, pero en lugar de contestar retiró la mano de las manos de Elly y se puso en pie.\n\nDe nuevo el doctor Krokovski pronunció su nombre, esta vez en un tono severo de amonestación. Pero Hans Castorp, que estaba ya junto a la puerta de entrada, con un gesto breve dio la vuelta al interruptor y brilló la luz blanca.\n\nElly Brand se sobresaltó en un choque violento y comenzó a estremecerse entre los brazos de Herminia Kleefeld.\n\nEl sillón apartado se encontraba vacío.\n\nHans Castorp se dirigió hacia Krokovski, que protestaba. Quiso hablar, pero ninguna palabra pudo salir de su garganta. Con un brusco movimiento de cabeza tendió la mano.\n\nCuando hubo recibido la llave, hizo al doctor unos movimientos de cabeza amenazantes, dio media vuelta y salió de la habitación.\n\n> _Continúa en Capítulo 7 / 11…_",
"title": "La montaña mágica: Capítulo 7 / 10 - Thomas Mann",
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