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  "publishedAt": "2026-05-24T14:08:50.985Z",
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  "textContent": "# Segunda Parte, Capítulo 8: En el río\n\nSiddhartha caminaba por el bosque, lejos ya de la ciudad, y solo sabía que ya no podía volver atrás, que la vida que había llevado estos últimos años había terminado y la había apurado hasta la saciedad. El pájaro cantor de su sueño había muerto. Muerto estaba el pájaro cantor de su corazón. Se había hundido profundamente en el sansara, había sorbido por todas partes hastío y muerte, como un cisne sobre agua, hasta saciarse. Saciado estaba de fastidio, de miseria, de muerte; ya no había en el mundo nada que le pudiera atraer, alegrar o consolar.\n\nDeseaba ardientemente no saber ya nada de sí, gozar de paz, estar muerto. ¡Si viniera un rayo y le fulminara! ¡Si apareciera un tigre que le despedazara! ¡Si hubiera un vino, un veneno, que le aturdiera, que le hiciera olvidar y dormir sin ningún despertar! ¿Había alguna suciedad con la que no se hubiera emporcado, algún pecado o locura que no hubiera cometido, alguna tristeza del alma que no se hubiera echado encima? ¿Era posible seguir viviendo? ¿Era posible seguir respirando, sentir hambre, volver a dormir, volver a acostarse con una mujer?\n\n¿No había concluido para él aquel círculo? ¿No se había cerrado?\n\nSiddhartha llegó al gran río del bosque, al mismo río que, siendo joven y viniendo de la ciudad de Gotama, atravesó con el barquero. A sus orillas se detuvo, vacilante. El cansancio y el hambre le habían debilitado. ¿Y por qué había de seguir caminando? ¿Adónde iría? ¿Hacia qué meta? No, ya no había ninguna meta, ya no había más que el profundo y doloroso deseo de arrojar de sí todo aquel sueño desordenado, de escupir aquel vino insípido, de poner fin a esta vida lamentable y llena de ignominia.\n\nSobre la orilla del río se encorvaba un árbol, un cocotero, en cuyo tronco se apoyó Siddhartha de espaldas, rodeó con los brazos el tronco y miró hacia las verdes aguas, que se deslizaban a sus pies; miró hacia arriba y se halló enteramente poseído del deseo de dejarse caer en ellas. Un horrible vacío se reflejó en las aguas, en respuesta al horrible vacío de su alma. Sí, había llegado a su fin. Ya no había para él otra cosa que anularse, que romper la imagen malograda de su vida y arrojarla sonriendo burlonamente a los pies de los dioses. Este era el gran crimen de que se acusaba: ¡la muerte, la destrucción de la forma, que odiaba! ¡Ojalá le comieran los peces a este perro de Siddhartha, a este cuerpo insensato, echado a perder y marchito; a esta alma relajada y profanada! ¡Ojalá le devoraran los peces y los cocodrilos, ojalá le destrozaran los demonios!\n\nCon rostro desfigurado miraba a las aguas, vio reflejado en ellas su rostro, y escupió. Con profundo cansancio, soltó los brazos del tronco del árbol, se enderezó un poco para caer verticalmente, y cayó con los ojos cerrados en busca de la muerte.\n\nEntonces surgió de las apartadas regiones de su alma, del pasado de su vida fatigada, un son. Era una palabra, una sílaba, que pronunció para sí, sin conciencia, con voz balbuciente. Era el viejo principio y final de todas las oraciones brahmánicas, el sagrado “Om”, que significaba tanto como “el Perfecto” o “la Consumación”. Y en el instante en que el sonido “Om” hirió el oído de Siddhartha, su adormecido espíritu despertó de repente, y reconoció la locura de su acción.\n\nSiddhartha se estremeció profundamente. ¡Así estaba, tan perdido, tan confuso y abandonado de todo conocimiento, que había podido salir en busca de la muerte y había dejado alentar dentro de sí este deseo, este deseo infantil: encontrar la paz anulando su cuerpo! Lo que no habían logrado en todos los tormentos de estos últimos tiempos, todas las decepciones, todas las desesperanzas, lo alcanzó en el momento en que el Om penetró en su conciencia: que se reconociera en su miseria y en su error.\n\n“¡Om! —dijo para sí—. ¡Om!”\n\nY recordó todo lo que había olvidado de Brahma, de la indestructibilidad de la vida, de la divinidad.\n\nPero todo esto no duró más que un instante, que un relámpago. Siddhartha se desplomó al pie del cocotero, puso su cabeza sobre las raíces del árbol y cayó en un profundo sueño.\n\nUn sueño profundo y libre de ensueños, como no lo había tenido en mucho tiempo. Cuando al cabo de muchas horas despertó, le parecía que habían transcurrido diez años; oyó el suave deslizarse de las aguas, no supo dónde estaba ni quién le había traído aquí; abrió los ojos, miró con extrañeza los árboles y el cielo sobre él, y recordó dónde estaba y cómo había llegado hasta aquí. Pero necesitó para esto un buen espacio de tiempo, y el pasado le parecía envuelto en un velo, infinitamente lejano, infinitamente indiferente. Solo sabía que había abandonado su vida anterior (en el primer momento de recobrar la conciencia, esta vida pasada le parecía una lejana encarnación, como un temprano nacimiento de su yo actual), que lleno de hastío y aflicción había intentado quitarse la vida, pero que junto a un río, bajo un cocotero, le había venido a los labios la sagrada palabra Om, luego se había adormecido y ahora miraba al mundo como un hombre nuevo. Pronunció en voz baja la palabra Om, con la que se había adormecido, y le pareció que aquel largo sueño no había sido otra cosa que un prolongado y profundo coloquio con Om, un pensar en Om, una sumersión en Om, un penetrar enteramente en Om, en lo Sin Nombre, en lo Perfecto.\n\n¡Que sueño tan prodigioso aquel! ¡Nunca le había refrescado tanto un sueño, renovado y rejuvenecido! ¡Quizá estaba realmente muerto y había reencarnado bajo una nueva forma. Pero no, se reconocía, reconocía sus manos y sus pies, conocía el paraje en que se encontraba, conocía este yo en su pecho, a este Siddhartha voluntarioso, extravagante; pero este Siddhartha había cambiado, sin embargo, estaba renovado, notablemente despierto, gozoso y lleno de curiosidad.\n\nSiddhartha se incorporó, entonces se vio sentado frente a un hombre, un hombre extraño, un monje de amarilla túnica, con la cabeza afeitada, en postura de estar meditando. Examinó al hombre, que no tenía cabellos ni barba, y a poco reconoció en aquel monje a Govinda, el amigo de su juventud; Govinda, el que había buscado refugio junto al sublime Buda. Govinda había envejecido, él también, pero su rostro seguía teniendo los antiguos rasgos, que hablaban de celo, de fidelidad, de anhelo, de inquietud. Pero cuando Govinda, al sentir sus miradas, abrió los ojos y le miró, Siddhartha se dio cuenta de que Govinda no le reconocía. Govinda se alegró de encontrarle despierto, se comprendía que llevaba allí mucho tiempo sentado, esperando a que despertara, aunque no le había reconocido.\n\n—He dormido –dijo Siddhartha—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?\n\n—Has dormido— respondió Govinda—. No es bueno dormir en semejante sitio, donde abundan las serpientes y en una senda frecuentada por todas las fieras del bosque. Yo, ¡oh señor!, soy un discípulo del sublime Gotama, el Buda, del Sakyamuni; venía peregrinando por este camino con unos cuantos de los nuestros, te vi tendido y durmiendo en un lugar donde es peligroso dormir. Intenté despertarte, ¡oh señor!, y entonces vi que tu sueño era muy profundo; me retrasé de los míos y me senté frente a ti. Y luego me parece que yo también me he dormido, en vez de velar tu sueño. He cumplido mal mi tarea, la fatiga me rindió. Pero ahora que ya has despertado, déjame marchar para que pueda reunirme con mis hermanos.\n\n—Te agradezco, samana, que hayas velado mi sueño —habló Siddhartha—. Amables sois los discípulos del Sublime. Ahora ya puedes marchar.\n\n—Me voy, señor. Que el señor siga bien.\n\n—Gracias, samana.\n\nGovinda hizo el ademán de saludo y dijo:\n\n—Adiós.\n\n—Adiós, Govinda– dijo Siddhartha. El monje se detuvo.\n\n–Perdona, señor, ¿de qué conoces mi nombre? Siddhartha sonrió.\n\n—Te conozco, Govinda, de la choza de tu padre, y de la escuela de los brahmanes, y de los sacrificios, y de nuestra ida junto a los samanas, y de aquella hora en que tú buscaste refugio en el Sublime en el bosquecillo de Jetavana.\n\n—¡Tú eres Siddhartha!— exclamó Govinda en voz alta—. Ahora te reconozco, y no comprendo cómo no he podido hacerlo antes. Sé bienvenido, Siddhartha; grande es mi alegría al volver a verte.\n\n—Yo también me alegro de ello. Has sido el vigilante de mi sueño, te doy gracias por ello otra vez, aunque no necesitaba ningún celador. ¿Adónde vas, oh amigo?\n\n—A ninguna parte. Nosotros los monjes siempre estamos de camino, mientras no llueve; siempre andamos de pueblo en pueblo, vivimos según nuestra regla, enseñamos la doctrina, aceptamos limosnas, seguimos nuestro camino. Siempre así. Pero tú, Siddhartha, ¿a dónde vas?\n\nHabló Siddhartha:\n\nTambién a mí me ocurre lo propio, amigo. No voy a ninguna parte. Estoy de camino solamente. Peregrino.\n\nGovinda habló:\n\n—Dices que peregrinas, y te creo. Pero perdona, ¡oh Siddhartha!, no pareces un peregrino. Llevas vestidos de rico, calzas zapatos como una persona de calidad, y tu pelo, que huele a aguas perfumadas, no es el cabello de un peregrino ni el cabello de un samana.\n\n—Querido, bien lo observas todo, todo lo ven tus ojos. Pero yo no he dicho que sea un samana. Digo que peregrino. Y así es: voy peregrinando. —Peregrinas— dijo Govinda—. Pero pocos peregrinan en semejante vestido, pocos con semejante calzado, pocos con semejantes cabellos. Nunca he encontrado un peregrino semejante en mis muchos años de peregrinaje.\n\n—Te creo, Govinda. Pero ahora, hoy, has tropezado con un peregrino así, con estos zapatos, con este vestido. Recuerda, querido: pasajero es el mundo de las formas, pasajero, muy pasajeros, son nuestros vestidos, y lo que cubre nuestros cabellos, y hasta nuestros cabellos y cuerpo mismos. Traigo vestidos de rico, como bien has observado. Los traigo porque he sido rico, y traigo el pelo como la gente mundana y voluptuosa por haber sido uno de ellos.\n\n—Y ahora, Siddhartha, ¿qué eres?\n\n—No lo sé; sé tan poco sobre esto como tú. Estoy de camino. Era un rico y ya no lo soy, y no sé lo que será mañana.\n\n—¿Has perdido tu riqueza?\n\n—La he perdido, o ella a mí. La he perdido o me la han robado. Rápidamente gira la rueda de la fortuna, Govinda. ¿Qué se ha hecho del brahmán Siddhartha? ¿Qué del samana Siddhartha?\n\n¿Qué del rico Siddhartha? Rápidamente cambia lo perecedero, Govinda, bien lo sabes.\n\nGovinda miró largamente al amigo de su juventud, con duda en los ojos. Luego le saludó como se saluda a la gente principal, y siguió su camino.\n\nSiddhartha le siguió con la mirada, sonriendo; amaba cada vez más a este fiel, a este angustiado. ¡Y cómo podría dejar de amar a nadie después de este sueño maravilloso, traspasado como estaba por el Om! En esto precisamente consistía el encanto operado en él por el sueño y el Om, en que todo lo amaba, en que sentía un alegre amor por todo lo que veía. Y precisamente por esto ahora le parecía que si antes había estado tan enfermo era porque no había podido amar a nada ni a nadie.\n\nSiddhartha siguió con la mirada al monje que se alejaba, con rostro sonriente. El sueño le había fortalecido, pero el hambre le atormentaba mucho, pues hacía dos días que no comía nada, y estaba muy lejos el tiempo en que sabía resistir el hambre. Con pena y, sin embargo, también con risas pensó en aquel tiempo. Entonces, ahora lo recordaba, se había vanagloriado delante de Kamala de tres cosas, era capaz de tres habilidades nobles e invencibles: ayunar, esperar, pensar. Aquel había sido su tesoro, su poder su fuerza, su más firme báculo; había aprendido aquellas tres artes en los activos y penosos años de la juventud, no en otra época. Y ahora le habían abandonado, ya no era capaz de realizar ninguna de las tres: ni ayunar, ni esperar, ni pensar. ¡Las había trocado por lo más miserable, por lo más perecedero, por el placer de los sentidos, por el buen vivir y la riqueza! En realidad, mal le había ido en todo. Y ahora, así le parecía, se había convertido en un verdadero hombre-niño.\n\nSiddhartha reflexionó sobre su situación. Le costó trabajo pensar: en el fondo, no tenía ninguna gana de ello, pero hizo un esfuerzo.\n\n“Ahora —pensó—, puesto que todas estas cosas pasajeras se han desprendido de mí, me encuentro de nuevo bajo el sol, como estuve de niño: nada es mío, nada puedo, nada sé, nada he aprendido. ¡Qué raro es todo esto! ¡Ahora, que ya no soy joven, cuando mi pelo empieza a encanecer, cuando empiezan a abandonarme las fuerzas, ahora empiezo de nuevo, ahora empiezo a ser niño!” Otra vez hubo de reír. ¡Sí, qué extraño era su Destino! Volvió atrás con él, y se encontró vacío y desnudo y estúpido en el mundo. Pero no sintió pena por ello, no, sino que le vinieron ganas de reír, ganas de reírse de sí mismo, ganas de reírse de este mundo extravagante e insensato.\n\n“¡Me iré contigo aguas abajo!”, dijo para sí, sonriendo, y al decirlo posó su mirada sobre el río, y vio al río caminar también aguas abajo, siempre peregrinando aguas abajo, contento y cantarín. Esto le agradó mucho, y sonrió amistosamente al río.\n\n¿No era este el río en el que quiso ahogarse una vez hace cien años, o es que lo había soñado?\n\n\"Mi vida era extraña en verdad —pensaba—; tomó caprichosos rodeos. De niño solo me ocupé de los dioses y de los sacrificios. De joven, de ascetismos, de pensar y meditar; busca a Brahma, reverenciaba lo eterno en Atman. De hombre me fui tras los penitentes, viví en el bosque, padecí calores y fríos, aprendí a pasar hambre, aprendí a matar el cuerpo. Milagrosamente encontré el conocimiento en la doctrina del gran Buda, sentí circular dentro de mí, como mi propia sangre, la ciencia de la unidad del mundo. Pero también me aparté del Buda y de la gran ciencia. Fui y aprendí junto a Kamala el placer del amor, aprendí junto a Kamaswami a comerciar, amontoné el oro, derroché el dinero, aprendí a amar a mi estómago, aprendí a adular a mis sentidos. Tuve que emplear muchos años en perder el espíritu, en olvidar otra vez el pensar, la unidad. ¿No es como si yo, lentamente, dando un gran rodeo, me hubiera convertido de hombre en niño, de pensador en hombre-niño? Y, sin embargo, este camino ha sido muy bueno, y sin embargo no ha muerto en mi pecho el pájaro. Pero ¡qué camino! He tenido que pasar por un sin fin de estupideces, por multitud de vicios, por muchísimos errores, por numerosos ascos y decepciones y penas, solamente para volver a ser niño y poder empezar de nuevo. Pero así tenía que ser; mi corazón decía sí, y mis ojos sonreían. He tenido que soportar la desesperación, he tenido que hundirme hasta el pensamiento más insensato de todos, el pensamiento del suicidio, para poder alcanzar la gracia, para volver a sentir a Om, para poder volver a dormir como es debido. He tenido que ser un loco para volver a encontrar en mí a Atman. He tenido que pecar para poder seguir viviendo.\n\n¿Adónde puede llevarme aún mi camino? Este camino es extravagante, discurre en meandros, quizá se cierra en círculo. Pero vaya como vaya, quiero recorrerlo.\"\n\nMilagrosamente sintió en su pecho hervir la alegría. \"¿Por qué\n\n—preguntaba a su corazón— por qué tienes esta alegría?\n\n¿Procede de este largo sueño, de este buen sueño que me ha hecho tanto bien? ¿O de la palabra Om, que pronuncié? ¿O quizá de que me he liberado, de que he realizado mi fuga, de que al fin vuelvo a ser libre y estoy como un niño bajo el sol?\n\n¡Oh, qué deliciosa huida! ¡Oh la alegría de volver a la libertad!\n\n¡Qué puro y hermoso es aquí el aire! ¡Qué gusto da respirar! Allí, de donde vengo, allí huele a unguentos, a especias, a vino, a abundancia, a pereza. ¡Cómo odiaba yo este mundo de los ricos, de los glotones, de los jugadores! ¡Cómo llegué a odiarme a mí mismo por haber permanecido tanto tiempo en este mundo espantoso! ¡Cómo me he odiado, cómo me he envenenado, apenado, envejecido y maleado! ¡No, nunca más volveré a creer, como antes solía hacer con gusto, que Siddhartha era prudente! ¡Pero el haber acabado con aquel odiarme a mí mismo y con aquella vida insensata y yerma me ha hecho mucho bien, me agrada, he de elogiarlo! ¡Te alabo, Siddhartha! ¡Después de tantos años de insensatez has vuelto a tener un arranque genial, has hecho algo, has oído cantar en tu pecho al pájaro y le has seguido!\"\n\nAsí se alababa, tenía alegría dentro de sí, escuchaba curioso a su estómago, que gruñía de hambre. Ahora tenía un poquito de dolor, un poquito de miseria, y así sentía que en estos últimos tiempos y días había bebido y devuelto, había comido hasta la desesperación y la muerte. Así está bien. Todavía hubiera podido permanecer mucho tiempo junto a Kamaswami, ganar dinero, malgastarlo, cebar su vientre y dejar secar su alma; hubiera podido seguir viviendo mucho tiempo en este infierno grato y bien acolchado, pero no hubiera llegado esto: el momento del desconsuelo completo y de la desesperación, aquel momento supremo en que se inclinó sobre las aguas del río y estaba dispuesto a aniquilarse. Por haber sentido esta desesperación, este profundo hastío, y por no haber sucumbido bajo ellos, por seguir estando vivos en él el pájaro, la alegre fuente y la voz, por eso sentía esta alegría, por esto reía, por esto resplandecía su rostro bajo los cabellos encanecidos.\n\n“Es bueno —pensaba— saborear por sí mismo todo lo que ha sido necesario aprender. Que el placer mundano y la riqueza no son cosa buena ya lo aprendí de niño. Hace tiempo que lo sabía, pero hasta ahora no lo he experimentado. Y ahora lo sé, lo sé no solo con el recuerdo, sino con los ojos, con el corazón, con el estómago. ¡Venturoso de mí que lo sé!”\n\nReflexionó mucho tiempo sobre su transformación, escuchó al pájaro, que cantaba de alegría. ¿No había muerto este pájaro dentro de él? ¿No había sentido su muerte? No, algo distinto había muerto en él, algo que ya hacía tiempo había deseado que muriera. ¿No era aquello que en otro tiempo, en sus años ardientes de penitencia, había querido matar? ¿No era su yo, su pequeño, su receloso, su orgulloso yo, con el que había luchado tantos años, al que había vencido tantas veces, el que después de aniquilado volvía siempre a resurgir, prohibiéndole toda alegría, haciéndole sentir temor? ¿No era cierto que hoy, al fin había encontrado su muerte, aquí, en el bosque, en este río apacible? ¿No era por esta muerte por lo que ahora era como un niño, tan lleno de confianza, tan sin temor, tan lleno de alegría?\n\nTambién ahora comprendía Siddhartha por qué siendo brahmán, siendo penitente, había luchado en vano con este yo.\n\n¡El saber demasiado le había impedido vencerlo, la mucha mortificación, el mucho obrar y el mucho esforzarse! Había vivido lleno de orgullo, siempre el más cuerdo, siempre el más celoso, siempre un paso delante de los demás, siempre el prudente y el espiritual, siempre el sacerdote o el sabio. En este sacerdocio, en este orgullo, en esta espiritualidad se había encastillado su yo, allí estaba firmemente asentado y crecía, mientras él creía matarlo con ayunos y penitencias. Ahora lo veía, y veía también que la voz interior había tenido razón, que ningún maestro le había podido liberar. Por esto hubo de salir al mundo, hubo de perderse en el placer y el poder, en la mujer y el dinero; hubo de convertirse en un comerciante, en jugador, en bebedor y en codicioso, hasta que dentro de él murieron el sacerdote y el samana. Por eso hubo de soportar estos años odiosos, el hastío, el vacío, la insensatez de una vida yerma y perdida hasta el fin, hasta la amarga desesperación, para que también pudiera morir el sensual Siddhartha, el ambicioso Siddhartha. Había muerto; un nuevo Siddhartha había despertado del sueño. También él llegaría a ser viejo, también tenía que morir alguna vez; Siddhartha era perecedero, perecedera era toda forma. Pero hoy era joven, era un niño, el nuevo Siddhartha, y estaba lleno de alegría.\n\nEstando en estos pensamientos, escuchaba sonriente a su estómago, oía agradecido a una abeja zumbar. Miró alegre, la corriente, nunca le había agradado tanto el agua como ahora, nunca había comprendido tan recia y bellamente la voz y la parábola del agua corriente. Le parecía que el río le quería decir algo singular, algo que él no sabía aún, que aún le estaba esperando. En este río había querido suicidarse Siddhartha, y en él se había ahogado hoy el viejo, el desesperado Siddhartha. Pero el nuevo Siddhartha sentía un profundo amor hacia este caudal, y determinó en su interior no abandonarlo tan pronto.\n\n> _Continúa en Capítulo 9…_",
  "title": "Siddhartha: Segunda Parte, Capítulo 8 - Herman Hesse",
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