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Carne helada

fictograma [Unofficial] May 23, 2026
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El cuarto piso

La piba del cuarto piso parece vivir dentro del edificio desde antes de que lo construyeran. Como una aparición fija en los pasillos de linóleo gastado, flota en la penumbra del ascensor o fuma en el balcón a las tres de la mañana con una palidez de enferma que eriza la piel. Nunca devuelve un saludo, y aunque los hombres del edificio se dan vuelta para mirarle el culo, enseguida bajan la vista con una incomodidad extraña.

Pero algunas noches, el aislamiento de la piba cede ante una necesidad urgente de compañía. Entonces llama al del octavo. Él, que en la calle se pavonea con ínfulas de patrón, acude al llamado bajando los cuatro pisos con la obediencia mansa de un perro. Al llegar, encuentra la puerta del departamento entornada, apenas un costurón de oscuridad rasgando el pasillo, y empuja la madera sin atreverse a tocar el picaporte. Adentro, la piba lo espera sentada al borde de la cama, dándole la espalda mientras balancea en el aire sus piernas flacas y descalzas; nunca se da vuelta, porque el crujido de las zapatillas de él sobre el piso le basta para saber que su invitado ya está allí.

El encuentro se desata en un silencio pesado cuando el tipo se acerca y le apoya las manos en los hombros fríos. En ese instante, ella se deja caer hacia atrás sobre el colchón desvencijado, arrastrándolo en el envión con una lentitud sobrenatural, como si su cuerpo de repente pesara el doble. Él se le tira encima, apurado y ciego, metiendo los dedos torpes entre trapos viejos para buscar esa carne helada que siempre parece húmeda. Bajo el peso del hombre, la piba no emite un solo ruido; mantiene los ojos negros abiertos de par en par, clavados en el techo, parpadeando con una parsimonia aterradora mientras el tipo se desboca sobre ella.

En el momento más frenético, cuando el cuerpo de él se vence, ella empieza a escarbar la alfombra rota al costado de la cama, enterrando las uñas en el fieltro podrido como si debajo del piso algo latiera o intentara abrirse paso hacia la superficie.

La seda

Ella está gorda, tiene panza, estrías y dos hijos que le cambiaron el cuerpo, pero su marido la busca con la misma urgencia animal. La agarra del culo con las dos manos para susurrarle un “dale, gorda” al oído, mientras ella, a pesar del cansancio de los días, se enciende con ese aliento húmedo que le raspa la nuca.

La rutina doméstica se reanuda rápido: tras el espasmo, la luz se prende enseguida y él queda descargado, hecho una seda, mientras ella descansa desnuda mirando las vigas del techo, tapada con una sábana agujereada que ya no oculta nada. Sin embargo, esa frágil normalidad se rompe cuando el hombre desaparece por días enteros, sumiendo la casa en un limbo de incertidumbre. La mujer llama entonces a la suegra, al hermano, a los compañeros de la obra, pero nadie sabe dónde anda metido. El contestador telefónico es la única respuesta a sus insistencias, obligándola a cenar con los nenes en un silencio espeso, donde las paredes de la casa parecen hablar bajito.

A veces vuelve recién cuando el fin de semana se le cae encima. Cuando ya no queda otra silla donde poner el culo más que la del comedor de su casa. Cuando la birra se calentó y el cuerpo le empieza a pasar factura. Entra arrastrando un olor rancio a cigarrillo y chivo, a calle mojada. A veces viene cruzado; se desarma en el sillón hundido y se niega a responder preguntas, esquivando con risas rápidas de exboxeador los golpes torpes y los llantos de su esposa. Sabe perfectamente cómo manejarla: le aprieta el culo, la hace reír a la fuerza y ella, herida pero resignada, termina dejándose tocar entre la culpa y el deseo de mantener a la familia unida.

Otras veces, en cambio, el regreso está teñido de un arrepentimiento casi infantil. Llega llorando, abraza a los hijos con desesperación y se arrodilla ante su mujer, apoyando la cabeza entre sus piernas como un chico enfermo que busca refugio. Durante esos días de penitencia, el tipo se vuelve el hombre ideal: cocina, toma agua en vez de cerveza y mira cualquier película sin protestar; incluso se deja pintar los párpados de naranja y las uñas de turquesa por la nena. En el fondo, aunque jamás lo admitiría, le gusta esa paz; quiere a sus hijos, aunque la mitad del tiempo se los olvide.

El barro negro

Mientras espera que su mujer salga de bañarse, el tipo se acuesta sobre las sábanas limpias disfrutando del aroma a jabón que flota en el aire. Ella, que también extraña la versión dócil de su marido, sale desnuda del baño dispuesta a entregarse al ritual del perdón. Es en ese milisegundo de calidez familiar cuando la mente de él traiciona el presente y viaja, con un chispazo de espanto, hacia la piba del cuarto piso, rompiendo la tregua que tanto le cuesta construir.

Su esposa se arrodilla al borde de la cama para sacarle las medias despacio, besándole los dedos con ternura y acariciándole el vello de las piernas. Un sonido extraño fractura el silencio de la noche. Desde los pisos inferiores, trepando por el hueco del aire y luz, llega un eco sordo, una especie de masticación húmeda y pesada que parece roer los cimientos del edificio. Casi al mismo tiempo, una luz roja y anómala empieza a filtrarse entre las rendijas de las persianas, proyectándose sobre la habitación y tiñendo la cara de su mujer, que sigue besándole los pies, ajena al horror que se cuela por la ventana.

El tipo cierra los ojos con fuerza, negándose a mirar el cristal porque reconoce perfectamente el origen de ese resplandor. Recuerda, con una puntada de terror en el pecho, que la última vez que bajó al cuarto piso regresó a su casa con tierra negra incrustada bajo las uñas, un barro espeso y hediondo como de pozo ciego recién abierto. Abraza la almohada y recuerda el asco de la semana anterior: los días enteros ocultando las manos y usando sus propios dientes para arrancarse de la carne aquel barro podrido que se resistía a soltarlo.

Un tirón seco en el pie lo obliga a abrir los ojos. Su mujer ya no le acaricia las piernas. Ahora lo mira desde el suelo, estática, con la boca abierta en un óvalo rígido mientras la luz le enciende las estrías de la panza. El crujido abajo se detiene, pero un olor rancio a sótano inunda la habitación. Desesperado, el tipo intenta incorporarse, pero el cuerpo le pesa el doble.

Con lentitud se destapa, saca las piernas de la cama y apoya los pies descalzos sobre el piso frío. Besa a su mujer en la frente con la frialdad de un cadáver y empieza a caminar hacia la puerta para bajar, una vez más, los cuatro pisos.

Se mira las manos: de los poros de la piel, gruesa y agrietada, empieza a brotar un hilo espeso de barro negro.

El cuarto piso ya no está abajo; está subiendo por sus venas, reclamando al perro que siempre vuelve a la madriguera.

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