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  "publishedAt": "2026-05-23T14:07:34.820Z",
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  "textContent": "### Dudas supremas\n\nLas conferencias del doctor Krokovski habían adquirido, en esos breves años, una orientación inesperada. Siempre sus investigaciones sobre el análisis de los sentimientos y de la vida de los sueños habían estado llenas de un carácter subterráneo y sombrío. Pero, desde hacía algún tiempo, por una transición apenas sensible al público, se habían orientado en el sentido de los misterios de la magia, y sus conferencias bimensuales —principal atracción de la casa, orgullo del prospecto—, esas conferencias que pronunciaba en el comedor, vestido de levita y con sandalias, delante de una mesa cubierta con un tapete y con un acento exótico, ante el público atento del Berghof, esas conferencias ya no trataban de la actividad amorosa ni de la transformación de la enfermedad en el sentimiento consciente; trataban de las ocultas extrañezas del hipnotismo y del sonambulismo, de los fenómenos de la telepatía, del sueño revelador y de la doble vista, de los milagros de la histeria, y sus comentarios ampliaban el horizonte filosófico hasta el punto de que aparecían, a los ojos de los oyentes, enigmas de tal calibre como las relaciones entre la materia y el espíritu como el enigma mismo de la vida, que no había probabilidades de descifrar y que adquiría incluso un aspecto inquietante por el camino de la enfermedad y de la salud.\n\nMencionamos estos hechos porque estimamos que nuestro deber es el de confundir a los espíritus superficiales que suponen que el doctor Krokovski no se había dedicado a los problemas ocultos más que a fin de preservar a sus conferencias de la monotonía y, por consiguiente, para mantener viva la curiosidad. Así opinaban sus detractores. Es verdad que, en las conferencias del lunes, los oyentes aguzaban el oído para oír mejor, y la señorita Levy parecía, mucho más que antes, una figura de cera que ocultase un resorte en su seno. Pero esos efectos eran también legítimos a causa del desarrollo que habían adquirido las ideas del sabio, cuya rectitud lógica era completamente defendible. Siempre había orientado sus investigaciones hacia ese lado vasto y tenebroso del alma, hacia esas regiones designadas con el nombre de «subconsciente», aunque se haría mejor en hablar de una «superconciencia», puesto que esas esferas proceden por medio de una sabiduría que rebasa en mucho la conciencia del individuo y sugieren el pensamiento de que podría existir una relación o lazo entre las regiones inferiores y oscuras del alma individual y un alma universal y omnisciente.\n\nEl dominio del subconsciente «oculto», en el sentido propio de esta palabra, sería, pues, igualmente oculto en el sentido más limitado del vocablo y constituiría una fuente de la cual manan los fenómenos que son llamados ocultos. Quien considere el síntoma orgánico de la enfermedad como el resultado de sentimientos rechazados fuera de la vida consciente del alma, como en la materia, reconoce el poder creador de las fuerzas físicas en el dominio de la materia, un poder que hay que considerar como la segunda fuente de los fenómenos mágicos. El idealista patológico, por no decir el idealista de la patología, habrá llegado así al punto de partida de los razonamientos que conducen infaliblemente al problema del ser en general, es decir, al problema de las relaciones entre el espíritu y la materia. El materialista, hijo de una filosofía de la fuerza pura, se obstinaría en explicar el espíritu como un producto fosforescente de la materia. El idealista, por el contrario, partiendo del principio de la histeria creadora, se inclinará y no tardará en resolver en un sentido exactamente opuesto el problema de la primacía. En suma, se trata de la vieja disputa de saber si existió antes la gallina o el huevo, esa querella que se halla tan extraordinariamente embrollada por el doble hecho de que no se puede imaginar un huevo que no haya sido puesto por una gallina, ni una gallina que no haya nacido de un huevo.\n\nEl doctor Krokovski comentaba estas cuestiones en sus conferencias desde hacía algún tiempo. Había llegado a un desarrollo orgánico, legítimo y lógico; hemos de insistir en eso, y hemos de añadir que, además, se había metido en consideraciones de esta especie antes de que Ellen Brand las hiciese pasar al dominio empírico y experimental.\n\n¿Quién era Ellen Brand? Hemos estado a punto de olvidar que nuestros lectores lo ignoran, mientras que su nombre no es naturalmente familiar. ¿Quién era? ¡A primera vista casi nadie! Una amable muchacha de diecinueve años llamada Elly, de un rubio de lino, una danesa, que no era ni siquiera de Copenhague, sino sencillamente de Odense, en Fionia, adonde su padre se dedicaba al comercio de mantequilla. Ella había entrado en la vida práctica desde hacía años, pues estaba empleada en la sucursal provinciana de un banco de la capital, sentándose en un taburete, delante de grandes libros, con una manga de lustrina en el brazo derecho, y fue allí donde empezó a alterarse su temperatura.\n\nEl caso no era grave, como mucho se podía decir que era sospechoso, a pesar de que Elly se encontrase efectivamente delicada y anémica. Además, era muy simpática, y el consejero le pasaba la mano por los cabellos rubios cuando hablaba con ella en el comedor. Se hallaba envuelta en una frescura nórdica, en una castidad cristalina, en una atmósfera infantil y virginal completamente encantadora. La mirada de sus ojos azules era purísima y su lenguaje era agudo, fino y claro. Hablaba un alemán un poco inhábil, con faltas típicas de pronunciación. Sus rasgos no tenían nada de particular. Su barbilla era un poco corta. Estaba sentada a la mesa de Herminia Kleefeld.\n\nEra, pues, esa muchachita, esa Elly Brand, esa amable ciclista y contable danesa a la que se hallaba en condiciones que nadie hubiese podido sospechar a primera vista, pero que algunas semanas después de su llegada aquí comenzaron a manifestarse y que el doctor Krokovski descubrió en toda su extrañeza.\n\nDurante los juegos de sociedad, en la reunión de la noche, la muchachita llamó la atención del sabio. Se hacían adivinanzas, luego se buscaban objetos que habían sido escondidos ayudándose por medio del piano que era tocado más alto o más bajo según se acercasen o se alejasen del escondite. Se debían también realizar acciones más o menos complicadas que habían sido concertadas fuera de la vista del que debía repetirlas; como, por ejemplo, cambiar las sortijas de dos personas; invitar a alguien, por medio de tres reverencias, a bailar; tomar un libro determinado de la biblioteca, para entregarlo luego a una persona determinada.\n\nHay que hacer notar que juegos de tal especie no habían entrado hasta ahora en las costumbres del Berghof. No se puede saber luego de quién había partido la idea. Seguramente no había sido de Elly. Sin embargo, esto no había ocurrido más que después de su llegada.\n\nLos que tomaban parte en los juegos —casi todos viejos conocidos, entre los cuales se hallaba Hans Castorp— se mostraban más o menos hábiles o completamente incapaces. Pero la aptitud de Elly Brand era extraordinaria, sorprendente e inconveniente. Su seguridad para encontrar los objetos escondidos había parecido admirable. Pero cuando comenzó a realizar acciones complicadas, la sorpresa hizo guardar silencio. Inmediatamente, al entrar en la habitación, realizaba todo lo que secretamente se había acordado, sin titubeos y sin necesidad de la música. Cogía en el comedor un poco de sal, la echaba sobre la cabeza del procurador Paravant, le cogía luego por la mano y le conducía al piano, donde ella tocaba con el dedo índice el principio de la canción _Un pájaro que vuela_. Luego le conducía a su sitio, le hacía una reverencia, cogía un taburete y se sentaba a sus pies, exactamente como se había acordado en secreto.\n\n¡Había escuchado!\n\nElla se ruborizó. Al ver cómo se confundía, todos comenzaron a reñirla verdaderamente aliviados. Pero ella aseguraba que no había escuchado detrás de la puerta. ¡No, no! Ella escuchaba en la sala misma, no podían impedírselo. ¿No podían impedírselo? ¿En la sala?\n\n—Algo me lo dice —manifestó. Algo le decía lo que debía hacer, en voz muy baja, pero distinta y clara.\n\nEso parecía una confesión. Elly tenía, en un cierto sentido, conciencia de haber cometido un error: había engañado. Debía haber manifestado que no podía seguir aquel juego, ya que todo se lo decían. Un concurso pierde todo sentido común cuando uno de los concurrentes posee un don sobrenatural, y en el sentido deportivo del juego, Ellen debía ser descalificada.\n\nVarias voces a la vez reclamaron al doctor Krokovski. Corrieron a buscarle y vino. Llegó con una sonrisa jovial, invitando, con todo su aspecto, a la confianza. Se le comunicó, a toda prisa, que había surgido un vidente, una muchacha que oía sus voces.\n\n—Vamos, vamos, calma, amigos míos. Vamos a ver. —Era su terreno, un terreno pantanoso para todos, pero en el cual él se movía con seguridad.\n\nHizo preguntas.\n\n—¡Hola! ¡Hola! ¿Así que es usted, hija mía? —Y, como todo el mundo hacía, puso la mano sobre la cabeza de la muchacha.\n\nExistían muchas razones para sentir curiosidad, pero ningún motivo para asustarse. Hundió la mirada de sus ojos morenos y exóticos en el azul claro de los ojos de Ellen Brand, mientras la acariciaba dulcemente con la mano, desde el hombro hasta el brazo. La joven contestaba a su mirada con otra cada vez más lamentable, y su cabeza se iba inclinando hacia el pecho. Cuando sus ojos comenzaron a volverse, el sabio describió, ante el rostro de la muchacha, un movimiento circular con la mano, después de lo cual declaró que todo marchaba perfectamente, y envió a toda la compañía, muy excitada, a su cura de reposo, a excepción de Elly Brand, con la que quería todavía «charlar» un instante.\n\n¡Charlar! Ya se podía imaginar lo que pasaría. Nadie se sintió tranquilo cuando el alegre camarada Krokovski pronunció esa palabra. Todos se sintieron recorridos por un escalofrío, incluyendo a Hans Castorp que, cuando se hubo tendido en su _chaise-longue_ , recordó cómo había sentido vértigo cuando Elly había realizado sus proezas inconvenientes, y la ansiedad física que le había poseído.\n\nNunca había vivido un terremoto, pero se dijo que debían de producirse impresiones análogas, poniendo aparte la curiosidad que las aptitudes fatales de Ellen Brand le inspiraban. Una curiosidad que implicaba el sentimiento de su vanidad —es decir, la conciencia de que el dominio hacia el cual avanzaba a tientas era inaccesible a la razón— y, por consiguiente, la cuestión de saber si la joven no era también culpable, lo que no le impedía seguir sintiendo curiosidad.\n\nHans Castorp, como todo el mundo, había oído hablar de muchas cosas sobre los fenómenos ocultos o sobrenaturales. Hemos hecho alusión a cierta tía-abuela, cuya leyenda melancólica había oído contar, pero jamás se le había presentado un hecho tan de cerca. Hans Castorp no había realizado jamás experimentos en este terreno, y su antipatía hacia ellos igualaba a la curiosidad que despertaban en él. Presentía claramente que esos experimentos no podían ser más que de mal gusto, ininteligibles e indignos del hombre. Sin embargo, ardía de impaciencia por entregarse a ellos. Comprendía que la alternativa «ocioso o culpable» no era, en realidad, una alternativa, porque esos dos términos coincidían, y el escepticismo de la razón no era más que una forma extramoral de esa prohibición. Pero el _placet experiri_ que había tomado de una persona que hubiera desaprobado, sin duda, tales tentativas en los términos más plásticos, continuaba anclado en el espíritu de Hans Castorp, y su sentido moral coincidía con su curiosidad, con la curiosidad ilimitada de quien viaja para formar su espíritu, y esta curiosidad adquiría un aspecto de valor militar no evitando las cosas prohibidas cuando se presentaban.\n\nHans Castorp resolvió, pues, permanecer en su puesto y no alejarse si se iban a intentar con Ellen Brand nuevas aventuras.\n\nEl doctor Krokovski había prohibido que se entregasen, lejos de su presencia, a experimentos sobre los dones secretos de la señorita Brand. Había requisado la muchacha para la ciencia, tenía sesiones con ella en su caverna analítica, la hipnotizaba, según parece, y se esforzaba en desarrollar sus aptitudes latentes, en disciplinarla, en explorar su vida psíquica anterior.\n\nHerminia Kleefeld, la antigua fraterna de la muchacha, hacía lo mismo y se enteraba, bajo promesa de secreto, de toda clase de cosas que luego iba propalando por toda la casa. Se enteró, por ejemplo, de que la persona o la cosa que había revelado a la muchacha el juego de los gestos que debía hacer, se llamaba Holger. Era el adolescente Holger un espíritu que le era familiar, un ser difunto y etéreo, una especie de ángel guardián de la pequeña Ellen. ¿Era él quien le había comunicado la idea de la sal en la cabeza de Paravant? Sí, sus labios invisibles habían acariciado el oído de Ellen, le habían cosquilleado, haciéndole sonreír y le habían revelado el secreto.\n\nSin duda le comunicaría las lecciones en la escuela, cuando no las había estudiado. A esa pregunta, Ellen no había contestado. Tal vez eso no le era posible a Holger, dijo luego; quizá no se puede mezclar en cosas tan serias, o sin duda él no sabía sus lecciones.\n\nSe supo también que Ellen había tenido, desde su tierna edad, apariciones visibles e invisibles —¿qué significaba «apariciones invisibles»?—. Por ejemplo: la muchacha se hallaba sentada un día, sola, en el salón de la casa de sus padres, delante de una mesa redonda, haciendo costura; al lado de ella estaba echado en el suelo un perro dogo perteneciente a su padre, la perra llamada Freia. La mesa se hallaba cubierta con un tapete de colores, con uno de esos viejos chales turcos. Diagonalmente, las puntas del chal caían a los lados de la mesa. De pronto, Ellen vio que la punta que colgaba ante ella se había enrollado, se enrollaba lenta, tranquila, cuidadosamente, hasta la mitad de la mesa, de manera que el rodillo formado era bastante largo. Mientras esto ocurría, Freia, sobresaltándose, se puso furiosa, con las patas delanteras tiesas y el pelo erizado. Luego se precipitó ladrando debajo del sofá y durante un año entero no se consiguió que volviese a entrar en el salón.\n\n—¿Fue Holger quien enrolló el chal? —había preguntado la Kleefeld, pero Ellen Brand no lo sabía.\n\n»¿Y qué pensó cuando se produjo? —Ellen no había pensado nada de particular—. ¿Había hablado a sus padres? —No. La cosa era chocante. Aunque no hubiese pensado más, Ellen había comprendido que, tanto en este caso como en otros análogos, debía mantener el silencio y guardar púdicamente el secreto—. ¿Costaba guardar el secreto? —No, no costaba nada.\n\nPero también le habían pasado otras cosas. Por ejemplo, ésta: Hacía un año, también en casa de sus padres, en Odense, había salido muy temprano de su habitación, que se hallaba situada en el piso bajo, y había querido atravesar el vestíbulo y subir la escalera para ir al comedor y preparar el café, como tenía por costumbre hacer antes de que sus padres se levantasen. Había llegado ya al primer rellano de la escalera cuando, en ese mismo lugar y al borde del escalón, vio a su hermana mayor, que estaba casada y residía en America, a su hermana mayor en carne y hueso. Llevaba un vestido blanco y, cosa extraña, tenía puesta en la cabeza una corona de ninfeas. Sus manos se hallaban juntas y le hacía señas con la cabeza.\n\n—¡Cómo, Sofía! ¿Eres tú? —había exclamado Ellen, petrificada, medio alegre y medio asustada.\n\nSofía se encogió de hombros y luego desapareció. Se había vuelto transparente y desapareció, como deslizándose en el aire.\n\nEl camino había quedado libre para Ellen.\n\nPoco tiempo después se enteró de que, a la misma hora, su hermana Sofía había muerto en Nueva Jersey, de un ataque al corazón.\n\n—Vamos —estimó Hans Castorp cuando la Kleefeld le contó la aventura—, eso tiene un cierto sentido, se puede justificar. La aparición aquí, la muerte allí; se puede distinguir al menos una cierta relación entre las dos cosas.\n\nY consintió en tomar parte en una sesión de espiritismo, en una partida de vasos giratorios, que se había decidido organizar a pesar de las prohibiciones celosas del doctor Krokovski.\n\nNo fueron admitidas a la sesión más que algunas personas. El lugar era la habitación de Herminia Kleefeld. Además de ésta, se hallaban Hans Castorp y la pequeña Brand, la Stoehr y la Levy, el señor Albin, el checo Wenzel y el doctor Ting Fu.\n\nPor la noche, a las diez, se reunieron discretamente y fueron inspeccionados los preparativos que Herminia había hecho. En una mesa redonda de mediana altura, colocada en medio de la habitación, había sido puesta una copa boca abajo. En el borde de la mesa, espaciados convenientemente, habían sido colocados dados de hueso, sobre los cuales se había escrito con tinta una letra distinta del alfabeto.\n\nHerminia Kleefeld comenzó sirviendo el té, que fue acogido con agradecimiento, porque a pesar de la puerilidad inofensiva de la empresa, las señoras Stoehr y Levy se quejaban de tener las extremidades frías y sufrir palpitaciones. Cuando se hubo reaccionado, se sentaron en torno de la pequeña mesa y a una luz rosa y tamizada —para crear una atmósfera apropiada había sido apagada la lámpara de la mesita de noche— y todos apoyaron un dedo de su mano en el borde de la copa de cristal. Era tal como prescribía el método. Se esperaba el instante en que la copa comenzaría a moverse.\n\nEsto se podía producir fácilmente, pues la mesa era lisa, el reborde del cristal, pulido, y la presión que ejercían los dedos temblorosos por ligero que fuese el contacto, bastaría a la larga, pues esa presión se producía de una manera desigual, vertical aquí, lateral al otro lado, y movería la copa. Al moverse la copa iría a dar a los dados, componiendo palabras que podían tener un sentido, y esto constituiría un fenómeno inquietante de una complejidad bastante turbia, una mezcla de elementos conscientes, semiconscientes y completamente inconscientes, determinado por la voluntad de unos participantes —tanto si se confesase como no su intención— y por el acuerdo secreto y la colaboración subterránea de todos en busca de resultados en apariencia extraños, resultados a los que las veleidades oscuras de cada individuo daría un sentido más o menos amplio, y sobre todo, sin duda la veleidad de la encantadora Elly.\n\nTodos sabían eso por adelantado y Hans Castorp, según su costumbre, llegó incluso a decirlo mientras se hallaban esperando con los dedos puestos en el borde de la copa. Y en efecto, las extremidades frías y el corazón palpitante de las mujeres, así como la alegría angustiosa de los hombres, no procedían más que de que sabían eso, de que se habían reunido en el silencio de la noche para entregarse a un juego sucio con la naturaleza y escrutar, con una curiosidad temerosa, las partes desconocidas del yo, esperando esas apariciones o esas semirrealidades que se llaman mágicas. Para dar al experimento una cierta forma, se admitía que los espíritus de los difuntos se dirigían a la asamblea por medio de la copa de cristal. El señor Albin se ofreció a llevar la palabra y a negociar con los espíritus que acudiesen a su llamamiento, porque había asistido ya otras veces a sesiones de espiritismo.\n\nPasaron más de veinte minutos. Los temas de conversación se agotaron. Desaparecía la primera tensión. Se tenían que sostener el codo con la mano izquierda. Wenzel se hallaba a punto de dormirse. Ellen Brand, con el dedo ligeramente apoyado en la copa, tenía su mirada de niña fija en la luz de la lámpara de la mesita de noche.\n\nDe pronto, el cristal osciló y se escapó de las manos de las personas que se hallaban sentadas en torno a la mesa. Apenas pudieron acompañarlo con el dedo, resbaló hasta el borde de la mesa, volvió luego en línea recta al centro, dio un pequeño salto y permaneció inmóvil.\n\nEl espanto de todos fue medio alegre, medio ansioso. Con una voz temerosa, la señora Stoehr declaró que prefería no seguir adelante, pero se le hizo ver que debía haberse decidido antes y que ahora no tenía más remedio que continuar. Se estipuló que, para decir sí o no, el cristal no tendría necesidad de ir a chocar contra las letras y bastaría que diese uno o dos golpes.\n\n—¿Se halla presente un espíritu? —preguntó el señor Albin con el rostro severo, mirando por encima de las cabezas hacia el vacío. Hubo un momento de duda. Luego la copa dio un golpe y contestó «sí».\n\n—¿Cómo te llamas? —preguntó el señor Albin con un tono casi rudo y poniendo de relieve la energía de su pregunta con un movimiento de cabeza.\n\nLa copa comenzó a resbalar. Recorrió resueltamente y en zigzag diferentes dados, volviendo, ocasionalmente, al centro de la mesa. Tocó la «H», la «O», la «L»; entonces pareció agotada, pero reanudó de nuevo la marcha y tocó la «G», la «E» y «R». Hubo un momento de titubeo. Era Holger en persona, el espíritu de Holger que se había enterado de la historia de la sal, pero que no había querido mezclarse con los deberes escolares. Se hallaba allí, se cernía en los aires, envolvía a nuestro pequeño círculo. ¿Qué iban a hacer con él? Reinaba cierta timidez entre los reunidos. Se deliberó en voz baja, y en cierta manera bajo mano, para saber qué preguntas era conveniente tantear. El señor Albin decidió preguntarle cuál había sido la ocupación y profesión de Holger en vida. Hizo la pregunta severamente, con el entrecejo fruncido.\n\nLa copa guardó un instante de silencio. Luego, oscilando y saltando, se dirigió hacia la «P», se alejó y designó la «O». ¿Qué iba a decir? La impaciencia era grande. El doctor Ting Fu manifestó entre risitas su creencia de que Holger debía de haber sido policía; la señora Stoehr rió de un modo histérico sin interrumpir el trabajo de la copa que, tropezando, resbaló hasta la «E» y tocó después la «T» y la «A». Había formado la palabra «poeta».\n\n¡Qué diablos! ¿Holger había sido poeta? Inútilmente y como por orgullo, el cristal dio un golpe y confirmó.\n\n—¿Un poeta lírico? —preguntó la Kleefeld pronunciando la «i» como una «u», como Hans Castorp le hizo notar con impaciencia.\n\nPero Holger no parecía dispuesto a dar detalles. No contestó. Se limitó a repetir lo anterior una vez más, rápidamente, con claridad.\n\nBien, bien, un poeta. La inquietud fue en aumento, una inquietud chocante, nacida del hecho de que esas manifestaciones turbadoras emanaban de regiones oscuras de la vida interior, tocando, sin embargo, de un modo falaz a una realidad exterior.\n\nSe quiso entonces saber si Holger era feliz en aquel estado. La copa formó la palabra «resignado». ¡Ah! Sí, sí, resignado. A nadie se le hubiese ocurrido, pero como la copa había formado aquella palabra, parecía ahora muy bien dicho. ¿Desde cuánto tiempo se hallaba Holger en ese estado de resignación? De nuevo ocurrió algo en que nadie hubiese podido pensar, algo que parecía decir en sueños «duración rápida»… Muy bien… Se hubiese podido decir también «rapidez duradera», era un oráculo de poeta ventrílocuo venido al mundo exterior. Hans Castorp, sobre todo, lo juzgó excelente. Una duración rápida era el elemento de tiempo en que vivía Holger; naturalmente debía contestar por un oráculo, sin duda había olvidado las palabras y la medida de una reunión terrenal. —¿Qué más querían saber?— La Levy confesó su deseo de preguntar cuál era o cuál había sido el aspecto de Holger. ¿Era un joven bello?\n\n—Pregúntelo usted misma —ordenó el señor Albin, que juzgaba que una curiosidad de este género ofendía a su dignidad. Ella preguntó, tuteándole, si el espíritu de Holger tenía rizos rubios.\n\n—Bellos rizos castaños, castaños —contestó la copa, repitiendo dos veces «castaños». Una animación alegre reinaba en el círculo. Las damas se mostraban francamente enamoradas. Enviaban besos hacia el techo. El doctor Ting Fu dijo, riendo socarronamente, que míster Holger debía de ser bastante fatuo.\n\nY en este momento la copa enloqueció de cólera. Recorrió la mesa en todos los sentidos como presa de rabia, luego se tumbó y fue a rodar sobre las rodillas de la señora Stoehr que, moralmente pálida, con los brazos abiertos, se quedó contemplándola. Con muchas precauciones y excusas la pusieron en su sitio. Reprendieron al chino. ¿Cómo se había atrevido a permitirse tales observaciones? Pero ¿qué hacer si Holger continuaba irritado, si se había marchado o si se negaba a pronunciar ahora la menor palabra? Se insistió en términos persuasivos a la copa. ¿Consentiría en hacer una poesía? ¿No había sido poeta antes de cernerse en la duración rápida? ¡Qué curiosidad sentían todos por conocer un poema compuesto por él! Se lo suplicaban de todo corazón.\n\nY la copa de cristal dio un golpe: «Sí.»\n\nSe manifestaba completamente conciliador. Entonces el espíritu de Holger comenzó a componer, compuso sin reflexionar, por medio de aquel complicado aparato, Dios sabe cuánto tiempo. Parecía que no iba a callar jamás. Era un poema sorprendente, era una cosa mágica, sin límites como el mar, y en el cual se hablaba principalmente de aluviones a lo largo de la bahía redondeada del país de las islas de escarpadas dunas. «¡La inmensidad verde se borra y pierde en lo eterno, allá lejos en las regiones de la niebla, allá donde, sumiéndose en un carmín rubio y en luces lechosas, el sol de verano se pone lentamente! Las palabras no pueden expresar el reflejo plateado y móvil del agua que se cambia en un resplandor de nácar, en un juego inefable de colores, en una calidad de luz lunar. Secretamente, como ha surgido, se desvanece la magia luminosa. El mar se duerme. Pero queda todavía el rastro de la muerte del sol. Hasta en lo más profundo de la noche no reinará oscuridad. Una claridad espectral reina en el bosque de pinos, sobre las dunas, y hace resplandecer la arena blanca de las profundidades como si fuese nieve. ¡Engañoso bosque de invierno en el silencio atravesado por el vuelo de un búho! ¡Noche tierna, sé nuestro refugio! Lentamente allá abajo respira el mar, murmura en sueños. ¿Deseas volverla a ver? Aproxímate a las vertientes pálidas de las dunas y sube hundiéndote en esa cosa blanda que resbala frescamente por tus zapatos. Dura y blanda, la tierra desciente en rápida vertiente hacia los guijarros, y los vestigios del día que se ciernen todavía en la lejanía indistinta… ¡Siéntate allá arriba, en la arena! ¡Qué frescor mortal, qué dulzura de seda y de harina! Resbala en tu mano, forma un pequeño chorro incoloro y se amontona. Es la huida silenciosa a través del estrecho paso del reloj de arena, del instrumento grave y frágil que orna la celda del eremita. Un libro abierto, un cráneo, y en su pequeño andamiaje, el doble cristal sopla un poco de arena acogida a la eternidad y marcha silencioso y misterioso expresando el tiempo…»\n\nDe esta manera improvisaba el espíritu de Holger, con extrañas asociaciones de ideas del mar de su país natal, de un eremita y del instrumento de su contemplación; palabras de un atrevimiento de ensueño que sorprendían prodigiosamente a la asamblea. Habló de muchas cosas humanas y divinas, letra por letra. Apenas se había tenido tiempo de aplaudir cuando comenzaba el zigzag de otras nuevas materias y no se detenía. Al cabo de una hora no se preveía aún el final de aquellas inagotables efusiones poéticas que trataban de los dolores del parto y del primer beso de los amantes, de la corona del sufrimiento y de la benevolencia paternal y grave de Dios que se sumía en la vida de la criatura, que se perdía en el tiempo, en el paisaje y en los espacios estelares. Hizo alusión a los caldeos y al Zodíaco, y esas evocaciones hubieran durado toda la noche si los reunidos no hubiesen terminado por separar los dedos de la copa y no hubiesen manifestado a Holger, con el más vivo agradecimiento, que ya era bastante por aquella noche, que todo aquello había tenido un esplendor insospechado y que constituiría para ellos una eterna pena que nadie hubiese transcrito el poema que debía caer inexorablemente en el olvido a consecuencia de una cierta falta de consistencia propia de los sueños.\n\nLa próxima vez no dejarían de invitar a tiempo a un secretario y se podría dar cuenta del efecto que debería producir, conservado en negro y blanco y recitado de un modo seguido, ese maravilloso poema. Pero por el momento y antes de que Holger se sumiese en la resignación de su duración rápida, se le suplicaba tuviese a bien contestar a una pregunta precisa, no se sabía todavía cuál. Se le rogaba que manifestase si, en caso oportuno, estaría en principio dispuesto a contestar.\n\n«Sí», fue la respuesta.\n\nPero todos estaban perplejos. ¿Qué iban a preguntar? Era como en los cuentos, cuando el hada o el enano permiten que se haga una petición y se corre el peligro de dejar perder la preciosa oportunidad. Se deseaba saber muchas cosas y era correr una gran responsabilidad al elegir la pregunta.\n\nComo nadie tomaba una decisión, Hans Castorp, con un dedo apoyado en la copa y la mejilla izquierda en el puño, dijo que deseaba saber cuánto tiempo duraría su permanencia aquí, tiempo que había sido fijado, al principio de su llegada, en tres semanas.\n\nComo no se encontraba nada mejor, se preguntó eso al espíritu. Después de unos titubeos, la copa dio un golpe sobre la mesa. Decía algo bastante extraño que parecía no tener relación con la pregunta y que no era posible interpretar. Formó la sílaba «va» y luego la palabra «revés», y no se sabía qué deducir cuando habló de la habitación de Castorp, de manera que se podía interpretar la respuesta como una orden dada al que había hecho la pregunta. ¿Ir a su habitación? ¿Ir al número 34? ¿Qué significaba eso? Mientras se hallaban deliberando, un formidable puñetazo hizo temblar de pronto la puerta.\n\nTodos quedaron petrificados. ¿Se presentaba el doctor Krokovski para interrumpir la sesión? Se miraron confundidos esperando ver aparecer al médico. Pero en el mismo instante, un segundo golpe resonó en el centro de la mesa, igualmente un puñetazo, como para hacer comprender que el puño había golpeado no al exterior, sino en el interior de la habitación.\n\n¡Había sido una broma pesada del señor Albin! Éste negó, dando su palabra de honor, y todos estaban seguros de que ninguno de ellos había dado los puñetazos. ¿Había sido Holger? Miraron a Elly, cuya actitud tranquila acababa de sorprender a todo el mundo. Se hallaba sentada, apoyada contra el respaldo, con las manos caídas, la punta de los dedos sobre el borde de la mesa, la cabeza inclinada sobre el hombro, las cejas enarcadas, la boca contraída ligeramente por una sonrisa que tenía algo a la vez de disimulado e inocente, y sus ojos azules de muchacha miraban oblicuamente al vacío. Se la llamó sin que diese señales de vida. En el mismo instante, la lámpara de la mesilla de noche se apagó.\n\n¿Se apagó? La señora Stoehr comenzó a lanzar gritos, pues había oído el ruido del interruptor. La luz no se había apagado, había sido apagada por una mano extraña. ¿Era la mano de Holger? ¡Se había mostrado, hasta aquel momento, tan dulce, disciplinado y poético! Su naturaleza daba ahora muestras de picardía y turbulencia. ¿Quién podía asegurar que una mano que daba puñetazos en la puerta y en los muebles y que tenía la insolencia de apagar la luz, no pudiese también agarrar a alguien por la garganta? Se reclamaron cerillas, una lámpara de bolsillo.\n\nLa Levy comenzó a gritar que le tiraban de los cabellos. En su miedo loco, la señora Stoehr no se avergonzó de rogar a Dios en voz alta. Gimió e imploró al Señor que le concediese la gracia, a pesar de que ella hubiese tentado al infierno.\n\nFue el doctor Ting Fu quien tuvo el razonable pensamiento de encender la luz eléctrica, de manera que la habitación quedó inmediatamente alumbrada. Se pudo comprobar que la lamparilla de la mesita de noche no se había apagado por casualidad; había sido apagada, y era necesario para encenderla repetir el gesto humano de dar la vuelta al interruptor, lo mismo que había hecho la mano oculta.\n\nHans Castorp sintió personalmente una sorpresa que podía considerarse como su primer interés por las puerilidades que se estaban consumando.\n\nSobre sus rodillas encontró un objeto ligero, «el recuerdo» que había en otro tiempo asustado a su tío cuando lo había encontrado en la habitación de su sobrino: el dispositivo que mostraba el interior de Clawdia Chauchat y que Hans Castorp, en lo que se refiere a él, no había llevado a la habitación. Lo guardó en su cartera sin hablar para nada de este fenómeno.\n\nTodos estaban ocupados con Ellen Brand, que continuaba sentada en su sitio en la actitud que ya hemos descrito. El señor Albin le sopló en la cara e imitó el gesto de la mano por el que el doctor Krokovski la había despertado. De inmediato, ella recobró los sentidos y derramó algunas lágrimas.\n\nLa acariciaron, la consolaron, la besaron en la frente y la enviaron a la cama.\n\n> _Continúa en Capítulo 7 / 10…_",
  "title": "La montaña mágica: Capítulo 7 / 9 - Thomas Mann",
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