Meteoritos apagándose
Aspiraba las notas de mi taza de café mañanero. Estaba ensimismado con el paisaje invernal que tenía tras la ventana. Los árboles relucían con un halo blanco, enmarcando a la montaña que había a unos kilómetros. La nieve cubría el patio, excepto por el sendero que daba a casa. Ayer me había encargado de dejarlo despejado.
El transporte canino llegó a tiempo. Se trataba de un autobús blanco con muchos perros viajando en su interior. El conductor se encargaba de llevarlos por diferentes zonas del pueblo. Vi que las puertas se abrieron y una pareja de pastores alemanes descendieron. No llamaron mi atención, hasta que capté unas orejas largas columpiándose alegremente al bajar los últimos escalones del autobús. Era ella. Trotó, dejando que el viento meciera su abundante pelaje dorado. Y su cuerpo grande y ágil quedó en evidencia. Me puse de pie buscando alcanzarla en el pasillo, pero ella ya había cruzado la puerta para mascotas y el vestíbulo igual que un relámpago.
Nos encontramos por fin. Estábamos ansiosos, como si fuéramos una parte extraviada del otro. Yo extendí mis manos y ella bajó sus patas delanteras. Hasta que no pudimos más y corrimos al encuentro uno del otro. Me sumergí en sus ojos, oscuros como un frijol negro y redondos como una lenteja. Emergí cargado con un amor inconmensurable. Con energía, acaricié con mi mano la cima de su cabeza. Lo siguiente que hice fue jugar con su placa de identificación.
Nutty y yo habíamos sido inseparables desde que era una cachorrita y sabía cuánto le gustaban los paseos en invierno para luego llegar a retozar junto al fuego.
Sacar a Nutty a pasear era un sueño, casi nunca tiraba de su correa ni tampoco perdía mucho tiempo olfateando. Por alguna razón, quise variar el camino, decidí ir por el lado izquierdo del sendero. Al fondo, apareciendo por la curva del lado derecho, una chica. Era bien proporcionada. Castaña, llevaba el cabello sujetado en una coleta. Llevaba una chaqueta pero estaba abierta y debajo usaba un top con unos leggins deportivos. La reconocí, aunque no de mucho. Sabía que era de la zona y que todos los días a ésa hora salía a correr.
—Buenos días.—saludé cuando estuvimos cerca.
—Buenos días ¿Es tu perro?—respondió disminuyendo la marcha poco a poco hasta que quedó trotando en el lugar.
Asentí y bajé la mirada por un instante buscando la cabeza de Nutty para acariciarla.
—¿Tú tienes perros?—pregunté buscando su mirada. Al hacerlo, mis ojos se anclaron por un instante a su escote. Me puse nervioso, intenté disimular observando a un árbol detrás de ella.
—Ah, sí. Tengo dos, pero son pequeños.—respondió llevándose una mano a la cintura. Yo estaba intrigado, parecía que no le había molestado lo que sucedió.
—Es mejor. Los grandes son un desastre.—agregué poniendo más atención a la forma en que respondía a mis palabras.
—No lo creo, ¿de verdad?—dijo sin dejar de trotar.
Tuvimos una breve charla, que aproveché para buscar señales de una probable atracción hacia mí. Aunque traté de que fuera lo menos evidente posible, a veces me perdía en sus labios o en su escote.
Ella sonreía, sonreía mucho. De vez en vez, al tiempo que llevaba sus talones hacia atrás, se daba golpecitos en el muslo derecho con la palma de la mano.
Me distraía muy fácilmente con ésos pequeños detalles y me olvidaba de la conversación. Así que me arriesgué a lanzar una pregunta directa.
—¿Te parece si me das tu número y seguimos hablando por mensaje?—interrogué esforzándome por captar con mis pupilas todas las posibles pistas de la respuesta.
Bajó la velocidad hasta el límite de detenerse, se pasó los dedos por la coronilla como si se estuviera peinando y echó la cabeza hacia atrás sonriendo.
—Claro, ¿cómo te agrego?—respondió sin borrar la sonrisa.
—Bill.—dije buscando sonar seguro.
—¿Will?—preguntó ella con el teléfono entre las manos.
—Bill.—repetí subiendo la voz.
Ella asintió y apretó los botones con velocidad cuando le dicté el número.
Lo último que hizo después de despedirnos fue echarse la punta de la coleta hacia atrás y, me pareció ver qué se rascó suavemente la punta de la nariz. Desde lejos lucía encantadora, en especial ése último gesto se me hizo tierno.
No puedo negar que después de ése encuentro mi ego se elevó, pero tocaba pensar en la siguiente parada: la tienda de cómics.
Ver a Nutty cavando en la nieve me alejó de mis planes…
Mi belleza rubia había sentido el llamado de la naturaleza y yo no tenía bolsas ni nada para recoger.
Miré avanzar las manecillas del reloj que había en el centro del parque, barajeando las opciones. Una más imposible que la otra, hasta que me levanté la capucha, miré a los lados y seguí nuestro camino.
Apenas vi la fachada de la tienda de cómics, un artículo hizo que estuviera a punto de pegar la nariz a la ventana. Un cómic de “The Watchmen”. Tenía que ser mío.
La campanilla de la puerta de entrada sonó a medias, cuando sentí un tirón seco en mi mano. Era la correa de Nutty quien se había detenido y estaba sentada en la acera.
Estaba tan acostumbrado a llevarla a todas partes, que ahora quería meterla hasta en la tienda de cómics. Reí para mis adentros, llevé a Nutty a la farola que estaba frente a la tienda y comencé a atar su correa alrededor del poste de metal. Empecé a tener dificultades la correa se resbalaba entre mis guantes y no estaba muy seguro de cómo continuar…
—¡¿Qué haces?!—gritó una voz familiar.
Levanté la vista hasta encontrar la camioneta de la que provenía. Una minivan blanca con el vidrio abajo. No tuve dudas… Era mi cuñado.
—¡No la vas a dejar aquí! ¡Está helando!—gritó de nuevo y las intermitentes de la minivan se encendieron.
Unos pliegues se formaron alrededor de mi boca y mi nariz. Odiaba cuando me hablaba así. Deshice los cruces que había hecho con la correa, me levanté y empecé a caminar con Nutty tras de mí.
—¿Qué haces aquí?—pregunté bajándome la capucha.
Él nos seguía a baja velocidad.
—Regresé antes… Si Alison viera lo que estás haciendo… ¡Súbela ya! ¡Voy al supermercado! ¡Al menos aquí adentro estará caliente!—exclamó con ése tono de superioridad que le salía por los poros cuando hacía ofrecimientos.
Miré a Nutty quien hizo lo mismo. Estaba muy desconcertada. Traté de relajar la cara y desaceleré.
—¡Bien!—grité deteniéndome en seco.
Marcus estacionó la camioneta a un lado de nosotros.
—La dejaste sin bolsas. Compra unas.—refunfuñé al estar a la altura de la ventanilla.
—Te veo por la tarde.—respondió mientras bajaba del auto para abrir la puerta lateral.
—Cuando quieras…—respondí con un marcado sarcasmo.
Una vez que Nutty estuvo arriba de la minivan, cerró la puerta. Dejando a su paso un golpe hueco.
—Pero sin la perra.—sentenció cuando estaba por volver a subir detrás del volante.
—¿Qué? ¡No puedes hacer eso! ¡Ella es mía!—brameé jalando la manija de la puerta con todas mis fuerzas.
Marcus sacudió la cabeza de un lado al otro y aceleró.
Antes de desaparecer, Nutty alzó las orejas luchando por comprender. Su frente se arrugó como si una perfecta escultura de mármol estuviera haciéndose añicos y sus ojos se apagaron como si fueran un meteorito perdiéndose en miles de años luz de vacío.
Mastiqué una cucharada de cereal, llevaba una hora en el plato. Las hojuelas estaban flácidas y las que estaban unidas conformaban un engrudo blanquecino. Miré por la ventana. Así es como todo mi entorno se sentía. Todo muerto. Lleno de silencio. La nieve parecía el engrudo y los árboles las hojuelas abandonadas y flácidas.
Una notificación brilló en la pantalla de mi teléfono. Pensé en la chica del parque y miré como acto reflejo, tal y como hacía unas horas me había encontrado con su escote.
En efecto, un mensaje:
«Hola, las niñas y yo volvemos pasado mañana del viaje. Marcus volverá antes, por si te hace falta algo para Nutty.»
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