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La montaña mágica: Capítulo 7 / 8 - Thomas Mann

fictograma [Unofficial] May 22, 2026
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Ondas de armonía

¿Qué adquisición e innovación en el Berghof iba a liberar a nuestro viejo amigo de la manía de las cartas para arrojarle en brazos de otra pasión más noble aunque, en suma, no menos extraña?

Estamos a punto de informar de ello al lector impaciente.

Se trataba de un complemento de los juegos de sociedad, imaginado y decidido por el comité de la casa y adquirido a costa de grandes gastos, y con un cuidado que podemos calificar de generoso, por la dirección de esta institución tan recomendable.

¿Se trataba de un juguete ingenioso como la caja estereoscópica, el calidoscopio en forma de anteojo o el tambor cinematográfico? Sí y no. Pues, en primer lugar, no era un aparato de óptica, sino un aparato acústico, que fue encontrado, una noche, en el salón de música. No podían compararse con él ni por el género ni por el rango ni por su valor los demás artilugios de distracción. No era un pueril y monótono aparato de prestidigitación, del cual se cansarían pronto y al cual no se le haría caso más que dos o tres semanas. Era un cuerno de la abundancia que dispensaba placeres artísticos alegres o melancólicos. Era un instrumento de música. Era un fonógrafo.

Nuestro primer temor es que esta palabra sea tomada en un sentido indigno y desacreditado y que evoque una idea que corresponde a una forma pasada a la historia y no a la imagen de nuestro objeto verdadero, lleno de perfección a causa de los esfuerzos incansables de la técnica consagrada a las musas. ¡Amigos míos! Ciertamente no se trataba de esa miserable caja a manivela que, en otros tiempos, coronada por el disco y la aguja, prolongada por una deforme trompeta, llenaba los oídos con sus balidos nasales. El cofrecillo, en negro mate, un poco más profundo que ancho, unido por un cable de seda a la corriente eléctrica, reposaba, con su sobria distinción, sobre un pequeño mueble con estantes y no tenía nada de común con aquella máquina grosera y antediluviana. Se abría la tapa que un pequeño tirante de metal mantenía en posición oblicua y protectora, y se veía entonces un disco cubierto de paño verde y bordeado de níquel. Se veía, además, a la derecha y en la parte delantera, un dispositivo cifrado a la manera de un reloj que permitía regular la velocidad; a la izquierda se encontraba la palanca que se accionaba para poner en marcha o detener el movimiento. Finalmente se veía a la izquierda y en la parte de atrás el codo articulado, de níquel, con su diafragma redondeado y plano provisto de un tornillo destinado a sostener la aguja. Se abrían, además, los batientes de la puerta situada delante del aparato y se veía una especie de persiana formada por pequeñas planchas oblicuas, de madera barnizada. Y nada más.

—Es el último modelo —dijo el consejero, que había entrado al mismo tiempo que los pensionistas—. Última adquisición, hijos míos. Primera calidad, no se fabrica mejor.

Pronunció esas frases con una ridiculez extrema, a la manera de un mercader inculto que quiere vender su mercancía.

—No es un aparato ni una máquina —continuó diciendo mientras sacaba de una cajita de metal una pequeña aguja y la fijaba—. Es un instrumento, es un Stradivarius, un Guarneri, posee cualidades de resonancia y vibración de un gran refinamiento. La marca es «Pohlyhimnia», como pueden ver en la inscripción que se halla en el interior de la tapa. Fabricado en Alemania, ¿no es cierto? Nosotros somos los que lo hacemos mejor en este género. La verdadera música en una formación moderna y mecánica. El alma alemana up to date. Y aquí está la discoteca —añadió designando un pequeño armario lleno de gruesos álbumes—. Les hago entrega de estos hechizos para que se distraigan, pero lo recomiendo a la protección del público. ¿Quieren que a título de ensayo demos una audición?

Los enfermos se mostraron muy satisfechos y Behrens tomó uno de aquellos libros mágicos mudos, pero llenos de sustancia, volvió las pesadas páginas, sacó un disco de una de las camisas de cartón con un agujero redondo en el centro para que se viesen los títulos en color, y lo ajustó en el aparato. Con un gesto dio la corriente, esperó dos segundos hasta que el aparato adquirió una velocidad normal y aplicó con cuidado la pequeña punta de la aguja de acero en el borde del disco. Se oyó una ligera crepitación. Cerró la tapa y al mismo instante, por la puerta abierta del instrumento, entre la celosía y de todos los lados del cofrecillo, estalló una locura instrumental, una melodía alegre, ardiente y apresurada, los primeros compases saltarines de una obertura de Offenbach.

Todos escuchaban sonriendo, con la boca abierta. No podían dar crédito a sus oídos, tan puras y naturales eran las notas que daba la madera. Un violín, un solo violín preludió de un modo admirable. Se distinguía el golpe del arco, el trémolo de las cuerdas, el suave paso de un registro a otro. La melodía era un vals… ¡ Ay, la he perdido! La armonía de la orquesta apoyaba discretamente la melodía acariciadora, y era una delicia oír cómo luego toda la orquesta repetía el motivo. Naturalmente, no era como si una verdadera orquesta hubiese tocado en la habitación. La perspectiva del sonido se hallaba acortada, a pesar de que su masa no se alterase. Se hubiese dicho —si es posible comparar un fenómeno del oído con un fenómeno de la vista— que se trataba de un cuadro contemplado a través de unos gemelos puestos al revés, de manera que parecía alejado y empequeñecido, sin perder nada de la claridad de su dibujo, de la luminosidad de los colores. El fragmento de música, vivo y resplandeciente de talento, fue reproducido con toda brillantez. El final era una pura turbulencia, un galope que comenzaba con titubeos, un cancán impertinente que evocaba la visión de los sombreros de copa agitados en el aire, rodillas lanzadas hacia adelante, enaguas revueltas, y que no acababan de definir su cómico triunfal. Luego el movimiento se detuvo automáticamente. Todos aplaudieron.

Reclamaron más y les fue concedido. Una voz humana se escapó del cofrecillo, una voz viril, dulce y potente, acompañada por una orquesta. Era un barítono italiano de célebre nombre, y ahora no podía hablarse ya de velo ni alejamiento de ninguna especie. El magnífico órgano resonaba con toda su extensión natural, con toda su fuerza, y si se iba a una de las habitaciones vecinas y se dejaba de ver el aparato, se hubiese podido decir que el artista en persona estaba presente en el salón, con su papel de música en la mano.

Cantaba en su lengua un aria de ópera: « Eh, il barbiere. Di qualità, di qualità! Figaro qua, Figaro là, Figaro, Figaro, Figaro!» El auditorio se echó a reír al escuchar el parlando en falsete, por el contraste entre aquella voz de ogro y aquella rapidez en mover la lengua. Los más competentes podían seguir y admirar su fraseado y su técnica respiratoria. Maestro de lo irresistible, virtuoso educado en el gusto italiano, comenzaba ya a hilar la nota anterior a la tónica final, dando la ilusión de que se adelantaba hacia las candilejas con la mano en alto. Cuando acabó, todos prorrumpieron en aclamaciones. La cosa era magnífica.

Oyeron todavía algo más. Un cuerno de caza ejecutó, con una limpieza notable, variaciones sobre una canción popular. Una soprano hizo resonar el staccato y los trinos de una melodía de La Traviata , con una frescura y una precisión seductoras. El fantasma de un violinista de renombre mundial tocó, como si se hallase detrás de unos velos, con acompañamiento de piano, una romanza de Rubinstein. Del cofrecillo maravilloso se escapaban sonidos de campana, arpegios, trompas y redobles de tambor. Finalmente, se tocaron discos de baile. Se poseían unas muestras de las modas más recientes, de gusto exótico, de cabaret de puerto: el tango, llamado a convertir el baile vienes en una danza para las abuelas. Dos parejas, que conocían el paso de moda, bailaron sobre la alfombra. Behrens se había retirado después de recomendar que no se sirviesen más que una vez de cada aguja y que tratasen los discos «exactamente como huevos frescos». Hans Castorp tomó a su cargo el aparato.

¿Por qué precisamente fue él? La cosa se había producido de un modo automático. Brevemente y en voz baja había rechazado a los que, después de haberse marchado el consejero, habían querido ocuparse de cambiar las agujas y los discos y conectar o interrumpir la corriente. «¡Dejadme hacer!», había dicho separándoles, y ellos, indiferentes, le habían cedido el sitio, primeramente porque parecía esperar esto desde hacía largo rato, y luego porque se preocupaban muy poco de hacerse útiles, dispensándose cómodamente y sin responsabilidad.

No ocurría lo mismo con Hans Castorp. Cuando el consejero presentó la nueva adquisición, se había mantenido tranquilamente en un rincón de la habitación, sin reír, sin aplaudir, pero siguiendo cada pieza de música con una atención sostenida y atormentándose, según su costumbre, con los dedos, una de sus cejas. Presa de agitación, había cambiado algunas veces de lugar. Fue a la biblioteca para escuchar desde más lejos, con las manos en la espalda, y con expresión absorta había terminado por detenerse cerca de Behrens, con los ojos fijos en el cofrecillo, observando el fácil manejo del fonógrafo. Algo decía en él: «¡Alto, alto! ¡Atención! ¡Qué acontecimiento! ¡Acaba de sucederme algo!» El preciso presentimiento de una pasión, de un encadenamiento y de un amor por venir le animaban. El joven de la llanura, a quien la flecha del amor había herido en pleno corazón a la primera mirada que había lanzado sobre una muchacha, no tuvo distintos sentimientos. Los celos intervinieron enseguida en la actitud de Hans Castorp. ¿Propiedad común? La curiosidad despreocupada no tiene ni el derecho ni la fuerza de poseer. «¡Dejadme hacer!», dijo entre dientes, y todos le obedecieron.

Bailaron todavía un poco al son de ligeras melodías; reclamaron una pieza de canto, un dúo de ópera, la barcarola de los Cuentos de Hoffmann, que maravilló sus oídos, y cuando Hans Castorp cerró la tapa, se marcharon superficialmente excitados, charlando. Esto era precisamente lo que él esperaba. Lo dejaron todo abandonado, las cajas de agujas, los álbumes y los discos esparcidos. ¡Así era su carácter desordenado! Él hizo ver que los seguía; pero abandonándoles secretamente en la escalera, volvió al salón, cerró todas las puertas y permaneció gran parte de la noche profundamente absorto.

Pronto se familiarizó con la nueva adquisición. Examinó, sin que nadie le estorbase, el tesoro de los discos, el contenido de los pesados álbumes. Había doce, de dos tamaños, conteniendo cada uno doce discos, y como muchas de las placas negras grabadas concéntricamente tenían doble cara —no solamente porque se extendían sobre el disco entero, sino también porque algunas llevaban dos obras distintas—, había allí un dominio de bellas posibilidades del cual uno no podía darse cuenta al primer golpe de vista y cuya riqueza resultaba turbadora. Escuchó unos veinticinco discos, sirviéndose de agujas con sordina para no molestar a los demás y para no ser oído por la noche, pero aquello era apenas la octava parte de lo que se le ofrecía. Por el momento se contentó con recorrer los títulos y probar de tiempo en tiempo algunos de aquellos gráficos circulares y mudos, colocándolos en el aparato para hacerlos sonar. A simple vista, esos discos de ebonita no se distinguían unos de otros más que por sus etiquetas coloreadas. Todos estaban cubiertos de círculos concéntricos y, sin embargo, el fino trazo de aquellas líneas contenía toda la música imaginable, las inspiraciones más felices de todas las regiones del alma, con una interpretación de primer orden.

Había allí una gran cantidad de oberturas y de tiempos pertenecientes al universo de la sublime sinfonía, tocados por orquestas famosas cuyos directores eran señalados por sus nombres. Luego una larga serie de arias, cantadas, con acompañamiento de piano, por cantantes de ópera mundialmente conocidos; otros eran sencillos cantadores populares y el resto ocupaban un lugar intermedio. Se trataba de canciones populares artificiales, sin querer disminuir su valor con ese epíteto. Había una, en particular, que Hans Castorp conocía desde su infancia y por la que sentía ahora un amor lleno de lazos misteriosos y de la que ya se hablará.

¡El número de óperas era infinito! Un coro internacional de cantantes célebres, acompañados en sordina por una orquesta discreta, presentaba el don divino de sus voces ejercitadas en la ejecución de las arias y de los dúos, en escenas enteras de conjunto que representaban las regiones y las épocas más diversas del género lírico: la esfera de la belleza meridional, a la vez generosa y frivolamente apasionada; el mundo popular alemán, unas veces ingenuo y otras satánico; la gran ópera y la ópera cómica francesa. ¿Era eso todo? ¡Oh, no! Venía después la serie de música de cámara, cuartetos y tríos, solos de violín, violoncelo, flauta y piano, sin hablar de las simples diversiones, cuplés y discos bailables en los que habían sido registradas orquestas de baile y que exigían una aguja más fuerte.

Hans Castorp exploraba, clasificaba todos esos discos, manipulando en la soledad el instrumento que le transportaba a una vida sonora. Con la cabeza ardiendo, fue a acostarse a una hora tan avanzada como el día del primer banquete organizado por Peeperkorn, de alegre y fraternal memoria, y desde las dos de la madrugada a las siete de la mañana estuvo soñando con el cofrecillo mágico. En sueños veía el disco móvil que giraba en torno a su eje tan rápidamente que se convertía en invisible y silencioso, con un movimiento que no consistía únicamente en un girar vertiginoso, sino que era, al mismo tiempo, una especie de ondulación lateral muy singular, por lo cual el codo articulado que sostenía la aguja sufría una vibración elástica y como respiratoria, como para ayudar al vibrato y portamento de los violines y de la voz humana. Pero era incomprensible, tanto en el sueño como en la vigilia, que siguiendo una línea fina como un cabello, por encima de una caja de resonancia, se pudiese, por la sencilla vibración de una lámina, reproducir la rica composición de los cuerpos sonoros que llenaban en sueños los oídos del durmiente.

Muy temprano volvió al salón, mucho antes del desayuno, y, con las manos juntas, sentado en una silla, escuchó cómo cantaba en el cofrecillo un magnífico barítono acompañado de arpa: «Si en ese noble círculo yo miro alrededor de mí…» El arpa tenía un sonido perfectamente natural, era un arpa auténtica, no disminuida, que resonaba en la caja al tiempo que la voz humana respiraba y articulaba de una manera en extremo sorprendente. Fue extraordinariamente tierno el dúo de una ópera italiana que Hans Castorp puso luego en el aparato; extraordinariamente enternecedora esa intimidad humilde y ferviente entre el tenor de renombre mundial, que figuraba con tanta frecuencia en los álbumes, y una pequeña voz de soprano suave y transparente como el cristal; nada tan enternecedor como esa melodía « Da mi il braccio, mía piccina …» y la frasecita sencilla y dulce de un aire melancólico, con que ella le contestaba.

Hans Castorp se sobresaltó cuando la puerta se abrió detrás de él. Era el consejero que venía a observar. Con su blusa blanca y el estetoscopio asomando por el bolsillo, permaneció un momento con la mano en el pestillo de la puerta y saludó con un signo de cabeza al alquimista. Éste contestó por encima del hombro, después de lo cual la figura del jefe, con sus mejillas azules y su bigotito, desapareció detrás de la puerta, que inmediatamente se cerró, y Hans Castorp se consagró de nuevo a la amorosa pareja invisible y armoniosa.

Más tarde, durante el día, después del almuerzo, tuvo oyentes, un público que se renovaba, si no se le consideraba a él mismo como formando parte del público. Personalmente procuraba representar su papel de otorgador de placer, y los pensionistas le dejaron hacer, admirando desde el principio, en silencio, que se hubiese constituido en guardián y administrador de aquella institución pública. Eso era agradable a aquellas gentes, pues, a pesar de su entusiasmo superficial cuando el tenor se embriagaba de melodía, cuando la voz se fundía en arpegios y en el acento sublime de la pasión; a pesar de su entusiasmo manifestado en voz alta, lo hacían sin amor y, por consiguiente, muy dispuestos a abandonar la preocupación del manejo a quien se quisiese encargar de él.

Era Hans Castorp quien vigilaba sobre el tesoro de los discos, quien inscribía el contenido de los álbumes en el interior de la tapa, de manera que se podía encontrar inmediatamente la obra pedida, y era él quien manejaba el instrumento.

Pronto se le vio manipular con gestos breves, prácticos y delicados. En efecto, ¿qué habrían hecho los otros? Habrían estropeado los discos sirviéndose de agujas usadas, dejándolos abandonados por las sillas; se habrían entregado a bromas estúpidas con el aparato, haciéndole tocar una pieza noble a la velocidad de 110, o colocando la aguja en el cero para producir un gemido histérico y ahogado. Habrían hecho ya todo eso. Estaban enfermos, pero, además, eran groseros. Por eso, al cabo de algún tiempo, Hans Castorp confiscó sencillamente la llave del armario que contenía los discos y las agujas, de manera que era preciso llamarle cuando se quería tocar el fonógrafo.

Muy tarde, por la noche, después de la reunión, cuando se habían marchado todos, llegaba su mejor hora. Se quedaba entonces en el salón o volvía a él en secreto, y escuchaba el aparato solo, en lo profundo de la noche. No podía turbar el sueño de la casa, pues la música de sus fantasmas sonaba quedamente y las vibraciones producían un efecto sorprendente junto al aparato, pero eran débiles, de una potencia aparente, como conviene a los fantasmas cuando se alejan. Hans Castorp estaba solo entre cuatro paredes, con las maravillas del cofrecito, con las producciones florecientes de aquel pequeño ataúd tallado en madera de violín, de aquel pequeño templo negro y mate, delante de la puertecilla de dos hojas, con las manos juntas, la cabeza inclinada sobre el hombro, inundándose en armonía.

No veía a los cantantes que oía, pues su forma humana estaba en América, en Milán, en Viena, en San Petersburgo, pero tenía lo mejor de ellos mismos, tenía la voz y apreciaba aquella depuración, aquella abstracción, que era bastante perceptible a los sentidos para permitirle ejercer un buen control humano eliminando todos los inconvenientes de una aproximación personal sobre todo cuando se trataba de compatriotas, de alemanes. La expresión, el acento, el origen exacto del artista podía distinguirlos perfectamente, y el carácter de la voz le informaba sobre la calidad del alma de cada uno, y el grado de su inteligencia se revelaba por la manera cómo sacaban partido de las posibilidades de un efecto. Hans Castorp se enfadaba cuando los veía fracasar en su papel, sufría y se mordía los labios de despecho cuando la reproducción técnica presentaba imperfecciones; estaba sentado como sobre ascuas cuando, mientras sonaba un disco tocado muchas veces, una melodía se convertía en chillona o ronca, lo que ocurría muy fácilmente con la voz de mujer. Pero lo soportaba todo porque el amor debe saber sufrir.

Algunas veces se inclinaba hacia el instrumento, que giraba como sobre un ramo de lilas, sumida la cabeza en la niebla de los sonidos, permanecía de pie, delante del cofrecillo abierto, disfrutando los placeres soberanos del director de orquesta indicando al metal, con un gesto de la mano, el instante exacto en que debe atacar.

Tenía en la colección discos preferidos, algunos números de canto o instrumentos que no se cansaba jamás de oír. No podemos dejar de citarlos.

Un grupo de discos presentaba pomposos finales de escenas de ópera, desbordantes de genio melódico, que un gran compatriota de Settembrini, un viejo maestro de la música dramática meridional, había compuesto por encargo de un soberano oriental en la segunda mitad del pasado siglo, para una circunstancia solemne: con motivo de la entrega de un monumento destinado a aproximar a los pueblos.

Hans Castorp sabía poco más o menos de que se trataba. Conocía, en sus grandes líneas, la suerte de Radamés de Amneris y de Aida, que cantaban para él en italiano en el cofrecillo, y comprendía, por lo tanto, bastante bien lo que cantaban el incomparable tenor, la contralto majestuosa, con ese espléndido cambio de timbre en el registro medio, y la soprano argentina. No lo comprendía todo, sino una palabra de vez en cuando, gracias a su conocimiento de la situación y a la simpatía afectuosa que aumentaba a medida que tocaba esos cuatro o cinco discos y que se había convertido en un sentimiento amoroso.

Primeramente, Radamés y Amneris tenían una explicación: la princesa hacía conducir ante ella al prisionero, al que amaba y deseaba ardientemente salvar, a pesar de que hubiese renegado de su patria y a pesar de su amor por una esclava bárbara, aun cuando, como él decía, «en lo más hondo del corazón el honor había quedado intacto». Por esa integridad interior, a pesar de su grave falta, no le servía de nada, pues su crimen manifiesto le entregaba al tribunal de los sacerdotes, para el cual todos los sentimientos humanos son ajenos y que seguramente no tendría ninguna consideración ni ninguna piedad hacia él si no se decidía, en último extremo, a abjurar de su amor por la esclava y a lanzarse en brazos de la contralto real que, desde el punto de vista acústico, lo merecía plenamente. Amneris luchaba con todas sus fuerzas a favor del armonioso tenor, que se hallaba trágicamente cegado y desviado de la vida, cantando siempre de nuevo «No puedo» y «En vano» cuando ella suplicaba a Radamés que renunciase a la esclava porque su vida estaba en juego. «No puedo.» —«Escucha una vez más; renuncia a ella.»— «En vano.» Una mortal ceguera y el más ardiente amor se aliaban en un dúo que era de una extraordinaria belleza, pero que no dejaba ninguna esperanza. Amneris acompañaba con sus gritos de dolor las fórmulas espantosas del tribunal sagrado que resonaban sordamente en las profundidades, y el infortunado Radamés no tenía salvación.

—¡Radamés, Radamés! —cantaba con insistencia el gran sacerdote, y en la forma más violenta le representaba el crimen de su traición.

—Justifícate —ordenaban los sacerdotes en coro.

Y como el gran sacerdote observaba que Radamés permanecía silencioso, todos, con una cavernosa unanimidad, le declaraban culpable.

—¡Radamés, Radamés! —repetía el gran sacerdote—. Has abandonado el campo antes de la batalla.

—Justifícate —ordenaban los sacerdotes en coro.

—Mirad cómo calla —repetía por segunda vez el director del debate, claramente prevenido contra el culpable, y desde entonces todas las voces se reunían esta vez en el veredicto: «Culpable.»

—¡Radamés, Radamés! —decía por tercera vez el despiadado acusador—. Has traicionado tu juramento a la patria, al honor y al rey.

—Justifícate —resonaba de nuevo el coro—. ¡Traición! —reconocía definitivamente y con espanto el cuerpo de sacerdotes.

Lo ineludible se iba, pues, a realizar; el coro, cuyas voces desde el principio estaban acordes, iba a anunciar al miserable que su suerte estaba decidida, que moría con la muerte de los malditos, que entraría vivo en la tumba, bajo el templo de la divinidad irritada.

Era preciso imaginar la indignación de Amneris ante aquella crueldad clerical, ya que faltaba lo que seguía. Pero Hans Castorp tuvo que cambiar de disco, lo que hizo con gestos silenciosos y breves, con los ojos bajos, y cuando se hubo sentado para escuchar oyó la última escena del drama, el dúo final de Radamés y de Aida, cantando en el fondo de su tumba subterránea, mientras sobre sus cabezas los sacerdotes fanáticos y crueles celebraban su culto, abrían los brazos y dejaban oír una sorda letanía.

Tu, in questa tomba! —exclamaba la voz de una seducción indecible, a la vez dulce y heroica, de Radamés, horrorizado y maravillado… Sí, ella se le había unido, la amada, por amor del que había perdido la vida y el honor; ella le esperaba allí para hacerse emparedar con él, para morir con él, y los cantos que cambiaban, interrumpidos por el sordo rumor de la ceremonia que se desarrollaba encima de sus cabezas, o a los cuales se unían, eran los cantos que en realidad habían emocionado hasta el fondo del alma al oyente solitario y nocturno, tanto a causa de la situación como de la expresión musical. Se hablaba del cielo en esos cantos, pero ellos eran, en sí mismos, celestes y estaban cantados divinamente.

La línea melódica que las voces de Radamés y de Aida, separadas o confundidas, no dejaban de trazar (aquella curva sencilla y feliz en torno de la tónica y de la dominante, subiendo de la tónica largo tiempo prolongada en un medio tono antes de la octava y que después de un encuentro fugitivo con ésta se dirigía hacia la quinta), se le antojaba al oyente la más maravillosa de las excelsitudes que jamás hubiese conocido. Pero se hubiera sentido mucho menos entusiasmado por los sonidos si no hubiese existido la situación de los héroes, que terminaba haciendo su alma más sensible a la dulzura que se desprendía de la música. ¡Era tan bello que Aida se hubiese unido a Radamés, que estaba perdido, para compartir con él, por toda la eternidad, su sepulcral destino! Con razón, el condenado protestaba contra el sacrificio de una vida tan encantadora, pero a través de su desesperación No, no!, troppo sei bella , triunfaba el encantamiento que experimentaba por aquella unión in extremis con Aida, a la que creía ya no ver nunca más, y Hans Castorp no tenía necesidad de hacer ningún esfuerzo de imaginación para sentir claramente aquel encantamiento y aquella devoción.

Pero lo que experimentaba, lo que comprendía, lo que le hacía disfrutar por encima de todo era la idealidad triunfante de la música, del arte, del corazón humano, la alta e irrefutable sublimación que la música operaba sobre la vulgar fealdad de lo real.

Basta con imaginar lo que estaba sucediendo. Dos enterrados vivos, con los pulmones llenos de aire viciado iban a perecer juntos o, aún peor, uno al lado del otro atenazados por el hambre, y luego la descomposición realizaría en sus cuerpos su obra destructora hasta que los esqueletos reposasen bajo la bóveda, indiferentes al hecho de hallarse tendidos solos o en compañía. Tal era el aspecto real y objetivo de las cosas, aspecto que no era tenido en cuenta por el idealismo del corazón, y que el espíritu de la belleza y de la música relegaba triunfalmente a la sombra. Para los corazones de ópera de Radamés y de Aida, la suerte real que los amenazaba no existía. Con felicidad sus voces se enlazaban al unísono, asegurando que el cielo se abría ahora ante ellos y que ante ellos resplandecía la luz de la eternidad. El poder consolador de aquella sublimación producía un bien infinito al oyente y contribuía mucho a que ese número fuese el predilecto de su programa habitual.

Tenía la costumbre de descansar de sus esfuerzos y sus éxtasis escuchando otra pieza de música que era breve, pero que tenía una magia concentrada, un contenido mucho más pálido. Era un idilio, pero un idilio refinado, pintado y formado con medios, a la vez discretos y complicados, de un arte más moderno: era un fragmento de orquesta sin canto, un preludio sinfónico de origen francés, realizado con un aparato orquestal relativamente sencillo con relación a los recursos de la época, pero bañado por todos los lados de una sabia y moderna técnica sonora y sublimemente hecho para capturar el alma y envolverla en una red de sonidos.

Lo que soñaba Hans Castorp al oír aquella pieza musical era lo siguiente: se hallaba tendido de espaldas en un prado soleado y sembrado de flores, en forma de estrellas, de todos los colores. Tenía las piernas cruzadas (hay que advertir que eran patas de macho cabrío). Sus dedos tocaban para su propio placer, pues la soledad del prado era completa, una pequeña flauta de madera, una especie de caramillo del cual salían sonidos apacibles y nasales, uno después de otro, al azar, y, sin embargo, en una armonía perfecta, y aquellos sonidos se elevaban hacia el cielo azul, bajo el cual los finos follajes ligeramente agitados por el viento brillaban al sol. Pero aquel sonido monótono y contemplativo, apenas melódico, no era por mucho tiempo una voz solitaria. El zumbido de los insectos en el aire caliente y estival por encima de la hierba, el sol mismo, el viento ligero, el balanceo de las ramas, el brillo de las hojas, toda la paz dulcemente agitada del verano, se convertían en una mezcla de sonidos que daban un sentido armónico y sorprendente a su inocente caramillo. El acompañamiento sinfónico se borraba algunas veces, pero Hans Castorp, con sus patas de macho cabrío, continuaba tocando y despertaba de nuevo la magia sonora y coloreada de la naturaleza, que después de una nueva interrupción, terminaba por desplegar en un instante, superándose a sí misma, toda una plenitud inimaginable con la intervención sucesiva de voces instrumentales siempre nuevas y siempre más agudas. El joven fauno se sentía muy feliz en su prado soleado. No había aquí nada del «justifícate», nada de responsabilidad, de tribunal eclesiástico o militar, de llamar a juzgar a un hombre que había olvidado el honor y se había perdido. Reinaba el olvido, la bienaventurada inmovilidad, el estado inocente de la ausencia del tiempo. Era la negación, en un sueño de apoteosis, de todo imperativo occidental de la acción, y la tranquilidad que se desprendía del precioso disco le hacía inestimable a nuestro músico nocturno.

Habia aún una tercera pieza musical… En realidad, eran algunos discos formando una suite, un todo, pues el aria de tenor que contenía ocupaba por sí sola una cara entera, cuyo dibujo circular se extendía casi hasta el centro. Era también un trozo de una ópera francesa que Hans Castorp conocía muy bien, pues había aludido a ella durante una conversación e incluso en una conversación decisiva…

Era el segundo acto, en la taberna española, una hostería, decorada con un dudoso estilo moro. La voz, un poco ruda pero arrebatadora, declaraba que quería bailar delante del sargento y ya se oían las castañuelas. Pero en ese mismo instante, sonaban trompetas y clarines. Era una llamada militar que hacía sobresaltar al mancebo. «¡Espera un poco!», exclamaba, irguiendo las orejas como un caballo. Y Carmen preguntaba: «¿Por qué?» «¿No oyes?» —respondía él, sorprendido—. Son los clarines del cuartel que tocan a retreta. Me parece que allá abajo…» Pero la gitana no podía o no quería comprender aquello. Tanto mejor, decía ella; para bailar no tenían necesidad de castañuelas, el cielo les enviaba la música. Él estaba fuera de sí, su propia y dolorosa decepción se borraba ante sus esfuerzos para hacerle comprender de qué se trataba. ¿Cómo era posible que no comprendiese una cosa tan fundamental y absoluta? «Es preciso que vaya al cuartel», exclamaba él, desesperado, ante la confusión de la mujer. ¡Pero había que oír la respuesta de Carmen! Estaba furiosa, indignada hasta el fondo de su alma: su voz no era más que amor decepcionado e irritado. «¿Al cuartel?» ¿Y qué valía su corazón, su corazón tan tierno y tan bueno que, en un momento de debilidad, se había prestado a divertirle? Con un gesto de feroz burla ella se llevaba la mano a la boca remedando la trompeta. «¡Ta-ra-rá!» ¡El imbécil quería irse! «¡Bueno, vete!» Ella le tendía el sable, la mochila. «¡Vete, muchacho, vuelve a tu cuartel!» Él imploraba piedad. Pero ella continuaba burlándose amargamente. ¡Dios mío, llegaría demasiado tarde! «Pues bien, vete, es lógico, con ese toque te llaman; es muy natural, imbécil, que me abandones en el momento en que iba a bailar.»

¡Situación angustiosa! Ella no comprendía. ¡La mujer, la gitana, no quería comprender! No quería comprender y en sus sarcasmos había algo que rebasaba el elemento personal, una hostilidad profunda contra el principio que, por la voz de los clarines franceses, llamaban al pequeño soldado enamorado; algo sobre lo cual hubiese deseado triunfar. Ella poseía un medio muy sencillo: afirmaba que si se iba ya no le amaría. Y era eso lo que don José no podía soportar. La conjuraba para que le dejase hablar. Ella no quería. Entonces la obligaba a que le escuchase; era un instante de satanismo, sonidos trágicos se elevaban de la orquesta, un motivo sombrío y amenazante que Hans Castorp sabía se prolongaba a lo largo de toda la ópera hasta la catástrofe final, y que formaba también la introducción en el disco que iba a seguir:

«La flor que me diste…»

Don José lo cantaba maravillosamente. Hans Castorp ponía a veces ese disco separadamente, fuera del conjunto familiar, y lo escuchaba siempre con atenta simpatía. Las palabras de aquella canción no valían gran cosa, pero la expresión suplicante de los sentimientos era absolutamente conmovedora. El soldado cantaba la flor que Carmen le había arrojado al encontrarse por primera vez y que fue su más querido bien cuando fue arrestado por causa de ella. Admitía que en algunos momentos había maldecido su suerte por haber encontrado a Carmen, pero inmediatamente lamentaba aquella blasfemia y rogaba a Dios de rodillas que le concediese volverla a ver. «Volverte a ver», y cantaba en el tono agudo con que había cantado antes «En la noche te veía».

Volverla a ver, y ahora toda la magia instrumental apropiada para pintar el dolor, la nostalgia, la ternura, la desesperación del soldado, estallaba en la orquesta. Ella había surgido ante su mirada con todos sus encantos fatales; había comprendido claramente que ella «se había apoderado de todo su ser» (apoderado con una apoyadura sollozante de un tono entero en la primera sílaba). «Mi alegría, mi felicidad», cantaba el desesperadamente, con una melodía que se repetía y que la orquesta recogía sollozando, melodía que, partiendo del tono principal, subía dos intervalos y volvía con fervor hacia la quinta inferior. «No tenía más que verte», añadía él de un modo superfluo y pasado de moda, pero infinitamente tierno, y escalaba luego la gama hasta el sexto grado para añadir: «No tenía que lanzar más que una mirada sobre ti.» Dejaba caer luego su voz diez tonos y repetía trastornado «Yo era una cosa tuya», cuyo final era dolorosamente prolongado por un acorde de armonía variable, antes de que el «tuya» se fundiese en el acorde principal.

—Sí, sí —decía Hans Castorp con melancolía y volvía a poner el final en el que todos felicitaban al joven José de que su pelea con el oficial le hubiese impedido toda posibilidad de volver, por lo cual debía desertar, como Carmen le había exigido ya en otro tiempo, asombrándole cantaban a coro.

«Síguenos a las cimas rocosas Donde los vientos soplan más fuertes, pero más puros.»

La letra se entendía bastante bien.

«El cielo abierto, la vida errante; Por patria el universo, por ley la voluntad, y por encima de todo la embriaguez de la Libertad, ¡la Libertad!»

—Sí, sí —dijo de nuevo Hans Castorp, y pasó a otro pasaje que también le era muy querido.

No somos responsables de que esa obra fuese también francesa ni del reproche de que reine todavía en ella el espíritu militar. Era una melodía intercalada, un solo de canto, una plegaria del Faust de Gounod. Aparecía alguien muy simpático que se llamaba Valentín, pero que Hans Castorp llamaba de otro modo en su fuero interno, dándole un nombre melancólico y más familiar, identificando la persona con la voz que oía dentro de la caja, aunque esa voz era infinitamente más bella. Era una voz de barítono y su canto se dividía en tres partes: se componía de dos estrofas muy semejantes una a otra, que tenían un carácter piadoso, casi el estilo de un coral protestante, y una estrofa central de un atrevimiento caballeresco, guerrero, frívolo, pero sin embargo ferviente, y en esto estaba principalmente el carácter francés y militar. El invisible cantaba:

«Como tengo que abandonar mi patria querida…»

con este motivo elevaba una plegaria al Señor de los cielos para que, durante aquella ausencia, protegiese a su hermana querida. Se marchaba a la guerra; el ritmo cambiaba, las preocupaciones y la pena se iban al diablo, el invisible quería lanzarse, con un fervor completamente francés, al fragor de la batalla. «Pero si Dios me llama al cielo —cantaba—, desde allá arriba velaré por ti.» Ese «ti» se refería a su hermana, pero impresionaba a Hans Castorp hasta el fondo del alma, y esta emoción no le abandonaba hasta el final de la pieza, en que Valentín cantaba, a los sonoros acordes del coral:

«Señor del Cielo, escucha mis plegarias y toma bajo tu protección a Margarita.»

Este disco no presentaba ningún otro interés. Hemos creído nuestro deber comentarlo brevemente, porque Hans Castorp sentía por él una preferencia muy viva, y también porque, más tarde, representará un papel en circunstancias bastante extrañas.

Por el momento llegamos al quinto y último fragmento de música de los discos preferidos, un disco que no tiene nada de francés: es específicamente alemán. No se trata de un trío de ópera, sino de un lied , de una de esas canciones maestras sacadas del pueblo que deben precisamente su humildad y su espiritualidad particular a su origen. Pero ¿para qué tantas explicaciones? Se trata de El tilo , de Schubert, sencillamente: Cerca del pozo, ante el portal. Una canción familiar a todos.

La cantaba un tenor con acompañamiento de piano, un muchacho lleno de tacto y de gusto, que sabía tratar el tema a la vez de un modo sencillo y sublime, con mucha inteligencia, sentido musical y justeza en la expresión. No se ignora que la admirable canción se halla en boca del pueblo y de los niños en una forma un poco diferente de la artística. Ellos la simplifican, la cantan por estrofas, con arreglo a la melodía principal, y ésta está modulada en bemoles desde la segunda de las estrofas de ocho líneas, para volver después, de un modo dramático, a «los vientos fríos». La inflexión particularmente arrebatadora de la melodía se produce tres veces en su segunda mitad modulada; la tercera vez, por consiguiente, fuera de la última semiestrofa: «Hace muchas horas…» Esta inflexión mágica, que no podemos describir con palabras, acompaña los fragmentos de frases: «Tantas palabras queridas…», «Como si me llamaran…», «Lejos de aquel lugar…», y la voz del tenor, clara y cálida, inclinándose con un sollozo lleno de medida, la cantaba cada vez con un sentido tan inteligente de la belleza de esa frase, que tocaba el corazón del que le escuchaba, y aún más porque en los versos «Hacia él siempre…», «Hallas aquí tu reposo…», el artista sabía reforzar su efecto con sonidos de un extraordinario fervor. Pero en el último verso repetido, en el «Hallarás allí reposo», cantaba «hallarías» la primera vez con una plenitud de nostalgia, y la segunda con un trémolo sostenido.

Creemos poder jactarnos de haber mostrado a nuestros lectores la simpatía íntima que Hans Castorp sentía hacia los números preferidos de sus programas de concierto nocturno. Pero expresar lo que este último número, lo que ese viejo Tilo significaba para él es una empresa muy delicada, y una prudencia nos recomienda guardar la mesura si no queremos comprometer nuestro propósito.

Presentaremos las cosas como sigue: Un objeto que atañe al espíritu, es decir, un objeto que tiene una significación, es «significativo» precisamente porque rebasa su sentido inmediato, porque expresa y expone una cosa de un alcance espiritual más general, todo un mundo de sentimientos y de pensamientos que han hallado en él un símbolo más o menos perfecto, lo que da precisamente la medida de su significación. El mismo amor que se experimenta hacia tal objeto es, en sí mismo, «significativo». Nos informa sobre el que experimenta ese sentimiento, caracteriza sus relaciones con las cosas esenciales, con ese mundo que el objeto simboliza y que, consciente o inconscientemente, es amado a través de él.

¿Se nos creerá si decimos que nuestro sencillo héroe, después de tantos años de desarrollo hermético y pedagógico, había entrado bastante profundamente en la vida espiritual para adquirir conciencia de la «significación» de sus inclinaciones? Afirmamos que éste es el caso. La canción en cuestión significa mucho para él, todo un mundo, un mundo al que debía sin duda amar, pues si no hubiese sido así no se hubiera sentido atraído por el objeto que los simboliza.

Medimos nuestras palabras cuando añadimos —tal vez de un modo un poco oscuro— que su destino hubiera sido diferente si su alma no hubiese sido particularmente accesible a los encantos de la esfera sentimental, y, en general, a la actitud espiritual que esta canción resumía con un fervor tan misterioso. Pero ese destino precisamente había acarreado sensaciones, aventuras, descubrimientos, había planteado en él problemas de «gobierno» que le habían ido madurando con una crítica llena de presentimientos, ejercida sobre ese mundo; sobre el símbolo de ese mundo, digno, sin embargo, de toda su admiración; sobre ese amor que no era el suyo.

Pero sería preciso no entender nada en las cosas del amor para suponer que tales dudas pueden perjudicarle. Por el contrario, le prestan su razón. Añaden al amor el acicate de la pasión, de manera que se podría definir la pasión como un amor que duda. ¿En que consistían, pues, las dudas de conciencia y de gobierno de Hans Castorp en lo que se refiere a la legitimidad de sus inclinaciones hacia esa canción encantadora y a su universo? ¿Qué mundo se abría en esa canción que, según el presentimiento de su conciencia, debía ser un mundo de amor prohibido?

Era la muerte.

¡Pero esto era pura demencia! ¿Una canción tan maravillosa? ¡Una pura obra maestra, nacida en las profundidades más sagradas de la cantera popular, un tesoro inestimable, un modelo de todos los fervores, el encanto mismo! ¡Qué villana calumnia!

Sí, sí, cien veces sí, es de este modo como debe hablar todo hombre honrado. Y sin embargo, detrás de esa producción adorable acechaba la muerte. Existían relaciones entre ambas, relaciones que uno podía incluso amar, no sin darse cuenta de que tal amor era hasta cierto punto ilícito. En su naturaleza primitiva, la canción no podía soportar ninguna simpatía hacia la muerte sino, por el contrario, algo muy popular y vivo. Pero la simpatía que el espíritu experimentaba hacia ella era una simpatía hacia la muerte. La pura piedad, la ingenuidad de su principio, no atajaba ese sentimiento. Pero luego venían los productos de las tinieblas.

¿De qué hablábamos?, se preguntará. No se hubiese podido disuadir a Hans Castorp. ¡Producto de las tinieblas! ¡Tenebrosos productos! Un espíritu de inquisidor y de misántropo vestido de luto español, con la golilla redonda y la lujuria a guisa de amor; todo eso emanaba de aquella piedad de mirada tan franca.

En verdad, el literato Settembrini no era hombre en el que Hans Castorp tuviese una confianza absoluta, pero recordaba las enseñanzas que su mentor le había dado en otro tiempo, al principio de su carrera hermética, sobre la propensión al retroceso , hacia cierto mundo, y juzgó oportuno aplicarse la lección. Settembrini había calificado esa tendencia de «enfermiza». El concepto mismo de ese mundo y el período especial que representaba debían sin duda aparecer como «enfermizos» en su sentido pedagógico. ¿Pero cómo era posible? La adorable canción nostálgica de Hans Castorp, la esfera sentimental de la que emanaba, y su inclinación hacia esa esfera, ¿eran también «enfermizas»? ¡Nada de eso! Eran lo más gozoso y sano. Sin embargo, se trataba de un fruto que, no obstante hallarse un momento antes y aun en aquel mismo momento, fresco y esplendoroso, propendía extraordinariamente a la descomposición y a la podredumbre, y siendo pura delicia del alma, siempre que se probase en el instante oportuno, difundía un momento después la podredumbre y la perdición entre los humanos que querían gustarlo.

Era un fruto de la vida engendrado por la muerte y que producía la muerte. Era un milagro del alma, el más alto tal vez desde el punto de vista de la belleza desprovista de conciencia, y bendecido por ella, pero que, por razones de peso, era considerado con desconfianza por la mirada de quien amase la vida orgánica y tuviese conciencia de su responsabilidad. Era un objeto al que, escuchando el veredicto de la conciencia, convenía renunciar.

Sí, renunciamiento y dominio de sí mismo, tal podía ser la naturaleza de la victoria sobre ese amor, sobre esa magia del alma de tenebrosas consecuencias.

Los pensamientos de Hans Castorp, o los semipensamientos cargados de presentimiento, iban volando, mientras que en la noche y en la soledad se hallaba sentado ante su pequeño ataúd de música y esos pensamientos volaban siempre más altos, más allá de la razón; eran lucubraciones de alquimista.

¡Oh, era arrebatadora esta magia del alma! Todos éramos hijos y podíamos realizar grandes cosas en el mundo con sólo servirla. No había necesidad de tener más genio, sino sólo más talento que el autor de la canción del Tilo , para darle, como magreo del alma, proposiciones gigantescas y conquistar para ella el mundo entero. Probablemente, podíase fundar sobre ella incluso imperios, imperios terrestres, demasiado terrestres, muy rudos y aptos al progreso, en modo alguno nostálgicos, en los cuales la canción se corrompía convirtiéndose en música de fonógrafo eléctrico. Pero su mejor hijo debía ser el que pesaba sobre su vida dominándole a sí mismo y teniendo ya en los labios la nueva palabra de amor que no sabía aún pronunciar. ¡Era tan dulce morir por ella, por esa canción mágica! Pero quien moría por ella dejaba, en realidad, de morir por ella y convertíase en héroe tan sólo porque, en el fondo, moría ya por una cosa nueva, por las nuevas palabras del amor y del porvenir que presentía el corazón…

Tales eran, pues, los dioses preferidos de Hans Castorp.

Continúa en Capítulo 7 / 9…

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