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  "publishedAt": "2026-05-17T23:54:45.145Z",
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  "textContent": "**Capítulo 26**\n\nEsa mañana Jensen tampoco quiso conversar con Vicente. Manejó hacia la sierra comiendo cacahuates japoneses, los cuales están cubiertos con una capa muy dura de harina.\n\n—¿Puedes dejar de comer eso? Siento que retumba mi cerebro con cada masticada. Parece que estás comiendo piedras.\n\n—¿Tu cerebro? ¿Estás bromeando, cierto?\n\nEn silencio llevó la camioneta hasta el mismo peñasco donde Gerardo lo había llevado cuando le reclamó por haber manipulado a Susana. Se estacionó cerca del voladero.\n\n—¿Qué vas a hacer, muchacho? ¿Qué hacemos aquí?\n\nJensen echó otro puñado de cacahuates en su boca para masticar brutalmente la cubierta crujiente.\n\nSalió de la camioneta para ver el desfiladero. Era una zona alejada de toda población. Comenzó a orinar hacia el vacío.\n\nAbrió la puerta de la camioneta para sacar su morral y arrancó el motor sin subirse totalmente. Sin mayor ceremonia metió la primera velocidad, fue soltando el clutch y brincó al pasto para verla caer en cámara lenta.\n\n—¡Huff! Por un momento pensé que caeríamos con ella —dijo Vicente.\n\nOtro puñado de cacahuates. ¡Crunch! ¡Crunch!\n\nSin decir más palabras, Jensen comenzó a caminar de regreso.\n\n—Oye, Einstein. La casa está muy lejos. ¿No pudiste traer una bicicleta en la caja de la camioneta? Y ya deja de comer esa mierda, estás desorganizando mis neuronas.\n\n¡Crunch! ¡Crunch!\n\nVicente cobró control de la mano que iba a introducir más cacahuates en la boca y los aventó al piso.\n\n—Si tanto te molesta, ¿por qué no te mudas?\n\n—Ya sabes la respuesta. Necesitamos dos cuerpos recién nacidos para transferirnos, pero para eso todavía falta mucho tiempo. Primero tienes que aprender a manipular las almas. Te seré muy franco. Es algo casi imposible, pero nunca se sabe. Por eso tenemos que practicar mucho y por eso quiero que comencemos con la chica mamona, Edna.\n\n—¿Por qué la odias tanto?\n\n—No es cuestión de odio, es de principios. Ella nos delató con el tendero. Detesto a los soplones, detesto lo que hacen, no a quienes son. ¿No me digas que ella también te gusta?\n\n—Sabes que no me atrae. Es linda, sus ojos azules contrastan muy bonitos con su piel morena. Me cae bien, pero no me atrae.\n\n—Sí, lo sé. Sigues extrañando a Esmeralda.\n\nSilencio.\n\nDespués de dos horas caminando, llegaron a una zona poblada y en el patio de una casa estaba una bicicleta de montaña. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta del zaguán para sacarla sin ser detectados.\n\nDe bajada sobre el pavimento, el viento sacudía las correas sueltas del morral y estas le pegaban en la cintura en ambos lados. La velocidad fue aumentando peligrosamente, al igual que la adrenalina.\n\n—¿Quieres dejar de comportarte como un adolescente? —reclamó Vicente.\n\n—¿Un depredador de almas que le tiene miedo a la muerte?\n\nVicente adquirió control de la mano izquierda para jalar el manubrio y provocar la caída que los precipitó hacia la orilla de la carretera, dando vueltas descontroladamente hasta caer en un arroyo que corría al lado del camino.\n\nVicente comenzó a regañar a Jensen, pero su voz distorsionada se hizo imposible de comprender con las risas simultáneas de Jensen.\n\n—¡Wow! ¡Eso fue intenso! —exclamó Jensen mientras se retorcía de dolor y seguía riendo—. Me debes una bolsa de cacahuates, pero tienen que ser japoneses.\n\nVicente comenzó a maldecir en otomí, su lengua materna, pero Jensen no comprendía ni una palabra.\n\nCon la ropa rasgada y empapada, caminó alrededor buscando la bicicleta. Enderezó el manubrio y el asiento para continuar el descenso.\n\n—Más te vale que me consigas esa mocosa muy pronto. Me quiero mudar —refunfuñó Vicente.",
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