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"textContent": "_¡Hola, amigos ! les dejo la tercer parte de mi proyecto actual. Por el momento es todo lo que publicare de esta historia. Antes de leer este capitulo, les recomiendo comenzar por el Prólogo y de ahi al cápitulo 1 :**https://fictograma.com/d/2871-conoces-a-polo-dpoc-prologo**_\n\n_Cualquier crítica o sugerencia es más que bienvenida._\n\n*¡Muchas gracias!\n\n\n \\*\n\n\n Capítulo 2\n\nCleo caminaba por la avenida siete repitiendo la misma pregunta en cada esquina, kiosco y parada de colectivo:\n\n—¿Conocen a Polo D’Poc? Se escribe con D mayúscula y apóstrofe.\n\nLa mayoría negaba con la cabeza o respondía con un “no” apurado. Algunos la miraban con desconfianza, pensando que aquella extraña chica vestida de traje y corbata, con una pesada mochila en la espalda, quería convertirlos a alguna religión exótica o peor, venderles algo. Pero ella apenas registraba las respuestas. Agradecía mecánicamente y seguía su camino. Incluso había interrogado a cada una de las personas en la fila para la entrevista en el lavadero dental, que para esas horas ya había rodeado todo el casco urbano y se perdía en los barrios periféricos.\n\nEntró en un edificio viejo a dos cuadras de Plaza Italia. Pasó su tarjeta negra por el lector y la cerradura cedió con un chasquido. El ascensor tenía un cartel escrito a mano: “NO FUNCIONA. NO INSISTIR”. Cleo no insistió y empezó a subir por las escaleras angostas.\n\nEn el primer piso, una puerta se abrió de golpe. Una mujer de bata floreada salió al pasillo con los brazos cruzados. —¡Ya dije que no se corre por el pasillo! —ladró—. ¿Y vos quién sos?\n\nCleo se detuvo en el descanso. —Buenas tardes. Soy la Agente Cleo Oppodd, Dirección Provincial de Extra-Asuntos. Vengo a inspeccionar la antena parabólica estatal en la terraza.\n\nLa mujer entrecerró los ojos. —¿Antena? Acá nunca pusieron ninguna antena. Mostrame un documento o algo, nena. En este barrio andan robando mucho. A una amiga le entraron haciéndose pasar por los del gas.\n\nCleo se quedó perpleja. No estaba habituada a interactuar con civiles, por lo que no entendía que la respuesta protocolar no le fuera suficiente a esa mujer. Forzó una sonrisa y metió la mano en el bolsillo interno de su saco. Sus dedos palparon la empuñadura fría de su pacificador eléctrico y se preguntó por un instante si la situación ameritaba el uso de la fuerza no letal. En cambio, extrajo la tarjeta de plástico negro. La mujer se ajustó los anteojos y leyó:\n\n—Departamento de Extra-Asuntos… ¿Qué es esto? ¿Es para espiar? Porque si tiene cámara, yo no quiero que esté en mi terraza. ¿Están investigando al portero? Para mí es narco.\n\nCleo se estaba quedando sin recursos dialécticos, por lo que usar su pacificador se volvía cada vez más tentador. Pero recordó su entrenamiento, volvió a sonreír y decidió probar una vez más con su mejor y más contundente argumento: —Buenas tardes. Soy la Agente Cleo Oppodd, Dirección Provincial de Extra-Asuntos. Vengo a inspeccionar la antena parabólica estatal en la terraza.\n\nEn ese momento apareció el portero desde el fondo del pasillo, mate en mano y cara de cansado. —Déjela pasar, **doña Chejov** —dijo con voz resignada—. Es de las que vienen por el convenio viejo. Desde los ’80. Hay que dejarla subir.\n\n—¿Convenio? ¿Y por qué nadie me dijo nada en la asamblea? ¿Y si esa cosa es peligrosa? ¿Radiación? ¿5G? ¿O algo peor?\n\nEl portero se encogió de hombros. —Yo solo sé que cuando muestran esa tarjeta hay que abrir. Pregúntele al presidente del consorcio si quiere.\n\nMientras la mujer seguía discutiendo con el portero, Cleo guardó la credencial y subió el último tramo, pero antes los miró a ambos para ver si tenía suerte: —¿Conocen a Polo D’Poc? Se escribe con D y apóstrofe.\n\nAnte el silencio desconcertado, giró sobre sus talones y continuó el ascenso sin despedirse.\n\nSalió a la azotea. El viento caliente le revolvió el pelo. El sol ya bajaba hacia el oeste y alargaba las sombras de los tanques de agua oxidados. En el centro de la terraza, clavado en un soporte metálico con los brazos abiertos en cruz torcida, estaba el espantapájaros.\n\nEra un maniquí de plástico amarillento que vestía un traje marrón raído y una corbata deshilachada. Una bolsa de tela le cubría la cabeza, sobre la que algún agente le había dibujado una carita feliz con marcador. Del cuello le colgaba un cartel oficial:\n\n**“PROPIEDAD DEL GOBIERNO – NO TOCAR – SE IMPONDRÁN SEVERAS MULTAS – ORDENANZA Nº 74.902.118.553.002.991.000-B / BIS / SUBSECCIÓN 4”.**.\n\n—¡Hola, Manny! —saludó Cleo con alegría.\n\nSacó su kit de mantenimiento. Midió la distancia entre los brazos del maniquí y el borde de la azotea: 2,47 metros exactos. Revisó las costuras reforzadas con cinta plateada y encendió la linterna UV. Bajo la luz violeta, los criptogramas invisibles del torso brillaron de un blanco intenso.\n\n—Todo en orden, señor —murmuró—. Aunque esa corbata ya está para jubilarla. La próxima te traigo una a lunares, para cortar un poco con las rayas.\n\nSe agachó y abrió el compartimento oculto en la base. Dentro, la máquina emitía el zumbido infrasónico que debía sonar constantemente. Los sensores parpadeaban en rojo: las cuatro pilas AA estaban casi agotadas. Cleo las sacó una por una con movimientos precisos. En el instante en que desconectó la cuarta, el universo se rasgó.\n\nUn estruendo lejano le retumbó en los oídos. El cielo adquirió un tono anaranjado artificial. El aire se volvió denso y la temperatura subió de golpe. Desde el horizonte surgió una enorme mancha oscura. No eran nubes de tormenta, sino miles de aves tirando de hilos de seda negra. En el centro, suspendido como una marioneta, venía el hombre del bombín.\n\nVestía un traje oscuro y un sombrero que, inexplicablemente, permanecía inmutable sobre su cabeza a pesar de que su cuerpo colgaba lánguido. A medida que se acercaba, su rostro se hizo más visible tras un antifaz de sombras donde destacaban dos ojos enormes, ardientes, llenos de oscura voluntad. Las aves empezaron a girar sobre la terraza, graznando ensordecedoramente. Plumas de múltiples colores caían alrededor de Cleo. El hombre pasó a pocos metros por encima de ella; su presencia le provocó un escalofrío.\n\nPero ella no titubeo. Con los dedos firmes a pesar de la presion, encajó las pilas nuevas. _Click. Click. Click. Click._\n\nEl efecto fue inmediato. Como una película que se rebobina, el cielo recuperó su color. El hombre del bombín y su ejército de aves se desvanecieron, succionados por la nada. El estruendo cesó. Solo quedó el sonido de la ciudad y una docena de plumas que rápidamente se convirtieron en ceniza.\n\nCleo soltó el aire retenido. Ajustó con cuidado la corbata raída del maniquí.\n\n—Listo —susurró—. Otra tarea cumplida, amigo.\n\nSacó de su bolsillo otra tarjeta: un trapecio blanco invertido sobre un fondo rojo de un lado y una lista de tareas del otro. Miró un segundo más a Manny para despedirse.\n\n—Lamento no poder quedarme a charlar, Manny. Tengo mucho que hacer todavía. Y sigo sin tener idea de cómo encontrar a …",
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