guerreras celestiales llega laura
fictograma [Unofficial]
May 2, 2026
Laura siempre se sintió fuera de lugar. Con su 1.85 de estatura y su figura delgada, caminar por los pasillos de la escuela era como ser una torre en un mundo diseñado para hormigas.
En su infancia, esa altura fue su maldición; las burlas de “jirafa” o “ Mounstruo” la persiguieron, sembrando un complejo de inferioridad que la hacía encorvar los hombros para intentar desaparecer.
Sin embargo, al ir creciendo y cambiar de escuelas, su vida dio un giro.
En las canchas de voley y basket, su tamaño dejó de ser un defecto para convertirse en un arma de victoria.
Sus nuevos compañeros la admiraban por sus bloqueos y sus encestes, y por primera vez, Laura comenzó a florecer, aunque el eco de su inseguridad aún susurrara en el fondo de su mente.
Aquella tarde, tras un entrenamiento agotador, Laura caminaba cerca de un exclusivo centro comercial. A pesar de su éxito deportivo, seguía siendo la chica que buscaba hacer amigos desesperadamente, temiendo que, si dejaba de ser útil en la cancha, volvería a ser la niña rechazada.
Mientras se secaba el sudor con una toalla, observaba a las familias y parejas que salían con bolsas de marcas lujosas.
Una parte de ella, herida por la pobreza de su niñez, sentía una punzada de melancolía.
Invisible en lo alto de un poste, el gato Sol la observaba. Sus ojos esmeralda captaban la pureza de su intención, pero también la fragilidad de su autoestima.
—Ella posee la perspectiva de la altura y la humildad del que fue humillado —murmuró Sol—. Es la pieza que falta para equilibrar la balanza.
De pronto, un estallido de cristales rompió el aire. Un rugido distorsionado surgió del suelo, cargado de una frustración que hizo que el cielo se tiñera de un rojo bilioso.
Del centro de la plaza emergió una criatura grotesca. Su cuerpo parecía compuesto de espejos rotos y fragmentos de objetos lujosos: restos de autos deportivos, telas de seda desgarradas y joyas empañadas.
No tenía un rostro definido, sino una gran boca vertical que se abría en medio de su pecho de metal y piedra.
El monstruo no rugía como un animal; emitía un grito metálico, punzante y lleno de una amargura que hacía que los presentes cayeran de rodillas, tapándose los oídos.
—¡JUSTICIA! ¡QUIERO JUSTICIA! —gritaba la criatura con una voz que era el eco de mil envidias acumuladas.
El monstruo comenzó a atacar selectivamente. Destrozaba las vitrinas de las tiendas más caras y aplastaba los relojes de lujo de los transeúntes.
Lo más aterrador era que, cuanto más veía a la gente disfrutar de cosas que él nunca tuvo, más crecía su tamaño y su fuerza. Sus extremidades se alargaban, convirtiéndose en garras de acero oxidado que buscaban destruir cualquier rastro de felicidad ajena.
Angélica y Pamela llegaron al lugar en segundos. El impacto visual las dejó sin aliento. El hedor a rencor era tan fuerte que casi podían saborearlo.
—Es el alma de alguien que se consumió comparándose con los demás —explicó Sol, apareciendo junto a ellas—.
No busca justicia real, sino que todos sufran la carencia que él vivió. Su odio se alimenta de la desigualdad, pero se manifiesta como una destrucción ciega.
—¡JUSTICIA! ¡POR QUÉ ELLOS SÍ Y YO NO! —aulló el monstruo, lanzando un pedazo de concreto hacia una pareja que se abrazaba aterrorizada.
Angélica apenas pudo interponer un escudo de luz, pero sintió que la fuerza del impacto era superior a todo lo que había enfrentado.
Angélica intentó proyectar su luz de compasión, pero la criatura la rechazó con un golpe de su brazo de espejos.
El monstruo vio la luz dorada de Angélica y su poder aumentó instantáneamente.
—¡TIENES LUZ! ¡TIENES DONES QUE YO NO PEDÍ! ¡JUSTICIA! —el monstruo se volvió frenético. Odiaba que las chicas tuvieran poderes mágicos, viéndolo como otra ventaja injusta de la vida.
Pamela lanzó sus redes de luz para contenerlo, pero la criatura era demasiado ágil y grande. Sus garras de raíces metálicas cortaban el aire, obligando a Pamela a retroceder.
—¡Angélica, no podemos acercarnos! —gritó Pamela, manteniendo su bastón en alto—.
¡Cada vez que usamos nuestra magia, él se vuelve más fuerte porque envidia el poder!
Laura, escondida tras un pilar, observaba la escena con el corazón en la garganta.
Ver a esas dos chicas luchar contra semejante horror la llenó de pavor, pero también de una extraña chispa de reconocimiento.
Ella conocía ese sentimiento. Ella sabía lo que era mirar a los demás y sentir que la vida te había dado menos, que tu cuerpo era un error y que el mundo era un lugar donde solo los “normales” tenían derecho a ser felices.
—Ellas no pueden solas —susurró Laura, sus manos temblando—. Son pequeñas comparadas con él. Si yo pudiera… si tan solo mi tamaño sirviera para algo más que para encestar balones.
Sol descendió del aire y se posó justo frente a ella. El tiempo pareció detenerse.
—Tu altura no es un error de la naturaleza, Laura —dijo el ángel en su mente—. Es el alcance de tu protección.
Tu complejo de inferioridad es el escudo que usaste para sobrevivir, pero hoy, tu humildad será el ancla de la verdadera justicia. ¿Aceptas el peso de esta red?
Laura no dudó. El deseo de proteger, de ser finalmente alguien que no solo encaja, sino que ayuda, superó su miedo.
—¡Sí! ¡Acepto! —exclamó con una voz que no sabía que poseía.
Una luz de color violeta intenso estalló desde su pecho, envolviéndola. Laura sintió que sus extremidades se llenaban de una energía vibrante y ligera.
Sus tenis se transformaron en botas de luz que parecían darle una estabilidad absoluta sobre la tierra.
En sus manos no apareció una espada ni un escudo, sino una esfera de energía pura que recordaba a un balón de voley, pero que al tacto se expandía como una red infinita.
Laura saltó, y para asombro de Angélica y Pamela, alcanzó una altura prodigiosa.
En el aire, su figura delgada se veía imponente, una verdadera guardiana del cielo.
—¡Déjalas en paz! —gritó Laura. Lanzó la esfera hacia el monstruo. Al tocarlo, la esfera no explotó, sino que se desplegó en una red de filamentos violetas que cubrieron los espejos del monstruo, opacando su reflejo.
—¡NO! ¡MIS OJOS! ¡JUSTICIA! —gritaba el demonio, tratando de desgarrar la red, pero esta era elástica y firme, moviéndose con la agilidad de un atleta.
—Tú no buscas justicia, buscas venganza —dijo Laura, aterrizando con gracia frente a la criatura—.
Sé lo que es sentir que no vales nada. Sé lo que es odiar a los que tienen lo que tú no. Pero destruir su brillo no te dará el tuyo.
Angélica y Pamela se unieron a ella, formando un triángulo de luz. El poder de Laura, basado en la igualdad y la aceptación de su propia diferencia, comenzó a neutralizar el odio de la criatura.
La pelea fue ardua. El monstruo golpeaba con desesperación, intentando absorber la luz de las tres chicas, pero la red de Laura se ajustaba a cada movimiento, devolviéndole su propia fuerza de manera controlada.
—¡Ahora, Angélica! —gritó Laura, bloqueando un ataque descendente con sus brazos de luz—. ¡Muéstrale que no necesita lo que otros tienen para ser valioso!
Angélica proyectó su luz sanadora, mezclándola con la energía violeta de Laura.
Juntas, penetraron la coraza de espejos rotos. En el centro de la criatura, descubrieron el alma de un hombre joven que había pasado su vida en la miseria, trabajando para personas que lo despreciaban, alimentando un rencor que terminó por sepultar su humanidad.
—No te estamos juzgando por tu dolor —murmuró Angélica—. Pero este odio te está matando a ti también.
La verdadera justicia es que tu alma encuentre descanso, no que el mundo se rompa contigo.
La luz purificadora inundó al monstruo. El grito de “¡JUSTICIA!” se suavizó hasta convertirse en un suspiro de alivio.
Los espejos se deshicieron en polvo de estrellas y el hombre se desvaneció, con una expresión de paz que nunca conoció en vida.
Al terminar, las tres chicas quedaron solas en medio de los escombros. Laura, aún con los ojos brillando de color violeta, miró a Angélica y Pamela. Se sintió más alta que nunca, pero por primera vez, no quería esconderse.
—Soy Laura —dijo con una sonrisa tímida pero segura—. Creo que… creo que necesito saber más de ustedes chicas!.
Angélica la abrazó, rompiendo la tensión. —Bienvenida al equipo, Laura.
Tu eres justo lo que necesitábamos para alcanzar nuestro objetivo.
Sol, desde una cornisa, observó a la tríada completa.
La batalla contra la oscuridad en la ciudad acababa de entrar en una nueva y poderosa etapa.
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