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Lentejuelas y pelusa

fictograma [Unofficial] April 18, 2026
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A las cinco de la tarde, Tomás corrió hacia la puerta de su casa en Floresta. Casi no pasaba ningún auto. Miró el arco sobre la puerta de guirnaldas celestes que su madre había colocado en la entrada y amenazó con llevarse el dedo gordo a la boca, gesto que había abandonado tiempo atrás. Pensó en llevar sus manos hacia los papeles prolijamente doblados y colocados y arrancarlos de un tirón. Culpar al viento. En cambio, comenzó a morderse las cutículas y entró. Adentro, el living olía a encierro y a perfume barato. Gisella había descolgado todos los cuadros. En su lugar puso globos de animales, corazones que parecían más bien duraznos y estrellas plateadas. Las ventanas brillaban con papelitos verdes, y el piso, cubierto de pétalos falsos, crujía bajo sus zapatillas. Tomás se quedó mirando la pared vacía, detrás de los globos, un segundo de más. Gisella apareció por el pasillo. Llevaba puesto un vestido verde strapless, de una tela sintética y pesada que brillaba demasiado bajo la luz de la lámpara. El escote estaba tan ajustado que le apretaba la piel del pecho, y de la cintura salía una cola eterna que se arrastraba por el suelo, juntando pétalos y pelusa entre las lentejuelas. Los primeros invitados en llegar fueron algunos tíos con sus primos. Luego, llegaron varios amigos del trabajo de su madre; sus abuelas, su abuelo José Ramón; más primos, más tíos. Tomás creyó distinguir al almacenero entre el tumulto. O tal vez era Cristian, el carnicero, que desde hace pocos meses le hacía descuentos en la carne picada a su madre y lo llamaba ‘Hijo’ detrás del mostrador, con el filo en la mano. Gisella se emocionó frente a todos al ver a su hijo recto con su chomba blanca. Pestañeó tres veces al ver los botones que no había llegado a coser a tiempo. Le acomodó las solapas de un tirón y lo agarró del brazo, arrastrándolo al centro de la fiesta. Dijo unas palabras que nadie escuchó entre tanto ruido y, finalmente, descorchó una sidra. Y después otra. Y otra. Todos tomaron mientras Tomás retrocedía hasta quedar pegado a la pared. A las ocho, el living era un baile al compás de una canción vieja. Hasta José Ramón movía las caderas duras agarrado de la cintura de la vecina de la casa amarillenta de enfrente. Tomás, escondido en un rincón, miraba fijo la mancha en la pared donde antes estaban las fotos de su padre. De pronto, un murmullo de asombro recorrió el living. Gisella apareció desde el pasillo, avanzando con paso lento y triunfal mientras sostenía una torta de tres pisos, tan alta que parecía tambalearse. El bizcochuelo estaba sepultado bajo una capa espesa de merengue y una lluvia frenética de granas de colores que saltaban al suelo con cada paso. Desde su rincón, Tomás sintió un ardor punzante en las mejillas. Miró el vestido strapless de su madre, ahora manchado de dulce en el escote y el sabor a óxido le bajó por la garganta como un nudo. —¡Que los cumplas feliz! —empezaron a gritar los tíos, desafinando. Gisella se acercó a él, pegajosa, ofreciéndole el brillo de las velas. Tomás no se movió. La miró a los ojos. Vio cómo los de ella, por un instante, también se devolvían a la pared del salón. El ruido de la fiesta se apagó en sus oídos. —Pedí un deseo, hijo —susurró ella. Tomás cerró los ojos con fuerza, pero no pidió volver a ver a su padre, ni que taparan lo que había quedado respirando en las paredes. Deseó, con toda la furia de sus once años, que el viento soplara lo suficientemente fuerte como para arrancar las guirnaldas y devolverle a la casa su honesto color a óxido. Cerró los ojos y sopló las velitas, dejando a todos a oscuras bajo el humo blanco de la mecha. Durante un instante, nadie dijo nada. Después, llegaron los aplausos. Primero desordenados, como siempre. Pero enseguida se acomodaron. Las manos empezaron a chocar todas al mismo tiempo, en un ritmo demasiado parejo. Seco. Hueco. Como si no hubiera carne entre palma y palma. La oscuridad no fue completa. Desde la calle, la luz de un auto que pasaba se filtró por la ventana y recorrió el living como una lengua pálida. Iluminó las caras por fragmentos: una boca abierta, un ojo demasiado fijo, un diente húmedo. El humo le entró por la nariz como una ráfaga de aire tibia y condensada. Parpadeó despacio. La cara de su madre estaba muy cerca. Más cerca de lo que recordaba. Sonreía. Pero la sonrisa no terminaba de acomodarse en su cara. Las comisuras parecían tensas, demasiado altas. Los dientes, todos a la vista. —Comé, Tomás —dijo Gisella. La voz salió más grave, arrastrada, como si tuviera que subir por un túnel antes de llegar—. Mamá no te ve bien. Acercate. Le extendió un plato de plástico. Tomás tomó el rectángulo de torta. Al morderlo, las granas crujieron como si quisieran romperle los dientes. El gusto metálico le inundó la boca sucia. Tragó. Sintió la masa espesa pegársele al paladar antes de ceder. Las manos golpeaban entre ellas como si alguien marcara el ritmo desde otro lado. Todos sonreían con la misma boca abierta, los ojos hundidos. Algunas caras se giraron hacia él, pero no lo miraban. Sonreían con la misma mueca abierta, fija, como si no supieran cerrarla. La música se volvió un estruendo anticuado y, entre el tumulto, el abuelo José Ramón empezó a cantar. Tomás levantó la cabeza. Al principio no supo qué le molestaba. El cuerpo era el mismo: la espalda rígida, la mano marcando el ritmo, la boca abriéndose apenas tarde. Pero la voz salía pareja, sin esfuerzo. Demasiado limpia. Entrecerró los ojos. El movimiento no coincidía del todo. La voz iba apenas adelantada, como si no esperara al cuerpo. Le llegó antes de poder pensarlo. Sintió el tirón en el pecho. No era nueva. Hacía tiempo que no la escuchaba, pero el cuerpo la reconoció igual, en ese lugar donde las cosas no se nombran. Se quedó quieto. Algo más se movía. No entre la gente. En otra parte. Las guirnaldas se estremecieron apenas, como si alguien hubiera pasado muy cerca. El aire parecía más pesado contra la cara. Tomás tragó. La canción siguió, pero ya no estaba sólo en la boca del abuelo. Se le metía por los oídos, le rozaba la nuca, volvía desde atrás. Miró la pared. El rectángulo más claro seguía ahí, inmóvil. El clavo en el medio. Nada más. Y, sin embargo, algo no terminaba de quedarse quieto. La voz siguió, cada vez más cerca de donde él estaba, como si no necesitara a nadie para salir. Pero la gente siguió aplaudiendo sin prestar atención. La música estalló. Tomás sintió que algo le apretaba el pecho desde adentro. Inspiró. El aire le raspó la garganta pero lo sostuvo. Uno. Dos. Tres— Entonces, alguien avanzó un paso. Lo estaba mirando. Quieto. Con la cabeza apenas inclinada. Como si lo hubiera estado esperando desde antes. Tomás sintió que ya había visto esa postura en otro lado. No supo dónde. El hombre abrió la boca. —Hijo. La palabra no cayó. Quedó suspendida, retenida en ese mismo aire. Tomás no respondió. El gusto a metal le subió más fuerte, como si lo tuviera guardado en la garganta desde antes. El hombre no se movía. Sólo lo miraba. Detrás, las manos seguían aplaudiendo. Siempre igual. Al mismo ritmo. —Comé —dijo su madre. El hombre asintió, muy despacio. Arriba. Abajo. Aprobando. Como si algo más, detrás, acompañara el movimiento. Tomás bajó la mirada. Sintió el calor extendiéndose entre las piernas, lento. No hizo nada para detenerlo. Se llevó su pulgar a la boca y succionó. Cuando volvió a levantar la cabeza, el hombre ya no estaba. Las manos seguían aplaudiendo. Nadie parecía cansarse. Nadie miraba a nadie. La luz volvió de golpe. La música no se cortó. El abuelo volvía a estar sentado, Gisella se acomodaba el escote, alguien gritaba por más sidra. Todo en su lugar. Su madre seguía frente a él, con el plato extendido. La sonrisa era otra vez la de siempre, más chica, más prolija. —Comé, Tomi. Tomás bajó la mirada hacia sus piernas. La tela estaba fría y tirante. Sentía la tela adherida, cada roce amplificado, como si la piel le apretara por dentro, pegajosa. Se frotó la mano libre contra la chomba para limpiarse el resto de la torta, pero las granas se le clavaron en la palma. Algo blando, gris, quedó pegado entre los dedos. Pelusa. Miró el vestido de Gisella. Las lentejuelas verdes brillaban bajo la lamparita, pero en el ruedo, donde la tela arrastraba el suelo, el brillo estaba podrido de polvo y pelos. —¿Qué hacés ahí parado? —le gritó un tío, palmeándole la espalda. Alguien volvió a llamarlo “hijo” desde el fondo del pasillo. Tomás no se movió. Miró a su mamá. Miró el clavo vacío en la pared. Se metió el rectángulo de torta en la boca. No lo masticó. Lo empujó con la lengua, sintiendo cómo el azúcar rancia le raspaba la garganta hasta el fondo. —¿Está rica? —dijo una voz desde la sombra del pasillo. Tomás lo miró. Se quedó ahí, parado sobre su propio orín, con la piel estirada sobre los huesos como si fuera a rajarse. La cara de su madre era una máscara de carne tensa, llena de dientes. Abrió la boca y dejó que la masa masticada, negra de granas y pelusa, se le cayera por la barbilla hasta mancharse la chomba blanca. —Más —dijo. Hundió la mano entera en la torta de tres pisos. Los dedos atravesaron el bizcochuelo como si desgarraran un animal muerto. Tomás apretó el puño dentro de la torta y sonrió. Tenía los labios partidos y la lengua color gris.

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