{
"$type": "site.standard.document",
"bskyPostRef": {
"cid": "bafyreidvbbctuvrgjptbpiprmteo46nqualw5tk7vkqorimjgoxpmllhs4",
"uri": "at://did:plc:vzh4bg7wcdwdz7dh5cf2niuz/app.bsky.feed.post/3mjpld2prm2t2"
},
"coverImage": {
"$type": "blob",
"ref": {
"$link": "bafkreicfsjkldu5zauhyk55efkccctxvrpf5ojf55d32ibuhyquv3l5esi"
},
"mimeType": "image/jpeg",
"size": 232091
},
"path": "/d/2612-el-orden-inestable-de-las-cosas-capitulo-8-desconocido/1",
"publishedAt": "2026-04-17T18:43:09.650Z",
"site": "https://fictograma.com",
"textContent": "—Somos nosotros.\n\nNo iba a contestar la puerta, pero arrastré las piernas y les abrí con pereza. Ambos estaban parados debajo de mi umbral, y aunque sus rostros estaban ocultos entre las sombras que destilaba ya a esas horas el pasillo oscuro, pude percibir que portaban los peores semblantes de perros mojados que había visto en mi vida. Estuvimos un minuto sin hablar. Noté cómo con sus miradas se dedicaron a recorrer la desolación que me habitaba dentro penoso dormitorio, y quise desaparecer en ese instante.\n\n—¿Qué le pasó a tu pieza? —Me preguntó Néstor, mirando encima de mi hombro, pero manteniendo el semblante. Nada había pasado, además de estar hecha un asco desde la sarna.\n\n—No tengo tiempo de limpiar —espeté, pero ellos no dijeron nada. Es más, sentí que les parecía irrelevante cualquier palabra que se desprendía de mi boca—. ¿Qué hacen acá? Son las doce de la noche. ¿Me olvidé de ir a algún lado?\n\n—Te habíamos dicho de ir al kiosco a tomar una cerveza pero ni apareciste —bufó Patricio, media sonrisa—. Pero no importa eso ahora. ¿Podemos pasar?\n\nNéstor se ubicó en mi cama y Patricio en la silla de rueditas. Yo agarré un almohadón y me acomodé en el piso. Ellos continuaron hablando pero, de un momento a otro, yo ensordecí. Claramente, aquella apariencia de perro mojado podía traducirse en la más penosa mirada de lástima dirigida hacia mí. Para aquel entonces, y gracias a mi sexto sentido, supe de inmediato por qué estaban ahí. Lo supe enseguida, como si, desde que abrí, sus conductas lo hubieran estado profesando. Porque aunque sus miradas angustiadas y confundidas recorrieron con intriga lo que, en ese entonces, quedaba de mí, lo que escapó de la boca de Patricio, fue aún más aterrador que un adiós.\n\n—Martínez nos lo dijo, Elías. Somos tus amigos. ¿Cómo nos vas a ocultar algo así?\n\nNo abrí la boca y ellos tampoco dijeron nada más. Sin embargo, todos ahí, enredados en la tenue luz de mi humilde cuarto, sabíamos de qué estábamos hablando. Yo sabía que ese día, tarde o temprano, iba a llegar. Tenía planeado qué iba a decirles, pero a la vera de sus ojos empapados de una mezcla extraña entre pena y desolación, apenas pude elaborar pensamientos coherentes.\n\nResulta que Martínez estaba muy preocupada por mí, quizás demasiado, quizás más de lo que me demostraba, y tal preocupación estalló como un volcán cuya lava alcanzó, a su parecer, a mis personas más cercanas, quienes ahora me miraban como si fuera un gato atrapado en una trampera. Y no voy a mentir, no voy a decirles que en ese momento me enojé muchísimo con ella por haberse dado cuenta de lo mal que yo estaba, conmigo por habérselo confesado, con ella de nuevo por haber roto su promesa de no decir nada. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Cómo podía juzgarla cuando yo hubiera hecho lo mismo?\n\nEra difícil mirarlos. Quería decirles muchas cosas. Eran tantas que atravesaban mi mente como relámpagos luminosos que me encandilaban, a los cuales les sucedían truenos ensordecedores, de esos que te hacen vibrar el pecho. Era mi oportunidad de ser sincero con ellos, en cuanto a mi vida, mis conductas y en cuanto a mi perdón por no confiar lo suficiente. Era mi oportunidad de ser escuchado sin ser juzgado, de enmendar lo que había roto y ser querido sin esperar nada a cambio, de ser tomado de las manos y acompañado hasta la eternidad.\n\n¿Quién iba a pensar que iba a poder aguantar por tanto tiempo tener enterrada una declaración formada con palabras más filosas que un cuchillo? ¿Quién hubiera sabido que sería tan fácil desenterrarla de mi pecho? No exagero en absoluto cuando les digo que aquel día acabó siendo uno de los mejores de mi vida.\n\nLa mayor parte de mi existencia vagué por la vida como un rompecabezas desarmado, inconcluso. Llegué a pensar que me daba miedo unir las piezas, buscar las perdidas, resolver el acertijo. ¿Qué iba a ser de mi sino eso, lo que hasta ahora fui? Años de introspección me costó reconocer que no todo se trata de mí. Un día, como ese, miré al costado. Y ahí estaban. Y ahí estuvieron algún que otro tiempo, mirándome con esos ojos ridículamente dulces. Amar es increíble, no me malinterpreten, pero el saber que te aman, contra todo pronóstico, desinteresadamente, asumiendo las consecuencias a sabiendas de que quizás no haya un mañana, es el riesgo más imprudente y a la vez más maravilloso que se puede tomar por uno.\n\nSigo pensando que la sensación que producen algunos momentos debería durar para siempre. Pocas veces experimenté algo asombroso como lo de esa noche, pero cuando tuve la fortuna de vivirlo, deseé guardar en alguna parte esa sensación hormigueante que se me coló en las venas y que se mezcló violentamente con mi sangre solo para poder volver a sentirlo todo de nuevo. Para, de vez en cuando, traerla de nuevo a mi memoria y que aquello que me hizo sentir tan completo vuelva a fundirse en mi alma y me recuerde que alguna vez me pude sentir así de vivo.\n\nLuego de poner las cartas sobre la mesa y sincerarme con ellos con respecto a mi salud mental y a rogarles que por favor quedara entre nosotros, no dije nada más. Tampoco pude decir que no. De hecho, no pude decir nada. Néstor y Patricio me obligaron a abandonar mi pieza y mis absurdos pensamientos, aunque solo haya sido por unos días. Cuando menos pude notarlo, ya estaba de pie en la parte de atrás de una camioneta Fiat viejísima que Néstor le había pedido prestada a quién sabe, pero de la cual Patricio se rio bastante luego de acotar que parecía salida de un mismísimo desarmadero. Recuerdo que iba agarrado de los cabezales de los asientos delanteros cada vez que Néstor daba una brusquísima vuelta en “u” mientras conducía ida y vuelta una y otra vez por la longitud de uno de los puentes que cruzaban el Río Suquía.\n\nParecerá paradójico pero estaba feliz de no tener a nadie más. Y me recuerdo a mí mismo muy feliz, después de mucho tiempo, vociferando a todo pulmón las canciones que sonaban en el estridente y arruinado estéreo. Otra persona había poseído mi cuerpo. Por un momento me había olvidado de mí, de quien portaba mi nombre. El auto avanzaba y aceleraba, yo me apretaba más fuerte contra los apoya cabeza, cerraba los ojos aún más fuerte y me caían todavía más fuerte las lágrimas. No de aflicción, sino de alegría. Sentía que conmigo y mis amigos estaba el Elías que durante mis veintes siempre anhelé que hubiera podido ser.\n\nPara el instante en el que los tres estuvimos sentados en la mitad del puente, sosteniendo con nuestros dedos congelados las barandillas altas y azules, con las piernas colgando desde el borde, apuntando a las aguas torrentosas. Para esa hora de la noche, cuando la luz del sol estaba apagada y se había enfriado el aire y apaciguado el viento, volví a mi estado habitual. Que ellos permanecieran en silencio ya decía mucho para mí. El día estaba muerto y supe que, allí, donde ahora yacía la luna, lejos e inalcanzable, se hallaban las respuestas a todo.\n\nEmpezó a lloviznar un poco, acentuando el frío de junio, y el mundo continuaba moviéndose. Los autos y los colectivos pasaban detrás de nosotros a alta velocidad, algunos ciclistas nos gritaban que nos corriéramos del paso, y los peatones nos miraban como si fuéramos bichos raros que, quizás, éramos. El mundo se movía, pero allí, entre la inmensidad de esa ciudad y a la vista de los faroles de los edificios y las luces y los autos, mis amigos habían logrado detener el tiempo para mí.\n\nSus ojos ya no destilaban pena ni compasión. Podría decirse que, después de haberme escuchado con tanta paciencia y respeto, y después de haberme visto tan vulnerable, ahora me observaban como si quisieran que la tristeza que yo había estado sintiendo durante todo ese tiempo se repartiera balanceadamente entre otros dos pares de ojos, entre otras dos almas.\n\nQuería silencio y quedarme ahí, mirando las pequeñas luces y el pasar del río Suquía debajo de mis pies, pero bien sabía que nada de eso iba a suceder cuando los miré de reojo y ellos continuaban mirándome, intrigados. Había tantas cosas que no sabían y estaba seguro que jamás encontraría las palabras adecuadas para explicarlas.\n\n—¿Él sabe, Elías? —Me preguntó Néstor, algo precavido, desde el asiento delantero cuando íbamos de regreso a la cochera para devolver la camioneta. Patricio se había bajado a un kiosco para comprar una Coca Cola.\n\n“¿Él sabe?” podía referirse a muchas cosas. Sin embargo, decidí decir “no” porque, si vamos al caso, _él_ no tenía idea de ninguna aspecto de mi vida, aparte de lo que yo le dejaba ver. Quizás _él_ sabía que algo andaba mal, que algo no estaba lo suficientemente completo, lo suficientemente bien. Quizás _él_ , en su mente atenta y perspicaz, siempre supo que yo era un enigma, un balde vacío, un acertijo que descifrar.\n\n—¿Por qué no se lo dijiste? —me preguntó, después de una pausa.\n\n—No sé cómo decirlo.\n\n—¿Por qué?\n\n—Porque no tiene sentido.\n\n—¿Cómo que no tiene sentido? Yo-Creo que le importás.\n\n— No quiero que piense mal de mí. —Respiré hondo. Odiaba admitirlo en voz alta. Cuando lo pensaba no parecía tan real.\n\n—¿Por qué decís eso? —Néstor sonaba ofendido. Como si al insultarme lo hubiera insultado también—. ¿Pensás que se va a ir corriendo o algo así?\n\nNo respondí. Desde fuera, Patricio hizo señas de que iba a otro kiosco a comprar cigarrillos. Néstor volvió a arrancar la camioneta y condujo lento, siguiéndole el paso mientras el otro se desplazaba por la vereda. Luego estacionó en otro hueco vacío. Lo observamos alejarse durante un rato, pero eso no impidió que Néstor olvidara en dónde había quedado nuestra amarga conversación. Devolvió la vista perturbada hacia mí, y, sin presionarme, me analizó en busca de argumentos que yo, claramente, no poseía. El desafortunado problema acá era que Néstor me conocía demasiado, y sabía que en mi mera mirada no iba a encontrar las respuestas que pretendía.\n\n—No empieces… —le pedí, casi rogando.\n\n—Si me hubieras dicho antes o me hubiera dado cuenta te hubiera ayudado. Te hubiera ayudado como nunca ayudé a nadie, lo sabes, ¿no? —Ahora no me miraba. Sonaba enojado consigo mismo. La voz le temblaba un poco—. Y voy a ayudarte. Voy a estar con vos. Nomás-Me da miedo que ahora sea tarde.\n\nMe quedé callado, con la mirada baja, concentrado en las palabras que acababa de escuchar, pero no tanto en su contenido, sino en el pesar que las envolvía.\n\n—¿Es tarde? —Me preguntó, un ratito después.\n\n—No te preocupes por mí —volví a pedir, restándole importancia.\n\n—¿Es tarde? —Repitió.\n\nA pesar de todo lo que me había pasado, a pesar de lo triste que había vivido durante tanto tiempo, debo admitir que había podido seguir adelante. Pero, ¿a qué costo? Desde que nací he estado caminando con una soga amarrada en la cintura, cual extremo opuesto se quedó allí, enroscado en una estaca clavada en el pasado. ¿Era tarde? Yo creo que, en aquel tiempo, no era tarde, pero tampoco había llegado a tiempo. Y nadie nunca iba a llegar a tiempo considerando que yo era eso, nada más ni nada menos que fruto de esos días horrendos.\n\n—No, amigo —le dije, solo para hacerlo sentir mejor. Él me miró, y sonrió de lado—. Gracias por escucharme.\n\nMe mantuve inerte, neutro. Me miró, fija y penetrante, como si se estuviera metiendo en mi mente para reparar lo que estaba dañado, y me habló despacio, como si me estuviera contando un secreto.\n\n—Ahora puede parecer que va te a doler para siempre, pero se va a pasar. Y si esa mierda no quiere sanar, entonces nos tenés a nosotros para ayudarte a sacarla a patadas en el culo. —Luego, colocó su dedo índice sobre mi esternón y presionó—. Y vos, hijo de puta… Sos muy bueno como para estar tan triste.\n\nRecuerdo que, después de eso, todo sucedió muy rápido. Patricio se subió a la camioneta, me dio un cigarrillo y lo fumamos mientras Néstor condujo los últimos kilómetros hasta la cochera. Entonces, un rato más tarde, todavía en el auto, cuando Patricio se me acercó al oído, supe de inmediato que no olvidaría ni un detalle, al igual que el número de mi dormitorio y las conversaciones a través del agujero del durlock, lo que pasó durante esa noche en el puente. Sabía que, en un futuro lejano, cuando volviera a Córdoba solo o con mi pareja para traer a mi hijo mayor a la facultad, estacionaría el auto en la playa de estacionamiento del puente Suquía y caminaría por la senda peatonal justo hasta ese punto en el que ese momento estuvimos, le daría una mirada rápida y nostálgica al río, como quien no quiere sentir tal cosa, y recordaría lo que esa noche, un amigo que solía tener, el más insensato de todos, me dijo.\n\nAhora puedo entender por qué se estuvo riendo antes. Hoy lo entiendo, pero en ese entonces no pude. No pude porque no podía dejar de pensar en _él_ , porque estaba concentrado en no largarme a llorar o en no preocuparlos. Y por eso, mientras escribo esto, y durante estos largos años estuve extrañándolos con cada parte de mi ser. Ahora es un recuerdo difuso, y tan solo algunas palabras se quedaron grabadas en mi corteza. Para mi fortuna, en ese entonces, todavía tenía un par de buenas brújulas cerca de mí. Y, cuando lo recuerdo, siento odio hacia mí mismo y lástima por cómo ha terminado todo.",
"title": "El Orden Inestable de las Cosas - Capítulo 8: \"DESCONOCIDO\"",
"updatedAt": "2026-04-17T18:27:31.000Z"
}