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  "textContent": "Capítulo 13\n\nDomingo 30 de Mayo de 1965\n\nHabía pasado un mes de que había fallecido Genoveva por causas naturales cuando las personas se habían reunido en la iglesia para participar en otro velorio. Ahora era en honor de Anselmo.\n\nA lo lejos, el cielo se veía oscuro. Una tormenta se aproximaba lentamente.\n\nLa iglesia estaba llena físicamente y llena de rencor, de indignación.\n\nAnselmo, el hombre que en su juventud fue agresivo y rebelde, se había transformado en una fuente de bondad y comprensión, un pilar en la sociedad, hasta que alguien, sin ningún motivo aparente, lo asfixió.\n\nAl terminar la misa, el viento comenzó a soplar con mayor fuerza. Las nubes se acercaban ruidosamente, como si los truenos fueran las tripas hambrientas de un depredador asechando desde la oscuridad.\n\nEl Padre Mauro, como lo conocía la gente, se paró en la salida para despedir a los feligreses y platicar serenamente con algunos de ellos, pero la mayoría salieron apresurados para evitar la lluvia.\n\n—Rosita, ¿y cómo está Chuy? —preguntó, pasándose la mano por el mentón de manera inconsciente.\n\n—Muy mal, Padre. Anda como loco buscando al asesino. —Se acercó para continuar en voz baja—. Dice que cuando lo encuentre, lo va a matar.\n\n—Cuando lo veas, insístele que venga a verme. O avísame y yo voy a hablar con él. —Puso su mano derecha en el hombro de Rosita—. Ahora más que nunca necesitamos serenidad y resignación. Mucha resignación.\n\n—Las personas están asustadas porque dicen que cuando la muerte llega, se lleva a tres de una vez. Y ya van dos. Falta uno.\n\n—Solo Dios sabe cuál es nuestro destino. No le hagas caso a esas supersticiones. Solo Dios sabe. Solo Dios sabe. —dijo levantando ambas manos y la vista al cielo.\n\n—Bueno, Padre, ya me tengo que ir porque viene la lluvia.\n\nMauro acercó la mano para que Rosita la agarrara gentilmente y le diera un beso en el dorso.\n\n—Vayan con Dios.\n\nRosita agarró las manos de su hija de diez años y caminó acompañada de su hijo mayor de catorce.\n\nMauro le dijo al sacristán que se fuera a casa para que llevara a su familia. No era necesario que se mojaran. Él se encargaría de cerrar la iglesia.\n\nAl llegar a la sacristía, Mauro iba hipnotizado por los atributos físicos de Rosita. Cerró la puerta quedándose recargado con la sensación en la mano del hombro de aquella mujer. Aún recordaba su perfume a rosas y la forma en que se mecía su cabello al caminar. Besó el reverso de su propia mano justo donde lo había besado Rosita. Sonreía por tener un pretexto para ir a su casa preguntando por Chuy.\n\nAvanzó por el pasillo, se detuvo frente a un altar con imágenes religiosas para quitar las dos veladoras que habían quedado casi vacías. Bajo el altar estaba una mesita de madera. Abrió un cajón para sacar dos veladoras nuevas y un cerillo, el cual encendió para transmitir la flama a las veladoras. Apagó el cerillo, inhaló el humo para percibir su aroma.\n\nSu mirada, agachada, permanecía lejana del Jesús crucificado, como si estuviera apenado por su conciencia.\n\nSe escuchaba el silbido del viento y los truenos hacían retumbar los vidrios de las ventanas.\n\nComenzó a quitarse la túnica blanca y la dejó doblada sobre la mesita al lado del sillón. Después continuó con el resto hasta quedar en ropa interior. Se sentó cómodamente en el sillón para fantasear que acariciaba aquel cabello negro y abundante de Rosita, visualizando sus ojos oscuros y grandes, las cejas tupidas, aquel cuerpo saludable y lleno de vida, hasta que un rayo cayó en la iglesia con un trueno ensordecedor. La sacristía quedó escasamente iluminada por las veladoras, pero sus flamas se acostaron horizontalmente, como si algo las estuviera doblando. No podía ser viento, porque las hubiera apagado y porque la puerta estaba cerrada, además de que las flamas fueron lo único que se movió, manteniéndose por unos segundos totalmente en posición horizontal, apuntando hacia el interior del cuarto como si fueran dos banderas. Después se enderezaron, para seguir meciéndose tímidamente.\n\nMauro se persignó y estiró la mano para agarrar su ropa. Brincó al escuchar una voz grave.\n\n—Hola, Padre, ¿o debería decir abuelo?\n\nLos rayos cesaron y el sonido de la lluvia cayendo sobre el techo disminuyó casi totalmente. En el cuarto solo se escuchaba la respiración agitada de Mauro mientras intentaba tragar saliva para poder hablar.\n\n—¿Quién…? ¿Quién anda ahí? —dijo forzadamente con la voz temblorosa.\n\n—Soy yo, abuelo. ¿No me recuerdas?\n\nLa voz era grave, pero clara, pausada. La penumbra era tan densa que no se lograba diferenciar las formas de las cosas más lejanas, hasta que lo pudo ver acercándose al altar. Un hombre alto, de complexión robusta, vestido de negro, se detuvo bajo la luz de las veladoras. Era moreno, de cabello rebelde, ojos ligeramente rasgados.\n\nMauro se puso de pie, indignado.\n\n—¿Quién eres y cómo te atreves a entrar aquí? —preguntó mientras trataba de recordar si le había puesto llave a la puerta.\n\n—Vamos, abuelo, ¿no me reconoce? Soy Vicente.\n\n—¿Vicente? ¡Pero si te dábamos por perdido! Tu abuela… ¿sabes de tu abuela Genoveva?\n\n—Sí, lo sé. Falleció hace unas semanas.\n\n—Recibe mi pésame, Vicente. Tu abuela estuvo muy afligida todos estos años. Ella siempre sospechó que estabas vivo, pero los demás realmente creímos que tal vez te habías ahogado en la laguna. Solo encontramos tus sandalias. Tu abuelo Francisco falleció hace muchos años.\n\n—Sí, lo sé.\n\n—Pero dime, ¿qué pasó? ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho de tu vida?\n\n—En realidad, vine a hablar contigo, abuelo.\n\n—Vicente, soy el Padre Mauro. ¿Qué no me recuerdas?\n\n—Sé quién eres, abuelo.\n\nEl rostro de Mauro se puso tenso. Solo Genoveva y él sabían de su secreto. Genoveva le confesó antes de morir que no le dijo a nadie.\n\nVicente se acercó aún más al altar con una sonrisa burlona.\n\n—Sí, lo sé. Embarazaste a mi abuela Genoveva. Eres mi abuelo. —dijo sin dejar de ver las imágenes de Jesús martirizado.\n\nMauro se sentó con las manos sobre sus piernas desnudas, cabizbajo. Si sus feligreses se enteraran, podría perder todo.\n\n—¿Quién te lo dijo? ¿Cómo te enteraste?\n\n—Eso no importa. Lo que sí me interesa, más que nada por morbo, es saber si alguna vez creíste en todo esto. —Señaló al altar—. O si solo utilizaste tu posición para sacar ventaja. Eso es lo que me intriga. No te juzgo. Yo he hecho cosas peores, pero nunca me escondí en dogmas para manipular. Dime, abuelo, realmente… ¿alguna vez creíste?\n\n—Sí —dijo inmediatamente—. Creí… creo, pero… pero, poco a poco me fue venciendo el peso de mi humanidad. Es como nadar contra corriente; no importa cuánto esfuerzo hagas, nunca será suficiente, hasta que me resigné a eso, a ser insuficiente. Mi alma tuvo que negociar con mi humanidad.\n\nHabía verdad en su tono de voz. Las lágrimas fluían naturalmente. Su rostro se arrugó y escapó un gemido agudo, el mismo gemido que había sido ahogado por muchos años. A sus ochenta y cuatro años, Mauro aceptó que su vida había sido un fraude y eso le llevó a experimentar la ligereza proveniente por la confesión.\n\n—No te preocupes, abuelo, nadie se va a enterar. Tu legado será intacto.\n\nMauro volteó a verlo, tratando de comprender esas últimas palabras.\n\n—¿Mi legado?\n\n—¿Sabes por qué no regresé al pueblo mientras la abuela vivía? —Dejó de encarar al altar para acercarse a Mauro—. Ella sabía cuál iba a ser mi futuro. Le prometí que no lastimaría a personas mientras ella viviera, así que me fui lejos… muy lejos. Siempre estuve al tanto de ella y del buen abuelo también. Pero ahora que falleció, las cosas cambian.\n\n—¿Sabía cuál iba a ser tu futuro? ¿Cuál ha sido tu vida todos estos años?\n\n—Soy un depredador de almas. Eso es lo que hago. Mato seres importantes para estudiar sus almas y obtener información.\n\n—¿Eres un asesino?\n\n—Lo preguntas como si yo fuera una persona normal que va por la vida causando muerte. No, abuelo. No soy una persona normal, nunca lo he sido. Desde muy pequeño escuché mi llamado, mi naturaleza. La naturaleza determina la moral. Dentro de tu naturaleza, matar es algo terrible. En mi naturaleza, matar es algo que forma parte de mi ser. Puedo experimentar nítidamente la vida de las personas, comprender sus secretos, incluso aquellos que bloquean ellos mismos.\n\n—¿Eres algún tipo de espía?\n\n—Soy un colector de almas que negocia con la información de las víctimas. Ellos me dan todo lo que quiero, yo les doy la información que buscan, pero a veces no hay información de por medio, lo hago por ansiedad, venganza, o simplemente para sentirme vivo. Así como con Anselmo. Me la debía el cabrón y ya con la abuela fallecida, vine a cobrármela. Y ahora vine por ti, abuelo.\n\nEl viento, los truenos, la lluvia y Mauro. Todos en silencio absoluto.\n\nVicente se acercó más a Mauro.\n\n—No estoy listo para morir —dijo con la mandíbula apretada y tratando de alejar su cuerpo de Vicente. —¡No quiero ser el tercero!\n\n—No te preocupes, abuelo, nadie está listo, pero de todos modos todos terminan muriendo sin ningún problema.\n\nLo agarró del cuello para levantarlo violentamente del asiento, derribando al piso la mesa con su túnica blanca. Lo deslizó por la pared como un trapo viejo hasta que llegaron al altar.\n\n—¿En dónde está tu Dios, abuelo? ¿Por qué no te ayuda? ¡Míralo! —Se formó una sonrisa en su rostro—. Mira las veladoras, ¿qué significa su luz? ¿Purificación? ¿Fe? Ilumina el camino hacia la vida espiritual, ¿cierto? Míralas, abuelo, cómo se mecen suavemente, apáticas a tu terror. ¿Sabes por qué? Porque la luz da forma a las sombras… necesita a la oscuridad para poder brillar.\n\nSu sonrisa burlona desapareció conforme los ojos desorbitados se fueron oscureciendo con el crecimiento de las pupilas hasta que cubrieron todo el iris, como los ojos de los felinos en la oscuridad.\n\nMauro luchó con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Su cuerpo decrépito sucumbió ante las manos de Vicente, que eran tan persistentes como la corriente de un río.\n\nEl viento aulló contra las paredes de la iglesia con tanta fuerza que las gotas parecían garras tratando de derribar las paredes.\n\nLas flamas de las veladoras, testigos mudos, se inclinaron de nuevo, como haciendo una gran reverencia. Después las llamas se estiraron puntiagudas hacia arriba, bailaron frenéticas un instante antes de regresar a su estado normal.",
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