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  "textContent": "El tronido llegó de lejos, pero el crujir de la puerta y los rápidos pasos por el pasillo fueron ruidos más cercanos. Escuchó abrirse la puerta de su pieza abandonando el sueño y preguntándose en dónde estaba y qué día era. Los pasos ya estaban junto a su cama. Sintió el frío entrar en su cama cuando su cobertor fue levantado. La pequeña criatura se le acercó y le habló:\n\n—Escuchaste eso… ¿Escuchaste eso, mamá?\n\nLa pequeña criatura que era su hija la abrazó, tiritando. Apegada a su pecho podía sentir su corazón latiendo desbocado. Buscó la hora en el reloj sobre el velador. Todavía podían dormir otras horas más. En eso vio iluminarse la pieza y abrazó con fuerza a su hija, cuidándola, sabiendo lo que venía. El trueno cuyo sonido hizo saltar a su hija de miedo. Ella le devolvió el abrazo.\n\nCon la mano libre le acarició la cabeza a su hija, entreteniéndose en su cabello crespo, tomando con suavidad un mechón y sintiendo las ondas en la punta de sus dedos. Algo que hacía con el padre de la niña, pero ya no recuerda eso. Todas las caricias y ese amor eterno que proyectaban las fotografías quedaron olvidadas junto al anillo de matrimonio en una caja dejada en la bodega en casa de su madre. El cabello de su hija olía al perfume del champú de frutillas, sin lágrimas. «¡Tan frágil! …Tanto cuidado que hay que darles».\n\n—¿No le tienes miedo a ese ruido, mamá?\n\n—No hija. No le tengo miedo. ¿Te cuento una historia para que vuelvas a dormir?\n\n—Ya, mamá. Pero continúa abrazándome.\n\nEllo lo hizo apretando con más fuerza un momento y empezó a contarle una historia que iniciaba con un “Se dice que muchos, muchos años atrás…”.\n\nMientras le hablaba a su hija recordó su niñez cuando vivía en esta ciudad a la que había regresado con ella. Recordó cuando tirada sobre el pasto y tierra húmedos veía las nubes inmensas y blanquísimas preguntándose de dónde venían y a dónde irían después. Asombrándose de todo lo que podían viajar. Y de mayor fue ella misma la que estuvo viajando de un lugar a otro.\n\nAcompañaba a su marido en cada uno de sus cambios de oficinas que le asignaban hasta que en una de esas asignaciones su hija ya gateaba por los rincones de la casa y ella no creyó que fuese buena idea volver a viajar a otro lugar donde deberían ambientarse otra vez. Se lo dijo a su marido.\n\nÉl entendió.\n\nElla necesitó un par de años para entenderlo a él.\n\nDescubrió que él era el que se ofrecía para cambios de lugar en el trabajo. Le gustaba viajar. Irse de un lugar y reinventarse en otro o quizá sólo encontrarse a sí mismo.\n\nYa estaban en paz. Él hacía su vida en el extranjero, viajaba cada dos meses y veía a su hija. Eran encuentros grandes y formidables entre su hija y él. Ellos tenían buena comunicación. A ella, él, ahora le resultaba algo extraño, casi un desconocido.\n\nFinalmente fue ella la que viajó junto con su hija. De regreso a la ciudad que la vio crecer, a la que conocía con sus largos períodos de lluvia, con sus gentes y sus modos de hablar. Casas con estufas a leña encendida, calor de hogar. Trajo con ellas las máquinas de coser, de bordar y muestras de su trabajo en el norte. Además de cuadernos con recortes y diseños de todo tipo de vestidos. Incluso dibujos de peluches, donde destacaba una idea de unos gatos melenudos. Que también era una idea traída de su infancia cuando pensaba en los “jaguares” y lo especial que le parecía esa palabra. ¿Podrían las nubes llegar a lugares con ese tipo de animales u otros de nombres tan especiales?, se preguntó en una ocasión cuando niña tirada sobre el pasto y mirando el cielo.\n\nPor varios años vivió en una ciudad del norte con su clima cálido casi todo el año, con amistades que había generado en su matrimonio. Pero ocurrió que eran familias similares a la de ella, que viajaron por motivos laborales y que al terminar el contrato se iban en busca de otra fuente laboral. Fue así como sintió que se quedaba sola y que empezó a extrañar el calor de hogar. No por la estufa encendida, sino que por la compañía que ésta significaba en sus recuerdos. Lazos de familia. Conversaciones en torno al fuego.\n\nLa conexión de su presente con su pasado. Su hija con sus abuelos y las personas y lugares que formaron su vida mientras vivió allí. Quería traspasar a su hija esa conexión, ese calor de hogar. ¿Era mucho pedir?\n\nLe parecía que no. Había visto ese estallido de felicidad que hubo en sus padres y su hija. Esa felicidad que vio le daba la razón.\n\nEl cuento que le contaba a su hija, que bajo su abrazo la escuchaba atenta, tenía algo de todo, aunque ella misma no lo percibía.\n\n\"Se dice que muchos, muchos años atrás había una familia de ‘Yiwares’ que vivían en lo alto de una montaña violeta. Los yiwares eran una especie grandes felinos, de largas melenas y colas. Muchos tenían un pelaje blanco con tonos azules, otros eran más coloridos. Entre la gente que vivía bajo la montaña se contaban cuentos de que decían haberlos visto y que eran difíciles por su color que se ocultaba en la nieve; otros, claro está, decían que eran solo cuentos y que si no se veían no era por su color, sino porque no existían. Los yiwares se habrían reído de ellos. Sobre todo, porque los yiwares eran muy alegres.”\n\n“En el lugar donde estaba la montaña violeta los inviernos duraban mucho tiempo y la montaña pasaba rodeada de nubes muchas veces. Por eso un día uno de los yiwares saltó sobre una nube y la atravesó con gran gracia, lo repitió con otra y otra riéndose hasta que en una que se veía muy esponjosa logró quedarse sobre ella. Fue un gran descubrimiento y otros yiwares hicieron la misma prueba quedando sobre algunas nubes, pronto supieron reconocerlas por el color y el olor. La diferencia entre las nubes normales y las más sólidas es tan fina que solo los yiwares con sus sentidos desarrollados de felinos de montañas podían percibir.”\n\n“Desde ese día, además, comenzaron a viajar sobre ellas, hasta donde las mismas nubes llegaran. A otras montañas, de diferentes colores, y de diferentes países. Países lejanos.\"\n\n“Y a pesar de que hicieron nuevas amistades (y algunas muy buenas) los yiwares eran muy felices cuando se encontraban con otros yiwares en sus viajes sobre nubes. Hacían una fiesta y sus saltos de una nube a otra generaban fuertes ruidos que nosotros llamamos truenos y a veces saltan de tanta felicidad que hacen caer rayos…”\n\n—…Por eso no debes temer a los rayos y truenos, ya que son generadas por la felicidad de los yiwares.\n\nA pesar de lo adormilada que se encontraba su hija ella abrió los ojos lo más grandes que pudo y dijo apegándose a su lado.\n\n—Es que están contentos de estar en familia.\n\nElla le sonrió a su hija que cerraba los ojos en los momentos en que otra vez se iluminaba fugazmente su pieza. La abrazó con fuerza, aunque con el trueno que siguió su hija no tembló, volvía a dormir y quizá soñaría con montañas de colores y yiwares felices de encontrar a su familia.-",
  "title": "De truenos y viajes de las nubes",
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